domingo, 30 de junio de 2019

DIOS VIVE EN LA CIUDAD





Una gran ciudad engendra muchas situaciones de vida: hay personas con plenos derechos, a otras les falta alguno; hay excluidos, indocumentados, niños, adolescentes y jóvenes, ancianos y enfermos… 


Precisamente por todo esto, hay necesidad de hacer ver que Dios vive en la ciudad, que las imágenes del Evangelio de más encanto e interés son las que muestran lo que genera Jesús cuando está en las calles y en las plazas; siempre suscita el bien y es esto lo que quiere y desea el pueblo.



Hoy, cuando nuestras cofradías, hermandades y congregaciones salen a las calles con sus imágenes, el pueblo sabe leer páginas del Evangelio y ver al Señor actuando.


Ved cómo sigue el Señor llamando a Zaqueo, que podemos ser cualquiera de los que vivimos en esta ciudad. Cuando menos lo pensamos, escuchamos: «Zaqueo, baja que hoy quiero entrar en tu casa», quiero entrar en tu vida, quiero conquistar tu corazón, pues estás traicionando al pueblo no dando lo que debes a los demás. 


Pero también podemos ser Bartimeo, unos hombres y mujeres marginales que hemos oído del poder de Jesús y por eso le gritamos. Él se vuelve hacia nosotros y nos dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». Y la respuesta es la que sale de su corazón: «Señor, que vea». Y Bartimeo recobró la vista. En la ciudad también hay gentes con una gran fe, como la de aquella mujer que pensaba que «si logro tocar aunque sea la orla del manto me curaré». Y así sucedió.



Sinceramente, tenemos un desafío: creernos de verdad que Dios vive en la ciudad. Nuestra respuesta ante tantas situaciones ha de ser volver a poner en el centro a Cristo. Dejémonos de posturas ilustradas o eticistas.


 Hay que comenzar siempre desde el encuentro con Nuestro Señor Jesucristo, pues Él vive, Él te ama, Él te quiere y te abraza. En los inicios de la Iglesia fue precisamente en las grandes ciudades donde se fraguó la evangelización. 


Tengamos la valentía, la audacia y la alegría que nace del encuentro con Jesucristo para quitar miedos a una pastoral urbana de una gran ciudad, que es capaz de entregar a Jesucristo sin glosas. Ello requiere una vivencia profunda de encuentro con el Señor:



1. La vida verdadera siempre se realiza desde un encuentro. ¡Qué fuerza tiene volver a leer y meditar el libro del Génesis en el relato de la creación! Ahí vemos con claridad la antropología cristiana: el hombre es creado por Dios y es llamado por Él a una vida de encuentro. No hagamos circunloquios, acojamos esta verdad tal y como nos la presenta Dios. La vocación y la misión del hombre, en última instancia, es responder a la llamada que Dios le hizo. Se encuentra con todos, en todos los lugares, consciente de que es portavoz de quien ha creado todo lo que existe. En una gran ciudad estamos llamados a vivir la cultura del encuentro, tal y como el Creador la diseñó. El encuentro siempre da luz y alegría, da gozo y belleza, da sentido.



2. Las calles, plazas, jardines y casas, han de ser ámbitos reales de encuentro y de respeto al otro.Todos los hombres que habitamos en la gran ciudad tenemos nuestras historias, nuestros sufrimientos y anhelos. No hagamos ciudades para el desencuentro, para vivir uno mismo sin ver para nada a los demás; esto nos deshumaniza. Estamos creados para vivir junto a los demás, para ocuparnos de los demás. La parábola del Buen Samaritano tiene un realismo especial hoy en la gran ciudad: podemos llenarla de salteadores y bandidos, pero también podemos construirla de hombres que se acercan a todo el que encuentran para devolverle la dignidad cuando se la robaron. La religiosidad popular nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, pues deseamos vivir como la persona que acompañamos.



3. Encuentro con Cristo, con su Evangelio y con la Iglesia. ¡Qué alegría da ver lo que engendra la religiosidad popular! Nos saca de una fe ideologizada y cultural a esa relación afectiva con Jesús. Descubrimos con una fuerza especial la invitación de Jesús a seguirlo. Al contemplarlo en esa imagen, escuchamos esa llamada fuerte que cambia la vida: «¡Sígueme!». Es una gracia tan grande que inunda nuestro corazón. Al contemplar una imagen de su Madre, escuchamos ese «haced lo que Él os diga» de las bodas de Caná; allí María se define, nos remite a quien puede hacernos felices y darnos alegría. En la Virgen María vemos a la persona ideal de una fe vivida sin complejos y con valentía, que la llevó a salir por todos los caminos. Y al contemplar una imagen de un amigo del Señor, de un santo, escuchamos cómo subyuga la persona de Jesús. Los santos nos conducen a vivir la vida hasta su consumación en comunión con Jesús y en una entrega apasionada por los hombres. Acoger a Dios y a los hombres, no desentendernos de nadie, decir a todo el que encuentre en mi camino: «Eres mi hermano», son tareas necesarias en la gran ciudad. Solo así acabamos con la insolidaridad, la apatía, el sinsentido y el absurdo.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: Texto del Cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid

EN EL CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS




Queridos hermanos:

Al renovar el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús, asumimos la misión que el Señor ha dado a la Iglesia de hacer presente su rostro y tomamos a todos los que viven en España sin excepción, como lo hizo Nuestro Señor, que dio la vida por todos los hombres, deseando responder a ese amor agradecido que hemos recibido de Él. Somos su hechura, no podemos vivir sin el amor, sin su amor. Esas palabras que tantas veces hemos escuchado las hacemos nuestras: «A nadie debáis más que amor». Es con ese amor con el que deseamos vivir y pedimos que llegue a todos los hombres.

Hemos repetido juntos cuando cantábamos el salmo responsorial: «Tú eres, Señor, el lote de mi heredad». ¿Cómo entender esta expresión? Mirémonos a nosotros mismos y descubramos lo que hay en lo profundo de nuestra existencia: hay deseos y capacidad de infinito; existe hambre de justicia y de fraternidad; hay deseos de saber para no ser manipulados; existe el gusto por la fiesta, por la amistad, por la belleza que se muestran en todo ser humano. Descubramos el gozo al que nos invitaba a vivir el salmista, encontrando en el Señor plenitud y salidas en las tormentas y oscuridades, dirección en el camino que hacemos para la vida y la libertad, el consejo, la instrucción, la seguridad que nos impide vacilar en el camino, la alegría de saber que Dios no nos entrega a la muerte, sino que es quien nos sacia, nos infunde gozo, vida y alegría.

En el Corazón de Cristo se nos muestra y revela la realidad de Dios y la realidad del hombre que desea vivir en verdad y no negociar con la verdad, sin acomodarse a las circunstancias. ¡Qué bueno es ver a un Dios que sale a nuestro encuentro!, ¡qué grande es este Dios que habla nuestro lenguaje y que comparte nuestras preocupaciones!, ¡cómo alcanza la vida este Dios que se nos revela en Jesucristo! Él hace verdad y vida esas palabras del Concilio Vaticano II y nos invita a vivirlas: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Hermanos: somos el Pueblo de Dios. Y este Pueblo que camina en España quiere renovar y consagrarse y consagrar a España una vez más al Corazón de Jesús. Somos el Pueblo de Dios que vive entre el pueblo que camina en España, sentimos el gozo de sabernos hermanos de todos los hombres. Asumimos con toda nuestra vida la misión que nos ha confiado el Señor y también la responsabilidad en la misión que nos dio Él, de no desentendernos de nada que afecte al ser humano ni de nadie. A todos los ponemos junto al Señor sabiendo que quien cuida a todos es Él. Quienes creemos en Jesucristo, sabemos que no podemos vivir la fidelidad y estar a gusto si olvidamos a alguien; todos son nuestros hermanos. Es verdad que ser pueblo no coincide con ser todos miembros del Pueblo de Dios. Pero quizá esto lo entendamos mejor si nos preguntamos, desde la mirada de Cristo, qué es ser pueblo. Ser pueblo es mucho más que una categoría lógica, es una categoría mística; es mucho más que un concepto, es una llamada, es una convocación a salir del encierro individualista, del interés propio o de grupo, de esa laguna personal o de grupo en la que nos gusta estar y volcarnos al cauce de un río que avanza y reúne en sí la vida de todos, la historia del territorio que atraviesa y vivifica. Hemos de sentir el gozo de ser pueblo que tiene una geografía y una historia y toma decisiones en su destino, pero lo hacen todos. Ser pueblo es habitar un espacio juntos y saber hacer memoria de una historia muy grande que no empieza anteayer, sino que tiene muchos siglos. Ser pueblo es saber que se nos convoca permanentemente a recuperar la vecindad, el cuidado de los unos y los otros, el saludarnos los unos a otros, reconociendo que vivimos juntos y que todos son dignos de atención; todos son dignos de nuestra amabilidad y de nuestro afecto, preocupándonos por lo que nos afecta a todos y socorriéndonos mutuamente. Estoy convencido de que solamente un pueblo crece si se preguntan todos los que pertenecen a él, aunque sea desde perspectivas distintas, pero con convicción profunda, ¿quién es mi prójimo? Cuando olvidamos esta pregunta habrá grupos, pero no hay pueblo. Esto es precisamente lo que nos enseña el amor de de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús.

La Palabra de Dios que hemos proclamado nos hace tres preguntas y nos pide tres compromisos cuando el Pueblo de Dios hace la consagración de España al Sagrado Corazón. Preguntas y compromisos que quiero poner al alcance de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Tres preguntas y tres compromisos que se convierten en misión:

1. ¿Quién es mi prójimo? O el compromiso de vivir con un corazón grande y nuevo. Un corazón grande como les pidió Dios a Elías y a Eliseo. A ambos les pidió servir al Pueblo de Dios y desde ese Pueblo a todos los hombres. Pero también les pidió un compromiso: a Elías le dijo Dios «urge sucesor tuyo», urge que te despojes de todo y entrégaselo a Eliseo todo. Ponerle la capa es signo de darle y hacerle partícipe de todo lo que Dios le había dado. La respuesta de ambos fue inmediata. Elías, cuando pasó al lado de Eliseo, le echó el manto encima, es decir, le hizo partícipe de todo lo que le había dado Dios. Y Eliseo también ofreció lo que tenía en sacrificio y marchó tras Elías poniéndose a su servicio. Dios les pidió ponerse al servicio del prójimo dejando todo, solo iban con el amor de Dios y la fuerza de Dios.



Eso es precisamente lo que Jesús nos quiere decir en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37). Es lo que Jesús nos dice hoy en esta consagración al Sagrado Corazón: que tengamos un corazón con las medidas de su corazón. La única manera de construir lazos sociales entre los hombres, de vivir en amistad y paz, es comenzar reconociendo al otro como prójimo, es decir, hay que hacernos prójimos. Tomar al hombre como fin y nunca como un medio; no demos valor al otro por lo que el otro pueda darme o servirme, pues eso es tomar al otro como cosa. Cuando lo consideramos como fin, reconocemos que todo ser humano es mi semejante, es mi prójimo. El otro, nos enseña Jesús, no es mi competidor, ni mi enemigo, es mi hermano sea quien sea. El samaritano se pone al herido que encuentra en el camino sobre el hombro y asegura que reciba cuidado. Nos enseña lo que es el amor de Dios y el amor al prójimo. A quien encontremos tirado, pongámonoslo al hombro como lo hizo el samaritano. Solamente cuando ponemos al hombro al otro, comenzamos a considerarnos y entendemos como prójimos, pues no se trata de reconocer al otro semejante, sino de reconocernos como capaces de ser semejantes.

Hoy el Señor nos invita a creernos y a vivir que todo hombre es mi hermano y a hacerme prójimo. Es condición indispensable para vivir mi propia humanidad. Qué corazón el de nuestro Señor, que, siendo Dios, se hizo prójimo de todos los hombres; nos ha regalado su amor, hagámonos semejantes a Él.

2. ¿Cómo mostrar el amor? O el compromiso de vivir con un corazón apasionado por la libertad. El amor hay que mostrarlo cara a cara, esto es imprescindible para que los humanos seamos efectivamente humanos. No se trata de mostrar el amor por intereses personales. En el juicio final (Mt 25, 31-43) se nos descubre otra dimensión del amor; fijémonos en los que habían sido declarados benditos: por haber dado de comer y de beber, por haberle alojado, vestido, visitado, pero no sabían que había hecho estas cosas. Porque la conciencia de haber tocado a Cristo herido en el hermano, de haber sido prójimo, se da a posteriori cuando todo se ha cumplido.

Nos decía el apóstol san Pablo que «para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado». Nos alentaba y animaba a no caer en la esclavitud, pero sí a vivir en esa libertad que nos hace esclavos los unos de los otros por amor. Nunca olvidemos ese «amarás al prójimo como a ti mismo». Mostrar el amor de Dios, impide que nos destruyamos (cfr. Gal 5, 1. 13-18).

El Señor nos invita a hacer formas perdurables del amor. Y eso se hace viviendo el compromiso y la pasión por la libertad y la justicia. ¿No veis a nuestro lado instituciones que son perduración de intenciones y deseos de amor al prójimo y de dejar muestras de ese amor? Cuántas instituciones, congregaciones, fundaciones perduran porque ese amor al prójimo se estableció de una manera permanente e hicieron posible que la justicia tomase rostro: instituciones para enfermos, para ancianos, para niños abandonados, para pobres tirados. Hubo hombres y mujeres que amaron y cuando estaban dando de comer o visitando, amaban con el amor mismo de Dios. El amor de Dios es necesario para perdurar, si no estas instituciones desaparecen con el promotor.

Hagamos posible que el amor vivido hacia los otros se institucionalice en obras que muestren ese amor. Entregar libertad en esta tierra solamente es posible con la pasión por amar a todo ser humano que encontremos en este mundo. No es cuestión de ideas, es cuestión de corazón, que nos lleva a ver que es urgente y necesario institucionalizar el amor sin que pierda por ello el frescor y la lozanía de un amor que contagia libertad.

3. ¿Cómo ser testigos del amor más grande? O el compromiso de vivir la misión a la intemperie, en los caminos por los que transitan los hombres. Hay dos cuestiones que nos muestra el Evangelio que hemos proclamado: 1) La decisión de Jesús de ir a mostrar públicamente su amor: marcha a Jerusalén, donde lo estaban buscando y vigilando sus movimientos, simplemente porque mostraba el amor de Dios con todos los hombres. En las rupturas y los enfrentamientos hay que poner el amor incondicional. 2) Por otra parte, está su deseo de entrar por todos los caminos donde transitan los hombres: entra en Samaría, donde el aprecio a los judíos era nulo, se les consideraba enemigos. Allí sintió el rechazo por ser judío y no le dan alojamiento. Atrevámonos a descubrir en este encuentro lo que significa no amar por razones de creencias o de ideologías, los odios que se pueden engendrar entre vecinos, las divisiones en las que son los pobres los que más sufren. Sin embargo Jesús ama en todas las circunstancias, Él ha venido a traer la paz y la reconciliación, quiere hacer de este mundo una gran familia. Precisamente por eso, cuando Santiago y Juan viven el deseo de la venganza, Jesús les habla con firmeza y les muestra que solo debemos amor, que el camino de los hombres es dar el amor de Dios, devolver la reconciliación, dar perdón.

Pero por otra parte en el camino tiene tres encuentros significativos. A los tres personajes les quiere conquistar el corazón con su amor: el primero y el tercero se aproximan al Señor para decirle «te seguiré a donde vayas» o «te seguiré». Al segundo, es el Señor quien le hace una propuesta de seguimiento, le dice: «sígueme». A los tres les pide que entren en la órbita de su amor. A quienes dicen «te seguiré», el Señor les dice que «el Hijo del hombre no tienen donde reclinar la cabeza» o «déjame primero despedirme de mi familia», es decir, no han descubierto la novedad del amor de Dios manifestada en Cristo, fiarse de Él con todas las consecuencias o todo es nuevo, entra por este camino de amor, solamente tiene amor y es eso lo que vas a tener como fuerza de cambio de este mundo, para hacer el camino entre los hombres. El segundo tuvo una invitación directa de Jesús, «sígueme», pero claudicó, tenía otros amores. «Déjame primero ir a enterrar a mi padre», es decir, me quedo con lo viejo que es vivir desde mí, en mí y para mí, prefiero mirar para atrás. Ninguna de estas tres reacciones crea futuro. Donde no hay amor no hay futuro, donde solamente se piden cuentas y no se da la mano, donde se abren muros y no se crean pistas para comunicarnos, donde no se hacen puentes sino que se derriban, no hay presente ni futuro. Ser testigos del amor en todas las circunstancias es nuestra misión.

El Señor que nos ha hablado, dentro de unos momentos se hace presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Acojamos su presencia. Hagamos el compromiso de acercar a nuestra vida su amor, que es la fuerza que da presente y futuro. Un amor para todos, un amor que regala libertad, un amor que edifica el presente y el futuro haciendo presencia viva en medio de todos los caminos de los hombres, escuchando a todos e invitando a todos a participar como decía san Pablo VI para la construcción de una civilización del amor. Percibid cómo el Señor nos dice «sígueme», pero también descubramos la necesidad de decirle «te seguiré». Tanto en un caso como en otro, que sea para manifestar su amor a todos los hombres. Sagrado Corazón de Jesús, en ti ponemos nuestra vida y la de España en tu Corazón. Cuídanos, haznos hermanos que sintamos la necesidad de decirnos perdón y de perdonar. Amén.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales




Fuente: Homilia del Cardenal Carlos Osoro

sábado, 29 de junio de 2019

UN ABRAZO SOBRE LA CIUDAD






Si tuviésemos un momento de calma para tomar en las manos nuestra vida, vendríamos a la conclusión serena de que llevamos como sabemos y cómo podemos las fatigas y pesares que tantas veces nos afligen. No todo lo controlamos ni sabemos siempre explicar lo que nos pasa. Tienen nombre los límites que nos generan sufrimiento, incertidumbre, cansancio y desesperanza. Es la humana condición y cada uno ha vivido su elenco de situaciones que ponen a prueba nuestra confianza.





Jesús nos permite entrever una oración filial que dirige al Padre Dios. Tras dar gracias porque el Padre esconde a los poderosos los secretos que se les revelan a los sencillos, añade esa expresión de verdadera cercanía del Hijo Dios que quiso ser hermano de nuestra humanidad: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 25-30). 






Una de las preguntas que nos hacemos ante una tragedia cualesquiera: catástrofe natural, lo terrible de una guerra o del terrorismo, una cotidiana enfermedad, cualquier situación personal que nos pone a prueba, es ¿dónde está Dios ahí? ¿Por qué calla? Son preguntas que conseguirían desmontar cualquier seguridad religiosa y pondrían en crisis una vivencia espiritual tranquila si, efectivamente, Dios no hubiera respondido. Estamos ante un misterio cuando hablamos del dolor. Y ni siquiera Jesús mismo quiso estar al margen de él. Sea cual sea el rostro del dolor, de la carencia, del desajuste, del sinsentido, del miedo, de la soledad, ahí hallamos a Jesús que no ha querido eludir tan incómodo encuentro.





Jesús pondrá lágrimas humanas en los ojos de Dios. Es la incomprensible imagen de un Dios Todopoderoso: que también Él supo y quiso llorar. Y hay situaciones en las que necesitamos el respetuoso abrazo del mismo Dios, que no viene a contarnos increíbles historias para distraernos en nuestro disgusto, sino la divina solidaridad de quien tanto entendió en carne propia lo que significa sufrir y lo que significa morir. Hay momentos en los que necesitamos las lágrimas del mismo Dios, un Todopoderoso que tiene entraña y se deja conmover hasta hacerse, por amor, frágil y abatible. 






En la parábola del así llamado Buen Samaritano, hay un apunte autobiográfico del mismo Jesús, como enseña de lo que supone la misericordia cálida, la acogida incondicional de un Dios vulnerable que comparte con el hombre los lances más hermosos del amor, así como los momentos más oscuros del dolor; lo que hay en las personas de más luz y coherencia, así como comprende los rincones más alejados del destino para el que fuimos hechos. No es un Dios cansino o indiferente, un Dios escandalizado y saturado de nuestra lentitud y transgresión, sino un Dios que se deja alcanzar, vulnerar, que tiene presentes nuestras torpezas y pecados, porque son las que, abrazándolas, ha venido a salvar.






Este es el Corazón abierto de nuestro Redentor que vive para siempre tras la resurrección. Es un corazón humano que palpita en el cielo eterno de Dios, para que nos acerquemos al trono de su gracia en donde su yugo es suave, su carga ligera y su misericordia nos llena de paz. Tenemos en Oviedo una imagen que desde el Monte Naranco preside la ciudad con su abrazo tierno y misericordioso. En el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, desde nuestra atalaya nos unimos a la efeméride. Dulce pálpito de misericordia como regalo para el alma y para la sociedad. Bendito lugar en donde ese Corazón nos recuerda en su imagen que sabe latir samaritanamente por todos nosotros sus humildes hermanos.



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales




Fuente: Carta semanal del Sr. Arzobispo. jueves, 27 de junio de 2019 + Jesús Sanz Montes O. F. M. Arzobispo de Oviedo

La procesión en la festividad de la Octava



viernes, 28 de junio de 2019

¿SABES DE DÓNDE PROVIENE LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS?








El Beato Bernardo de Hoyos “desde pequeño sintió una llamada a la vida entregada a Dios, a la vida consagrada. Entró en la Compañía de Jesús, y al colegio San Ambrosio [en Valladolid] llegó con 21 años y no conocía el culto al corazón de Jesús”.

“Fue gracias a una petición de un compañero, mayor de edad, que le pidió que buscase en la biblioteca un libro del Padre Gallifet, sobre el Sagrado Corazón de Jesús”, afirmó el rector del santuario.

El Beato Bernardo de Hoyos dejó escrito que cuando comenzó a “leer el origen del culto del Corazón de Nuestro Amor, Jesús, sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento, fuerte, suave y nada arrebatador ni impetuoso con el cual me fui luego, al punto, delante del Señor sacramentado a ofrecerme a su corazón para cooperar en cuanto pudiese, a lo menos, con oraciones, a la extensión de su culto”.



En ese sentido, el Beato Bernardo “fue constituido por el mismo Cristo en apóstol del Corazón de Jesús”, y por medio del Señor “manifestó la intensidad de un corazón que tanto ama a los hombres y que tantas veces es abandonado y despreciado. El Beato Bernardo supo, con 24 años de vida, manifestar esta intensidad del Corazón de Jesús en los hombres”.

Entre las manifestaciones o visiones que tuvo este beato, una de las más importantes ocurrió el 14 de mayo de 1733. “Bernardo estaba en la iglesia de San Esteban, cuando después de comulgar pudo contemplar el Corazón de Cristo y recibió el legado de la Gran Promesa, de la que toma nombre esse santuario”.



“Dios me da a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este corazón sino que por mí las gustasen otros, pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos”, escribió el beato.

Durante esa aparición el Beato Bernardo Hoyos pidió que se celebrara en España la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, a lo que Cristo le contestó lo que posteriormente se conocería como “la Gran Promesa”: “Reinaré en España y con más veneración que en otras muchas partes”.

Después de ese momento, el Beato Bernardo Hoyos se convirtió en “apóstol a través de los medios de difusión que se conocían entonces, como las postales, e incluso escribió un libro titulado ‘El tesoro escondido’, donde habla del Corazón de Jesús”.

El Beato Bernardo Hoyos murió con 24 años, pero su corta edad “no fue detrimento para el amor a Cristo”, que lo llevó “a tocar el Cielo en la tierra, a convertirse en un apóstol ardiente y apasionado por el corazón del Señor”.





En ese sentido, “Jesús dijo ‘reinaré en España’. Cristo reinará en nosotros, cuando incentivemos este reinado en nuestro corazón, dentro de nosotros. Cuando nos apasionemos por Jesús, que vivamos enamorados de Cristo y solo busquemos como alimento su voluntad. Y Cristo desea reinar para aniquilar en nosotros la raíz del pecado y podamos vivir totalmente la vida y la virtud de la santidad. El hombre desea descubrir la verdad de su vida, y la única verdad es Dios. Y Dios desea que el hombre tenga sed de Él porque Dios tiene sed de cada uno de los hombres”.



Esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús está profundamente unida a la consagración de cada uno a él.




Esta consagración significa “ofrecer nuestra vida sin temor a Aquel que nos ha amado apasionadamente y redimido, que por eso la consagración nos habla de la pasión de entregarnos a Jesús”.



Muchas personas nos hablan del temor a hablar de la consagración a Cristo, porque piensan que Jesús les va a pedir más de lo que cada uno puede ofrecer, pero Dios solo pide a cada alma lo que el alma puede entregarle, porque Dios está sediento de almas generosas que quieran consagrarse a Él”.



“Cuando nos consagramos a Cristo, queremos consolar lo que Cristo lleva en su corazón”, precisó el rector, y afirmó que “Jesús mostró su corazón a Margarita Alacoque, y a Bernardo un corazón rodeado de espinas, que son los pecados de los hombres que le infligen y le clavan constantemente. Por eso, el alma consagrada a Él desea amarle y consolarle de aquellos abandonos que sufre y reparar, esencialmente en esta devoción, el corazón herido de Cristo”.




Sobre las características de esta consagración, ésta nos habla de “un amor incondicional a Jesús y de la reparación del corazón del Señor, que espera que acudamos a Él por quienes le ofenden y abandonan. Es también consolación, porque igual que Cristo nos consuela, Él pide ser consolado por los suyos”, “es la generosidad de Jesús por nosotros y la correspondencia del hombre hacia Cristo que nos pide entregarnos a Él”.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: ACI Prensa

DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA AL CORAZÓN DE JESÚS. LA ENSEÑANZA DE SAN JUAN PABLO II.




En el discurso de 1989 que dirigió en Fátima dio tres claves para explicar la relación inseparable que hay entre la consagración al Corazón de Jesús y la consagración al Corazón de María:


1.         La primera clave es que María tiene un papel imprescindible y central en la misión salvadora de su Hijo. Dijo San Juan Pablo II: “En el corazón de María vemos simbolizado su amor materno, su santidad singular y el papel central que ella desempeñó en la misión redentora de su Hijo. En relación con el papel especial desempeñado por Ella en la misión de su Hijo, la devoción al Corazón de María tiene una importancia fundamental, ya que por amor a su Hijo y a toda la humanidad Ella ejerce un papel único de instrumento para llevarnos a Él. El Acto de Consagración al Corazón Inmaculado de María que hice solemnemente en Fátima el 13 de mayo de 1982, y que renové el 25 de marzo de 1984 con motivo de la conclusión del Año Santo Extraordinario de la Redención se funda en esta verdad sobre el amor maternal y el papel esencial de intercesión desempeñado por María. Si nos dirigimos al Corazón Inmaculado de María, Ella con toda seguridad, nos ayudará a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy, y que con sus efectos inconmensurables pesa sobre la vida presente, y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro”.



2.         La segunda clave, como consecuencia de la anterior, resulta evidente: acudir a María es acudir a Jesús. Sigue diciendo el Papa santo: “nuestro Acto de consagración a María remite en último término al Corazón de su Hijo, pues, en cuanto Madre de Cristo, Ella se halla totalmente unida a la misión redentora. Como en las bodas de Caná, en las que dijo: Haced lo que Él os diga (Jn 2,5), María orienta todas las cosas hacia su Hijo, que escucha nuestras oraciones y perdona nuestros pecados. Así, al consagrarnos al Corazón de María, encontramos un camino seguro hacia el Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del amor misericordioso de nuestro Salvador”.



3.         En tercer lugar, la consagración a María y la relación de amor que produce con ella, cristifica nuestra vida, ya que como dice San Juan Pablo: “El acto de encomendarnos al Corazón de Nuestra Señora establece una relación de amor con Ella, pues le encomendamos todo lo que tenemos y todo lo que somos. Esta consagración se realiza esencialmente mediante una vida de gracia, de pureza, de oración, de penitencia acompañada por el cumplimiento de todos los deberes del cristiano, y de reparación por nuestros pecados y por los pecados del mundo”.



Concluyamos deseando todos ser cada vez más suyos:

Queridísima Madre, queremos consagrarnos a tu Inmaculado Corazón, ser totalmente tuyos, hijos tuyos, para ser del todo de tu Hijo. Para que tú formes en nosotros la imagen de tu Hijo, al igual que le formaste en tu seno.

Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza.

A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes Madre Mía, hasta morir en tu amor. Amén.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: Diócesis de Getafe - Corazonada

jueves, 27 de junio de 2019

7 CURIOSIDADES DE LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS




Desde los primeros tiempos y en la actualidad, el Sagrado Corazón de Jesús es venerado y honrado por los fieles.

Especialmente en junio, millones de personas se acercan con especial cariño y devoción, confiando en que el Sagrado Corazón de Jesús derramará su gracia en aquellos corazones humildes que lo veneren.

A continuación siete curiosidades sobre la gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús:


1.- La Jornada Mundial de Oración por la Santificación por los Sacerdotes se realiza el mismo día del Sagrado Corazón de Jesús

San Juan Pablo II que tenía gran cariño por el Sagrado Corazón de Jesús ordenó que el día de su fiesta se realice la Jornada Mundial de Oración por la Santificación por los Sacerdotes. Asimismo, declaró la fiesta del Inmaculado Corazón de María como obligatoria para toda la Iglesia.


2.- La Fiesta del Inmaculado Corazón de María es celebrada al día siguiente

El Papa Pío XII estableció en 1944 que la Fiesta del Inmaculado Corazón de María se celebre al día siguiente de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, ya que estos dos corazones son inseparables.


3.- Varias encíclicas tratan del Corazón de Jesús

En 1856, a partir de la extensión oficial para toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón se han escrito las siguientes encíclicas que hablan del Corazón de Jesús: “Annum Sacrum” con León XIII, “Miserentissimus Redemptor” de Pío XI y “Haurietis Aquas” por Pío XII.


4.- El himno más antiguo al Sagrado Corazón  se llama “Summi Regis Cor Aveto”

El himno más antiguo al Sagrado Corazón de Jesús es el “Summi Regis Cor Aveto”, que en sus primeras letras habla sobre el saludo que uno hace al corazón del rey altísimo. Se considera que es obra de Herman Joseph, norbertino de Colonia, Alemania.


5.- Santa Margarita María de Alacoque se consagró desde pequeña a Cristo y recibió revelaciones

A los cuatro años Santa Margarita rezó inspirada al Señor. "Oh Dios Mío, os consagro mi pureza y hago voto de perpetua castidad”.  Cuando llevaba solo 14 meses de profesa, con 26 años, y arrodillada ante el Santísimo Sacramento recibió un mensaje de Jesús.

“Te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares”.


6.- Otros santos también tuvieron visiones de esta devoción

Otros santos que han tenido visiones sobre el Corazón de Jesús son: Santa Lutgarda, Santa Matilde, Santa Angela de Foligno, Santa Juliana de Norwich, Santa Verónica Giuliani.


7. Es una tradición muy antigua

La tradición apostólica del Corazón de Cristo proviene desde los primeros tiempos. San Agustín, Padre y Doctor de la Iglesia, un día escribió que San Juan, el que reclinó la cabeza sobre el pecho de Cristo en la última cena, bebió de los "secretos sublimes de las profundidades más íntimas del Corazón de Nuestro Señor".




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: ACI Prensa


Estandarte

  Estandarte Del fr. ant. estandart, y este del franco *stand hard”, mantente firme. Es una confección textil con colores y símbolos que rep...