lunes, 30 de diciembre de 2019

SOLEMNIDAD DE MARÍA, MADRE DE DIOS





Un nuevo año comienza y la Iglesia, cada 1 de enero, lo inicia celebrando la Solemnidad de “María, Madre de Dios” para pedir la protección de aquella que tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador. Conoce aquí cómo es que surge este título en honor a la Virgen y lo que hicieron los primeros cristianos para defenderlo.

La Fiesta de “María, Madre de Dios” (Theotokos) es la más antigua que se conoce en Occidente. En las Catacumbas o antiquísimos subterráneos de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, se encuentran pinturas con esta inscripción.

Según un antiguo testimonio escrito en el siglo III, los cristianos de Egipto se dirigían a María con la siguiente oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita" (Liturgia de las Horas).




En el Siglo IV el término Theotokos se usaba con frecuencia en Oriente y Occidente porque ya había entrado a formar parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.

Sin embargo, en el siglo V, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”.

Nestorio había caído en un error debido a su dificultad para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas – divina y humana – presentes en Él.




Los obispos, por su parte, reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo. A su vez declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".

Luego, acompañados por el pueblo y portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, reflexionó sobre las objeciones planteadas por Nestorio para que se comprenda mejor el título “María, Madre de Dios”.

“La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”, dijo el Pontífice.




“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”, añadió.

Asimismo, señaló que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, enfatizó San Juan Pablo II.

Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino también nuestra porque así lo quiso Jesucristo en la cruz. Por ello, al comenzar el nuevo año, pidámosle a María que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo.






Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.


Fuente: Redacción ACI Prensa


FIESTA DE LA TRASLACIÓN DEL CUERPO DEL APÓSTOL SANTIAGO




La Fiesta de hoy se comenzó a celebrar en el año 1109, tiene lugar todos los años, el día 30 de diciembre, en recuerdo del legendario traslado de los restos del Apóstol desde el puerto de Jaffa, en Palestina, hasta las costas gallegas, donde fueron desembarcados en el muelle de Iria Flavia, en el municipio coruñés de Padrón, según cuenta la tradición.





Corría el año 42 después de Cristo cuando Herodes Agripa manda decapitar a Santiago el Mayor, discípulo del Señor. 




San Lucas narra cómo su cuerpo fue arrojado fuera de la ciudad para que fuera devorado por los perros y las fieras, pero sus discípulos conocidos como los Siete Varones Apostólicos, San Torcuato, San Tesifonte, San Indalecio, San Segundo, San Eufrasio, San Cecilio y San Hesiquio, lograron rescatarlo y lo embarcaron en el puerto de Jope.




Tras días de navegación arribaron al puerto de Iria Flavia (la actual Padrón) en Galicia, atando la embarcación a una roca donde posaron el cuerpo de su maestro, roca que fue cediendo hasta convertirse en el sarcófago del Santo.




Los discípulos se dirigen entonces a la corte de la reina Lupa para solicitarle una parcela para sepultar al Apóstol; la reina los envió a la cercana corte del rey Duyo, enemigo del cristianismo, quien los encarceló. 




Un ángel los liberó y, cuando eran perseguidos, se produjo el milagro del hundimiento de un puente que acabó con los perseguidores. 





Volvieron a la corte de Lupa, quien de nuevo intentó deshacerse de ellos aconsejándoles que unciesen el carro con unos supuestos bueyes mansos que eran, en realidad, toros salvajes. 




Los animales, olvidando su fiereza, se dejaron uncir, milagro que hizo que la reina Lupa se convirtiera al cristianismo y cediera su palacio para iglesia y sepultura del Apóstol.




Una vez sepultado el apóstol, los santos designaron a dos discípulos, llamados Teodoro y Atanasio, para que quedaran custodiando y venerando las reliquias de Santiago. 




Además, predicaban a Cristo a los habitantes de la zona. 




Los siete varones, por su parte, se dispersaron por toda la península para evangelizarla. 




Pasó el tiempo y murieron los dos custodios, que fueron sepultados junto a Santiago, como habían pedido a los discípulos que habían hecho mediante sus predicaciones.




Casi ocho siglos más tarde, hacia el año 813 (según versiones, 820 y hasta 830) se produjo el milagroso descubrimiento de las reliquias del Apóstol Santiago bajo la maleza. 




Las encontró un ermitaño que vio allí signos celestiales: estrellas que se movían de modo milagroso y cánticos angelicales. 




Enseguida avisó a su obispo, Teodomiro, cuya sede estaba en una antigua villa romana próxima, Iria Flavio.





El prelado comunicó la noticia al rey astur Alfonso II “El Casto”, quien mandó a levantar una primera capilla de piedra y barro junto al antiguo mausoleo.




Este templo recibió en el 834 un Preceptum regio que lo convertía en sede episcopal y le otorgaba poder sobre los territorios próximos. 




A su alrededor, buscando su protección, comenzaron a establecerse los primeros pobladores y grupos monacales de benedictinos encargados de la custodia de las reliquias.




Este es el origen de la Catedral actual, de la ciudad y del camino santiagués que durante siglos atrajo y atrae, peregrinos de todos los confines de Europa y del mundo.




Santiago se convierte en símbolo de la reconquista frente a los moros, en una época especialmente dada al culto de reliquias de santos.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: Texto de Jesús Cano Moreno


jueves, 26 de diciembre de 2019

FESTIVIDAD DE SAN JUAN EVANGELISTA, PATRÓN DE LA JUVENTUD COFRADE.







En el día de hoy se honra a San Juan Evangelista, Patrón de la Juventud Cofrade.






El Discípulo Amado está muy presente en la iconografía de nuestras Hermandades de Pasión, es inconfundible su atuendo verde y rojo signo de la juventud y del martirio.





 Su representación con el águila por la gran espiritualidad de su evangelio, así como su joven rostro siempre en cercanía de Jesús. 





San Juan es un ejemplo de entrega y confianza en la misión divina siendo junto con Pedro y Santiago los apóstoles predilectos de Jesús.






No en vano es Juan el único discípulo que se hace presente junto con María en el calvario y posteriormente la cuidará hasta su gloriosa subida al cielo.






Juan, hermano de Santiago, es identificado en la tradición como el discípulo a quien Jesús amaba.




Su figura en los Evangelios es aquella del discípulo perfecto que, inclinándose en el pecho de su Señor, conoce los misterios más profundos e íntimos.



Su Evangelio y sus cartas, no son solo una verdadera guía para llegar a ser discípulos, sino también para ser sus amigos y hermanos de Jesús.




Su Apocalipsis sirvió y sirve, aún ahora, como obra de consuelo para todos los cristianos perseguidos.





Celebremos hoy todos los cofrades de la Festividad de San Juan con la esperanza en que los jóvenes cofrades sean ejemplo de entrega y humildad.




 Que Dios los ilumine para solucionar problemas como el paro juvenil tan presente en nuestra ciudad y para que ocupen un lugar importante en nuestra sociedad ya que de ellos es el futuro del país y el mañana de nuestras Hermandades.






Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.


Fuente: hermandadesdelinares.es

miércoles, 25 de diciembre de 2019

HOY SE INICIA LA OCTAVA DE NAVIDAD, CELEBRAMOS EL NACIMIENTO DE JESÚS 8 DÍAS SEGUIDOS



Como es tradición en la Iglesia, la noche del 24 de diciembre se empieza a celebrar de manera solemne la Natividad del Señor y luego siguen ocho días llamados “Octava de Navidad”, que comienza el 25 de diciembre y concluye el 1 de enero, en los que igualmente se festeja el nacimiento del Niño Dios.

La celebración de la “Octava” tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, en el que los judíos festejaban las grandes fiestas por ocho días. Asimismo, tal como se lee en el Génesis (17, 9-14), hace muchos siglos Dios hizo una alianza con Abraham y su descendencia cuyo signo es la circuncisión al octavo día después del nacimiento.

Jesús mismo, como todo judío, también fue circuncidado al octavo día y resucitó el “día después del séptimo día de la semana”. Es así que la Octava (ocho días) sigue siendo una tradición muy importante en la Iglesia y por ello se ha establecido sólo dos en el calendario litúrgico: la “Octava de Navidad” y la “Octava de Pascua”.

En la Octava de Navidad también se celebran las siguientes fiestas importantes:

26 de diciembre: San Esteban es el primer mártir del cristianismo y representa a todos los que murieron por Cristo voluntariamente.
27 de diciembre: San Juan Evangelista es el joven y valiente apóstol que permaneció al pie de la cruz con la Virgen María. Es considerado el “discípulo amado” y representa a los que estuvieron dispuestos a morir por Cristo, pero no los mataron.
28 de diciembre: Los Santos inocentes representan a los que murieron por Cristo sin saberlo y a los millones de bebés que mueren hoy día con el aborto.
Domingo después de Navidad: La Sagrada Familia es modelo para todas las familias y símbolo de la unión de la Santísima Trinidad. Este año cae domingo 29 de diciembre.
1 de enero: María Madre de Dios. Todos los títulos atribuidos a la Virgen María tienen su raíz en este dogma de fe.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: Redacción ACI Prensa

martes, 24 de diciembre de 2019

¿POR QUÉ EL 25 DE DICIEMBRE CELEBRAMOS LA NAVIDAD?




Los cristianos celebramos la Natividad del Señor, es decir, ese misterio de la vida de Jesús. Para ello se ha elegido un día determinado, que no coincide con el cumpleaños de Jesús. Reitero, celebramos un misterio y no festejamos un cumpleaños. Como se festeja el nacimiento del monarca de Reino Unido el 9 de junio, con independencia de la fecha en que haya nacido la persona concreta que reine.

¿Por qué se eligió el 25 de diciembre para celebrar el misterio la Natividad del Señor? Algunos han apuntado que por sustituir a los Saturnales romanos. Otra respuesta está en la Encarnación.

Por la imprecisión del calendario juliano, el equinoccio de primavera en el hemisferio norte se había movido del 21 al 25 de marzo; es decir, la primavera comenzaba el 25 de marzo. Los antiguos creían que Dios había iniciado la creación el 25 de marzo, por ser la fecha del inicio de la primavera. Pensaban que la creación no podía haber empezado en otra estación pues, por ejemplo, en otoño las hojas caen y para ello se requiere que existan hojas; tenía que ser en la estación en la que florean las plantas.

Si Dios había iniciado la creación del mundo un 25 de marzo, también el inicio de la nueva creación, la Encarnación del Verbo, tenía que haber sido un 25 de marzo.

Creyendo que la Encarnación había sido un 25 de marzo, se le suman los nueve meses de embarazo, dando como fecha el 25 de diciembre. Por eso se celebra en ese día la Natividad del Señor.

No obstante, pueden hacerse cálculos para determinar la fecha aproximada del nacimiento de Jesús a partir de distintos versículos de la Biblia.

Narra San Lucas que el padre de Juan el Bautista era Zacarías, quien pertenecía a la clase sacerdotal de Abías (1,5). Las clases sacerdotales se habían distribuido por turnos para prestar su servicio litúrgico. Cada turno servía durante una semana (2 Cro 23, 8). A la clase de Abías le correspondía el octavo turno (1 Cro 24, 10). Dice San Lucas que una vez que Zacarías cumplió su turno, regresó a casa y poco después su esposa, Isabel, concibió a Juan (23-24). De esta forma, podemos saber la fecha aproximada en que se concibió Juan el Bautista si conocemos la fecha del turno de Abías. A partir de esta fecha podemos conocer el momento aproximado del nacimiento de Jesús, pues Cristo era seis meses menor que Juan como narra san Lucas (1, 36). Es decir, a la fecha aproximada de la concepción del Bautista se le añaden nueve meses, y a ésta se le añaden otros seis


Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: liturgiapapal.org

LLEGA DESDE ESPAÑA SAN NICOLÁS




Los niños holandeses se acuestan contentos e ilusionados en Diciembre, porque quien va a venir durante la noche es alguien de España que les va a dejar muchos regalos.

Nos referimos a San Nicolás.

Tal vez os suene más después de la transformación de los norteamericanos: Santa Klaus.

Esa es la tradición de diciembre llega desde España San Nicolás (en holandés, Sinterklaas).

Visitando por la noche las casas de los niños y colocando (con su inseparable ayudante, Pedrito el negro) los regalos en los zapatos, generalmente, naranjas, dulces y juguetes.

Cuando los holandeses fundaron Nueva Amsterdam en Norteamérica se llevaron la tradición con ellos.
Luego, cuando los británicos echaron a los holandeses y renombraron la ciudad a Nueva York (que ya os sonará más), la tradición continuó. Pasaron muchos años.

Sinterklaas derivó en Santa Klaus, y durante décadas apareció en cuentos y literatura y se hicieron cambios en su fisonomía hasta el más reciente, que fue el de la Coca-Cola, que es como lo conocemos ahora.

Este «origen» tiene antecedentes históricos. Al parecer, los restos del verdadero San Nicolás descansan en Bari (urbe italiana situada en la costa adriática, al sur del país).

Ciudad antaño integrada en el antiguo reino de las "Dos Sicilias", del cual el emperador Carlos I de España y V de Alemania fue rey.

Cuando su sucesor, Felipe II, heredó los Países Bajos, España y las Dos Sicilias, el enclave era territorio español.

De ahí parte la creencia de que San Nicolás llegue de España y, por asociación, de Madrid, la capital del imperio en aquellos años.


Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 23 de diciembre de 2019

¿COMO DEBE CELEBRARSE LA MISA DE NAVIDAD?




Para las misas de la Solemnidad de la Natividad del Señor hay pocas variaciones rituales.

Antes de la misa puede cantarse la calenda o el anuncio del nacimiento del Señor, con la fórmula del Martirologio Romano (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 111).

En las misas de la Solemnidad de la Natividad del Señor no está previsto tocar las campanas mientras se entona el Gloria.

Esto es algo propio de la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, y de la Vigilia Pascual.

Pueden repicarse las campanas en el momento en el que se descubra la imagen del Niño Jesús, como se hace en la Misa de Gallo presidida por el Papa, o al colocar la imagen en el Pesebre. Pero no durante el Gloria.

En esas misas, mientras se mientras se dicen las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;” del Símbolo, hay que permanecer de rodillas (IGMR 137).

Al final de la celebración podrá tener lugar el beso de la imagen del Niño Jesús por parte de los fieles, y la colocación de la misma en el nacimiento (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 111).


Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: liturgiapapal.org

sábado, 21 de diciembre de 2019

Oración para bendecir la mesa en Navidad



Las fiestas de Navidad suelen ser ocasión para reunir en casa a familiares y amigos. Compartimos una sencilla oración para bendecir la mesa.
Oración:

Bendice, Señor, nuestra mesa en esta noche de Luz.


Quienes vamos a cenar celebrándote, sabemos que la fiesta eres Tú, que nos invitas a nacer siempre de nuevo.

Gracias por el pan y el trabajo, por la generosidad y la esperanza.

Llena nuestra mesa de fuerza y ternura para ser personas justas, llena de paz nuestras vidas y que la amistad y la gratitud alimenten cada día del año.

Tú eres bendición para nosotros, por eso, en esta noche fraterna, bendice la tierra toda, bendice nuestro país.
Bendice esta familia y esta mesa. 

Bendícenos a cada uno de los que estamos aquí.

Amén.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente:  Una sencilla oración para bendecir la mesa, publicada por la Diócesis de Málaga en España. 

jueves, 19 de diciembre de 2019

"ADMIRABILE SIGNUM" SOBRE EL SIGNIFICADO Y EL VALOR DEL BELÉN




1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración.

La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría.

El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura.
La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre.

Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas...

Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza.

Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular.

 Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén.

 El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7).

Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer.
 El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41).

 Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4).

En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos.

Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla.

 Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén.

 Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio.

Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1].

Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado.

El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa.

Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. 

Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado.

Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía.

 En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús.

De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo.

 Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe.

Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. 

Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?.

 En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez.

El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida.

En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén.

Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación.

Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz.

 Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo.

En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche.

Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene.

Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas.

Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré?.

Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia.

Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz.

Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido.

Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores!.

De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías.

 Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles.

Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. 

A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece.

Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación.
A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro.

Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón.

Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto.

De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. 

Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello.

Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad.

El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría.

Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura.

Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos.

 Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura.

Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan..., todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo.

Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado.

Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. 

Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él.

 Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara.

San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María.

Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15).

Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente.

José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos.

 En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma.

 Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida.
Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación.

El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros.

Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños.

Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas.
Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos.

Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra.

 También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador.

Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo.

Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12).

Una gran alegría los invade ante el Niño Rey.

No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo.

Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes.

Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo.

Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia.

No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida.

En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe.

Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María.

Y a sentir que en esto está la felicidad.

Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019. 

EL PAPA FRANCISCO.


Notas de Referencia:

 [1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468. [2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.



Fuente: Texto completo de la Carta Apostólica "Admirabile signum" del Papa Francisco sobre el significado del pesebrehttps://www.romereports.com/

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