sábado, 24 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 25 DE ABRIL DE 2021

 



25 de abril de 2021

 

Hermano:

«¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué os surgen dudas? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos»

«Jesús resucitado se fija en lo bueno de aquellos a los que ama y los busca para decirles que no teman, que está su lado, que siempre va a ir con ellos por el camino de la vida»

Gijón entra en el nivel 3 por primera vez desde comienzos de abril y las vacunas desploman la incidencia en los mayores.

El Gobierno de Asturias autoriza los circos con un aforo máximo de 300 personas y las atracciones con camas elásticas.

Salud llama a cuidar el incremento de positivos entre jóvenes y la tasa de positividad sube al 7%.

La incidencia entre el grupo de 15 a 25 años dobla a la media de la comunidad y está en riesgo extremo.

El valor de la ingenuidad me parece un don muy anhelado. Es un don que me da Dios al nacer, viene impreso en mi alma, en mi mirada. Pero a veces la vida con sus cruces y desengaños rompe esa tela suave que cubre mi alma protegiéndola desde que soy niño. Y cuando esto sucede, dejo de pensar que todo es bello. La vida ya no siempre me sonríe. Y no todas las personas son buenas y honestas, al menos ya no me lo parecen. Y empiezo a ver suciedad bajo una apariencia perfecta. Y me desengaño y rompo por dentro cuando las heridas rasgan mi alma provocando dolor. Quisiera pedirle a Dios cada Pascua una nueva ingenuidad para vivir la vida. Volver a nacer de nuevo a la vida y sonreír. Aprender otra vez a pensar bien de mi prójimo y a hablar bien de mi vecino. Una mirada ingenua para no ver una mano oculta que todo lo echa a perder con malas intenciones. Para maravillarme con la belleza escondida en los árboles. Para contemplar sobrecogido un paisaje, con una sonrisa. Para hablar bien de los méritos de mi hermano y no condenar sus caídas. Para elogiar al que construye sin quedarme en las críticas por la forma como lo ha hecho. No sé si volverá esa ingenuidad primera que tanto extraño. Porque hace tiempo la perdí corriendo por las calles. Esa ingenuidad de Pedro cuando quiere salvar a Jesús de una muerte inminente, prometiéndole la seguridad de su espada. Esa ingenuidad de María Magdalena que ve en Jesús a un simple hortelano y quiere saber dónde ha puesto su cuerpo. Esa ingenuidad de los discípulos que lloran de alegría al ver resucitado a su maestro. No sé cómo va a hacer Jesús para devolverme esa mirada ingenua sobre la vida. Esa mirada capaz de alegrarse con los pequeños regalos de cada día y pasar por alto los pequeños golpes que voy recibiendo. Esa ingenuidad que me deja mirar con sorpresa el corazón de aquel que está junto a mí sin buscar en él pecados ocultos. Me da miedo pensar que me han robado la ingenuidad para siempre y que ni siquiera Jesús pueda ser capaz de levantar la losa para hacer que nazca de nuevo y resucite a una nueva mirada, a una nueva forma de ver la vida. Quiero pensar que es posible cambiar por dentro y volver a ser el que era con las heridas resucitadas. Quiero pensar que puedo mirar la vida sin rencores ocultos, sin rabias escondidas, sin sentimientos negativos. Y alegrarme con las cosas sencillas como los niños cuando juegan sin importarles lo que pueda suceder mañana. Quiero pedirle a Dios que me limpie por dentro no para romper mi historia borrándola de un plumazo. No quiero esa ingenuidad que provoca el olvido. Quiero recordar muy bien lo que ha pasado, lo que he hecho, lo que me han hecho. Pero al mismo tiempo quiero poder contemplarlo con ojos grandes y sorprendidos. Y alabar a Dios por todo lo que me ha regalado en medio de este camino, lo bueno y lo malo que he sufrido. Quiero la ingenuidad capaz de ver la bondad oculta debajo de obras malas y la mirada pura en actos que no son tan puros. Quiero pensar que puedo empezar de nuevo aún después de haber caído una y mil veces. Y creer en la vida después de haber palpado la muerte y las heridas. Quiero creer que Jesús con sus manos limpias y abiertas por las llagas es capaz de darme una vida nueva, una sangre limpia, una mirada pura, un corazón grande y una capacidad de amar mucho más ancha que la que tenía. Quiero creer que no está todo dicho. No quiero juzgar a los demás pensando que no es verdad lo que viven, tal vez me equivoco. Quiero creer en lo bueno que hay en cada uno en primer lugar y en mi propio corazón a veces tan herido. Quiero pensar bien de los demás y no tratar de dármelas de listo, suponiendo en mi hermano intenciones que tal vez no tenga. O si las tiene, ¿quién soy yo para presuponerlas? Quiero la mirada ingenua de María Magdalena esta mañana de resurrección. La mirada ingenua de Juan y Pedro que corren el sepulcro vacío y creen cuando no ven nada. La mirada ingenua de los discípulos de Emaús que se sorprenden al ver a aquel hombre que no sabe nada de Jesús el Nazareno. Quiero la mirada pura de los niños que en medio de la batalla son capaces de fijarse en las flores que crecen junto al camino. No descarto la posibilidad de volver a ser ingenuo como los niños, ya que un día lo fui. Con mis ojos grandes, mi sonrisa ancha y mi mano tendida buscando otra mano que me guie por los caminos. Es la ingenuidad de Jesús resucitado que se fija en lo bueno de aquellos a los que ama y los busca para decirles que no teman, que está su lado, que siempre va a ir con ellos por el camino de la vida. Esa es la mirada de Jesús sobre mí cada día cuando voy caminando. Su mirada me hace más puro. Su mirada me limpia por dentro. Su mirada me vuelve ingenuo, no sé cómo pero lo consigue.

Cada año me gusta detenerme a pensar en las apariciones. Jesús se aparece en su carne gloriosa ante los que lo aman cuando ellos menos lo esperan. Se presenta ante esos a los que Él ama y lo aman a Él. Aquellos que ahora están tristes y lloran su ausencia. A los que han perdido la razón para seguir luchando. A los que comieron y bebieron con Él compartiendo la vida. A los que soñaron con construir a su lado un mundo mejor, más justo, más humano, con más paz y concordia. Se aparece a los que tal vez ahora dudan de la verdad de todo lo vivido. O a los que esperan con miedo no correr la misma suerte que su maestro. Busca a los que tienen miedo y regresan a sus casas y costumbres de antes. Va a buscar a sus amigos porque ellos son los primeros con los que quiere compartir la alegría de estar vivo y haber vencido a la muerte, al mal, al odio. Desea que los suyos se sientan consolados, amados, protegidos. Quiere comer con los que un día ya comió. Y pescar a su lado como lo hizo cuando estaba con ellos. No se va a aparecer en lo alto del templo manifestando su poder para acallar todas las dudas con un golpe de autoridad. Quizás a mí, que busco la victoria rápida, es lo que mejor me parecería. Pero Jesús no quiere eso. No pretende que los que lo odiaron en su vida mortal crean por fin en Él y lo sigan. No busca que los indiferentes opten por creer en ese Mesías que había pasado haciendo el bien. No grita para que le oigan, ni hace un milagro maravilloso que todos puedan ver. Esa no es la dinámica de la salvación, nunca lo ha sido en el corazón de Jesús. Dios no me impone nunca su justicia. No fuerza la puerta de mi alma para que acepte su amor y lo siga. No me exige que lo ame hasta el extremo y esté dispuesto a dar mi vida por Él. No me suplica que lo siga por los caminos dejando atrás mis seguridades. Es todo mucho más sutil. Es una caricia, una presencia que enamora, un susurro al oído, nunca un grito, más bien un silencio lleno de notas musicales que apenas escucho. Su amor despierta esa paz que provoca en el alma una calma infinita. Lo hace con sus manos que se abren paso entre mis recelos. Dios no abusa de mí, no es el abuso su carta de presentación. No quiere que yo me vea obligado a obedecer cambiando mis planes previos. Quiere que yo elija libremente estar con Él y vivir a su lado. Por eso cada aparición respeta la libertad de aquellos a los que Él ama con locura. Y además usa el lenguaje que ellos pueden comprender. A María Magdalena la llamó un primer día por su nombre verdadero, le puso un nombre nuevo y ahora se lo repite. A Tomás le deja que palpe su costado, porque quizás necesita tocar su carne como otras veces, para creer y reconocer cuánto lo ama el Señor. A los discípulos de Emaús tiene que ir a buscarlos por el camino y es sutil, no los fuerza, simplemente les habla de Él y de su vida a su lado y ellos sin comprender sienten arder un fuego en su alma. Y luego parte el pan ante sus ojos, como ya otras veces había hecho, con ese estilo tan único de Jesús, tan bello. A Pedro lo va a buscar a la orilla para comer con él su propio pescado y luego le recuerda que lo ama y ha olvidado cualquier traición. Ni la menciona. Habrá seguro muchas otras apariciones que no conocemos. A su Madre seguro que se apareció y se dejó abrazar por Ella, como cuando era niño. A cada uno los llamó según la forma y el olor del amor que había surgido durante esos años entre ellos. Habría un lenguaje propio, palabras y gestos propios. Así es el amor, siempre tiene sus caminos originales, sus formas identificables. Jesús se va para quedarse de una forma única para cada uno. Así lo hace conmigo y me enseña a descubrirle caminando a mi lado incluso cuando más solo me siento y la tormenta es más viva en mi interior. En esos momentos de lucha se aparece con el lenguaje de siempre, el suyo y el mío. Ese que solo los dos reconocemos. Y me dice que me quiere con locura y no me va a dejar nunca. Me recuerda algo que yo olvido, que no tenga miedo. Cada día tiene su afán y Él viene a mi vida para cada día. Me gusta recordar las apariciones de esta Octava de Pascua para recordar así las veces en que Jesús ha venido a mi vida cuando menos lo esperaba. Recuerdo su caricia cuando lloraba. Su palabra suave cuando me dolía el silencio. Sus lágrimas en mis mejillas cuando la tristeza era muy honda. Su canto en mi interior cuando no me salían las palabras. La presencia del resucitado me cambia por dentro. Me levanta, me hace sonreír, me descansa. Y me da una fuerza única para que no viva con dudas. El presente es lo único que tengo. Y en él huelo su presencia, la acaricio, la intento retener. Jesús se irá muchas veces. Y volverá a mi lado otras muchas. Lo que me queda claro es que no me olvida. Y me ama más que nadie. Eso me consuela y me da fuerzas para seguir caminando. Le entrego mis miedos y Él me da su paz.

Es muy fácil hacer generalizaciones, sacar teorías, deducir principios con valor universal. Intento aferrarme a universalizaciones que me den seguridad. Quiero que me digan lo que vale siempre, lo que se impone en toda circunstancia sin importar quién está detrás, sin que valga lo que estoy viviendo. Escucho algo y aplico la norma general, lo que siempre está detrás de la palabra que escucho. Condeno y juzgo sin importarme las circunstancias atenuantes, ni valorar lo que se esconde en cada caso particular. Es como si me asustara lo subjetivo, lo que está sujeto a la interpretación de las personas. Tal vez por eso me gusta más ese mandamiento absoluto, sin excepciones, en el que me siento protegido. Detrás de la regla universal se me escapan los detalles, pero no importa. Ante la incertidumbre que rodea esta vida mortal lo universal es un paraguas que me protege en la tormenta. Pero luego me detengo ante Jesús. Y veo que Él actúa a través de las circunstancias, trata a las personas de forma diferente dependiendo de su historia y procedencia. Jesús se detiene al lado de cada uno tratando de responder a lo que sufre, calmar su sed concreta y original, secar su llanto único y lleno de dolor. Jesús no pasa por alto las circunstancias, por muy diversas que estas sean. No generaliza, no juzga a todos por igual. Jesús condena al pecado y salva al pecador. Y en la precariedad del hombre herido tiene una respuesta para cada uno. Veo entonces que Jesús viene a mi vida en todas mis circunstancias. Salvando todas las barreras y sin sacarme normas generales a ver si yo las cumplo. Él no aplica conmigo normas universales. No se queda en lo que debería ser, así, llanamente. Mira mi corazón como es en toda su hondura y no lo condena. Sabe de dónde proceden mis lágrimas y no me rechaza cuando he caído porque Él es capaz de sacar vida incluso de mi pecado. En el pregón Pascual canto cada año: «Feliz culpa que mereció tal Redentor». ¡Qué paradoja! Que mi pecado pueda ser causa de felicidad para Jesús, para los hombres. Que pueda ser puerta de mi salvación. Hoy escucho: «Si alguno peca, tenemos abogado con el Padre, a Jesucristo el justo». Dios me está llamando a través de los signos concretos de mi vida. A través de mi historia de salvación. A través de mi debilidad que se impone y no me deja alcanzar la norma objetiva y absoluta que pretende regir mi vida. Me mira conmovido y ante mi miseria reconocida y asumida sólo me puede mirar con infinita misericordia. De la misma forma Jesús me permite ver en la pandemia que ahora sufro una oportunidad, no sólo una desgracia y un mal para los hombres. Este tiempo convulso me revela la fragilidad que vivo. Descubro cosas que estaban ahí y no veía. Esta pandemia ha puesto una lente de aumento sobre mi propia vida. Ahora veo esas fragilidades mías que antes podían pasar desapercibidas pero que ahora duelen con fuerza. Me confronto con el mandamiento universal al que me aferro y me veo indigno. No logro estar a la altura de lo que espero de mí, o los demás esperan. Y compruebo que mi carne herida puede llegar a dañar a otros, a los próximos, a los que amo. Mi pequeño defecto se ha convertido en pecado grave, en falta de caridad. Ya no generalizo conmigo, ni con mi prójimo. No me fío tanto de lo que escucho, de las palabras con las que condenan a otros. Guardo mi condena, no la expreso. Antes que condenar, perdono. Antes que juzgar, paso por alto. Antes que interpretar, miro la realidad buscando la verdad, sin fiarme de lo que parece. En medio de esta tormenta no me voy a los extremos. No pretendo tener seguridades en tiempos tan movidos. Cuando todo se tambalea no pretendo asirme a normas generales que me den seguridad. La Iglesia en la que creo no busca juzgar y condenar continuamente lo que hace el hombre. «La Iglesia toma conciencia de que ella debe ser el principio de vida, el alma del mundo de hoy, de este mundo hostil a la Iglesia, hostil a Dios, de este mundo que huye de la Iglesia y huye de Dios. Por eso ella no debe ser una reliquia de concepciones antiquísimas, sino una realidad viva» . Es una realidad viva que se convierte en lugar de descanso para el hombre, en hogar, en tierra fértil en la que echar raíces. Creo en esa Iglesia que mira al hombre como Jesús, con misericordia. No lo condena con juicio rápido. No pone por delante la norma que tiene que cumplir. Creo en una Iglesia que es fuente de vida, donde todos encuentran su lugar y saben que allí pueden calmar la sed y beber hasta apaciguar todos los miedos. Me gusta esta Iglesia donde no están los puros e intachables, sino los que han sufrido en el camino de la vida y están herido. Han visto la hondura de su pecado y han acariciado la mano misericordiosa de Jesús en su alma. Creo en ese camino de vida que me muestra Dios para salvarme.

La fraternidad es la respuesta en este tiempo difícil. Todos somos responsables del bien común de la Iglesia, del mundo. Se trata de tender puentes, de dialogar con el que piensa distinto. Dialogar de forma abierta y frontalmente con el que no piensa como yo. ¡Qué difícil aceptar al que piensa de forma diferente! Cuando Lucas describe la primera comunidad cristiana, esa comunidad de los santos que caminan hacia Dios, está presentando un ideal muy difícil de alcanzar. Una vida compartida en comunidad junto a Jesús. Cuesta mucho vivir la fraternidad en los tiempos que corren. Uno se desilusiona y deja de creer en una comunidad de corazones que parece imposible. Comenta el Papa Francisco: «En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás los grandes valores fraternos lleva a una especie de cinismo. El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí» . No es fácil vivir esta fraternidad a la que me invita el Papa en este tiempo convulso de la pandemia. He comprobado que faltan las fuerzas y el corazón se debilita. Falta la ilusión y dejo de creer que sea posible tocar el cielo compartiendo la vida con mis hermanos. Es el desafío que Dios me pide. Que crea en la fraternidad, en la comunidad ideal. Quisiera tener la capacidad de vivir con los que no piensan como yo y dialogar con ellos. El individualismo es el camino fácil. Es pensar que no necesito a nadie para salvarme en esta vida. Es dejar de creer en una Iglesia solidaria, comunitaria, para aplicar un lema en mi vida: yo me salvo solo. Como si de mí dependiera todo para llegar al cielo. Como si no me importara si los demás que caminan conmigo en la tierra fueran a vivir también a mi lado en el paraíso. La comunidad siempre es una exigencia. Me obliga a partir mi pan, preocuparme del que tiene menos y estar pendiente del que sufre. Esa capacidad para abrir el corazón ante el que me necesita es lo que me salva. Quiero abrir mi alma para mi hermano, para el que está junto a mí, a mi lado. No puedo poner la excusa de vivir pesando en lo que a mí me conviene. El corazón comunitario no juzga intenciones ocultas, no malinterpreta las actitudes de su hermano. Trata de acercarse para entender el origen de ciertas acciones. No habla mal del otro cuando no está presente. No cae en el egoísmo de no querer compartir la vida con los demás. Mucha gente se llena la boca con la palabra comunidad pero luego vive sembrando discordias, tensiones, diferencias. En lugar de construir puentes construyen muros de odios y envidias. Un corazón comunitario acoge al que es diferente, al que no piensa como él y es capaz de entrar en un diálogo constructivo. Piensa bien de los otros. No los condena antes de conocer todo lo que están viviendo. Es un corazón paciente que entiende que su hermano tiene diferente ritmo y forma de hacer las cosas. Acepta y reconoce los errores cometidos con humildad, sin refugiarse en querer mantener una vida intachable, sin mancha. Un corazón comunitario perdona los errores de su hermano. Acepta su debilidad. Comprende que no puede hacerlo todo como a él le gustaría. Cada uno tiene sus formas y eso es algo sagrado. Un corazón fraterno se solidariza con el débil sin condenar al poderoso. Acepta su realidad como mediador y pacificador en medio de las tensiones de esta vida. El corazón fraterno no busca los primeros puestos por vanidad o simplemente esperando el reconocimiento. Sabe quedarse en un segundo plano con humildad. Acepta las críticas y no se defiende cada vez que recibe comentarios negativos. No se hunde ante la condena de su hermano. Antes bien se pone en camino buscando el diálogo aunque este a veces parezca imposible. Un corazón fraterno construye comunidad desde la verdad, desde la caridad. No condena desde las premisas que defiende a los que no viven de la misma manera. Es un corazón misericordioso que se rompe por amor al hermano y lo acepta con alegría en su corazón. Sin pretender que desaparezcan las diferencias. Un corazón fraterno no huye de la confrontación, no evita los conflictos. Antes bien intenta crear paz con mucha paciencia y alegría. Un corazón fraterno es alegre. No deja que la tristeza lo cierre en su egoísmo queriendo vivir sus penas solo. Un corazón fraterno se parte en cada encuentro comunitario. Se pone a servir al que está cerca. Acepta los comentarios hirientes. No se llena de amargura cuando las cosas no funcionan. Vuelve a empezar de cero y cree en la fecundidad de la vida que se entierra para dar fruto.

La vida puede cambiar en un momento. Los discípulos que iban a Emaús llevaban la carga de la pena. En ese camino un desconocido les comienza a cambiar la vida sin que se den cuenta. Les conmueve cómo los escucha y cómo les habla. ¿No ardían sus corazones? Sí, hay palabras que pueden cambiar la vida. Y luego ese pan partido por el que lo reconocieron. Y entonces todo cambió para siempre en sus vidas. Bastaron una mirada, una palabra, un camino recorrido, un pan compartido. ¡Qué sencilla puede ser la vida de repente! Dejaron de nuevo su aldea. Dejaron la tristeza pegada a las paredes de ese hogar en el que cenaron aquel día. Y cansados, pero felices, volvieron al cenáculo: «En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan». Siempre me emociona recordar Emaús. Esa forma que tiene Jesús de buscarme en el camino, cuando yo me alejo y pretendo olvidarme de todo. Cuando la vida parece perdida y Él viene para recordarme que merece la pena vivir con un sentido. Y yo entonces creo y sueño. Y todo comienza de nuevo. Porque a Jesús le importo yo con mis penas y debilidades. Le importa mi vida que es pequeña. Le importan mis sueños y decepciones. Le importa lo que vivo y lo que espero. Y por eso recorre ese camino a ninguna parte. Ese camino de la lucha entre el olvido y el recuerdo. Ellos queriendo olvidarlo todo, Él queriendo hacer memoria. Basta entonces recordar la manera que tenía Jesús de partir el pan para que todo cambie. Ellos se aferran a ese único recuerdo como a la cuerda lanzada desde el cielo para rescatarlos de la muerte. El recuerdo es más fuerte que el olvido. Quizás olvidaron todo lo demás. Olvidaron sus sueños y las promesas de plenitud. Olvidaron las razones que los llevaron a dejar un día su tierra de Emaús. Olvidaron que la muerte no podía ser la última palabra. La pena, el dolor, el miedo son más fuertes en el alma. Y olvidaron la alegría ese día en el que regresaban a Emaús. A veces se introduce el desánimo en el alma. Como una niebla que aniquila la esperanza. Me olvido de lo bueno y recuerdo solo lo malo. La falta de ilusión me turba por dentro y dejo de confiar en el futuro. Por eso es tan importante mi actitud interior. Decía el tenista Rafa Nadal: «Si he cometido un error en el punto anterior, lo olvido; si se insinúa en el fondo de mi cabeza la idea de la victoria, la reprimo». Debo luchar contra los pensamientos que bullen en el corazón. Los que me hacen creer que ya está todo logrado y me llevan a relajarme y echarlo todo a perder. Y los que se quedan prendidos de los errores cometidos, como si ya no hubiera esperanza. Los discípulos de Emaús creyeron ese día en lo imposible y todo cambió de golpe gracias a aquel peregrino desconocido. Menos mal que no rechazaron hablar con él de cualquier cosa. Menos mal que no evitaron su compañía. Menos mal que lo invitaron a cenar con ellos cuando él hizo ademán de seguir adelante. Así es en la vida. Hay momentos en los que se juega mi futuro. Son oportunidades que se aprovechan o pasan de largo dejándome vacío. De mí depende, de mi actitud interior, de mi mirada que busca la verdad, de mi capacidad para rearmarme e iniciar un nuevo camino. «La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante» . Ellos ese día le contaron a Jesús lo que habían vivido. Recorrieron su historia buscando un sentido. Y fue Jesús el que dio luz a su pasado. Con su palabra suave y firme los llamó torpes para entender y los animó a comprender el sentido de su camino. Y ellos vieron iluminada su historia con Jesús. Eso me pasa a mí a veces. Me pongo a mirar mi historia y me enredo. Me centro en los agujeros negros, en mis heridas y errores y no avanzo. Necesito recorrer con mi pena el camino de Emaús. Y esperar a que Jesús ilumine mis pasos, la historia vivida, los días ya sin vida. Necesito que sus palabras traten de hacerme comprender el porqué de lo vivido. El sentido de mis amarguras y penas. También de mis alegrías y logros. Y entonces su luz como una fuente llena de agua pura me calma por dentro. Entonces arde mi corazón al pensar que todo lo que he pasado tiene una razón y merece la pena alabar a Dios y agradecer. Porque gracias a mis sombras es más visible su luz. Y gracias a las penas sufridas es más honda la alegría. Y entonces su palabra se hace vida en mi pecho y me alegro. Y en ese momento ya estoy preparado para dejar que parta el pan en mi mesa. Lo hace siempre en la eucaristía. Lo hace cuando vengo al final del día cansado y me dice que quiere comer conmigo. Para que se alegre mi alma y sonría. Me gusta volver a Emaús cada tarde, cuando anochece. Invito a Jesús a cenar conmigo. Él me recuerda con paciencia, como si fuera un niño, lo que vale mi vida. Me recuerda que ha estado Él conmigo cada día, a mi lado sosteniendo mi vida. Y me dice que no tenga miedo, que todo va a salir bien. Y me da fuerzas para caminar más lejos, siempre más lejos, confiando.

Me conmueve la aparición de Jesús entre sus apóstoles este día. «Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: - Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: - ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: - ¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: - Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras». No es un espíritu, tiene cuerpo y carne, come y bebe. Y en medio de la alegría de los apóstoles se deja tocar y les muestra que sigue siendo Él. Hoy no quiero que el miedo y la sorpresa me quiten la alegría. Jesús está vivo en mi vida. ¿Eso me basta para estar alegre? Está vivo en medio de mis días. De mis batallas y luchas. Está conmigo en el camino y me dice que no tema. Está a mi lado y come a mi lado. La alegría de la Pascua es un don que pido todos los días. Para no olvidarme de dónde vengo y adónde voy. ¿Por qué el miedo logra quitarme la paz? Porque mi alegría no descansa serena en sus manos de hermano, de Padre, de Hijo. Busco una alegría pasajera que cualquier cosa logra enturbiar. Una alegría apegada al mundo, a la tierra. Busco esa alegría que me dan los hombres, me la dan las cosas de esta tierra. Y yo me empeño en cuidarla cada día para que no se apague, para que no muera. Y me olvido de mirar a Jesús que se detiene ante mí y me dice que es mi pastor, mi padre y mi hermano. Y me dice que me quiere con locura y come conmigo, bebe a mi lado. No se cansa de cuidarme. En la vida Jesús se aparece de muchas maneras. Lo hace de forma sutil y yo me asusto, me sorprendo y tengo dudas. Las dudas que cuestionan mi fe ciega. Lo que no toco no es real. Lo que no acarician mis manos no existe. Me cuesta tanto creer en sus silencios. Valorar sus caricias llenas de ausencias. ¿Dónde está vivo, de carne y hueso, comiendo a mi lado? Dios lanza lazos humanos para llevarme hasta Él. Son lazos frágiles, hechos de carne humana, de debilidad. Y a mí me cuesta ver en ellos a Dios. Veo antes el pecado, el orgullo, la vanidad, la envidia. No veo a Dios tirando de mí hacia lo alto. ¿Cómo puedo apreciar su presencia en el pecado de los hombres, en mi propio pecado? Los otros me tienen que conducir a Dios. Pero no necesariamente desde sus virtudes. También desde su fragilidad. Así lo hace Dios conmigo una y otra vez. Y a la vez yo quiero ser un camino al cielo para muchos. «No debo dejar que las personas se queden detenidas en mí: debo velar para que continúen su crecimiento más allá de mi persona y se adentren y arraiguen en el corazón de Dios. Dios deja caer una cuerda. Desea vincularnos con lazos humanos. A pesar de ser espíritu, Dios es muy humano y razonable. Desea atraer a los hombres con lazos humanos. Pero tira de la cuerda hacia arriba y no descansa hasta que todo haya llegado a estar vinculado con Él» . No retengo al que me ama con amor humano queriendo llegar a Dios. Cuido ese lazo invisible y fuerte que me lleva a lo alto. No dejo de luchar para que sea real el amor de Dios en mi amor humano y frágil. Amo torpemente y aún así mi torpeza me lleva al cielo a mí y a los que me aman con una misma torpeza. Pienso que Dios se aparece en mi vida con mucha frecuencia. Lo hace en ocasiones en medio de mis enojos y tristezas. Cuando me siento turbado por lo que me pasa. Está Dios oculto, escondido, pero tan presente que no puedo dejar de alegrarme y soñar. Dios está en mí. Incluso cuando mis heridas me llevan al pecado. Está aguardando a ver si levanto la cabeza y lo veo a mi lado. Está oculto en la fragilidad humana de los que comen y beben a mi lado. Presente en su vulnerabilidad que me habla del cielo abierto sobre mi cabeza. Ese Jesús humano y divino. Ese Jesús hecho de carne y de cielo. En mí está Él actuando. No sólo cuando me porto bien y sigo sus deseos. También en mi pecado está actuando y abriendo la luz del sol que yo intento tapar con mi pecado. Pero mi carne frágil es camino al cielo. Eso me da mucha paz. En mi debilidad se manifiesta con más fuerza su fortaleza y amor

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costale

sábado, 17 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 18 DE ABRIL DE 2021

  



18 de abril de 2021

 

Hermano:

«Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor»

«El amor ensancha el corazón. Las personas que aman tienen una mirada más amplia, no viven retraídas en sus miedos. Se arriesgan más. Son más generosas. Están dispuestas a dar más»

El 24,1% de la población ya ha recibido al menos una dosis.

Nuevo récord de vacunas en Asturias: 14.585 dosis en una jornada.

El Principado cree que «no es momento» de relajar las restricciones ante el covid.

El consejero de Salud explica que se sigue pendiente de los efectos que aún pueda tener la Semana Santa.

Me impresiona esa escena en Betania en la que María rompe un frasco de perfume de nardos a los pies de Jesús. Jn 12, 1-3: «María tomó entonces como medio litro de nardo puro, que era un perfume muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús, secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume». Me conmueve ese gesto exagerado en el que el amor se expresa sin medida. ¿Acaso es necesario expresar el amor de esa manera? Parece innecesario. Hay pobres a los que cuidar. Hay muchas cosas mejores que hacer con ese dinero. No resulta fácil expresar el amor. Cuando le digo a alguien que lo amo me vuelvo vulnerable ante él. Quedo expuesto ante unos ojos que me miran. No sé si me juzgan y condenan. O están agradecidos. No sé si me aman correspondiendo a mi entrega. No sé si tengo que seguir amando o dejar pasar el tiempo sin hacer nada. Cuando expreso mi amor me quedo expuesto. Puedo ser amado o rechazado. El amor duele. Más aún el desamor. Y ante el miedo que tengo al rechazo me escondo, me guardo, me reservo. Que no sepan lo que siento. Construyo una barrera para que nadie me toque por dentro, para que nadie me hiera. Así estoy más seguro y no sufro. Pero cuando decido romper un frasco de perfume ante la persona amada todo se complica. Me critican, me juzgan, pueden incluso rechazar mi osadía. Amar sin expresar es más seguro. O tal vez mejor aún no amar, para no sufrir con la pérdida, para no lamentar el desengaño. Y cierro mi alma. María esa noche expresa un amor incontenible que lleva guardado en su pecho. Ha sido muy amada y sólo puede corresponder con amor a quien tanto la ha amado. Y al romperse el frasco se llena el lugar de olor a nardos. Todo queda lleno de la esencia del amor. No puede ocultarse el amor verdadero. Y cuando se rompe el alma dejándolo escapar, todo se llena de una luz nueva. Debería aprender a expresar lo que siento, mi amor, mi alegría, mi misericordia. Si lo expreso todo lo que está a mi alrededor se llenará de un perfume a nardos, como esa noche en Betania. Me cuesta demostrar mi amor y, al mismo tiempo, me cuesta, no sé bien por qué, dejarme amar. Me pongo tenso. No soy como Jesús que esa noche en Betania no rechazó a María que llenaba de perfume sus pies. Me alejo, me tenso, me resisto. Recibir mucho amor es tan difícil como darlo. En ambos casos me siento en tensión. ¿Aceptarán mi amor? ¿Soportaré recibir tanto amor de forma alegre y paciente? Ser amado incomoda. Es como si me sintiera en deuda con el que me ama. Como si alguien al amarme me exigiera amarle de la misma manera. Ser amado duele. Me bloquea en mi interior. Siento que no soy capaz de recibir tanto amor inmerecido. Hay un desequilibrio y yo no lo quiero. Tendré que equilibrar y no puedo. El amor imposible sobre mi vida me desconcierta. Ser muy amado es incómodo. Me rompe. Me saca de mi confort. Me expone. El drama en mi vida sucede cuando no me dejo amar y cuando no soy capaz de demostrar cuánto amo. Me voy encerrando dentro de mi cueva. Voy construyendo barreras altas y resistentes. Y el corazón se seca y la vida se pierde. Siento que expresar lo que siento es imprudente. Y recibir mucho amor, excesivo. Y entonces me seco por dentro. El amor que no se cuida y se riega muere. La vida consiste en amar y ser amado. En expresar el amor y dejarse amar por los que me aman. El amor me fortalece por dentro y hace que sean mejores aquellos a los que amo. Dar abrazos, exagerar en los gestos. Nada es excesivo en el amor. Porque el que ama de verdad no conoce medidas ni tiene límites. Me gusta esta escena de amor excesivo. El corazón quiere expresar cuánto ama. Y en ocasiones mi amor a Dios lo siento dentro y no lo expreso. No alabo, no le doy gracias, no le canto. Y se seca ese amor que no toca mis sentimientos ni mis lágrimas. Un amor de teorías languidece pronto y muere. Quisiera tener un amor más grande, más hondo. Y ser capaz de expresarlo con fuerza. La vida es corta y en ocasiones se me escapan los días sin romper el frasco de mi perfume de nardos a los pies de las personas a las que amo. Si lo hago, corro el riesgo de ser herido. Si no lo hago morirá conmigo ese frasco duro y seco. Prefiero expresar el amor antes que guardarlo y dejar que se seque.

El amor siempre cura. No sólo cura el alma, también logra curar el cuerpo, aunque me cueste creerlo. El corazón que se sabe amado tiene una fuerza interior que se sobrepone a todas las dolencias y enfermedades. Tiene más resiliencia y más capacidad de lucha. No pierde la esperanza. No se detiene a revisar estadísticas. Porque la enfermedad del enfermo no es un caso más, no es un número entre muchos números. Los porcentajes me pueden orientar, pero no me limitan. Yo decido cómo enfrentar una enfermedad. Y en esa lucha, en esa batalla diaria, es fundamental que me sepa amado. Que comprenda que hay alguien junto a mí a quien le importa mi vida, mi futuro, los pasos que voy dando. Por eso es tan importante el amor, sentirme valorado y aceptado en mi debilidad, en mi verdad. Ese amor me levanta cuando estoy cansado y me permite creer cuando otros me aconsejan que ya no crea. Es como ese amor de María junto a Jesús caminando al Calvario. Un abrazo que lo sostiene para recorrer cayendo los últimos pasos hasta la cima. El amor me sana, me fortalece, me llena de luz y esperanza. Por el contrario, cuando mi corazón no se siente amado, me vuelvo débil y me faltan las fuerzas. Surge la desesperanza en mi corazón rodeado de tinieblas. Dejo de creer que mi vida esté fundada para siempre. Es tan fácil no tener un lugar en el que descansar. No es evidente pertenecer a una familia, saber que hay un corazón que me espera y me aguarda cada atardecer. Tocar el calor de una amistad. Acariciar ese amor de madre que vela mis noches desde niño. Abrazar ese amor de padre que me permite confiar en las fuerzas escondidas dentro de mi alma. Ese amor de un hijo que me hace sentir padre por vez primera y comprender que la vida siempre puede volver a comenzar. El amor es mucho más que un sentimiento, es una decisión. Quiero entrenarme en ese ejercicio del amor. Porque tengo claro que el enemigo del amor es el miedo y el antídoto del miedo es el amor. Cuando el temor se impone en mi corazón se bloquea mi capacidad de amar. El miedo me paraliza. Pero al mismo tiempo cuando me sé amado en mi verdad, tal y como soy. Cuando alguien me quiere sin querer cambiarme, dejo de tener miedo. El miedo es limitante. Bloquea mi vida y no me deja crecer. El amor ensancha el corazón. Las personas que aman tienen una mirada más amplia, no viven retraídas en sus miedos y seguridades. Se arriesgan más. Son más generosas. Están dispuestas a dar más. Porque han sido amadas y ese amor recibido las ha capacitado para decidirse a amar más. Las heridas provocadas por el amor me cierran, me hacen protegerme construyendo muros. Porque no quiero sufrir más. Pero es todo lo contrario. Cuanto más amo más sano me vuelvo. Cuanto más desprecio y compito con mi hermano, más me enfermo por dentro. Un corazón grande es un corazón en el que caben muchas personas. Cuando me sé amado, esa experiencia me sostiene y fortalece. Aprender a amar, a vincularme sanamente es una tarea para toda la vida. «Nos encontramos con toda una cantidad de enfermedades psíquicas porque no tenemos suficiente vinculación a personas y a lugares» . El que no se sabe amado, el que no ama, enferma más fácilmente del corazón. Conozco a personas enfermas del corazón que no lo saben. Simplemente creen que la culpa es de los demás, que no los valoran y enaltecen como ellos se merecen. Se comparan y enferman al ver cómo otros reciben más amor que ellos. Se han puesto una coraza casi sin darse cuenta. Se vuelven agresivos y viven a la defensiva. El amor sana los corazones. Pero para ello es necesario que la persona a la que amo lo sepa. Si no lo percibe, si no se lo cree, mi amor no entrará en su alma. Quiero aprender en esta Pascua que comienza el arte difícil de amar. Me decido a amar no sólo a los que me aman, sino también a aquellos que no me aman tanto. A los que no me buscan, a los que no me quieren. Si mi amor puede sanar a otros no quiero llegar al cielo y decirle a Dios que no pude darlo. No quiero pecar por omisión guardándome todo ese amor que he recibido en mi vida. Quiero mirar mi historia agradecido por tantos que me han amado, por ese pozo de mi interior que se ha llenado de gestos de amor. ¿Cómo puedo no corresponder con amor cuando he recibido tanto? Dejo de ser mendigo de amor para volverme donante. Ese es el camino que recorro de la muerte a la vida que me muestra la Pascua. Un amor tan grande como el de Jesús que se rompe en su costado abierto para llegar a todos. Ese milagro es el que quiero que suceda en mi vida. El amor que recibo me sana y el amor que doy sana al que se sabe amado por mí. Que lo sepan. Que sepan que los amo como son, no como a mí me gustaría que fueran. Si tienen esa duda, algo estoy haciendo mal. Si creen que sólo los amo cuando hacen lo que yo deseo estoy fracasando. Pero si tienen la confianza para mostrarse en su debilidad ante mí y no dudar de mi amor, ese amor sí que sana el alma y la levanta por encima de todos sus miedos.

Me gusta tocar la misericordia de Dios en mi vida. Y especialmente la recuerdo en este domingo de la misericordia. «Hay corrientes ascéticas que enseñan a decirse siempre: - Soy un esclavo de Dios, un perrito de Dios. ¿Y qué decimos nosotros en cambio?: - Soy una hija de Dios. Por eso no nos cansaremos de repetir: - Dios me quiere. Piensen si tuviéramos que decir como la mayoría de los occidentales: - Dios me mira para ver si tiene que echar mano de la vara. Seríamos entonces como perritos atentos a esquivar a Dios. Por eso será una gracia para nosotros repasar las incontables misericordias de Dios en nuestra vida y ver que somos hijos predilectos de Dios, que Dios nos mira a todos con complacencia» . Me gusta pensar en esa mirada de Dios sobre mi vida. No se fija en mis carencias. No pone su mirada en mis torpezas. No se indigna por mis incumplimientos y mis infidelidades. Se conmueve cuando vuelvo a abrazarle y a pedirle perdón por mi miseria. Y entonces Dios se ve desarmado y me acoge roto entre sus brazos. «Dios me ama con amor de complacencia significa que me ama a causa de mí mismo. Algo debe de haber en mí, conmigo y en mi interior, que atrae hacia mí su amor» . Algo debo tener que me hace querible ante sus ojos. No son mis obras, eso seguro, ni creo que sean mis talentos. Más bien es mi forma de amar y darme la que le cautiva. Le alegra mi alegría y llora con mis lágrimas, en mi llanto. Se turba con mis miedos y me recuerda que la noche está llena de luz porque Él camina a mi lado. Se abaja a la altura de mis ojos. Desde su tumba, ahora vacía, me contempla conmovido al verme llegar con las manos vacías dispuesto a besar su ausencia. Y yo me alegro hoy al pensar en todo lo que me quiere. Me busca cuando me alejo y me abraza cuando regreso. Su mirada es un bálsamo que eleva mi canto de alabanza cada mañana. Madrugo para encontrarlo como esas mujeres que querían ungir su cuerpo, sin imaginar quién podría mover la piedra para entrar. Eso no importaba. La fe mueve montañas y aparta piedras del camino. Especialmente esas piedras inmensas que tapan mi alma. Me asusta pensar en lo que pueda encontrar cuando Jesús la corra. Porque yo sólo no podré mover nada. La misericordia es una fuerza incontenible que brota del corazón de Jesús. La tuvo con los que amó. La tuvo con los que pecaban y se alejaban de Dios por miedo. Jesús no despertaba temor. No condenaba, no juzgaba. Sólo hablaba de un reino nuevo que lo podía cambiar todo, de un amor que sería una fuerza transformadora. Su misericordia despierta ecos en mi alma. Dios me respeta. El respeto hace que me sienta aceptado como soy. Dios respeta mis formas, mis debilidades, mis carencias. No me fuerza, no me presiona, no se cuela en mi alma poniendo en peligro mi pureza. Dios me protege apartando mis temores. Esa mano que me cubre es la que me salva. Muchas veces he tocado su mano que hacía milagros a mi paso. Milagros de amor que yo atribuía a la suerte o a mis propios talentos y virtudes. Que alguien me quiera y acepte es un milagro inmenso. Que salgan algunos de los planes que cultivo en mi interior es otro milagro. Que la vida cuadre y yo tenga paz es el mayor milagro. Dios me perdona y me devuelve la alegría cada vez que mis caídas y tropiezos enturbian mi ánimo. Su misericordia me hace sonreír entre lágrimas. Lo habré perdido todo y al mismo tiempo lo poseeré todo. No quiero despertar la compasión de los hombres, pero eso es parte de mi pecado de orgullo. Estoy dispuesto a ceder ante Dios y aceptar su mirada compasiva. Esa mirada me levanta del barro sin juzgarme, sin exigirme un cambio inmediato en mi interior. Porque igual que no puedo correr la piedra que esconde mi pequeñez, tampoco puedo corregir mis defectos y evitar mis debilidades. Tocar la misericordia de Dios en mi vida sólo es posible cuando me he visto desnudo en mi pecado. En momentos de turbación, de crisis, se desvela la materia de la que estoy hecho. Así lo comenta el Papa Francisco: «En las pruebas de la vida se revela el propio corazón: su solidez, su misericordia, su grandeza o su pequeñez. Los tiempos normales son como las almidonadas formalidades sociales: uno nunca demuestra lo que uno realmente es. Nos dedicamos a sonreír, decir lo correcto y salir de la estacada sin mostrar jamás quién soy en realidad. Pero cuando pasas por una crisis, ocurre todo lo contrario: te pone ante la necesidad de elegir y, al elegir, se revela tu corazón». En medio del dolor y de mis lágrimas elijo a Dios, opto por dejarme mirar, salvar, sanar, levantar por Él. Su mirada se abaja a la altura de donde estoy caído. En estos momentos difíciles que vivo me siento frágil y sin poder controlar nada. Miro a Dios compungido. Quiero su perdón, su mano que me levante y saque de mi miseria. Tal vez es necesario caer para poder tocar la fuerza de ese brazo que me saca de las aguas y me salva. Siento la fuerza de esa misericordia que me hace abrazar la esperanza cuando todo parecía perdido.

Jesús trae la paz. Llega hasta los que ama que están escondidos en el Cenáculo y les entrega su paz. Su corazón se calma: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros». Jesús entra por las puertas cerradas. No importa con qué fuerza cierre mi alma. Él entra. No presiona, simplemente pasa y me deja su paz. Es lo que ellos necesitan. Tenían miedo y temían por su vida. Estaban nerviosos y no querían morir. A menudo yo me aferro a mis planes, a mis seguridades. Me siento cómodo atado a mi vida tal y como es y no quiero que nada cambie en ella. Cierro las puertas de mi Cenáculo para que no entren los que desean mi mal. He construido muros para no ser herido, para que no me hagan daño. Me he protegido tantas veces de los que no me aman. Tengo miedo. ¿Por qué tengo miedo? Porque no confío en Dios, en su amor, en su vida. Porque no me creo que su amor me baste para ser feliz. Porque vivo buscando la felicidad en tantos bienes que no dependen de mí, son pasajeros. He construido una vida artificial y en ella quiero ser feliz. Y me alejo de todos los que me amenazan con sus propios planes y deseos. No veo en ellos a Dios. No descubro en ellos buenas intenciones. Sólo desean mi mal, pienso, y me pongo a la defensiva. No soy un hombre libre. Y pierdo la paz en esa esclavitud que he convertido en una forma de vida. Quiero controlarlo todo para que salga según mis deseos. Que no cambie nada cuando todo va bien y que cambie todo cuando nada funciona. A mi manera. Cierro las puertas de mi cenáculo donde me siento seguro. Gracias a Dios Jesús entra pese a mis resistencias. No puedo impedir que entre y me dé su paz. Y esa paz suya me calma. Es la paz del resucitado. Hay cosas en la vida que tienen mucha importancia. Es justo que me preocupe cuando suceden. Tienen que ver con la salud, con la verdad de mi vida, con la justicia, con el amor. Son sucesos y situaciones donde es razonable que pueda perder la paz por el miedo. Pero no todas las cosas que me inquietan merecen la pena. Hay sucesos y situaciones que son superficiales y no deberían afectarme mucho, pero lo hacen. Ahí veo mi inmadurez. Comenta el papa Francisco: «Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien». Hay cosas que suceden y tocan un nivel más hondo de mi vida. Son las cosas que tienen que ver con el mundo de Dios. Es la paz que viene de lo alto, del Resucitado. Él me da su paz y esa paz quisiera que fuera definitiva. No quiero perderla ante la primera contrariedad que sufra en el camino. Una paz honda que me haga libre y profundo. Una paz verdadera que impida que me turbe ante los pequeños problemas que trae la vida. No me quiero quedar en lo inmediato, en lo superficial. El otro día escuchaba una propaganda: «Entérate de lo que se está hablando en este momento en el mundo». Vivo inquieto queriendo saber cuál es el último trending topic o el último video viral o la última foto más difundida o la última noticia sobre algún tema crucial. Me importa lo actual, lo inmediato, lo que está pasando ahora. Y vivo sin paz, inquieto y agobiado por todo lo que sucede a mi alrededor. Sin paz en mi alma, sin calma en mi corazón. Angustiado, intranquilo, agobiado por lo que puede llegar a suceder. En esta pandemia de noticias en desarrollo me agobia que no pase pronto este virus y la situación que me atormenta no pase rápido. Y le exijo a Dios que cambie todo. Me quedo en la superficie de las aguas del río que pasa por mi corazón. Aguas revueltas, confusas, en las que no puedo ver el fondo del río. Es cierto que sumergirme en las aguas de mi alma tiene sus riesgos. Como esos buceadores que se sumergen en cuevas profundas recorriendo galerías estrechas. No pueden mover los pies con fuerza porque si lo hacen moverán la arena del fondo y las aguas se volverán turbias. Si sucede no podrán ver la salida y no lograrán subir a la superficie cuando les falte el oxígeno. Cuando me sumerja dentro de mi alma quiero hacerlo con calma. Sin prisas. Sin mover mucho los pies para no levantar la arena del fondo. Quiero ir buscando a tientas los caminos que me llevan a mi interior. Me dejo sumergir en lo más hondo. No fuerzo. No presiono. Dejo que Dios me guíe de su mano en mi interior. Él puede hacerlo. Y allí tomo mis miedos y se los entrego a Dios. Le pido que me dé su paz, esa paz que nada podrá quitarme y me permitirá distinguir las cosas por las que merece la pena que me preocupe y aquello que no es relevante. Dejaré de dar valor a las noticias pasajeras que vuelan rápidamente. No me agobiaré intentando llevar el control de mi barca en el mar abierto. Sólo Dios sabe cuál es la ruta que me conviene, yo lo ignoro. Dejo de hacer planes porque sólo Él tiene la paz que calma mis ansias. Simplemente dejo que entre y me calme por dentro. Y acabe de golpe con mis miedos.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales

sábado, 10 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 11 DE ABRIL DE 2021

  



11 de abril de 2021

 

Hermano:

«El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro y vio la losa quitada. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo»

«Quisiera amar sin retener. Querer bien sin exigir lo que no me pueden dar. Sonreír incluso cuando broten las lágrimas por el dolor. Acariciar mis heridas sin sentir que son injustas»

Más de 10.000 vacunados contra el coronavirus en un solo día en Asturias.

El Principado registra un nuevo récord en la campaña de administración de dosis.

Bajan los contagios por coronavirus tras seis días al alza en una jornada con un fallecido en Asturias la tasa de positividad se situó en el 5,15%.

 

Un sepulcro vacío es la señal de la ausencia de muerte. Pero no necesariamente me habla de la vida. Hoy es el signo de la resurrección. La tumba abierta, caída. Y dentro un lienzo bien dispuesto: «Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte». Me conmueve este sepulcro vacío, sin vida, sin muerte. Y los dos discípulos amados que corren, Pedro y Juan. Y antes María Magdalena que no entiende nada: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Sólo sabe que el sepulcro está vacío. En Tierra Santa uno se introduce bajando la cabeza en un sepulcro vacío. No es como me lo he imaginado. No tiene esa gran piedra junto a la entrada. Y dentro todo es más estrecho, más pequeño. Pero allí se besa la vida, la esperanza, la luz. Allí, con olor a ungüentos, con olor al perfume de Cristo, se palpa la vida más maravillosa. La presencia más gloriosa. El silencio más absoluto. El otro día un médico quería explicarle a un niño enfermo de cáncer cómo sería la muerte. Trató de hacerlo lo mejor que pudo y le dijo: «Estarán en partes distintas de una misma habitación. No se verán, pero sabrán que están cerca. Y se oirán. Sí, oirás la voz de tus padres y ellos la tuya. Y eso para siempre». Me conmovió esa explicación de la muerte tan sencilla, tan directa. El dolor de la muerte y la alegría de la vida. Cuando beso el sepulcro vacío no tengo pena, no me inquieta, no me amarga. Está frío, sí, pero hay vida oculta muy dentro. No veo nada, pero lo siento todo. Es la vida el final de todo, o el comienzo una vez que me invade la muerte. Es la presencia viva de ese Jesús que ha pronunciado su última palabra y ha vencido a la muerte. Sí, la vida ha vencido, siempre vence. Y el todo ha logrado imponerse sobre la nada más desafiante. Me gusta pensar en esa vida que acaricia la piedra fría del sepulcro. Esa vida que no necesita más lienzos que cubren la muerte. Esa vida que no puede contenerse ya dentro del sepulcro. Y entonces me revisto de esperanza. llego con los dos discípulos corriendo. Tampoco yo sé dónde han puesto a Jesús. Sólo sé que está vivo. El espacio vacío me habla de una vida más grande, una vida que no se puede reducir a polvo. Pienso en el sepulcro vacío en este tiempo que vivo de pandemia. Este tiempo en el que ha habido muchos sepulcros y mucha muerte. Mucho dolor y desesperanza. Mucha amargura y rebeldía. Y parece que el corazón de desalienta y pierde la ilusión. Dicen que los partidos se pierden cuando uno deja de creer en la victoria final, incluso cuando uno va ganando. Es sicológico, si dejo de creer en la victoria, acabaré perdiendo. Si dejo de creer en mis fuerzas, me quedaré sin ellas. Si dejo de creer en mi capacidad, dejaré de tener capacidad para entregarme y hacer las cosas bien. La esperanza sólo se puede fundar en la fe. Porque se trata de creer en aquello que todavía no poseo. Es ver la luz en medio de la noche y seguir caminando. Es pensar que el final del túnel está ya próximo. Ver un sepulcro vacío me llena de luz y de vida. Dejo la muerte del sepulcro sellado, para abrir el paso a un camino nuevo. Esa es la esperanza que me lleva a creer en lo que aún no poseo. En ocasiones espero lo que no puede ser. Pero esa esperanza me da fuerzas para vivir el presente confiado. Lo importante es que la esperanza ensancha mi alma y eso es lo que María, y Jesús necesitan de mí. «¿Con qué espera contar? Con nuestra magnanimidad. ¿Y qué quiere hacer ella de nosotros? Lo hemos escuchado a menudo: quiere hacer de nosotros santos, santos de la vida diaria» . María espera mi magnanimidad, mi alma grande. Y el alma sólo se ensancha cuando cree en lo imposible y espera lo que aún no ha sucedido. Cuando ve el sepulcro vacío y cree que hay vida más allá de la muerte. Ve una pandemia que no acaba y ve detrás un final que sucederá pronto, antes de lo que uno piensa. La vida vence siempre la muerte. Hoy se llena mi corazón de esperanza. no dejo de luchar, no dejo de entregar mi tiempo y mi energía, no dejo de creer en la victoria final, no dejo de confiar en esa vida que es mucho más fuerte que le muerte y es para siempre.

Hay una pregunta que resuena en estos días de Resurrección. Es la pregunta que Jesús le hace a María Magdalena al encontrarla llorando junto al sepulcro vacío: «Mujer, ¿por qué lloras? Ella les dijo: - Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Apenas dicho esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, aunque no sabía que fuera él. Jesús le preguntó: - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Esa pregunta ha recorrido los días de la Semana Santa hasta haber sido testigos de la resurrección. La búsqueda de los discípulos que pensaron el domingo de Ramos que todo iba a ser tan distinto. Por un momento creyeron que iba a salir todo bien, y Jesús iba a ser coronado como rey. Un reino de este mundo, no algo tan lejano. Pero no, lo que ellos buscaban no sucedió. Y vinieron el miedo y la tristeza. Corrieron las lágrimas del llanto. A la luz de la resurrección todo queda más claro y el corazón se llena de esperanza. Ya la muerte parece no tener la última palabra. Pero esa pregunta llega a mi interior en medio todavía de la muerte, de la oscuridad, en medio de este tiempo extraño que vivo, lleno de pandemia y de incertidumbres. ¿Por qué lloro? ¿A quién busco en medio de mi noche? Es la pregunta que atraviesa siempre mi alma. Porque me detengo al borde del camino en cosas poco importantes. Porque no me fijo en la meta de mis pasos y me olvido del ideal que persigo. Y me pasa como a María Magdalena que no ve a Jesús, sino a un hortelano. Un pobre hombre sin respuestas. Hasta que pronuncia su nombre: María. Y cesan las lágrimas y todo cambia. Pero ese encuentro no sucede siempre. Porque me he dedicado a perder la vida en lugar de darle valor a las grandes cosas en mi corazón. Dios me quiere mucho más de lo que yo me quiero. Conoce mi nombre y lo pronuncia para que deje de buscar su cuerpo muerto y me fije en lo que está vivo. Me ha elegido para ser su hijo, para caminar a su lado por un camino de esperanza. Tengo una misión imponente entre mis manos, no quiero olvidarlo. Con frecuencia no me doy cuenta. Pienso que soy demasiado pequeño y mi vida no vale mucho. Y dejo de buscar, de preguntarme nada. Sobrevivo entre grandes tristezas y pequeñas alegrías pasajeras. ¿Qué busco de verdad? ¿A quién busco? En primer lugar creo que me busco a mí mismo y no acabo de encontrarme nunca. Pablo Neruda decía: «Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas». Encontrar mi verdad más íntima es la búsqueda más importante de mi vida. Y algún día lo encontraré si busco de forma correcta. Quiero pensar que ese día será la hora más feliz, no la más amarga. Saber quién soy, de lo que soy capaz. Conocer mi alma y mis rincones ocultos. Percibir mis miedos y darles un sí. Acariciar mis límites sabiendo que en ellos me encuentro con mi pequeñez, con mi pobreza. Esa es la gran tarea que tengo ante mis ojos. No quiero olvidarme de buscar en lo más hondo la felicidad que anhelo. No fuera de mí, no en las circunstancias, en el gobierno que gobierna mi país, en la situación económica que me trae o me quita la paz, en la salud propia o de las personas a las que amo. ¿Qué busco? Quisiera ser capaz de mantener la calma en medio de las tormentas y los mares revueltos. Con la certeza de saber que mi paz no me la dan otros. Yo la encuentro dentro de mí y bebo de la fuente que mana en lo más hondo de mi interior. No tengo miedo a lo que puede matar el cuerpo pero no el alma. Es mi alma la que quiero conservar sana, con paz. La vida, lo que acontece, no es definitivo, nunca lo es. Puedo ser feliz en las circunstancias más ásperas y difíciles. Puedo mantener la calma aunque muchos la pierdan junto a mí. Soy dueño de mis silencios, de mi búsqueda en lo profundo de mi ser. «¿Hacia delante? ¿Hacia lo alto? No, hacia dentro, más profundo». Si no busco dentro de mí dónde echar el ancla de mi vida viviré perdido, sin un rumbo claro. Se abre ante mí la esperanza de un sepulcro vacío. Pero yo puedo seguir quedándome, como María Magdalena en la superficie de las cosas. Han robado el cuerpo de Jesús. Han ocultado su carne. No voy más allá de esa evidencia. Ya no está, pero no me acabo de creer la resurrección. Así pasa a menudo en mi vida. Me pierdo en los detalles, en la superficie de las cosas que me suceden. No busco más adentro. No voy a lo esencial. Me quedo en los detalles sin buscar en lo hondo. Me pierdo en las sutilezas sin indagar, sin pensar más. Me da pena caer en esta actitud tan mundana. No creo en los milagros, ni en la vida eterna. Cuento las cifras de los enfermos. Critico al gobierno que gobierna, el que sea. Hablo mal de los que hacen las cosas mal. Me fijo en lo que falta, en lo que no es perfecto. Deseo que pase lo malo y llegue lo bueno para poder ser feliz, para vivir tranquilo, sin miedos. Deseo una vida más cómoda, más lograda, más plena, pero no hago nada por vivirla de verdad. Me conformo con la mediocridad de una vida de superviviente. ¿Qué busco en mi interior? ¿Qué necesito en esta hora de vida cuando el sepulcro está vacío? Necesito que Dios venga a mí y me saque de mi mirada estrecha y pobre, que ensanche mi horizonte y me haga confiar en Él, en su amor y creer en todos esos imposibles que descarto, porque me falta fe.

En este día de Resurrección quiero pensar en S. José, el padre de Jesús. José es un hombre justo. Porque justo es el hombre que cumple la ley y obedece a Dios en todos sus pasos. El hombre justo es honrado, odia la mentira, piensa antes lo que ha de responder, hace lo que es justo y recto. Elige la verdad por encima de la mentira. Opta por el amor dejando a un lado el odio. Así era el hombre que Dios eligió para María. Y de él aprendería Jesús tantas cosas, en primer lugar esa justicia. Dicen de Jesús: «Herodes le temía y le protegía sabiendo que era un hombre justo y santo» Mc 6,20. José era como Jesús y Jesús como José. Se asemejan en su justicia, en su honestidad, en su verdad. Jesús era Dios. Y José era sólo un hombre, un hijo de Dios. La justicia se hace carne en el padre y en el hijo. Los dos hacen de la voluntad del Padre su alimento diario. Sólo descansan cuando entienden lo que Dios les pide y lo llevan a la práctica. José tal vez no había escuchado la voz de Dios por un ángel hasta que se encontró con María. Simplemente conocía a Dios y lo amaba. Y por eso lo amaba a él María. Porque en José había una verdad, una sinceridad y una hondura que habían sido creadas sólo para Ella. Por eso lo ama tanto. Lo ama como una niña que ha visto al Ángel de Dios y ha conocido su camino. Lo ama como el hombre que Dios le da para vivir la justicia de Dios en su propia vida. ¿Y cuál es la justicia de Dios sino la salvación de todos los hombres? Dios ama a María y ama a ese hombre justo, José, que se convierte en esposo y padre de Jesús. Pienso que el amor de María sostenía a José en medio de sus dudas. En medio de sus luchas interiores encontró su paz en Dios, en el ángel de Dios que venía a hablarle en sueños. Y seguramente en su vida se preguntaría muchas veces: ¿Por qué Dios permite ahora otro camino cuando todo antes parecía tan claro? Comenta el Papa Francisco en Patris Cordis: «Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones». Es difícil de entender la vida. No todo está tan claro. Así comienzas las luchas en su corazón. ¿Cuántas veces lucho yo en mi interior buscando el querer de Dios? Es la lucha continua entre el bien y el mal en mi alma. Siempre puedo elegir la llamada de Dios a seguirle, o la del demonio a adorarle. Es esa lucha que sufro en mi intento por hacer lo que me lleva a la felicidad. Sólo tengo que vencer la tentación que tanto me seduce. Es esa lucha que sufro por ser fiel al querer de Dios siempre en mi vida, a veces es tan sutil la diferencia entre un camino y otro. ¿Estaré eligiendo el correcto, el camino justo, el de la verdad, el que me llevará a la plenitud? Quisiera tener un corazón tan justo y bueno en medio de estas luchas humanas que vivo. En medio de esas noches cuando nada parece tan seguro. Como en los días de la primera Semana Santa cuando se tomaron decisiones justas e injustas. Esas noches las he sufrido yo, como tantos otros, en algún momento cuando no entiendo nada. Como lo vivió José cuando pensó en repudiar a María en secreto. Llegó al límite y se abandonó en Dios y el Ángel vino a calmar sus miedos. El ángel podría haber aparecido antes para evitar tanto sufrimiento y tantas dudas. Hubiera evitado Dios su lucha, su angustia, su ansia de respuestas. Pero Dios calla muchas veces, como en la Semana Santa y me deja luchar, me deja enfrentarme conmigo mismo. Yo entonces grito, me ahogo y creo que he llegado al final de mis fuerzas. Como esa noche en el huerto cuando Jesús parecía perdido. O esa otra noche mucho tiempo antes, la de José. Y es que Dios no evita la angustia, no evita la lucha, no evita el huerto en mi vida, ni la oscuridad. Como no lo hizo con José ni con Jesús. Dios permanece escondido, oculto, mirando, eso sí, con mucha ternura. Mirando a su propio hijo. Mirando a José el justo. Mirándome a mí y en medio de la lucha me siento solo, como José, como Jesús. Y seguramente esa lucha me deje herido y al mismo tiempo me salve. Toco en lo más hondo del alma mi dolor y me enfrento con mi verdad, con la justicia. Y me siento vencido en mi fortaleza, debilitado en mi poder. Pero sé que esa lucha es la que cambió la vida de José para siempre. Y en el huerto cambió la vida de Jesús. Y en mis noches cambia mi propia vida. Porque entonces Dios abre el corazón a fuerza de golpes. Deja que surja una grieta, un espacio interior, un hueco en el cielo, por el que Dios puede caminar y dejar su aliento dentro de mí. En esa lucha interior, la de José, la de Jesús, la de tantos, la mía, siento que lucho con Dios a solas y herido. Y al final encuentro un abrazo. Siento una mano que me sana por dentro y me levanta. Dios pronuncia mi nombre. Y entonces la justicia de mis pasos parece más clara. He elegido en el dolor, como José lo hizo, el hombre justo. Y se han impuesto la vida, el amor, la verdad. Me gusta mirar a José y ver a Dios en su mirada, en su interior, en su corazón bueno de hombre justo, de esposo fiel, de padre misericordioso.

Para creer no es necesario ver nada. No hace falta tocar lo que quisiera fuera realidad. La fe es un don que me hace creer en lo imposible aún sin verlo, o precisamente entonces, cuando no veo absolutamente nada. Es lo que les sucede a Juan y a Pedro. Llegan, no ven, o ven el sepulcro vacío, y creen contra toda lógica: «Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». No brota en ellos la pregunta más evidente: ¿Dónde han escondido el cuerpo muerto de Jesús? Volver a la vida después de la muerte parece imposible. No hay fe que pueda creer en lo que no puede ser. Jesús murió en la cruz y con Él murieron todas las esperanzas de los hombres. ¿Basta con ver un sepulcro vacío para creer? Para Juan y Pedro es suficiente. Los lienzos caídos en el suelo. Y ni restos de aquel a quien tanto aman. Sólo eso basta. En Jerusalén hay un sepulcro vacío que los cristianos veneran. Entran en esa cueva estrecha y besan una losa. La misma piedra de aquel sepulcro que vieron vacío los discípulos. Mi fe está basada en la ausencia de la muerte. Puede que no haya escuchado la voz de Jesús pronunciando mi nombre, como María. o puede incluso que no haya sentido su presencia a mi lado como los discípulos camino a Emaús. Puede que no haya podido meter mi mano en su costado abierto. Y aún así mi fe será firme, como el tronco de un roble, con hondas raíces. Y todo porque no he visto nada, no he tocado la carne resucitada y no he escuchado la voz de mi amado. Y creo pese al aparente fracaso humano de todas mis pretensiones. Creo en un absurdo. ¿Cómo será posible volver a la vida después de haber muerto? Lázaro volvió a una vida para la muerte. Pero Cristo abre una puerta en el cielo rompiendo todos mis límites y frustraciones. Quisiera tener más fe para creer que en la ausencia está oculta la abundancia, y en el silencio anida un grito de esperanza. Y en la victoria aparente del odio se está amasando la victoria del amor más grande. Esa fe es la que necesito. El Papa francisco me habla de la fe del José: «José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia» . Me gusta esa fe que va contra toda lógica humana. La pandemia arrecia con más fuerza y yo sigo creyendo que pasará. Pierdo a un ser querido, sufro la enfermedad y creo que en medio de ese dolor brota la luz más cálida. Fracaso en mis pretensiones, toco la desilusión y la pena y sigo pensando que la victoria final está en mi mano, contra todo pronóstico. Esa fe es la de José, la de los santos, las de los mártires entregando sus sueños en manos de los verdugos. Todo parece que va a salir mal y una fe inconmovible les hace pensar que la vida va a vencer la muerte. Un sepulcro vacío, abierto, solitario, me transmite una esperanza que no tenía justo antes de encontrarlo vacío. Cuando ya nada tengo que perder sólo me queda poder ganarlo todo. Esa forma de ver la vida me llena de esperanza y alegría. Nada temo. En medio de la dificultad del camino sonrío y duermo con paz. Porque Dios ha venido a habitar en medio de mis tristezas. Ha venido a calmar todos mis vientos indómitos. Me postro humillado ante un sepulcro vacío. nada temo. No me inquieta que hayan podido robar un cadáver. No lo creo. Sigo pensando que la vida es más fuerte que la muerte y el amor más grande que el odio. Parece ser que realmente Dios tiene la última palabra. Aunque no sea de la forma que yo esperaba, ni con mis medios humanos. Ni tampoco en esos plazos que le pongo a Dios para ver si cumple la promesa que me hizo. Acepto que en la Pascua pasa Dios por mi vida para aumentar mi fe. Sólo quiere que corra con fuerza, como Juan, como Pedro. Tal vez me falta fe, pero no fuerzas para correr. Lo mínimo que espero encontrar es una losa corrida y un sepulcro vacío. Eso bastará para calmar todos mis miedos e inquietudes. La vida es mucho más honda que la muerte de esta tierra tan caduca. Me falta fe. Pero hoy se la pido a ese Jesús que está vivo y desaparecido. Le pido que aumente mi fe infantil y me dé una fe honda y firme. La fe en ese hombre que vive después de haber sido traicionado y odiado.

Si creyera de verdad en la Resurrección mi vida sería diferente. Hoy S. Pablo me lo recuerda: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con Él». Una forma diferente de entender la vida y la muerte. En ocasiones vivo con angustia el presente. Como si de mí dependiera todo. Intento controlar mis pasos para que no se me desboquen. Cuidando que todo esté bien, en orden. Me fijo en los bienes de la tierra, no en los del cielo. Una decisión, un gesto, algo que no cuadra, una caída, un tropiezo. Una interpretación equivocada de la realidad, o distinta. Una confusión que lleva al juicio, a la condena, tal vez al odio. El desprecio de mis seguridades que me dan tanta paz. Busco los bienes de la tierra que no acabo de proteger del todo. Porque es tan efímera la vida que se me presta. Y no levanto la mirada al cielo. no vivo escondido con Cristo en Dios. como si quisiera ganarme un día más de existencia sobornando a los hombres para que me dejen vivir más. Unas horas siquiera. Es todo tan frágil a mi alrededor. Empeñado estoy en gobernar yo solo los días, las horas. Lo que los demás piensan, sienten o hacen. Como si estuviera en mis manos. ¿Cuáles son esos bienes del cielo? Me quedo pensativo buscando respuestas. Si realmente creyera en la resurrección aspiraría a la libertad de los hijos de Dios, no a la de los hijos de este mundo, condicionados por su pecado. Esa libertad de Jesús caminando bajo el peso del madero. ¿Cómo se hace para ser libre de juicios y suposiciones? ¿Libre de plazos y obligaciones que otros me presentan condicionando mis pasos? Es tan etéreo lo que creo sostener entre mis dedos. El cuerpo misterioso de un presente que se disipa apenas tiendo mis brazos hacia él. Retengo como un náufrago el último madero de mi barco queriendo alcanzar una orilla llena de paz. Un bien del cielo es lo que necesito para caminar más liviano por esta vida. Y que las cosas que sucedan no logren quitarme el sueño. ¿Y el dolor? ¿Y la muerte? ¿Qué magia existe que logre hacer que no sienta el dolor de los clavos, ni la ruptura que provocan la ausencia y la partida? No hay magia, sólo basta con mirar al cielo y buscar los bienes del cielo. Como esa misericordia que lo vuelve todo fácil: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia». Un bien del cielo, esa mirada misericordiosa sobre mi vida llena de noches y nostalgias. Una mirada honda que me perdona y sostiene en el difícil equilibrio en el que deambulo entre la vida y la muerte. Miro al cielo y tantas cosas se llenan de alegría. Porque se derrama como una lluvia una misericordia que me levanta de mi pecado y mi fragilidad. Soy más que mis caídas. Incluso mucho más que la interpretación que el mundo hace de mi vida. ¿Qué se esconde detrás de la traición por treinta monedas? ¡Quién soy yo para juzgar la intención de cualquier hombre! Soy tan sólo una mirada torpe que interpreta y juzga casi sin comprender el sentido de la vida. Analizo los pasos mal dados como caídas imperdonables. Como si no hubiera perdón suficiente para escribir una historia santa. Se detienen mis pasos al pie de una tumba vacía que me habla del cielo. Y yo sonrío como esos niños que acarician el sol con la brisa de la mañana alzando sus manos a lo alto. Así es la mirada que busca el cielo en el que hay una paz que yo deseo. No busco la ausencia de dolor. Ni tampoco un corazón que no ame, sabiendo que el que no ama apenas sufre. Busco un corazón capaz de amar hasta el extremo. Porque Jesús sufrió en aquel madero. Sufrió el dolor de los clavos, la sed y el hambre, la angustia honda de una tortura difícil de soportar. Y el dolor más grande, el de sentir que no había logrado despertar el amor en todos a los que había amado. Cuesta mucho recibir amor cuando yo doy amor. Debería ser fácil, pero no siempre el corazón está dispuesto a aceptar un amor más grande que el propio, una incondicionalidad que yo no poseo y un perdón que yo no estoy dispuesto a dar ni a recibir. Entonces no es tan fácil amar hasta el extremo. Y morir por aquellos que no me han amado. Un justo condenado como injusto, despreciado. A mí me importan los juicios y los aplausos. Las condenas y los gritos de odio. Me importan el qué dirán y el qué es lo que piensan. Cuando juzgan todo lo que hago, pienso o siento. Como si de verdad importara tanto. Si fuera capaz de elevar mi mirada al cielo y la dejara prendida de las estrellas, o de esos halcones que cruzan el cielo planeando sin apenas mover sus alas. Mirar el cielo y más allá de mis pequeños problemas que a veces me parecen tan grandes. Es tan misteriosa esta vida que sostengo torpemente queriendo que sea eterna. Y no es así. Aunque algo tiene que ver con ese cielo. Con los bienes del cielo que no poseo y anhelo. Un agua que calme mi sed de infinito. Un pan que sacie mi hambre insaciable. Un abrazo que calme mi necesidad inmensa de ser amado. Una mano que acaricie todas mis heridas calmando mis dolores. Me detengo mirando al cielo, implorando esos bienes de allá arriba que puedan amansar ese corazón inquieto que sufre más de la cuenta.

María Magdalena fue a buscar a Jesús de madrugada. No porque intuyera que estaba vivo. Simplemente quería ungir su cuerpo en la sepultura: «El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba». Encuentra la losa quitada y piensa que alguien se ha llevado su cuerpo. Corre a contarle a Pedro y a Juan. Llena de inquietud y de miedo. Ya no puede amar ese cuerpo muerto ungiéndolo. No saben dónde lo han puesto. Hay gestos inútiles que nacen del amor. Porque el que ama puede hacer gestos inútiles por la persona amada. Ungir un cuerpo muerto. Ir a ver al que está muerto. Vivo en un mundo que busca la utilidad en todo. Quiero ser práctico. Lo más rápido y seguro para conseguir lo que quiero. Busco lo útil, lo que vale. Me resisto a las cosas aparentemente inútiles. Contemplar una puesta de sol sin hacer nada más. Una conversación sencilla y familiar en el que no se toman decisiones importantes. Una hora jugando con mi hijo dejando de lado lo que es urgente. Un paseo sin necesidad de muchas palabras. Los gestos inútiles parecen prohibidos. No tengo que esforzarme más de lo necesario si puedo evitarlo. ¿Para qué? Una flor nunca es útil, parece algo de lo que se puede prescindir. Solo refleja una belleza que no produce nada, ni trae ventajas. Entre vivir en una casa bella y otra llena de utilidades, ¿qué prefiero? Lo bello llena mi corazón. Pero puedo optar por lo útil. Un gesto de amor aparentemente inútil me parece bello. La Semana Santa estuvo lleno de gestos bellos, aunque inútiles. Un apóstol, Pedro, merodeando la casa de Caifás, buscando el rastro de su Maestro. Sin poder salvarlo, sin intentarlo siquiera. Sólo por no perderlo de vista se expone a que lo vean. Un gesto bello, un gesto inútil. Como el gesto de la Verónica limpiando el rostro de Jesús ensangrentado. O el gesto de las mujeres que lloran en su impotencia. O el gesto de María y Juan y otras mujeres al pie del Calvario, incapaces de salvar al Salvador. Todo bello, todo inútil. Igual que esa imagen de María acompañando de lejos la última noche de Jesús encerrado en la cisterna, antes de que amaneciera el viernes Santo. Un gesto bello de amor. Hay tantos gestos de amor que puedo hacer en esta vida. Gestos inútiles tal vez, gestos torpes pero llenos de amor. Gestos callados o llenos de ruidos. Pero bellos y sencillos. Gestos de fidelidad. Me impresionan estos días de Semana Santa. Hasta que llega María a la tumba vacía. Días llenos de gestos de amor. De amores imposibles que están dispuestos a entregar la vida por la persona amada. Todos estaban dispuestos a morir. Pero ninguno murió por Jesús. Sólo tuvieron gestos heroicos e inútiles. Eso basta. En la vida me gusta ese amor lleno de gestos bellos. La belleza de un abrazo, de una sonrisa, de un silencio. La belleza de una espera paciente. De un acompañar al enfermo. Un cuidar al que está sufriendo. Gestos inútiles, porque no salvan la vida del que está muriendo, pero embellecen su último camino hacia la muerte, hacia la vida. Me alegro con María en este domingo de resurrección. Su último gesto de amor le permitió ver la tumba vacía. Y luego encontrarse con ese hombre que sabía su nombre verdadero, parecía un hortelano pero era el Maestro. Todo por haber sido audaz e insensata. Se había arriesgado en la noche buscando llegar al amanecer al sepulcro. Es la audacia del amor que no puede quedarse quieto, aguardando y se pone siempre en marcha hacia el amado. La Semana Santa está llena de gestos de amor. Un amor que se parte, que se rompe. Un amor que busca en la noche al amado. Un amor insensato y valiente. Un amor que está dispuesto a dar la vida aunque luego tenga dudas y miedos. Pienso que la muerte del viernes Santo supone una ruptura en mi alma que me lleva a la vida verdadera. Muero para vivir. Pierdo la vida para ganar una vida para siempre. Siento la impotencia de mi amor para poder vivir y aprender una forma de amar que me sane por dentro. María va a ungir el cuerpo de Jesús y ella misma es ungida, tocada, amada por esas palabras y por ese gesto bello de Jesús. María, le dice al oído su nombre y ella entiende. La tumba vacía no es la prueba de la desaparición de un cadáver. Más bien es expresión de un amor que vence el peso de una roca pesada que cierra la puerta de la vida. Jesús ha vencido la muerte porque su amor es más fuerte que el odio. Ese momento siempre me impresiona y llena de lágrimas. El sepulcro vacío es el gesto más bello de amor que Dios ha hecho por mí. Para que cada Semana Santa recuerde que todos los gestos hechos por amor valen la pena

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 3 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 4 DE ABRIL DE 2021

  



4 de abril de 2021

 

Hermano:

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz».

«La historia de la salvación se cumple creyendo contra toda esperanza a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: - Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: - ¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad (2 Co 12,7-9). Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura».

La región mantiene el cierre perimetral y el toque de queda a las 22 horas.

Más de 7 millones de dosis administradas y 2'5 millones de personas inmunizadas en los tres meses transcurridos desde que iniciamos en España el proceso de vacunación.

Cuando no me alegro con la alegría de los demás tengo que preguntarme qué me pasa. Si siento rabia o malestar al ver a otros felices tengo que cuestionarme: ¿Estará todo bien en mi interior? Es la envidia el pecado más antiguo, el primero. Deseo lo que no tengo y no me alegro cuando no soy yo el que disfruta una alegría. Si realmente no me alegra que el otro, mi amigo incluso, aquel a quien amo, se alegre por algo bueno que sucede en su vida, tengo un problema. Cuando no me alegra el éxito de mi hermano. Cuando no valoro con paz y alegría lo bueno que le sucede en su vida, puede ser que esté realmente enfermo mi corazón. En estos días de Semana Santa es la envidia un sentimiento muy fuerte. Los fariseos no se alegran al ver la popularidad de Jesús. Tienen miedo quizás, como si su fama fuera a poner en peligro su posición y su prestigio. Desean su poder y le tienen envidia, ellos no pueden hacer todos los milagros que Él hace y sus palabras no tienen la vida que poseen las de Jesús. ¿Envidia? ¿Celos? ¿Miedo? Todo se mezcla en el corazón. Envidio lo que no poseo y además los éxitos de los cercanos ponen en peligro mis propios éxitos. Si mi vecino logra lo mismo que yo deseo, ¿qué queda para mí? Resulta muy difícil alegrarse con el éxito de mi compañero cuando yo he fracasado. O alegrarme con sus victorias cuando yo he perdido. Deseo lo que otros tienen y no me alegra su suerte. Es el pecado del hombre que no tiene paz cuando ve triunfar a otros. Parece que mi propia valía disminuye ante el valor de aquel bajo cuya sombra vivo. Entonces no me alegro, no sonrío. Es la Semana Santa un tiempo de caras largas y llenas de amargura. No desean el éxito de ese Jesús que cuestiona sus propias formas y maneras de vivir. Es diferente a ellos y envidian su libertad, esa autoridad que emana de su mirada, de sus palabras. No creen en Él y no lo aman. Sólo quieren su mal. Y es que la envidia y los celos llevan al desamor, al rencor, a la rabia. Y el odio anida dentro de su pecho. «De celos se habla cuando se teme el perjuicio a raíz de tener que compartir con otros el bien que se posee, por ejemplo, el amor de una persona, o bien, conocimientos, poder, prestigio» . Los celos abundan esos días en Jerusalén. Quieren matar a aquel que pone en entredicho el poder de los fariseos. Es un peligro, una amenaza. Quiero mirar mi corazón en su verdad. Muchos de estos sentimientos los tengo yo. Leía el otro día: «Saca toda tu vergüenza», pedí a mi mente. Y Santo Dios, qué horrores vi. Un desfile patético en que estaban todos mis fallos, mis mentiras, mi egoísmo, mis celos, mi arrogancia. Pero los contemplé sin pestañear. «Muéstrame lo peor», dije. Y al invitar a las peores unidades de vergüenza a entrar en mi corazón, se quedaron paradas en el umbral, diciendo: «No. A mí no querrás invitarme a entrar. ¿Sabes lo que he hecho?». Y yo decía: «Sí que quiero tenerte dentro. A pesar de todo sí que quiero. Hasta a ti te acojo en mi corazón. No pasa nada. Te perdono. Formas parte de mí. Al fin podrás descansar. Se acabó» . Es un ejercicio difícil dejar entrar en mi corazón todo lo que no me gusta de mí. Esos sentimientos enfermos que no me dejan vivir con paz y alegría, son serenidad y libertad interior. Esa envidia, esos celos, esa rabia, esa amargura. Forman parte de mis pecados. Son parte de mi debilidad. Quiero hacer ese ejercicio de reconocerme en mi debilidad en esta Semana Santa. No soy tan puro como me gustaría, no tengo tan buenos sentimientos. No siempre me alegra el bien de mi hermano, y lo bueno que a otros les sucede es lo que yo quiero. Deseo lo que no tengo y temo perder lo que poseo y me hace feliz. La envidia me puede llevar al odio y ese sentimiento me envenena. Reconocer que soy débil es el paso primero para postrarme humillado ante Jesús este viernes Santo, al besar el madero de la cruz en el que me entrega la vida. Y entonces me mira con misericordia, con mucha paz. Sabe cómo soy y no se extraña de todo eso que a mí me sorprende. ¿En qué momento de mi vida anidaron en mi alma sentimientos tan impuros? El paso del tiempo ha dejado su huella y quiero reconocerme en mi verdad total, no en esa verdad edulcorada que intento vender. Yo siento envidia y tengo celos. Sufro al compararme y no soy feliz cuando a otros les va mejor. Es parte de mi herida, de mi enfermedad. No me escandalizo al verme como soy. No me turbo. Jesús me conoce mucho mejor y me mira como miró a la mujer adúltera, o a la mujer samaritana en el pozo, o a Pedro esa noche en el que lo negó nada menos que tres veces, o a Judas cuando lo besó aquella noche del huerto. Sí, me mira sin condenarme, aunque yo mismo me condene. No le importa mi juicio, Él no ha venido a condenarme, sino a salvarme. Y entonces me doy cuenta de algo muy básico que olvido. El cambio en mí sólo comenzará cuando sane en mi interior. Porque al sanar, los sentimientos que tengo cambiarán y seré capaz de soñar más alto y llegar más lejos. Y dejaré a un lado esos sentimientos malos que me enferman. Pero la sanación sólo me puede venir de ese madero, de esa cruz, de esa muerte terrible. Sólo Dios sana, yo no puedo sanarme solo, sin Él. Sólo su amor me sana y construye por dentro.

Ante la violencia respondo con violencia. Cuando me gritan grito. Cuando me hieren hiero. Cuando me mienten, miento. Y si me tratan mal yo hago lo mismo. Veo esa tendencia mía a pagar con la misma moneda. Ante el bien y ante el mal. Es tal vez por eso que me provoca rechazo la pasividad de Jesús, su silencio en medio de esta Semana Santa. Hoy dice el profeta: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado». Isaías describe el Cordero que se va a entregar manso en las manos del verdugo estos días de Semana Santa. Va a ofrecer su Cuerpo inmolado en la cruz sin oponer resistencia. Deja que el mal se imponga, que el odio venza el amor. Es como si el demonio pareciera ocupar el principal lugar estos días en el corazón del hombre. Sé que Dios puede vencer siempre. Sé que el amor vence al odio y el perdón al deseo de venganza. Pero aún así la pasividad de Jesús me duele en lo más profundo del alma. Soy impaciente. Parece un hijo abandonado a su suerte al que su Padre le ha negado la sonrisa. Nadie lo salva en el último momento. En el salmo grito como Jesús oró ese día desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: - Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme». Sería esta la oración diaria de Jesús en esta semana. Desde el primer día en el que entra en Jerusalén aclamado por el pueblo. Jesús calla ante las aclamaciones, espera y aguarda. No se rebela cuando deciden crucificarlo. No responde con violencia a los ataques ni clama por ejércitos de ángeles que acudan en su ayuda. En el fondo de su alma espera a que Dios actúe y se manifieste y le diga cuál es el cáliz que ha de beber y cuál es el sentido de todo. Pero no busca aliados humanos, no pretende que sus hombres, débiles e inseguros, lo salven de esos otros hombres que sólo desean el mal. No busca que las cosas se arreglen por el camino humano. Lo ha entregado todo en el huerto en las manos de Dios y ahora sólo confía. Allí ha dejado sus miedos en una hora de lágrimas y sangre. Allí ha entregado sus deseos más íntimos, sus ansias de amar a todos y sus sueños de salvarlos para la vida eterna. Miro a Jesús manso después de ese grito desgarrador en el huerto. Ahora ya no habla, calla, no se rebela, no se indigna ante la injusticia, ante ese juicio injusto. Normalmente yo no actúo así cuando veo que las cosas son injustas. Intento que todo se resuelva a mi manera, buscando mi bien y de acuerdo con mis formas. Y no alzo la mirada a lo alto buscando auxilio, una señal, una respuesta. Yo quiero que todo se cumpla según mis deseos, no pienso en ese Dios que va a salvarme en el último momento, cuando yo haya perdido toda esperanza. Él lo hará todo a su manera, no a la mía. Lo hará salvándome desde mi muerte, dándome la vida. Pero yo no me espero, me desespero siempre, soy impaciente. Me rebelo, no soy manso ni humilde de corazón. Hoy quiero mirar a ese Jesús manso que se entrega sin oponer resistencia. Quiero mirar a ese Jesús que cree en su Padre y lo ama por encima de todo. Decía Santa Teresa de Jesús: «Si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia». Frente a la violencia mansedumbre. Frente a los gritos silencio. Frente al odio amor. Esas reacciones tan contrarias me impresionan. Yo a menudo actúo como si creyera en el ojo por ojo. Y frente a una acción busco una reacción. Pero no estoy llamado a vivir así. Las maneras de Jesús son contrarias a las mías y eso me incomoda. Parecen ser el camino más seguro de vuelta a la casa de Dios. Frente al odio, vence siempre el amor. Frente a la ofensa, se impone el perdón. Frente al que me hiere, triunfa la calma. No sé si algún día podré vivirlo así. No sé si será posible no alterarme, no dejarme llevar por la rabia y el odio. No lo sé, porque estoy acostumbrado a vivirlo todo como un agravio. Y me indigno con las injusticias que sufro yo y mis seres queridos. No me quedo callado. Y me vuelvo esclavo de mis gritos, dejando de ser dueño de mis silencios. Miro a Jesús que camina como un cordero llevado al matadero y me sorprende ese espíritu tan dócil y manso. ¿Cómo podría mantener yo la calma cuando otros pretenden quitármela? Me gustaría ser más dócil, más niño, más tranquilo en mis gestos, más fácil en mis reacciones. Se lo pido a Jesús esta Semana Santa. Que pase por mi vida y me calme.

Siempre me sorprende la entrada victoriosa de Jesús el domingo de Ramos: «Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino. Y las multitudes que iban delante de él y las que iban detrás aclamaban, diciendo: - ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó, diciendo: - ¿Quién es este? Y la gente decía: - Este es Jesús, el profeta, de Nazaret de Galilea». Parece que todo está bien, y que todo al final va a salir bien. Como si de repente se hubieran acallado todas las amenazas contra Jesús y nadie fuera a levantar la mano contra el hijo de Dios, inocente y lleno de bondad. Parece que todo está bien, ya nada podrá salir mal. Se siente una paz extraña y nueva y parece que por fin las multitudes han reconocido a Dios en la carne de un hombre. Lo admiran como Rey, lo siguen como Hijo de Dios. Una sensación extraña después de tantos temores guardados en el alma. Pero ¿será cierto? ¿Podrá el mal ser vencido por el bien? Con frecuencia me pasa en la vida. Vivo momentos de domingo de Ramos y pienso que todo está bien y lo malo se va a solucionar. Ya no habrá nada que temer, todo está resuelto. Pero luego todo se complica de nuevo. Es como esa mejoría que experimenta el enfermo poco antes de morir. Parece que va a salir de su agonía y el corazón se llena de esperanza. ¿Qué pensarían los discípulos ese domingo lleno de sol? Quizás pensarían que ya estaba todo resuelto. Sentirían que todo era posible y no tenían que temer. Que sus sueños humanos respecto a Jesús se iban a hacer realidad. ¡Cuánta ingenuidad! Como si la luz de un día de fiesta fuera a borrar para siempre el horror de la muerte y la enfermedad. Esos hombres que aclaman hoy a Jesús no obedecen nada más que a su corazón. Seguramente en ese domingo hay junto a esa puerta de acceso a Jerusalén muchas personas agradecidas. Hombres curados por Jesús. Muchos de los que se han sentido reconfortados con sus palabras. Amigos valientes y amados. Hijos que han tocado el amor de Jesús en sus corazones. Todos los de ese día son sinceros. Simplemente ven más allá de la apariencia. Y con ese gesto sencillo no pretenden cambiar las cosas. Solo quieren agradecer a Jesús por tantas obras buenas que ha realizado. Tal vez no son conscientes del peligro que Jesús corre. No han creído las amenazas de muerte que cada vez son más frecuentes. No importa. Ese domingo es un día de fiesta. Hay que agradecerle a Dios por el presente. Y ese momento es de fiesta. En ocasiones, turbado por mis agobios y mis miedos, no disfruto el presente amable que la vida me regala. He vivido muchos domingos de ramos. Pero no siempre los aprovecho. Son esos momentos de calma antes de la tormenta. Son momentos de luz que preceden la oscuridad. Momentos de esperanza antes de la desesperación. Puedo dejarlos pasar por temer el futuro algo más incierto y mucho más triste. Puedo vivir quejándome por lo que no ha ocurrido en lugar de sonreír como un niño feliz delante de su mayor regalo. Quiero tener un corazón de niño que se ríe en la fiesta y se alegra con el regalo del momento. Tal vez por eso a los regalos los llamamos presentes. Porque todo regalo que recibo lo recibo en presente. Y en ese instante fugaz y sagrado puedo vivir con alegría o dejarlo pasar con amargura preocupado por el futuro que no controlo. Sobre lo que ha de venir no mando, no tengo poder. Vivir la alegría del domingo de ramos no es una posibilidad, es una obligación. Así como estoy llamado a reír y alegrarme con los momentos de fiesta en mi vida, aunque tras ellos vengan desgracias y dolores. Nadie me puede quitar la alegría vivida. Esa alegría llenará el pozo del alma y me dará fuerzas para resistir las dificultades y dramas de la vida. Siento la obligación de llenar el pozo de mi corazón con alegrías pasajeras, pero duraderas en el recuerdo. Volveré a ellas cuando sienta que la paz me abandona y la nostalgia me hunde. Sacaré con un cubo agua del pozo saboreando esos recuerdos sagrados y llenos de luz que adornan mi historia santa. No me dejaré llevar por el desánimo y no permitiré que mis domingos de ramos se tiñan de viernes santo. A cada día le basta su propio afán, me dijo Jesús. Y lo he aprendido. Ya llegará el viernes, de momento es domingo y el corazón se alegra y agradece. Jesús es un hombre misericordioso, porque sus palabras cambian el corazón y sus gestos y milagros me llenan de alegría en medio del camino. No es un hombre cualquiera. Es el amor de Dios hecho carne. La presencia salvadora hecha presente. Y ese abrazo de Jesús en mi vida no lo olvidaré nunca. Y reviviré los pasos de la procesión de este día, de la borrica que carga con Jesús entrando en Jerusalén. Y sonreiré a la vida porque ha merecido la pena vivir, sea lo que sea lo que me depare el futuro, no importa. Tengo y he tocado muchos domingos de ramos. Doy gracias al Dios de mi vida que me ha hecho sensible y capaz de enamorarme de la vida. Sólo eso merece la pena. Vivo en presente y sonrío feliz, me basta.

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

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