domingo, 25 de julio de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 26 DE JULIO DE 2021

  



26 de julio de 2021

 

Hermano:

««Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada»

«Me gusta la actitud de los que confían y son abiertos. De los que siembran esperanzas y no viven condenando a los que no son como ellos. Me gusta la paz dibujada en un abrazo»

Asturias activa la cuenta atrás para aplicar nuevas restricciones por concejos.

El Principado pasa a nivel de alerta medio en presión asistencial tras los ingresos del fin de semana. El siguiente paso es pedir el aval al TSJA para implantar el toque de queda y limitar las reuniones.

Detrás de cada paso que doy se esconde Dios tocando mis pasos. Detrás de cada decisión que tomo está el mismo Dios sosteniendo mi vida. Y yo me creo que depende todo de mí. Me siento como un dios tratando de alinear los astros de tal forma que todo funcione a la perfección. Pero luego veo que voy cambiando. Y lo que un día pareció enamorar mi corazón súbitamente no me satisface. Ese mismo rostro del que me enamoré, o su tranquilidad y su calma. Súbitamente me molestan formas que antes amaba. Y huyo de hábitos que un día llenaron mi corazón. ¿Estaré yo mal o es que voy cambiando? Nadie me dijo que dejaría de gustarme lo que antes me gustaba. Ignoraba las consecuencias de la decisión que un día tomé convencido de que era la mejor salida. ¿Nada es para siempre? ¿Todo cambia? Hay cosas que permanecen en el tiempo, estables y firmes. Y me siguen enamorando pasados los años. Pero hay otras que cambian, o mejor, soy yo el que cambia y ahora no me despiertan alegría. Otras cosas que un día odié hoy despiertan mi atención. Sigo sin poder hacerlo todo bien, menos aún perfecto. Y no logro sostener el mundo con mis manos débiles. Tan frágil soy, tan pesado es el mundo. Me abruma el paso del tiempo que deja canas en su huida sin darme cuenta. Temo repetir errores del pasado o de otros. Y puede que mis aciertos no valgan para siempre. Cambio, todos cambian, no me importa constatar el paso del tiempo. Y ver que no soy el mismo que empezó a caminar un día alabando a Dios por el milagro de la vida. He sufrido y he vivido. Me he alegrado y he acogido tristezas en el alma. No me importa constatar que soy débil y pequeño. Me alegra el amanecer igual que antes. Y al ponerse el sol me siento tan cansado como siempre, igual de feliz. El día siempre desgasta con su paso. Me gustaría ser como la persona aquí descrita: «Era, en mi opinión, la que más cómoda se sentía consigo misma. Nunca sucumbía al pesimismo; veía los contratiempos como lecciones vitales positivas de las que salía fortalecida» . Quiero sentirme cómodo conmigo mismo. Los cambios no me abruman en exceso. No siento que sólo tenga una posibilidad para ser feliz. Quiero aprender de los contratiempos de cada día. Y sacar algo positivo de cada caída. No hay mal que dure eternamente. Igual que las cosas buenas se acaban cuando menos lo deseo. Y los sueños, algunos se hará realidad, otros morirán antes de nacer. Y la vida es un camino largo que recorro desde mis límites, aprendiendo cada día. Incluso cuando el dolor, la cruz, la enfermedad puedan haberme arrebatado cosas. Comenta Olatz Vázquez lo que ha perdido en su enfermedad: «Estabilidad emocional; un día quieres comerte el mundo y piensas que puedes con todo, y al siguiente en lo único que piensas es en descansar tirada en la cama. Pelo; en mi caso dos veces. Personas; he perdido a muchísimas personas. Me he llevado muchas decepciones. Y control; el cáncer me ha hecho soltar el volante con el que conducía mi vida y ahora voy sin manos, sin frenos y cuesta abajo». La vida me da cosas y luego me las quita, o las pierdo. Una enfermedad es parte de la vida y no es fácil asumirlo. Pero soy más que todo lo que pierdo con ella, más que todo lo que la suerte me quita. Me aferro al amor que tengo guardado en el alma. Y valoro como un don de Dios todo lo que me sucede. Y no dejo de sonreír incluso cuando pierdo mucho. Y siento la injusticia en la piel como una amenaza, como una realidad que hiere. Y me da miedo pensar en las cosas que puedan sucederme. El futuro me espera, inquieto y desafiante. Me aterran esas posibles desgracias que imagino en mi fantasía viva y despierta. No me desespero cuando nada resulta como estaba planeado. Abrazo sin miedo a abrazar. Espero sin miedo al futuro. Me alegran las cosas que hay aunque desee las que aún no llegan. No tiemblo ni pierdo la paz porque Dios sigue a mi lado en todas mis batallas.

Me pregunto cómo dar respuesta a todos los interrogantes que la vida me plantea. Leía el otro día: «Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea» . No es tan fácil responder a todas esas preguntas que permanecen mecidas por el viento. Me gustaría que todo fuera blanco o negro, para no tener nunca dudas. ¿Y si las dudas brotan en el alma a medida que avanzo por el camino de la vida? Miro hacia atrás queriendo entenderlo todo. Y no es posible. Pienso que estoy donde Dios quiere que esté ahora. Pero ¿y si hubiera tomado justo la opción contraria? ¿No pensaría que estaría también en el lugar que Dios quería para mí? No es tan sencillo acertar. O más bien no es tan absoluto un camino o el otro. Es verdad que cada decisión lleva consigo nuevas responsabilidades. De ese modo lo que elijo se convierte en parte de una melodía que voy componiendo con las notas de Dios. Sé que los pasos en falso me dan experiencia y los aciertos suben mi ánimo. ¿Cómo se puede contener en un vaso de cristal toda el agua del mar? Imposible. Igual que no se pueden detener las olas para calmar el mar. Y no logro poner un límite al viento para que no sople alterando mi calma. Imposible contener la lluvia en sus nubes para que no me anegue. Nada puedo hacer para que surja la lluvia de un cielo sin nubes. Nada parece estar en mi mano, no soy Dios. No sé cómo recorrer este camino incierto que se abre ante mis ojos. Sólo puedo dar el primer paso del sendero. Y echar unas cuántas lágrimas en el vaso de cristal que sostengo taciturno. Anhelo que la espera me permita ver el crecimiento de los brotes y la subida de la marea casi sin darme cuenta. Medito la vida llena de un tiempo que no me pertenece. Vista desde el futuro mi vida es insignificante. Un poco de agua en el mar, sólo unas gotas. O una corriente de aire fresco. Mientras tanto no eludo la responsabilidad de buscar respuestas a las preguntas que surgen. No sé si dentro de mí, o dentro de Dios en medio de mis silencios. Al menos busco respuestas que respondan a la vida. Sin dar seguridades absolutas a los que las buscan queriendo vivir tranquilos. ¿Para qué necesito tanta tranquilidad? Es fácil descalificar a los que no piensan como yo. O tachar de cobardes a los que no dicen lo que piensan. Es fácil pretender que sólo lo objetivo merezca la pena. Pero no dejo de ser un alma en busca de un sentido. Como dice el poeta Fernando Pessoa: «Si fuera objeto sería objetivo, como soy sujeto soy subjetivo». Quizás lo objetivo me deja más tranquilo. Dos más dos son cuatro y no cuatro y medio. Pero no pretendo erigirme en criterio único y siempre válido. Tan sólo acompañar las preguntas que escucho volando por el aire. Y ver lo importante en medio de tantas cosas superfluas que me quitan la paz. La vida merece la pena. Y no decido yo cuándo acaba o cuándo comienza. Y no tengo derecho a muchas cosas que son un don, no las puedo comprar, como tampoco la felicidad se compra. No me pueden imponer la voluntad de otros, aunque esos otros por un momento parezcan más fuertes y poderosos. El poder es pasajero y el que abusa del mismo, será siempre culpable de haber abusado. El amor es un don, nunca una exigencia. No merezco ser amado. Sólo puedo amar y esperar la respuesta. Y cuando se convierte en exigencia en imposición, faltando al respeto, deja de ser amor automáticamente. Las cosas no son lo que parecen, tienen una identidad honda que no siempre logro ver. Debo aprender a escuchar más de lo que lo hago. Aceptar que no tengo la razón en todo lo que digo. Y asumir que no siempre las respuestas que escucho me dan respuesta. Y la vida cambia, así como las personas. Y entonces el futuro que tengo ante mis ojos no es un dolor, es sólo un camino. Y puedo tomar decisiones que otros no compartan. No soy un molde que se repite por todas partes para mostrar al mundo que somos todos iguales. Aceptar mi originalidad me lleva a querer a los demás siendo distintos, amando la diferencia. Cuando pretendo encasillar o exigir un pensamiento único, lo único que consigo es matar la vida que no me pertenece. Creo en lo que leía el otro día: «Tener una voluntad recia es maduro. Fijarse metas y objetivos. Metas a largo plazo. Hemos sido creados para ser felices y trasmitir la alegría a otros. Se puede aprender a ser optimistas. El optimista sabe ver un proyecto» . Me gusta la actitud de los que confían. De los que son abiertos, no rígidos. De los que siembran esperanzas y no pasan el día condenando a los que no son como ellos. Me gusta la paz dibujada en un abrazo. Y el mar contenido en una mirada, es el único lugar en el que cabe. Aunque sólo sea en ese breve instante en el que miro y me miran y me detengo frente a las olas dispuesto a hundirme muy hondo. Aceptar mis propias deficiencias, límites y pecados es la única manera de poder acercarme al que tiene dudas y preguntas. Navego sin un manual de instrucciones buscando un camino. Miro dentro de mi alma, seguro que es el único camino. Resulta gris y aburrido pintar el mundo de un solo color. Hay una paleta de colores y si Dios la ha creado no es para que todos sean iguales. Acepto la verdad escondida en versos. Hay muchas canciones que me hablan del cielo.

Todo está relacionado. Mis decisiones siempre afectan a otras personas, lo quiera o no lo quiera. Todo influye. Lo que oigo, lo que veo, lo que hago, lo que siento. Todo se entreteje en un tapiz complejo que muestra por un lado la confusión de los hilos y por otro la belleza de un paisaje. No controlo lo que ocurre y todo me afecta. Pero yo decido cómo reacciono y cómo acepto en mi corazón lo que pasa a mi alrededor. Leía el otro día: «Aunque mi vida había sido moldeada por acontecimientos que escapaban a mi control, era yo quien había decidido reaccionar ante ellos como lo había hecho» . Soy dueño de mis reacciones desde mi debilidad. Lo que hago con mi vida tiene un peso poderoso en los que me rodean. Como las olas del mar que lamen la orilla de mi alma llevándose algo de arena con su paso. Se van y regresan acariciando mi alma mientras yo me quedo mirando el cielo, el inmenso mar, esa línea tenue desdibujada en la distancia donde parecen unirse y confluir cielo y mar. Y yo tan pequeño en medio de una inmensidad que me supera y rompe mis barreras, mis ritmos y vence mis miedos una fuerza interior que desconocía. Poseo dentro de mí más fuego del que pensaba. Puede que intente contenerlo con una coraza para que nadie rompa el infinito descanso que mi alma desea. Los miedos no me impedirán nunca dar los pasos valientes en medio del oleaje. Lo he decidido. Con esa decisión valiente e impulsiva, algo inconsciente, de los que piensan que nada tienen que perder. Y he aceptado mi papel protagónico en esta historia de mi vida. Mis sueños se realizan sin yo poder dejar de soñarlos. Y mis decisiones, benditos saltos de audacia, me han hecho lo que soy, mejor de lo que era. No quiero dejar de buscar a Dios dentro de mi alma, en la calma del mar, en la paz de sus olas, en las que se mece al viento todo lo que crece dentro de mí, a ritmo lento. Y toco a Dios en los pliegues de mi corazón, caminante y peregrino, mi fiel amigo. Sin dejarme llevar por mis incongruencias y temores. Sin dejar de pensar que soy un pobre hombre llevado por la vida. No me distraigo y pienso que es Él el que me lleva de la mano. «Porque hoy hay muchos más estímulos en el mundo, nos resulta más difícil que antes caminar con Dios a través del quehacer cotidiano, la Santísima Virgen debe ayudarnos en el cenáculo a cultivar el vivir en la presencia de Dios» . María se ha venido a caminar conmigo para que aprenda a hablar con el Dios de mi camino, en medio de silencios llenos de presencia. Y anhelo esa paz que sólo deja Él cuando me dice que no me olvida y me quiere más que a nadie. Soy su hijo predilecto, lo sé, lo he escuchado. Y por eso tengo paz. Haga lo que haga, tengo paz. Me alejo de aquello que me hace daño, como decía S. Juan XXIII: «Me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión». Me lo tomaré con calma cada vez que tenga que discernir, sin prisas. Y cuando lo vea claro, llegará el momento y me pondré en camino. No me quedaré pensando en otros posibles caminos, en otras posibles decisiones. Lo decidido es lo correcto. Esa máxima siempre me ha dado paz. La decisión correcta es la que he tomado. Sobre todo cuando las dos podrían haber estado justificadas en ¡aquel momento. Pero la que Dios quiso es la que fui capaz de ver en con claridad, con lo que sabía, con lo que estaba pasando. En el silencio de mi alma que abrazaba a Dios con ternura. Y no caí en esa indecisión que me puede atormentar, cuando el miedo me paraliza y el odio al error frena mis pasos. Está bien lo que he hecho, Dios así lo ha querido. Construyo sobre los cimientos que yo mismo, con Dios, he ido colocando. Y asumo que soy mejor persona ahora que antes. Que dejé mis inmadureces de un día y me hice más hondo en el fragor de la batalla. Y asumí mi debilidad como camino de vida. Y mis heridas como fuentes de la que beber sin miedo a ser otra vez herido. Todo se ve, es visible, lo que soy y lo que sufro. Lo que amo y lo que pienso. Todo tiene su repercusión en este mundo en el que vivo, en las personas a las que amo, en aquellos que han caminado conmigo una parte del camino, en los que lo hacen ahora. Mi ausencia y mi presencia, todo influye. Mis actos y omisiones, mis palabras y mis silencios. Todo se entreteje en una obra de arte que Dios quiere hacer conmigo. De su mano voy sabiendo que muchos de mis actos quedarán ocultos en el corazón de Dios. Él conoce todo lo que vivo. A Él le importa realmente lo que sufro y lo que amo. Él tiene acceso a mi alma, con su fragilidad y su belleza. De esta forma va cuidando a su hijo para que todo encaje en su corazón de Padre. Él sabrá lo que desea hacer con mi vida. Yo me dejo llevar de su mano como un niño. Mientras las olas siguen meciendo el mundo. Entre un romper y un volver a surgir de entre las aguas. Acariciando la arena de mis playas y calmando las penas y los miedos. Despertando la alegría, haciendo nacer una vida nueva.

Tengo hambre. Con mucha frecuencia no estoy saciado y busco alimento. Busco sucedáneos que calmen el hambre por un tiempo. Pero luego vuelve. Jesús sabe de mi hambre, conoce cómo soy. Alza los ojos y me mira: «Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: - ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». Le preocupa mi hambre. Sabe que necesito ser alimentado y sufro en mi indigencia. Sabe que yo solo no puedo. Hay un hambre honda, profunda, que no soy capaz de calmar. Tal vez me alejo de Dios y busco en el mundo que me sacie, que me llene y quite esa inquietud mía que no me deja alcanzar las cumbres más altas. El hambre de Dios está ahí, dentro de mí, latente. Leía el otro día: «De ahí que filósofos modernos digan, con mucho acierto, que el hombre de hoy, desligado de Dios, se parece a un lobo estepario que aúlla de hambre de Dios, y a la medianoche ronda la tumba de su Dios asesinado» . ¡Cuánta gente hoy vive sin Dios, con hambre dentro! Un hambre espiritual que busca encontrar sentido a todo lo que sienten y viven. Muchos buscan hoy una fuente oculta en el mundo, desean la presencia misteriosa de una fuerza que mueva el universo y dé sentido a este deambular por la vida. Muchos ya no creen en la Iglesia. Creen en las energías que están presentes y ahí buscan la paz, la alegría y calmar el hambre. El camino de Santiago de Compostela nació por el anhelo de tocar en los restos sagrados del apóstol Santiago el amor de Jesús. Los apóstoles, torpes y limitados, niños enamorados, amaron a Jesús hasta el extremo y estuvieron dispuestos a morir defendiendo su nombre. Tocar la tumba del apóstol se convirtió durante siglos en un motivo suficiente para comenzar un viaje que podía incluso acabar con sus vidas. Dejaban la paz de sus casas y se ponían en camino queriendo tocar a Dios en la piel fría de un santo. En la actualidad ese camino tiene mucha vida y miles de peregrinos llegan a Santiago motivados por razones diferentes. En muchos casos sienten que en el camino pueden encontrarse con ellos mismos y así calmar un hambre profunda que tiene todo corazón humano. El hombre no se sacia sólo de pan, sino de un alimento que viene de lo alto. Hay una necesidad más profunda que a menudo sofoco con preocupaciones y posesiones, queriendo ser feliz a medias. Sin dar respuesta al grito del alma no es posible una felicidad plena. Ese grito sigue dentro y me pone en camino, a Santiago o a esa meta en la que espero encontrar un sentido trascendente a lo que vivo. ¿Acaso el amor está condenado a no ser eterno? Si mi deseo es amar para siempre ¿no seré capaz de vivirlo? En el alma hay un deseo de infinito, un anhelo de cielo, un ansia de eternidad que nada puede ahogar, por mucho que lo intente. Llegarán momentos duros en mi vida en los que me sentiré solo y abandonado y miraré al cielo buscando respuestas, algo de esperanza y alegría. Intentaré encontrar un camino que le dé sentido a todo lo vivido. Me encontraré conmigo mismo en ese andar esperando un día tocar al apóstol. Eso es el camino, una búsqueda, un deseo de plenitud, una esperanza que brota solitaria en el corazón humano. Es el hambre más verdadera. Todo parece quitarle importancia a esa hambre que reconozco en mí. Pero sigue ahí esperando un pan que regale consuelo. Jesús me mira y quiere darme de comer. Quiere calmar mis miedos y sostener mis preguntas para las que no encuentro respuestas. El que se pone en camino es un buscador. No importa que no sepa lo que busca, porque ya se está encontrando al andar un pan diario que puede quizás calmarlo para siempre. Si no me pongo en camino, no me acerco a Aquel que puede tener respuestas para mí. Jesús se lo dijo un día a los que lo seguían: «Los que tenéis hambre, seréis saciados». Y por eso Jesús quiere que me den de comer, que me sacien. Dice el profeta Eliseo: «Dáselos a la gente, que coman». Y Jesús les dice a sus discípulos: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Quiere saciar su hambre de pan para que comprendan que el hambre que subyace en su interior es la que de verdad importa. Él es el pan que alimenta ese corazón herido y enfermo. Él quiere saciar el hambre que no me deja tranquilo. Yo vivo inquieto, en búsqueda, en camino. Me hago peregrino porque me falta algo. No necesita Jesús que peregrine, ni que toque la tumba de un santo. Sólo necesita que me desprenda de todo lo que me encadena a mi tierra, a mis planes y proyectos, a mis seguridades. Quiere que rompa con lo me quita la libertad para poder caminar ligero de equipaje, en paz por los caminos de la vida, buscando un pan espiritual que dé paz a todas mis ansias y búsquedas. Ese pan de Jesús es el que necesito. Mi hambre es de Dios, lo tengo claro.

Lo primero que experimento cada vez que enfrento un nuevo día, es el desborde, la impotencia, la conciencia de mi propia pequeñez. Es ese momento que se desliza entre la noche y el amanecer en el que siento que nada está bajo control y todo parece perdido. Un instante sutil en el que me confronto con lo que parece un problema irresoluble, una imposibilidad real. Una misión que supera mis fuerzas. Un desafío que me saca de mi comodidad. Necesito ponerme en marcha hacia ningún sitio. Arrojarme en el vacío esperando una mano amiga que me salve. Una sonrisa que sostenga mis lágrimas. Un abrazo que contenga mis miedos. Pero tengo que pasar por ese momento en el que todo parece imposible. Sólo entonces comprendo que no puedo seguir aferrándome como un náufrago a la tabla que me sostiene en el mar, sujeto por mis propias fuerzas y méritos. Desprendido entonces de mi capacidad humana dejo espacio a la fuerza de Dios. Me he dejado caer, abismado en el océano profundo. He saboreado la amargura de la derrota. He sentido la punzada del miedo. Y he atisbado una salida que no se ve, gracias a esa fe que nace en lo profundo de mi alma. Sólo cuando he experimentado la propia debilidad e impotencia comienzo a creer en los milagros. El criado le pregunta al profeta con pesar: «¿Qué hago yo con esto para cien personas?». Y los discípulos que sí creen en Jesús, dudan: «Felipe contestó: - Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: - Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?». No bastan doscientos denarios. No son suficientes cinco panes y dos peces. Nada basta, nada de lo humano alcanza. Si no pongo mi nada, nada sucede. Y sólo si la pongo puede suceder todo. Pero antes entro en ese instante de pánico lleno de dudas y miedos. ¿Será posible esta vez? ¿No estaré tentando la suerte? ¿No será que Dios me ha abandonado? ¿No será imposible todo lo que he soñado realizar? Los planes de Dios superan los planes humanos. Me planteo un proyecto a la medida de mis manos, abarcable. Pero cuando supera mis fuerzas lo abandono por miedo al fracaso. Yo me pongo los límites y delimito las barreras que no puedo atravesar, porque no sé hacerlo, porque no logro enfrentarlo, porque no tengo aptitudes suficientes. Yo me limito tantas veces y digo que es imposible. Comenta Jacques Philippe: «Nuestra prisión somos nosotros, los limites de la percepción de la realidad, nuestras estrecheces de pensamiento y corazón» . Mis límites no me dejan ver más allá del horizonte marcado por mi vista. Me falta fe en lo que no veo. Sólo observo el límite y la carencia. Aplico la lógica y hablo de lo que es razonable y lógico, de lo prudente. Lo imposible se yergue ante mí con una fuerza inaudita. No puedo avanzar porque yo mismo me he defraudado de la vida. Se me exige algo que no puedo dar. No puedo multiplicar los panes para que lleguen a muchos. No puedo lograr que todos tengan una vida plena y feliz. No puedo salvar a todas las personas que Dios pone a mi alrededor. No puedo acabar con todo el mal del mundo. No puedo mitigar el sufrimiento de tantos, ni abolir las leyes que atentan contra el amor. No puedo conseguir que no haya más injusticias ni muertes. No puedo, es imposible. Pero no es imposible tomar esos denarios en mis manos, o esos panes y peces y ofrecérselos a Dios. Sé que no puedo lograr lo imposible, porque no me corresponde. Pero en ese momento de duda y miedo sólo tengo que llegar ante Dios y decirle al oído: «Jesús, sé muy bien que es imposible. Humanamente no hay cómo salvarlo. Pero Tú sabes más que yo. Tienes el poder que yo no tengo. Tú eres el infinito más allá de mi horizonte. Y eres el amor que supera todos mis amores mezquinos. Tú no tienes medida, porque para ti todo tiene un sentido. Nada sin ti existe y nada sin ti sobrevive». Aceptar que mi vida descansa en las manos del poder de Dios es lo que me salva. Por más que hago cálculos humanos, busco medios factibles, hablo de plazos y de empresas posibles, al final sólo Dios me salva. Por mucho que yo me esfuerce en añadir un día más a mi vida sé que será imposible. Por más que pretenda que todo sea perfecto, lo que hago, lo que pienso, lo que digo o lo que escribo, no lo logro. Cuanto antes asuma mi imposibilidad para vivir plenamente seré más feliz, tendré más paz y mi vida será sin tensión. No intentaré convencer al mundo de lo que no soy. No intentaré mostrar una imagen intachable buscando el reconocimiento. No esperaré que nunca nadie conozca mi debilidad, incluso mis pecados. No me tensionaré todos los días pretendiendo ser yo el que haga posible lo imposible. Me enfrento hoy como los discípulos a una imposibilidad real. No es posible dar de comer a tantos. Alzo la vista al cielo con desesperación y con fe. No es posible acabar con la pandemia. No es posible salvar a todos los enfermos, a los más queridos. Lo acepto, no está en mis manos. Se lo entrego a Dios y confío en que su amor me dará paz en mi debilidad.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

jueves, 22 de julio de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 23 DE JULIO DE 2021

  



23 de julio de 2021

 

Hermano:

 

««Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer»

«Quiero poner mi confianza en Dios y creer que Él con su amor, a su manera, va a calmar mis miedos y a llenar de paz mi corazón vacío»

El mapa de Asturias se tiñe de granate: 53 concejos ya están en riesgo muy alto por covid.

La región iguala en esta cuarta ola el máximo de la incidencia a 14 días alcanzada tanto en la segunda como en la tercera ola. Laviana, Degaña y Carreño acumulan más de 1.000 casos en las últimas dos semanas,

No quiero poner la pandemia como excusa cuando no he logrado lo que deseaba. Es una buena excusa, sin duda. El confinamiento, el bloqueo de la economía, el miedo justificado a la enfermedad. Lentamente me siento más libre que antes, o más cómodo. Puedo hacer más cosas sin dejar de hacer lo que quiero. Pero a veces pienso que la pandemia me sirve de excusa para no moverme. Si no rezo tanto como antes es por la pandemia. Si no cuido a mis amigos y familiares que están lejos es por la pandemia. Si no me preocupo más del que más necesita es por la pandemia. Si no he mejorado mis relaciones personales será por la pandemia. Si mi trabajo no mejora y siento que no avanzo ni crezco, la pandemia tiene la culpa. Si en el estudio no noto avances y no aprendo, la pandemia es responsable. La pandemia es una buena excusa. Evita que me esfuerce. Y así aprendo a vivir acomodado, relajado, escondido en mi cueva, y feliz porque así todo parece más fácil. No participo en las reuniones por la pandemia. No salgo de casa por lo mismo. Y la vida se me escapa entre los dedos sin que me dé cuenta. Tal vez es que no logro entender que de nada valen las excusas cuando las cosas no salen como yo quiero. Y desde pequeño me inventaba muchas excusas para no hacer lo que no quería, para justificar mi pereza, para darle un sentido a mis desvaríos y fracasos. Justifico lo injustificable y miro con benevolencia mis actitudes egoístas y rígidas. La excusa me vale para seguir siendo como soy sin buscar cambios. Algo siempre justifica mis actitudes, mi forma de actuar en el mundo. Y no acepto a los que no son como yo. A los que pecan públicamente. A los que no entran por la misma puerta de la justicia que a mí me alegra el alma. Yo cumplo, muchos incumplen. Y entonces discrimino y juzgo. Así no era Jesús. No se justificaba y no excluía. Decía Juan Antonio Pagola: «Jesús rompe el círculo de discriminación. Todos son acogidos. Pone a todos, justos y pescadores, ante el misterio de la misericordia de Dios. Solo quedan excluidos los que no lo acogen. Es una Iglesia acogedora que elimina prejuicios y rompe fronteras». Quisiera tener un corazón más grande y acogedor. Mirar con misericordia. Me justifico a mí fácilmente. Y a otros con más dificultad. Los condeno en su pecado y me alejo de ellos, porque no están en gracia, no son buenos, no viven cerca de Dios. Me da miedo ese pecado que me puede hacer daño. No justifico a los demás, pero conmigo sí soy indulgente. Con ellos inmisericorde. Han pecado, lo digo abiertamente. Y pienso que si los miro con misericordia estoy justificando su pecado o dando valor a su forma de vida que yo no apruebo. Jesús perdonó al pecador y nunca dejó de condenar el pecado. Pero fue misericordioso y comió con todos. También con aquellos que aún no cambiaban de vida y su pecado aún no era pasado. Es difícil. ¿Dónde me encuentro al enfrentar los grandes desafíos que me plantea este mundo? Si condeno al pecador, parece que soy un rígido sin misericordia. Si lo perdono y lo trato con misericordia, ven en mí a un blando indulgente que todo lo tolera y acepta el pecado como forma de vida. Las cosas no son blancas o negras. No todo es sí o es no. De repente me veo entre matices que me intranquilizan la conciencia. Si me pongo de un lado condeno. Si me voy al otro perdono. Si me quedo en medio me angustio. ¿Quién soy yo para juzgar el corazón de las personas? Veo caras, no corazones. Veo actitudes, pero desconozco su historia. Y juzgo con rapidez pretendiendo ser Dios. No quiero vivir condenando o salvando. Mirando a ver dónde se esconde el pecado de los demás. No quiero ser un juez que vive diciendo lo que está perfecto, lo que está mal y lo que está más o menos bien. No siento que sea mi vocación, ni mi camino de vida. Dios sabe más que yo. Mira mi corazón cada noche, cuando llego cansado a su presencia y me dice que me ama. No analiza cada uno de mis errores. No pide que explique por qué he actuado de una determinada manera. Me mira, me abraza y me invita a llevar su misericordia al mundo. Porque es esa mirada suya la que salva el corazón de los hombres. Quizás esta actitud mía crea inseguridad cuando lo que uno busca son certezas absolutas y respuestas claras. Nada de claroscuros y matices. Mejor decir lo que está claramente mal. Y lo que está totalmente bien. Así no hay dudas. Pero miro a Jesús y siento que Él me pide que le busque en medio de la noche. Que descubra su bondad en medio de los actos malos de hombres que un día quisieron ser buenos. Que lo intente encontrar en medio acciones que parecen ir contra la verdad y crean inquietud en los corazones nobles. Y me dice que me detenga ante cada persona. La mire a los ojos y escuche su vida. No me pide que la condene. Tampoco que la salve. Porque es Él el que hace todo eso. Yo sólo quiero ser su reflejo imperfecto en medio de los hombres. Sólo eso, una verdad lanzada al viento en medio de la noche. Y un canto de esperanza cuando aparentemente se ha ocultado la luz ante mis ojos.

Hacer el bien o hacer el mal. Ser paciente o impaciente. Perdonar y pasar por alto o resaltar todos los errores. Ser bondadoso o cruel. Humilde o vanidoso. Misericordioso o vengativo y lleno de rencor. Puedo elegir siempre entre dos opciones. Puedo hacer lo que corresponde o dejar de hacer lo que está bien. Puedo amar u odiar. Aceptar o rechazar. Puedo tomar en cuenta la ofensa u olvidar. Puedo apoyar enalteciendo o resaltar siempre lo que hacen mal. Puedo ser alegre o vivir lleno de amargura y cubierto de tristeza. Puedo ser fiel o infiel en todas las decisiones y compromisos adquiridos. Puedo hablar con ternura o puedo gritar con ira. Puedo decir lo que pienso o callármelo para siempre. Puedo elegir el camino que sigo. El fácil que me lleva donde no deseo. O el difícil que me exige estar dispuesto a dar la vida. Los demás son la oportunidad que tengo para crecer, para amar, para ser más de Dios o más niño. En la película Cruella dice la protagonista: «No puedes preocuparte por los demás. Todos ellos son obstáculos. Si te importa lo que quieren o sienten, estás muerta. Si algo o alguien me hubiera importado, podría haber muerto como muchas mujeres brillantes, con un cajón repleto de genialidades invisibles y un corazón lleno de triste amargura». Elijo a mi prójimo, no quiero pensar así. No quiero ser cruel condenando a los demás que parecen ser un obstáculo en mi camino de felicidad. Quiero elegir el perdón antes que la venganza. Consolar antes que seguir produciendo dolor en la herida. Quiero ayudar al que sufre y no dejarlo perdido en medio del camino. No paso de largo ante el que me suplica. No elijo el poder por encima de todo. Y si llega a mis manos pediré sabiduría para ejercerlo. Sin dañar al débil, sin ofender a mi hermano. La misericordia es un don que no siempre duerme en mi alma. Quiero abrazar al que está solo y consolar al que llora. Nunca los demás son el obstáculo en mi carrera al éxito. No pienso ponerme de rodillas ante los hombres suplicando misericordia. Pero sí seré instrumento del perdón cuando alguien me lo pida. Me preocupo de aquel al que amo y del que me ama. De aquel que no tiene nada y vive sufriendo. Me preocupo de los que están solos y no encuentran a nadie en su camino. Me preocupo de los que viven sin nada y se sienten abandonados. Soy la esperanza en medio de la noche para los que viven sin luz. Me pongo en camino hacia el corazón de mi hermano. Es el camino más largo, salir de mí mismo, de mis proyectos, de lo que deseo por encima de todo. En ocasiones mis pretensiones en la vida pueden apartar a los que me rodean. Pueden alejarlos porque son un obstáculo, una barrera que no me deja avanzar. Pero no es así. Mi prójimo es Cristo. Viene a mi encuentro para que yo crezca, no para que pierda o disminuya. El amor de Dios me lleva a amar a mi hermano. Está siempre unido. No puede ser un obstáculo el prójimo en el camino a Dios. Francisco de Sales escribe: «Es uno y el mismo amor el que suscita los actos de amor a Dios y amor al prójimo. Es el mismo amor el que nos eleva a la unión de las almas con Dios y el que nos guía hacia una amorosa comunión con el prójimo. El amor a Dios no sólo manda, sino genera también en el corazón humano el amor al prójimo» . Si digo amar a Dios no puedo despreciar a mi hermano. Si digo que estoy dispuesto a todo por amor a Él, no puedo vivir quejándome de aquel que me pide mi tiempo y mi generosidad. No puedo vivir anclado en Dios sin amor humano pegado a mi piel. Los demás no son obstáculos. Son puentes que me llevan al cielo y me dejan tocar a Dios. Cuando sólo pienso en mí me amargo. Cuando sólo quiero que los demás me sirvan y ayuden, dejo de aspirar a lo más grande para mi vida. Puedo elegir entre el bien y el mal. Entre el amor o el olvido. Puedo decidir ser bondadoso o cruel con los demás. Puedo perdonar o guardar rencor. Tomo mi vida en mis manos y decido comenzar de nuevo con un corazón limpio. Dios sabe más y me ama como soy. Eso me consuela. Olvido así todo lo malo que me sucede y me centro en lo bueno que tengo. Amo a los que me tratan bien y rezo por los que no lo hacen. La vida es demasiado corta para ser otra cosa que feliz. Es mi única opción, mi camino.

Es la desconfianza un veneno que me quita la alegría y la paz y me impide crecer. Desconfío cuando he sido herido. Cuando me han prometido algo y no lo han cumplido. Cuando me han fallado, habiendo yo confiado tanto en ellos. Cuando no han hecho lo que he suplicado con insistencia. Cuando he confiado algo muy mío, íntimo a alguien y he visto que se hacía público. Desconfío de mis propias fuerzas y talentos cuando fallo de forma repetitiva en aquello que quiero lograr. Cuando no avanzo en mis planes y proyectos pese a todos mis esfuerzos. Cuando no logro tocar la cima soñada porque se acaban mis fuerzas. Me propongo desafíos y no los consigo. Desconfío también de Dios, cuando no hace lo que deseo y no cumple todos mis planes. Cuando fracasan mis sueños en sus manos de Padre, diciéndome que me ama. Cuando en realidad no me siento tan amado como necesito y vivo perdido. No lo toco en la vida y dudo de su amor incondicional. Pienso que siempre está exigiéndome una perfección que no logro. Surge la desconfianza. Dejo de poner mi confianza en su poder. Y siento cómo esa desconfianza en el alma es un veneno que me vacía por dentro y paraliza mis movimientos. Dejo de creer, dejo de esperar, dejo de luchar. Ya nada me basta porque tengo una expectativa muy alta. Y exijo dentro de mí algo que nunca me van a dar. Sigo esperando de la vida un imposible que no va a suceder. Hagan lo que hagan los demás nunca será bastante. La mancha de la desilusión, del desengaño, pesa demasiado. La desconfianza se instala con un halo de amargura dentro de mi alma y no sonrío. Ya no puedo volver a confiar en nadie. ¿De qué me sirve confiar si al final me van a fallar? El corazón humano es falible, voluble y cambia fácilmente en sus objetivos y decisiones tomadas. Entonces la desconfianza llega a mi vida. Se hace fuerte con las desilusiones, con las cruces y dificultades en el camino. Es fácil despertar la desconfianza en mí y en otros. Y es muy difícil hacer que surja de nuevo una confianza profunda y auténtica. La confianza es como una flor delicada que muere con los cambios de clima y pierde la vida sin darme tiempo a reaccionar para salvarla. Es esa bola de cristal que al romperse hace imposible que pueda volver a unir sus mil pedazos. Y aunque lo logre, ya no será igual que antes del error, de la caída, de la ofensa, de la herida. El mundo en el que vivo me lleva con facilidad a la desconfianza. Hace que brote en mi corazón y no me deja ser feliz ni tener esperanza. Así tal vez soy más manipulable y pueden influir mejor en mí. Comenta el Papa Francisco: «La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores» . En este mundo es fácil perder la confianza en las personas, en los líderes políticos, en la justicia, en la verdad. Hoy escucho: «Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño». No me lo ponen fácil para mantenerme siempre confiado en medio de la lucha. Pongo mi confianza en los demás y me fallan. En aquel a quien amo y me falla. ¿Cómo puedo volver a confiar después de haber sido herido? No es sencillo, tiene que ser obra de Dios porque humanamente es imposible. Dejo de confiar en las intenciones que persiguen los demás. Busco en ellos actitudes ocultas llenas de engaño. Dejo de creer en la bondad del hombre. Y en la verdad de aquellos que se erigen con autoridad ante mí. Dejo de confiar en los planes de Dios y ya no creo en su promesa de felicidad. ¿Cómo va a hacer que mi vida sea feliz cuando he perdido tanto? Ya no confío. Ni en las personas, ni en Dios. El mundo en el que vivo no me va a dar esa felicidad que sueño. Confiar y dar confianza es tal vez la tarea de mi vida. Sé que voy a defraudar a muchos. Eso lo tengo claro. Porque han puesto en mí su confianza y esperan más de lo que les doy, más de lo que puedo hacer por ellos. O han imaginado que mi vida es de una manera o yo soy de una determinada forma y se sienten engañados al descubrir la verdad, al ver mi pecado y mi falta, al descubrir mi imperfección. Dejan de confiar entonces al pensar que los he mentido. No quiero engañar a nadie. La confianza es un don que me regala Dios al darme un corazón ingenuo y lleno de inocencia. Lo pierdo en el camino de la vida. Tal vez me hicieron creer que el mundo iba a responder a mis deseos. Y las personas se amoldarían perfectamente a mis sueños. Me dijeron que si lo creía de verdad sucedería. Y si me empeñaba en conseguirlo alcanzaría la meta. El trabajo trae su fruto. Pero luego los desengaños me hicieron ver que no era tan exacto. No siempre el mundo se adaptaba a mí ni me daba todo lo que yo creía necesitar. Me fallaban las personas amadas. Me sentí traicionado. ¿Cómo volver a confiar? Entonces queda sostenido en el aire ese deseo de confiar siempre de nuevo. De volver a empezar. Quiero poner mi confianza en Dios y creer que Él con su amor, a su manera, va a calmar mis miedos y va a llenar de paz mi corazón vacío. Esa confianza nadie ni nada podrá quitármela nunca. Creer en esto y vivir así es la única forma de caminar por el desfiladero de este mundo imperfecto lleno de aristas y complejidades. Dios puede sostener en un instante de cielo todo lo que deseo. Me regala como don esa confianza perdida. Recompone mis sueños rotos. Y vuelvo a creer, vuelvo a empezar.

Creo que en esta vida lo que mueve el corazón de las personas es el ejemplo que ven hecho carne en otras personas. No logro enamorarme de una idea desencarnada. Es cierto que me apasionan los ideales, y ciertas posturas de vida me parecen muy atractivas. Me conmueven las palabras que dicen mucho más de lo que muestran. Como ese mensaje dicho entre líneas que parece tocar el corazón. Me gustan las palabras que riman y las que describen un paisaje bello, reflejo del cielo, casi con dos trazos. Admiro a los que en una bella poesía arrastran mi corazón a las altas cumbres y a honduras inimaginables. Pero son los ejemplos los que me hacen decantarme por el bien o por el mal, por la justicia o la injusticia. Es la forma de vivir y la coherencia de las personas la que me decide a optar por un camino. Su integridad y su honestidad. Aún habiendo cometido errores los asumen con responsabilidad. Y saben que siempre pueden empezar de nuevo incluso habiendo errado muchas veces. Las palabras lanzadas como dardos sobre el papel o en las redes sociales dejan heridas. Puedo escribir lo que desee casi de forma impune. Hago daño con lo que escribo o enciendo los corazones. Todo es posible porque las palabras tienen poder, quizás no tanto como las imágenes. Pero el juego de las palabras evoca mundos que la fantasía agranda o dibuja de forma propia. Con fidelidad o no a la realidad insinuada. No importa, la fantasía es libre. Pero luego los ejemplos, vistos en imágenes o simplemente conocidos, tienen un poder todavía más grande. El comportamiento que he visto es el que me levanta de mi lugar y me pone en camino. Tiene un poder impresionante. Aún mayor cuanta más responsabilidad poseo. Por eso tiene tanta fuerza la vida del pastor que escandaliza a los suyos: «A los pastores que pastorean mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones». El mal ejemplo tiene mucho poder. Me arrastra donde no quiero ir. Hago lo mismo que hace aquel a quien sigo. Hace tiempo veía un video que mostraba cómo los hijos hacen lo que ven en sus propios padres. Si el padre grita a su madre, el niño hace lo mismo. Si trata mal a alguna persona, el pequeño repite ese comportamiento. El mal ejemplo se instala en el subconsciente de mi alma y acabo realizando lo mismo que he visto en las personas a las que amo. Sus juicios, vertidos en críticas sobre personas conocidas, se instalan en mi alma y acabo pensando igual o haciendo lo mismo. En ocasiones me veo repitiendo comportamiento de mis padres. Hago lo que ellos hacían. Y trato a los demás como ellos los trataban. Creo haber aprendido algo, pero no siempre me resulta. El mal ejemplo tiene demasiado poder. Quizás creo saber muchas cosas, pero son teorías, palabras, pensamientos. Y no son obras, no son acciones. Me puedo quedar en las ideas sin hacerlas vida y no actuar como creo que debería hacerlo de acuerdo con lo que pienso. «Puedo imaginarme muy bien que un sencillo hijo del pueblo que haya captado con gran profundidad una verdad como, por ejemplo, que Dios es bueno, haya llegado a un amor muy grande. Y, por el otro lado, puedo imaginarme también que existan personas, y de veras no quiero excluirme a mí mismo, que saben mucho, pero cuyo gran saber no suscita un amor igualmente grande» . Al final siempre es el ejemplo lo que queda. Cómo traté a las personas a las que amé. Cómo me comporté en temas importantes. Cómo viví en coherencia con lo que soñaba vivir. Mis obras pesan más que mis palabras. Tiene más fuerza un grito que el deseo escondido de tratar bien a quien amo. Más poder un golpe que muchas palabras suaves suplicando el perdón acto seguido. Es más poderoso un abrazo que muchos te quiero dichos al oído. Y hace más daño un insulto o un abandono que muchos mensajes intentando arreglar el error. El pecado visto en otros es poderoso. Y el error de aquellos que fueron puestos ante mí para llevarme el cielo. Es tan difícil para un padre educar a sus hijos. Es el ejemplo lo que se llevarán cuando no estén juntos. Lo que han visto en mí lo repetirán quieran o no quieran. Y si han visto en mí buenas obras, bondad, esfuerzo, fidelidad, honestidad y obras de un amor inmenso, eso valdrá mucho más que miles de palabras dichas en mi contra. Y de la misma manera mis actos de odio, de rechazo, de intriga, de envidia, despertarán un mal en el corazón de los que me vean. Mucho más poderosos son mis actos que todas mis palabras escritas para animar a tocar el cielo. Así es siempre, un ejemplo arrastra y me lleva por el mal o el buen camino. Por eso vale tanto lo que hago, más que lo que digo.

 

 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 20 de julio de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 21 DE JULIO DE 2021

  



21 de julio de 2021

 

Hermano:

«El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna»

«Quiero detenerme y dejar que la luz calme mis ansias y haga desaparecer la inquietud. Y Dios con su mano pasa por cada arista limando mis asperezas»

Asturias vuelve al máximo nivel de riesgo en mayores de 65 años por la desmesurada transmisión juvenil.

En ocasiones veo cómo me complico yo solo. En lugar de vivir feliz, distendido, relajado, me lleno de angustias, rencores y problemas casi inventados. Tiendo a agrandar las desgracias y magnificar las ofensas recibidas. Me siento ofendido sin que tengan intención de ofenderme. Mi alma, limpia y sin dobleces al nacer, se va llenando de heridas y rencores. Y surgen los nudos en mi vida. Esos nudos que no logro desatar yo solo, y eso que lo intento. Busco soluciones. Imploro misericordia. Pero no logro desatar mi alma enredada. Me gusta esa advocación de María que despierta mucha esperanza: María Desatanudos. Esa imagen de J. G. M. Schmidtner de 1700 muestra a María rodeada de ángeles desatando los nudos de un cordel. Mi vida llena de nudos pasa entre sus dedos y queda limpia, lisa, pura. Es curioso. Desenreda los nudos que yo no sabía eliminar. Creo que el amor es más fuerte. Como cuando el pelo largo se enreda y sólo un buen cepillo y mucho amor logra devolverle su aspecto inicial. Desenredar, desatar, desanudar son verbos llenos de esperanza. Es lo que hace María en mi vida cuando me descomplica y hace más sencillo mi camino. Tiendo a complicarme en exceso. Veo problemas que tal vez no existen. Imagino amenazas inexistentes. No sé cómo se puede volver a tener un alma sencilla e ingenua como las de los niños. Quizás tengo que volver a nacer, o volver a decidir cómo quiero ser y cómo quiero vivir la vida. Al fin y al cabo tiene razón José Antonio Fernández cuando dice: «Las decisiones que tomes en la vida tómalas con mucha claridad y para ti, porque con quien vas a estar toda tu vida es contigo». Voy a ser yo mi compañero de camino. Voy a estar siempre conmigo. Tengo claro que quiero ser una persona sencilla, con alma pura y sin nudos. Quiero tener muchas preguntas, pero sin inquietud. Quiero tener más paz y alegría que miedos y tristezas. Por eso elijo lo que me lleva a donde quiero ir y no en dirección contraria. Tendré que cargar con mis errores y decisiones equivocadas. Y sé con certeza que Dios me perdona siempre y María me abraza y desata mis nudos. Cuantos menos nudos tenga tendré más paz. Seré más niño y miraré la vida sin pasarla por el cedazo de la amargura. Sin desear lo que no tengo. Sin empeñarme en recuperar lo que he perdido, porque ya se ha ido y no va a volver. Sin querer cambiar mi pasado porque es imposible. Sin vivir empeñado en un futuro que tal vez no llegue nunca. La capacidad del niño para vivir en presente me impresiona. ¿Seré yo como ellos algún día? ¿Lograré disfrutar con una sonrisa el hoy? Tomo decisiones que parecen eternas sin saber si estaré siempre dónde me encuentro. Pero elijo amar hoy, no cuando se den las condiciones perfectas. Dar la vida ahora, no cuando tenga más fuerzas. Ser pleno en este momento, no cuando resulten bien todos mis proyectos. El que no vive el presente se pierde lo más importante de su vida. Y yo quiero entregar mis nudos cada día a María. Ella sabrá como eliminar las adherencias, acabar con las durezas y suprimir lo que está enredado dentro de mi alma. Es fácil esconder los nudos y seguir adelante. Pero siempre vuelven. Me enredo cuando miro a los que tengo a mi lado y les exijo lo que no pueden darme y les pido que sean lo que no son. Quiero aceptar mi vida en su belleza, con sus nudos, con sus miedos y tropiezos, con sus límites. La vida hoy, anclado en la tierra que piso, no esperando otros caminos. Vivo mi camino sin pensar si es el correcto. Hago lo que puedo sin criticarme por no hacer más. Vivo sonriendo sin pensar que mi sonrisa pueda molestar. Seré yo mismo una vez más aunque eso me exija esfuerzo y dejar a un lado mis máscaras y falsas apariencias. Empiezo de nuevo a vivir con la ilusión del primer día. No por haber fracasado una vez pienso que siempre será lo mismo. Es imposible asegurarme un día más en esta vida por eso agradezco a Dios por las horas con las que cuento. No me enojo con nadie, no merece la pena. No me angustio cuando no salen bien las cosas. No me impaciento porque el tiempo es el que es y no puedo alargarlo. Llego a lo que llego y eso es suficiente, así me lo enseñó esta pandemia. Me hizo vivir con sencillez, sin tantas cosas como antes. Y me dibujó un presente compuesto sólo de horas y días. Nada de meses ni años. Es bonito vivir así, es un regalo, es volver a nacer y encontrarme con que vuelvo a ser sencillo y libre como un niño.

El calor y el frío. La lluvia y la sequía. Las heladas y el resurgir de la naturaleza. El calor que asfixia y el frío que hiela el alma. El viento y la calma. Las tormentas y los momentos de sequía esperando una gota de agua. Son los extremos que se unen y me desconciertan. De un extremo al otro. De la salida del sol hasta su ocaso. Momentos que se suceden en el tiempo de forma continua. Y en medio de tanto movimiento mi corazón recorre las horas y los días, fatigado y feliz, soñando el cielo. Y esperando tocar las alturas, a tiempo o a destiempo, poco importa. Anhelando esa paz que deja el saber que soy amado como soy, con eso basta. Alguien a mi lado, como ausente o presente al mismo tiempo, que recorre mis días. Es esa historia santa que tejen mis manos, o las de Dios. Esa historia hollada por mis pies recorriendo senderos sin término. Y la lluvia que sorprende súbitamente mis pasos furtivos. Y el calor que parece adueñarse de mi vida y quitarme el aliento. Y el tiempo encadenado al presente, ese instante sagrado que tanto amo. Porque es un don, un bendito regalo. ¿Sabré usar bien las horas que tengo, los días que se quedan prendidos a mi piel? Me da miedo perder la oportunidad que tengo de ser feliz, dejar que se vaya. Y sentir que Dios me invita a amarlo a Él en cada instante. Y yo me olvido tantas veces. Como ese niño embobado con tanto estímulo que me aleja de la contemplación y del silencio. ¿Cómo aprenderé a digerir todas las cosas que me pasan cada día? ¿Cómo aprender de todos los estímulos que me mantienen despierto, inquieto y alegre? No quiero guardar en el alma heridas por no haber respetado los silencios, las horas de pausa, para dejar que sanen en las manos de Dios. «Cuando las impresiones no han sido elaboradas, actúan casi como serpientes que se arrastran durante un tiempo en el subconsciente pero que, de pronto, saltan hacia arriba. ¿Cuál será el efecto? Hay en mí una fuerza misteriosa que me mantiene en constante inquietud» . Lo no digerido en el alma se cuela muy dentro de mí y provoca sentimientos negativos que me enferman. Me hieren con esa fuerza misteriosa que tienen las experiencias fuertes y dolorosas. Esos estímulos que desde fuera golpean la pared del corazón no me dejan indiferente. Necesito aprender a digerir el sufrimiento. Trabajarlo y dejar que el alma se calme. Hacer duelo ante las pérdidas y los dolores. No cerrar la puerta como si no hubiera pasado nada. No vivo en una burbuja, protegido y escondido, vivo en medio del mundo expuesto al dolor. Amo y odio. Soy feliz y me indigno. Hiero y me hieren. Perdono y me perdonan. Abrazo y rechazo. Soy querido y despreciado. Todo sucede en mi alma. Lo bueno y lo malo. Y siguen quedando estímulos que guardo sin guardarlos de verdad. Los retengo sin trabajarlos. Y no me dejo tiempo para ahondar, tan en la superficie vivo que me pierdo. Y no encuentro el momento para detener mis pasos aunque sólo sea por un tiempo. Ni en medio del trabajo. Ni en medio de las vacaciones. Es como si nunca estuviera preparado para enfrentar mi vida, para encontrarme con mis miedos, con mis dolores y mis heridas. Es como si nunca fuera el momento para bucear dentro de mi alma buscando paz y silencio, alegría y reconciliación. Mi alma necesita reposo y silencio en este momento. Son muchos los estímulos y las experiencias que no acabo de digerir, de trabajar, de asumir. Duele el alma por dentro y no me doy cuenta. Dejo pasar la vida ante mis ojos viviendo en la superficie de un mar aparentemente en calma. Como un náufrago en medio del mar, incapaz de llevar la barca a buen puerto, con una sed profunda y sin saber cómo responder a todo lo que necesito. Así voy a la deriva, sin brújula, sin timón, sin velas y sin luz. Y en medio de mi corazón escucho la voz de Dios que me invita a detenerme, a parar, a meditar. Quiero callar muy dentro y esperar. Que pasen las horas, los días en un abrazo de Dios que quisiera fuera eterno. Es lo que necesito siempre de nuevo para recomponer mi vida. ¡Cuánta gente enferma del alma! «Hay innumerables personas que están hoy enfermas, también corporalmente. ¿Saben por qué? Por esas impresiones no digeridas y por que no saben qué hacer con su sentimiento de culpa» . ¿Qué necesito? Detenerme. Hacer silencio. Dejar que la lluvia calme mi calor y el sol caliente apacigüe el frío del corazón. Quiero vivir cada momento con lo que tiene. Entregándoselo a Dios y dando gracias por lo que me toca vivir en presente. Esa canícula que me hace soñar con el frescor y el agua. Ese frío hondo en los huesos que hiela mi jardín. Espero siempre vientos más amables y playas con más paz. Quiero detenerme y dejar que la luz calme mis ansias y haga desaparecer la inquietud. Y Dios con su mano pasa por cada arista limando mis asperezas. Cuando me dejo el tiempo para Él.

La libertad es el camino y es la meta. El sueño que habita en mi alma y mi más profundo deseo. Libre de apegos enfermizos y esclavitudes que no me dejan volar alto. Libre para ser yo mismo sin pretender contentar a todos con mi vida. Libre para amar sin miedo a dejar el corazón anclado, aunque siempre duela. Libre para tocar el cielo sin renunciar a ser yo mismo en todo momento. Libre de mi pasado y consciente de lo importante que ha sido lo vivido para ser hoy quien soy. No importan los años transcurridos, todo cuenta. Lo importante es que entregue el corazón con libertad y viva sin miedo a perder nada. Libre en la fidelidad a mis compromisos elegidos. Y libre por amor para darme. «Donde todo está orientado sólo al deber y al derecho, de pronto, todas las relaciones humanas se han roto» . Por deber no te puedo amar, nunca por obligación. Como dice un dicho popular: «A la fuerza no hay cariño». No exijo mi derecho a ser amado. Soy libre en mi corazón para amar hasta el final de mis días. Y permanezco a tu lado por libertad, no por una obligación adquirida. Sino porque vuelvo a elegir lo que ya había elegido antes. S. Pablo fue Saulo antes de caer de su caballo. Pensaba que era libre cuando pensaba que Dios lo guiaba y así mató a cristianos, como un deber sagrado. Hasta que escuchó una voz que cambió su vida y eligió otro camino, entregar la vida por Aquel al que había perseguido. Dejó de perseguir para ser perseguido. Dejó el lado de los poderosos para formar parte de los débiles. Dejó el lado de las obligaciones para elegir la libertad de los hijos de Dios. Dejó de proteger la ley y el derecho para vivir sin protecciones. Nunca olvidó quién era y tuvo que perdonarse muchas veces por el daño causado a tantos inocentes. Y el perdón de Jesús lo hizo libre. Y S. Pedro, la piedra rota, lloró por haber negado tres veces. No se sintió libre esa noche y midió sus palabras, se protegió en sus silencios, porque amaba su vida. Se escondió porque no quería perder sus días, aún no era libre. No estaba preparado para entregarlo todo. En ocasiones siento que la vida se juega en decisiones libres que tomo cuando llega el momento. Cuando estoy preparado para ser libre y vivir con libertad. Ese momento llega cuando Dios me mira con ojos de misericordia y me recuerda cuánto valgo y quién soy en realidad. Y yo entiendo, por fin lo comprendo, y abrazo la libertad soñada sin olvidar nunca de dónde vengo. Soy débil y pecador. Cada uno tiene su pasado, su vida, su historia. Sus dolores y sus heridas. Sus momentos duros y oscuros, y sus pasajes llenos de luz. Lo que no quiero contar a otros, lo que no me perdono todavía. Y desde lo vivido sólo tengo una posibilidad. Quiero elegir de nuevo el camino de la libertad. Elijo lo importante porque las apariencias no son decisivas. Adriana Arreola escribe con un corazón libre desde su enfermedad: «No importa cuán oscuro sea el camino, siempre hay luz en nuestro interior. Siempre hay fuerza en nuestro ser. Con una sonrisa en el alma». Y es una gran verdad, en mi interior siempre hay esperanza. Dentro de mí hay una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar nunca. Una actitud positiva en medio de la tormenta. Y una paz profunda ante el abismo al que me conduce la corriente. Me giro sobre mí mismo y escalo las más altas montañas sin dejarme llevar por el desánimo o el miedo, ni por esa tendencia a no hacer nada. Elijo el camino escarpado ante mis ojos y me siento libre. Y al escribirlo veo que en mis palabras está el anhelo más profundo de mi alma reflejado. Y también el de aquel que lea esas mismas palabras. Como leía un día: «Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro» . Y las palabras sólo son pilares sobre los que se asienta mi vida. Sólo me construyen cuando nacen de dentro. Y al verme espejado en ellas brota en mi interior ese mismo deseo de ser libre. Pedro, al escuchar tres veces una pregunta que no lo acusa, sino que lo sostiene, cambia su mirada y su corazón: «Pedro, ¿me amas?». Y elige el amor, porque ahora sí se siente libre. Es más de Dios y está menos atado a las rocas y cadenas que antes llevaba en el alma. Le pesaban su falta de perdón y su deseo frustrado de salvar la vida del Maestro. Aún recordaba sus palabras grandilocuentes e inútiles dichas en una última cena. Y Pablo, sostenido por la voz de Jesús que lo ama, lo elige a Él. Resuena una pregunta que no es acusatoria: «Saulo, ¿por qué me persigues?». Lo confronta con su corazón puro y magnánimo. Y Saulo entiende sin ver, en medio de su ceguera. Y cree. Y se sabe libre siendo el último de los apóstoles. No tenía nada que perder. Los dos hicieron sus caminos hacia la libertad. Los dos desde esa pregunta hecha por un enamorado. Saulo dejó de perseguir. Y Pedro dejó de dudar. Y los dos se hicieron libres atados a un amor más grande que los hizo vivir con paz y sin miedo. Es lo que yo deseo, esa libertad profunda.

Me gustaría ser prudente con la prudencia de Dios. Escuchar su voz y saber lo que corresponde hacer y vivir en cada momento. Pero no estoy a la altura que necesito para vivir como Dios quiere. Hoy escucho: «Hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejos, prestando oído a la sensatez y prestando atención a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia; si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios. Porque es el Señor quien da sensatez, de su boca proceden saber e inteligencia. Él atesora acierto para los hombres rectos, es escudo para el de conducta intachable, custodia la senda del deber, la rectitud y los buenos senderos. Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena». La sensatez, la prudencia, la sabiduría, la inteligencia. Aprender a decidir lo correcto y sabio en cada circunstancia. Escuchar la voz de Dios, hacer caso a lo que me pide. ¿Cómo aprendo a discernir lo que tengo que hacer hasta en los más pequeños detalles de mi vida? Escuchar las voces de Dios cuando me habla en los acontecimientos que suceden. Quiero detenerme a auscultar su voz. Lo que pasa no me es indiferente. Cualquier suceso. Una alegría o una desgracia. Algo provocado por mis actos o aquello que sucede sin que yo intervenga. Me está hablando Dios en todo lo que me pasa. Quiero ser prudente y sensato. Sabio con la sabiduría de Dios. Decía un entrenador de fútbol: «En la vida no hay revanchas, y sí oportunidades». Y es así. Un fracaso me abre a posibles futuros éxitos. Una pérdida me conduce por el camino de nuevos encuentros. Una ausencia deja paso a otras vidas que llenan el vacío. Un error es el comienzo de un acierto. En mis manos está ver la vida como una oportunidad. Incluso aquello que me parece oscuro y triste, duro e insoportable. No me corresponde a mí entender los caminos de Dios. Como si tuviera que darle mi visto bueno a todo lo que me sucede. Muchas cosas me incomodan, me duelen, me dejan insatisfecho. Puedo negarlas o apartarlas cerrando los ojos para no ver lo que no me gusta. O puedo querer darle un sentido a lo que carece de sentido aparente. No sobrenaturalizo todo lo que vivo. Hay cosas que son un asco y ya está. No pasa nada por pensarlo, por decirlo, por gritarlo. Incluso se lo digo a Dios en mi rabia, en mi pena. No estoy de acuerdo con lo que sucede, le digo, no para que lo cambie, sino para que me oiga. Porque le hablo a mi Dios como a un amigo. Y espero que me mire conmovido y me abrace dándome paz en medio de mis batallas. No quiero entender, sólo saber cómo tengo que actuar a partir de ese momento. Prudencia para elegir bien los pasos a dar. Para no herir a nadie, para no cometer errores de consecuencias dolorosas. Para no ser esclavo de mis dependencias y adicciones. Para no caer en la fuente de todos mis pecados. Elegir desde la libertad de hombre libre, hombre sabio, hombre de Dios. Decidir aunque me duela incluso lo que tenga que decidir. Aunque la decisión no me beneficie o no sea fácil aquello a lo que me compromete. Lo que me sucede tiene una influencia subjetiva en mi alma. Lo percibo desde mi originalidad, desde lo que soy. El otro día leía una entrevista realizada a un CEO. Una de esas personas a las que uno considera exitosa. Y le preguntaban por la clave de su éxito. Lo primero, decía, es tomar las decisiones correctas. Entonces le preguntaron cómo se tomaba siempre las decisiones correctas. Y él dijo: gracias a la experiencia. Y entonces, ¿cómo se logra tener experiencia? Y él contestó: Con decisiones equivocadas. La experiencia en la vida me la dan las decisiones equivocadas. No es el final de todo cuando no acierto en mi sueño, o no logro lo que me había propuesto. ¡Cuántas empresas se han hundido en este tiempo de pandemia! ¡Cuántos sueños han fracasado! Todo me da experiencia. El fracaso no es el punto final. Es sólo el inicio de un nuevo camino. La experiencia me ayudará a decidir mejor. No puedo hundirme cada vez que no salen bien las cosas. Quiero vivir aprendiendo de mis equivocaciones. Eso me da sabiduría y mucha humildad. S. Pablo me lo deja claro: «Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale» 1 Cor 1, 27-31. Lo débil del mundo frente a lo que es fuerte y poderoso. Lo humilde y poco brillante, ante lo que destaca por su luz y apariencia. Dios me elige a mí en mis errores y caídas y conmigo quiere construir un mundo mejor, eso me alegra el alma. Confío siempre en todo lo que Dios puede hacer conmigo. En todo lo que puede construir desde mis cimientos rotos y caídos. Yo puedo elegir, puedo decidir, puedo optar por el camino que creo que Dios me pide. Busco en mi corazón una voz que me encienda, me calme o me de paz para seguir un camino concreto. Quiero decidir yo y no dejar que el tiempo tome por mí las decisiones. Quiero elegir mi forma de vivir la vida, mi manera de hacer las cosas. Con corazón humilde porque no todo lo sé y no todo está claro. No me importa equivocarme. Siempre puedo volver a caminar. Guardo en mi corazón la voz de Dios diciéndome que haga lo que haga Él no me suelta y va conmigo.

Me gusta la sinceridad. Decir lo que siento, lo que pienso y no guardarme las cosas por miedo a equivocarme y herir. Aunque hiera con palabras y ofenda con silencios. Pedro era un hombre de una pieza. Y hoy le dice a Jesús todo lo que piensa: «En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?». La sinceridad es el arma de los honestos. Decir lo que pienso sin miedo al rechazo. Expresar mis opiniones y sentimientos. ¿Y si estoy equivocado en mi juicio? Puede ser falsa la interpretación que hago de lo que siento. Pero lo que siento es verdadero porque soy yo el que lo siente en el alma, muy dentro. Decir lo que estoy pasando por dentro es verdadero. Aunque el que ha provocado en mí el sentimiento no tenga la intención de hacerme daño. Por eso no descalifico nunca lo que mi hermano siente. Si se siente ofendido, abusado, herido, eso es verdadero. Tal vez no quise ofender, ni herir, pero es verdadero el sentimiento. Decir lo que pienso es sano. Decir lo que siento, lo que hay en mi corazón. Mi rabia y mi paz, mi incomodidad y mi alegría. Mis sentimientos de envidia que anidan en el corazón. Mis pretensiones ocultas. Mis deseos íntimos. Todo lo que hay en mí, todo lo que observo y juzgo. Es cierto que no tengo derecho a decir todo lo que pienso si con ello ofendo, hago daño, o hiero. No tengo razón al gritar mis verdades por mucho que sean verdad en mi alma. Ser asertivo es un valor. Decir lo que pienso y siento. A menudo me guardo todo y con ello no consigo nada. Aumenta mi ansiedad y me siento incapaz de avanzar. Me guardo mis opiniones, mis deseos, mis proyectos. Escondo lo que deseo hacer y me amoldo a lo que los demás esperan de mí. Pero esa actitud sumisa acaba pasándome factura. Me guardo tanto mis preguntas incómodas, mis opiniones y deseos verdaderos pretendiendo una falsa humildad, que sufro y me duele el alma por dentro. La sinceridad es valiosa. Siempre que la practique desde la caridad. No quiero herir con mis opiniones y juicios. No quiero que por querer ser sincero pase por la vida haciendo daño. Esa tampoco es la intención. No pretendo vivir hiriendo. Pero sí siendo sincero como hoy lo es Pedro. Él quiere preguntarle a Jesús lo que va a recibir a cambio de haberlo entregado todo. En la vida es así. Doy mucho, digo que lo hago por amor, porque quiero, pero luego paso factura. Exijo que me quieran lo mismo, que me den como contrapartida una parte equivalente a lo que yo he dado. Y entonces el alma vive exigiendo lo mismo que da. Si soy generoso que también lo sean conmigo. ¿Cuál es el pago que recibo por entregarle la vida a Jesús? Quizás pienso en bienes materiales, en prestigio. Dejarlo todo por amor es un don de Dios, no es mérito mío. La generosidad hasta el extremo es un regalo de Dios en mi vida. ¿Estoy dispuesto a dejarlo todo? ¿Qué he dejado por amor a otros? ¿Y por amor a Dios? ¿Me he entregado por entero, le he dado todo lo que tengo? ¿Me he abandonado en sus manos como una barca mecida a su antojo por el viento en el mar? No lo sé. En ocasiones pienso que sí, que lo he dejado todo por Él. Pero luego mi corazón guarda tesoros escondidos. Retengo bolas de oro que no estoy dispuesto a entregar. Guardo lo que no quiero entregarle a nadie. Es mío, pienso en mi corazón. Y no deseo que nadie lo posea. No me doy por entero en ese deseo de dárselo todo a Dios. Algo reservo para mí. En la pregunta de Pedro habita el deseo de un premio. Quiere una compensación por tanta renuncia. Él se supo amado por Jesús y lo dejó todo, no preguntó entonces qué recibiría a cambio. Pero ahora quiere saber más. Cuando yo lo dejo todo por seguir los pasos de Dios es porque lo que me ofrece es más grande y valioso que lo que dejo atrás. Entonces, ¿por qué siento que tienen que pagarme algo o compensar mi generosidad? Me he encontrado con personas muy generosas. Lo dan todo, no se guardan nada. Siempre están dispuestas a amar, a dar la vida, su tiempo por los demás. Preguntan lo que los demás desean y se ofrecen a ayudar allí donde la necesidad requiera su presencia. Parece que no hay otras intenciones detrás de esa entrega altruista. Pero súbitamente surgen deseos inconfesables escondidos en sus palabras o en sus quejas. Preguntas no pronunciadas en sus silencios. Y tristezas provocadas por no recibir lo que nunca han pedido. Así es el corazón humano que siempre espera algo. Ama y quiere ser amado. Da y desea recibir. Sólo Jesús tiene esa mirada, esa forma de vivir que no oculta nada. No hay preguntas esperando un pago por lo que me ha dado. Esa generosidad de Jesús es la que yo quiero para mí. Para no pasar factura por todo lo que entrego. Para no echar en cara lo que he regalado. ¿Acaso he vendido mi vida? La he regalado sin esperar nada a cambio. Pero mi corazón mezquino tiene esas cosas, esos sentimientos ocultos, esos egoísmos y lleva cuenta del bien realizado y del bien no recibido o el mal sufrido. Lo hago como donación pero casi parece una compraventa. Digo que no quiero nada a cambio mientras tiendo mi mano al cielo esperando una contrapartida. ¡Qué pena aquellos que destruyen con su mano izquierda lo que construyeron con su derecha! ¡Cuánto bien hacen al ser generosos y cuánto mal despiertan al exigir aquello a lo que no tienen derecho!

 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 6 de julio de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 7 DE JULIO DE 2021

 




7 de julio de 2021


Hermano:

«No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe»

«Me siento feliz de abrazar las horas que Dios me regala. Pinto de azul el cielo gris y visto la mañana de vivos colores. De esos que alegran el alma y llenan de fuego el espíritu»

La mitad de los municipios registran altos niveles

La situación epidemiológica en Asturias es cada vez más preocupante. 31 de los 78 concejos de Asturias notifican una incidencia acumulada en siete días muy superior al umbral establecido. Según los datos publicados hoy por el Observatorio de Salud de Asturias estos se sitúan ya en riesgo alto, muy alto o extremo y la influencia del coronavirus es ya similar a la registrada el 14 de enero. Además, «la positividad en pruebas es del 11% pero en personas es del 25%: 1 de cada 4 personas testadas está contagiada».

Soy mucho más que las malas cosas que me pasan. Mucho más que la enfermedad que me aqueja, o que el dolor de la soledad cuando me abandonan, o que la angustia que siento en las derrotas. No soy tan solo lo que he perdido, soy lo que sostengo entre mis manos frágiles. No soy sólo aquello que pasó y forma parte de mi vida, soy aún más ese corazón que retiene todo lo vivido. No puedo esperar a que la vida no sea tan difícil como ahora siento que es, para decidirme a ser feliz. No le pongo condiciones al tiempo, ni plazos, no busco que pase rápido o no pase. No le exijo a la vida lo que no puede prometerme, porque no lo posee, porque no es mío. Me canso de decirle a los que amo que me prometan que no se van a morir nunca. Ingenuamente lo hacen, porque me quieren. Entiendo muy bien que lo único imposible en mi camino es aquello que nunca intento. Sé que dejar de esperar algo bueno sólo ha de suceder tras el último aliento, nunca antes, nunca demasiado pronto. No me desanimo ni siquiera cuando se tuercen los caminos y de golpe parece todo perdido. No contagio desilusión, ni pesimismo, siempre una sonrisa y una mirada llena de esperanza. Por eso no me angustio en medio de la noche cuando parece imposible que el sol pueda rasgar el velo. El Papa Francisco escribe: «La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades». Todo está bien, pienso muy dentro, y me siento en paz de repente, no tengo miedo incluso en medio de mis debilidades. Sé que todo estará bien aunque me sienta algo perdido a veces, o sin orientación, o sin un sentido. La oportunidad para elegir la vida la tengo aún cuando me hablen de estadísticas negativas y me muestren números escalofriantes de fracasos y de pérdidas. Soy mucho más que un número, que un tanto por ciento, que una cifra que queda impresa en un papel. Más que un nombre, que un diagnóstico, que una previsión hecha por expertos. Soy más que un curriculum objetivo y frío mandado muchas veces esperando respuesta. Aún más que mil palabras salidas de mi alma atrapadas en las redes. Soy más que las fotos de ahora o que las de entonces, cuando era más joven, sin canas. Soy más un amanecer que una noche. Y más una puesta de sol que la penumbra que me quita la paz. Soy estrella naciente entre muchas estrellas posibles. Una estrella única por mi luz, siempre presente en plena oscuridad. Soy esa posibilidad de vivir que tengo en mi mano, porque yo la elijo. Esa posibilidad de dejarme morir sin luchar, sin exigirme dar un nuevo paso, no es una opción, no lo elijo. Me gusta la actitud de un tenista, Rafael Nadal tras un partido: «Elijo luchar y no fallar en cuanto a actitud. Intentar no errar con la cabeza cuando lo hago con la raqueta. Eso es el deporte, luchar aunque las cosas parezcan imposibles». Sólo el último punto de un partido marca el final de algo, la constatación de una derrota. Y aún así no es tan grave, la vida sigue y tendré que levantarme de nuevo lleno de alegría. Los días pueden ser todos iguales, salvo que yo decida vivirlos de forma diferente, con una nueva intensidad. Me siento feliz de abrazar las horas que Dios me regala, sigo viviendo. Pinto de azul el cielo gris y visto la mañana de vivos colores. De esos que alegran el alma y llenan de fuego el espíritu. Decido tomar entre mis manos la felicidad, aún siendo pasajera. Me aferro a los sueños que un día me llenarán de vida el corazón. Y seré feliz, lo siento así, porque nada puede quitarme el optimismo ni la esperanza. Los días llegarán, pasará el tiempo, se cumplirán los plazos y tendré que volver a optar por lo mejor, por la vida, por la victoria que no está en mis manos. Puedo hacerlo, sin miedo, sin dudas. Ninguna mala noticia tiene la fuerza de cambiar mi ánimo. Ninguna oscuridad puede apagar la luz del sol que brilla. Ningún silencio es más fuerte que la canción que brota dentro de mi alma. Ninguna helada, ninguna sequía, acabarán con la fuerza de mi árbol, sus raíces son profundas. Tendrá que ver la vida con la profundidad de mis raíces, más que con la altura de mis ramas. Más con la hondura de mis creencias, que con la fluidez de mis palabras, de mis promesas. Sólo el corazón que está enterrado en la tierra de Dios puede seguir volando con su fuerza. Pese a su fragilidad y sus heridas.

No veo lo mismo que ven todos. Quizás me fijo en otros aspectos de la vida. O me quedo pegado en ciertas imágenes que aparentemente los demás no ven. Imagino escenas a partir de unas pocas palabras, me bastan para llorar por cosas que nadie ve, sólo yo las intuyo. Puede que perciba un mundo escondido bajo el agua, en la noche, un mundo diferente que sólo yo observo. Mientras los demás se quedan con otras realidades, más aparentes, más visibles, más tangibles. Y pienso que soy raro o extraño. O creo que no encajo. Me gusta una escena de la película Soul. La protagonista no encuentra su lugar en esta vida, no halla su camino: «La verdad es que siempre pensé que había algo malo conmigo. Ya sabes, tal vez no soy lo suficientemente buena para vivir. Pero luego tú me mostraste los propósitos, la pasión. Tal vez observar el cielo pueda ser mi chispa, o caminar, soy buena en eso de caminar». Hasta que la miran de una forma nueva. Y comienza a ver que lo que hay en ella es un camino para ser feliz, una oportunidad para desarrollar dones ocultos. Tengo mil oportunidades ante mis ojos para sacar a la luz lo que llevo escondido. No tengo que ser como los demás esperan. Ni siquiera cumplir con mi vida el sueño de otros, o calmar sus expectativas. Sólo necesito que alguien vea en mí una luz original, un sueño propio, virginal, sagrado. Un deseo de ser un destello de la luz de Dios entre los hombres. Sólo eso. ¿Acaso no conozco a personas que dan luz? Yo tengo una luz dentro. Cada uno tiene su luz, su brillo, su alma, su forma de irradiar algo que viene del cielo. Pero a veces, es verdad, la vida opaca mi luz. Se ahoga el grito de mi vida dentro de la garganta. Pierdo la fuerza interior, dejo de soñar con las alturas. Y mendigo cariño sin encontrar un sentido. Pero ¿realmente basta con encontrarle un sentido a las cosas? No, quizás no basta. Es necesario un paso más, un vuelo más alto, un fuego más poderoso para que todo pueda brillar de nuevo dentro de mí. ¿Basta con saber que alguien me ama como soy, en mi esencia, conociendo todos mis límites y carencias? ¿Basta un amor así o es necesario que yo también llegue a amar de la misma manera? Creo que sí. Esos dos amores son necesarios. Y luego el amor propio que me permite luchar superando mis barreras. Las que otros me han impuesto o las que yo he construido a base de decepciones. Hoy escucho: «Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza». Tengo algo de Dios oculto en los pliegues de mi alma limitada. Tengo una forma parecida a la que Dios soñó al crearme. Estoy hecho para la eternidad mientras consumo mis días sin prestar atención al cielo. No deseo llegar pronto. En cualquier caso deseo, como todos, una vida plena. Y siento que necesito quererme más y ver lo bello que hay en mí. Quiero admirarme y subir la autoestima. Apreciar el tesoro que llevo escondido en una vasija de barro. Quisiera ser dueño de mis emociones. Y no correr como un loco de un lado para otro intentando apagar mil incendios y encender otros muchos fuegos. Cuanto más avanzo parece que el final del camino, ese final soñado, no sé cómo pero queda más lejos. Tal vez sólo me vale vivir ahora, en presente, soñar andando, sin prisas, sin hacer planes, sin proyectarme. Decido así no hacer planes que luego puedan desbaratarse. La vida es tan frágil y endeble como un castillo de naipes. O como un poema lanzado al viento, que no espera ningún eco. O como esa canción que no logro entonar cansada el alma. Beso mi hoy con pausa, sin decir mucho, guardando un silencio hondo y precioso. Me acepto en mi verdad, con mis límites, sin ocultar mis carencias. «Somos maestros en ocultar nuestras cualidades negativas ante la mirada de extraños, ¿no deberíamos esforzarnos también en cubrir las del prójimo con el manto del amor?» . Cubro con un manto las carencias ajenas. Y no me importa mostrarme débil ante quien me mira, con esa mirada que sólo tiene Dios al mirarme. Esa mirada que me acepta, acoge y no condena. Tengo claro que hay un propósito para mí en este mundo, un camino, un bosque, un lago y un mar para vivir tranquilo. Hay corazones a los que amar y en los que echar raíces. Hay una verdad en la vida que yo apenas deletreo con un corazón de niño. Y me quito el miedo de un manotazo para que no me impida emprender nuevos vuelos. Sé que mi vida se une con otras piezas en el puzle de mi historia. Encajando unas con otras o sobrando cuando sobran. Sé que no puedo vivir sin pasión la vida, sin esperanza. Cada presente que toco forma parte de mi historia. Y lo enfrento sin miedo, sin temer que se me escape. Lleno de esa esperanza santa de Jesús ante la vida. Me arrodillo tranquilo ante el futuro. Sé que puedo admirar la vida que Dios me entrega. No me detengo en mis faltas, defectos y carencias. Me fijo en los puntos fuertes, en mis dones y talentos. Lo mismo hago con mi hermano, con aquel con quien navego. Veo sólo lo que brilla, no me fijo en lo que está muerto. Admiro la belleza como Dios admira la mía. Siento la paz dentro. Todo encaja.

Creo que en la vida se trata más de vivir las cosas con naturalidad que tratar de sobrenaturalizarlo todo. Temo a aquel que para cualquier cosa que le sucede encuentra siempre una explicación divina. Temo a los que se empeñan en justificar todo lo que hacen buscando un mandato de Dios. Temo a los que no aceptan sus deficiencias naturales, no aceptan sus errores y desconfían de los pecadores. Me asustan los que no saben convivir con cualquiera y en seguida hacen grupos para dejar lejos a los que les incomodan. Me preocupan los que ven con facilidad la paja en el ojo ajeno y no perciben la viga en el propio. No sé por qué creo que Dios está en lo más natural de mi vida. Y para rezar no tengo que hacer grandes cosas porque la vida consiste en caminar con Él, de su mano. «Si no podemos jugar tranquilamente con nuestros hijos, tampoco podremos hablar con Dios. Si no podemos dar un paseo con ellos al aire libre, tampoco podremos hablar con Dios. Será bueno para nuestra familia pasar la mayor cantidad posible de tiempo en nuestra casa. Si no utilizamos los caminos y medios naturales, tampoco sabremos cómo aplicar los medios sobrenaturales» . Será entonces que la única forma que tengo de vivir es con mi cuerpo. Y no es una cárcel, más bien es una pértiga lanzada al cielo y yo volando sobre ella, en ella, hasta poder tocar a Dios. Mi cuerpo puede ser una bendición o hacerme maldito, depende de cómo viva la vida en lo más humano. Si no logro hablar con hondura con quien me escucha y me habla, ¿cómo haré para escuchar la voz de Dios y decirle mis palabras? Si no logro acariciar a quien amo y decírselo con palabras. Si no logro cuidar las relaciones que Dios me ha dado, ¿cómo voy a amar a ese Dios al que no veo? Lo humano y lo divino van de la mano. Y Dios camina a mi lado, sólo tengo que verlo. Unir a Dios con mi mundo, con mi alma, con mi cuerpo. Unir lo que en mí tiende a estar dividido. Digo que algo es puro, cuando rompe con el cuerpo. Y algo está contaminado, cuando está demasiado presente lo humano. Divido con mi razón lo que Dios creó unido. No sé por qué he nacido con esa división interna. Mi amor mezquino desea amar y ser amado, incluso más lo segundo. Pero a veces no basta con un amor pausado, de diario, de lo cotidiano. Y el corazón salvaje y herido busca experiencias fuertes para llenar los vacíos. Miro mi vida y agradezco haber sido amado en lo humano. Y en medio de mis heridas haber recibido abrazos. Sé que lo más del mundo es lo que Dios ha salvado. Él pasó curando almas, y reestableciendo heridas. Tocando y dejándose tocar. Sufriendo y sosteniendo a los que sufrían. Ese Jesús tan humano me recuerda lo importante. Cada vez que peco huyo, está mal, debería volver a Dios a entregarle mis penas. Cada vez que hiero, escondo la mano, para no sufrir la pena. Debería pedir perdón y perdonar. Soy hombre y soy de Dios. Soy niño y soy anciano. Tengo la sabiduría aprendida al ir de la mano de Jesús. Y siento en mis entrañas una sed insaciable. Quiero amar a los cansados cuando descanso. Y quiero aprender a vivir la vida uniendo, jamás quiero dividir. Espero que me perdonen cuando sin querer ofendo. Deseo que me aconsejen cuando sigo un mal camino. Y me devuelvan la vida siempre que voy y la pierdo. Quiero mirar a lo alto esperando una sonrisa. Sin temer que el tiempo pase, no sé detener el tiempo. Me gustan los que disfrutan de lo humano con los suyos, los que juegan y se ríen, los que bendicen sus sueños. Los que han sembrado en sus casas semillas de amor eterno. Los que aprenden de sus errores, los que corrigen sus pasos. Los que enmiendan sus miradas y callan sus desvaríos. Me gustan los que consuelan con palabras o silencios. Los que esperan al que ha partido y aguardan la vida eterna. Siento muy cerca al que sufre la vida estando enfermo. Y la disfruta en lo humano pues ha ganada esas cosas que sólo la cruz enseña. Decía Olatz Vázquez al hablar de su cáncer: «He ganado tiempo, tiempo para mí. He ganado en amor; la enfermedad me ha enseñado el verdadero sentido de esta palabra. He ganado personas, compañeras, amigas que sin conocerlas ya forman parte de mi vida. He perdido el miedo a morir, y para mí eso ya es ganar. He ganado en sabiduría; me siento alma vieja. He ganado en autoestima. He ganado en fortaleza. He ganado a la persona que soy hoy. Porque después de un año puedo decir que me siento enormemente orgullosa de la mujer que el cáncer ha hecho de mí». Admiro a los que ven así la vida y saben sacar ganancia de un dolor tan extremo. Que descubren en la noche la luz de las estrellas. Y en medio de los dolores han descubierto la calma de una mano amiga. Sonríen cuando están tristes. Y confían cuando otros ya no creen. Y se hacen más sabios, más humanos, más comprensivos. Y la cruz los hace más hondos y verdaderos. Despojados de mentiras. Enfrentados con su verdad desnuda. Acariciando sus sueños. Valorando lo que ahora tienen. Más fuertes, más sabios, más ricos en sus heridas

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


 

Hermano:

«No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe»

«Me siento feliz de abrazar las horas que Dios me regala. Pinto de azul el cielo gris y visto la mañana de vivos colores. De esos que alegran el alma y llenan de fuego el espíritu»

La mitad de los municipios registran altos niveles

La situación epidemiológica en Asturias es cada vez más preocupante. 31 de los 78 concejos de Asturias notifican una incidencia acumulada en siete días muy superior al umbral establecido. Según los datos publicados hoy por el Observatorio de Salud de Asturias estos se sitúan ya en riesgo alto, muy alto o extremo y la influencia del coronavirus es ya similar a la registrada el 14 de enero. Además, «la positividad en pruebas es del 11% pero en personas es del 25%: 1 de cada 4 personas testadas está contagiada».

Soy mucho más que las malas cosas que me pasan. Mucho más que la enfermedad que me aqueja, o que el dolor de la soledad cuando me abandonan, o que la angustia que siento en las derrotas. No soy tan solo lo que he perdido, soy lo que sostengo entre mis manos frágiles. No soy sólo aquello que pasó y forma parte de mi vida, soy aún más ese corazón que retiene todo lo vivido. No puedo esperar a que la vida no sea tan difícil como ahora siento que es, para decidirme a ser feliz. No le pongo condiciones al tiempo, ni plazos, no busco que pase rápido o no pase. No le exijo a la vida lo que no puede prometerme, porque no lo posee, porque no es mío. Me canso de decirle a los que amo que me prometan que no se van a morir nunca. Ingenuamente lo hacen, porque me quieren. Entiendo muy bien que lo único imposible en mi camino es aquello que nunca intento. Sé que dejar de esperar algo bueno sólo ha de suceder tras el último aliento, nunca antes, nunca demasiado pronto. No me desanimo ni siquiera cuando se tuercen los caminos y de golpe parece todo perdido. No contagio desilusión, ni pesimismo, siempre una sonrisa y una mirada llena de esperanza. Por eso no me angustio en medio de la noche cuando parece imposible que el sol pueda rasgar el velo. El Papa Francisco escribe: «La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades». Todo está bien, pienso muy dentro, y me siento en paz de repente, no tengo miedo incluso en medio de mis debilidades. Sé que todo estará bien aunque me sienta algo perdido a veces, o sin orientación, o sin un sentido. La oportunidad para elegir la vida la tengo aún cuando me hablen de estadísticas negativas y me muestren números escalofriantes de fracasos y de pérdidas. Soy mucho más que un número, que un tanto por ciento, que una cifra que queda impresa en un papel. Más que un nombre, que un diagnóstico, que una previsión hecha por expertos. Soy más que un curriculum objetivo y frío mandado muchas veces esperando respuesta. Aún más que mil palabras salidas de mi alma atrapadas en las redes. Soy más que las fotos de ahora o que las de entonces, cuando era más joven, sin canas. Soy más un amanecer que una noche. Y más una puesta de sol que la penumbra que me quita la paz. Soy estrella naciente entre muchas estrellas posibles. Una estrella única por mi luz, siempre presente en plena oscuridad. Soy esa posibilidad de vivir que tengo en mi mano, porque yo la elijo. Esa posibilidad de dejarme morir sin luchar, sin exigirme dar un nuevo paso, no es una opción, no lo elijo. Me gusta la actitud de un tenista, Rafael Nadal tras un partido: «Elijo luchar y no fallar en cuanto a actitud. Intentar no errar con la cabeza cuando lo hago con la raqueta. Eso es el deporte, luchar aunque las cosas parezcan imposibles». Sólo el último punto de un partido marca el final de algo, la constatación de una derrota. Y aún así no es tan grave, la vida sigue y tendré que levantarme de nuevo lleno de alegría. Los días pueden ser todos iguales, salvo que yo decida vivirlos de forma diferente, con una nueva intensidad. Me siento feliz de abrazar las horas que Dios me regala, sigo viviendo. Pinto de azul el cielo gris y visto la mañana de vivos colores. De esos que alegran el alma y llenan de fuego el espíritu. Decido tomar entre mis manos la felicidad, aún siendo pasajera. Me aferro a los sueños que un día me llenarán de vida el corazón. Y seré feliz, lo siento así, porque nada puede quitarme el optimismo ni la esperanza. Los días llegarán, pasará el tiempo, se cumplirán los plazos y tendré que volver a optar por lo mejor, por la vida, por la victoria que no está en mis manos. Puedo hacerlo, sin miedo, sin dudas. Ninguna mala noticia tiene la fuerza de cambiar mi ánimo. Ninguna oscuridad puede apagar la luz del sol que brilla. Ningún silencio es más fuerte que la canción que brota dentro de mi alma. Ninguna helada, ninguna sequía, acabarán con la fuerza de mi árbol, sus raíces son profundas. Tendrá que ver la vida con la profundidad de mis raíces, más que con la altura de mis ramas. Más con la hondura de mis creencias, que con la fluidez de mis palabras, de mis promesas. Sólo el corazón que está enterrado en la tierra de Dios puede seguir volando con su fuerza. Pese a su fragilidad y sus heridas.

No veo lo mismo que ven todos. Quizás me fijo en otros aspectos de la vida. O me quedo pegado en ciertas imágenes que aparentemente los demás no ven. Imagino escenas a partir de unas pocas palabras, me bastan para llorar por cosas que nadie ve, sólo yo las intuyo. Puede que perciba un mundo escondido bajo el agua, en la noche, un mundo diferente que sólo yo observo. Mientras los demás se quedan con otras realidades, más aparentes, más visibles, más tangibles. Y pienso que soy raro o extraño. O creo que no encajo. Me gusta una escena de la película Soul. La protagonista no encuentra su lugar en esta vida, no halla su camino: «La verdad es que siempre pensé que había algo malo conmigo. Ya sabes, tal vez no soy lo suficientemente buena para vivir. Pero luego tú me mostraste los propósitos, la pasión. Tal vez observar el cielo pueda ser mi chispa, o caminar, soy buena en eso de caminar». Hasta que la miran de una forma nueva. Y comienza a ver que lo que hay en ella es un camino para ser feliz, una oportunidad para desarrollar dones ocultos. Tengo mil oportunidades ante mis ojos para sacar a la luz lo que llevo escondido. No tengo que ser como los demás esperan. Ni siquiera cumplir con mi vida el sueño de otros, o calmar sus expectativas. Sólo necesito que alguien vea en mí una luz original, un sueño propio, virginal, sagrado. Un deseo de ser un destello de la luz de Dios entre los hombres. Sólo eso. ¿Acaso no conozco a personas que dan luz? Yo tengo una luz dentro. Cada uno tiene su luz, su brillo, su alma, su forma de irradiar algo que viene del cielo. Pero a veces, es verdad, la vida opaca mi luz. Se ahoga el grito de mi vida dentro de la garganta. Pierdo la fuerza interior, dejo de soñar con las alturas. Y mendigo cariño sin encontrar un sentido. Pero ¿realmente basta con encontrarle un sentido a las cosas? No, quizás no basta. Es necesario un paso más, un vuelo más alto, un fuego más poderoso para que todo pueda brillar de nuevo dentro de mí. ¿Basta con saber que alguien me ama como soy, en mi esencia, conociendo todos mis límites y carencias? ¿Basta un amor así o es necesario que yo también llegue a amar de la misma manera? Creo que sí. Esos dos amores son necesarios. Y luego el amor propio que me permite luchar superando mis barreras. Las que otros me han impuesto o las que yo he construido a base de decepciones. Hoy escucho: «Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza». Tengo algo de Dios oculto en los pliegues de mi alma limitada. Tengo una forma parecida a la que Dios soñó al crearme. Estoy hecho para la eternidad mientras consumo mis días sin prestar atención al cielo. No deseo llegar pronto. En cualquier caso deseo, como todos, una vida plena. Y siento que necesito quererme más y ver lo bello que hay en mí. Quiero admirarme y subir la autoestima. Apreciar el tesoro que llevo escondido en una vasija de barro. Quisiera ser dueño de mis emociones. Y no correr como un loco de un lado para otro intentando apagar mil incendios y encender otros muchos fuegos. Cuanto más avanzo parece que el final del camino, ese final soñado, no sé cómo pero queda más lejos. Tal vez sólo me vale vivir ahora, en presente, soñar andando, sin prisas, sin hacer planes, sin proyectarme. Decido así no hacer planes que luego puedan desbaratarse. La vida es tan frágil y endeble como un castillo de naipes. O como un poema lanzado al viento, que no espera ningún eco. O como esa canción que no logro entonar cansada el alma. Beso mi hoy con pausa, sin decir mucho, guardando un silencio hondo y precioso. Me acepto en mi verdad, con mis límites, sin ocultar mis carencias. «Somos maestros en ocultar nuestras cualidades negativas ante la mirada de extraños, ¿no deberíamos esforzarnos también en cubrir las del prójimo con el manto del amor?» . Cubro con un manto las carencias ajenas. Y no me importa mostrarme débil ante quien me mira, con esa mirada que sólo tiene Dios al mirarme. Esa mirada que me acepta, acoge y no condena. Tengo claro que hay un propósito para mí en este mundo, un camino, un bosque, un lago y un mar para vivir tranquilo. Hay corazones a los que amar y en los que echar raíces. Hay una verdad en la vida que yo apenas deletreo con un corazón de niño. Y me quito el miedo de un manotazo para que no me impida emprender nuevos vuelos. Sé que mi vida se une con otras piezas en el puzle de mi historia. Encajando unas con otras o sobrando cuando sobran. Sé que no puedo vivir sin pasión la vida, sin esperanza. Cada presente que toco forma parte de mi historia. Y lo enfrento sin miedo, sin temer que se me escape. Lleno de esa esperanza santa de Jesús ante la vida. Me arrodillo tranquilo ante el futuro. Sé que puedo admirar la vida que Dios me entrega. No me detengo en mis faltas, defectos y carencias. Me fijo en los puntos fuertes, en mis dones y talentos. Lo mismo hago con mi hermano, con aquel con quien navego. Veo sólo lo que brilla, no me fijo en lo que está muerto. Admiro la belleza como Dios admira la mía. Siento la paz dentro. Todo encaja.

Creo que en la vida se trata más de vivir las cosas con naturalidad que tratar de sobrenaturalizarlo todo. Temo a aquel que para cualquier cosa que le sucede encuentra siempre una explicación divina. Temo a los que se empeñan en justificar todo lo que hacen buscando un mandato de Dios. Temo a los que no aceptan sus deficiencias naturales, no aceptan sus errores y desconfían de los pecadores. Me asustan los que no saben convivir con cualquiera y en seguida hacen grupos para dejar lejos a los que les incomodan. Me preocupan los que ven con facilidad la paja en el ojo ajeno y no perciben la viga en el propio. No sé por qué creo que Dios está en lo más natural de mi vida. Y para rezar no tengo que hacer grandes cosas porque la vida consiste en caminar con Él, de su mano. «Si no podemos jugar tranquilamente con nuestros hijos, tampoco podremos hablar con Dios. Si no podemos dar un paseo con ellos al aire libre, tampoco podremos hablar con Dios. Será bueno para nuestra familia pasar la mayor cantidad posible de tiempo en nuestra casa. Si no utilizamos los caminos y medios naturales, tampoco sabremos cómo aplicar los medios sobrenaturales» . Será entonces que la única forma que tengo de vivir es con mi cuerpo. Y no es una cárcel, más bien es una pértiga lanzada al cielo y yo volando sobre ella, en ella, hasta poder tocar a Dios. Mi cuerpo puede ser una bendición o hacerme maldito, depende de cómo viva la vida en lo más humano. Si no logro hablar con hondura con quien me escucha y me habla, ¿cómo haré para escuchar la voz de Dios y decirle mis palabras? Si no logro acariciar a quien amo y decírselo con palabras. Si no logro cuidar las relaciones que Dios me ha dado, ¿cómo voy a amar a ese Dios al que no veo? Lo humano y lo divino van de la mano. Y Dios camina a mi lado, sólo tengo que verlo. Unir a Dios con mi mundo, con mi alma, con mi cuerpo. Unir lo que en mí tiende a estar dividido. Digo que algo es puro, cuando rompe con el cuerpo. Y algo está contaminado, cuando está demasiado presente lo humano. Divido con mi razón lo que Dios creó unido. No sé por qué he nacido con esa división interna. Mi amor mezquino desea amar y ser amado, incluso más lo segundo. Pero a veces no basta con un amor pausado, de diario, de lo cotidiano. Y el corazón salvaje y herido busca experiencias fuertes para llenar los vacíos. Miro mi vida y agradezco haber sido amado en lo humano. Y en medio de mis heridas haber recibido abrazos. Sé que lo más del mundo es lo que Dios ha salvado. Él pasó curando almas, y reestableciendo heridas. Tocando y dejándose tocar. Sufriendo y sosteniendo a los que sufrían. Ese Jesús tan humano me recuerda lo importante. Cada vez que peco huyo, está mal, debería volver a Dios a entregarle mis penas. Cada vez que hiero, escondo la mano, para no sufrir la pena. Debería pedir perdón y perdonar. Soy hombre y soy de Dios. Soy niño y soy anciano. Tengo la sabiduría aprendida al ir de la mano de Jesús. Y siento en mis entrañas una sed insaciable. Quiero amar a los cansados cuando descanso. Y quiero aprender a vivir la vida uniendo, jamás quiero dividir. Espero que me perdonen cuando sin querer ofendo. Deseo que me aconsejen cuando sigo un mal camino. Y me devuelvan la vida siempre que voy y la pierdo. Quiero mirar a lo alto esperando una sonrisa. Sin temer que el tiempo pase, no sé detener el tiempo. Me gustan los que disfrutan de lo humano con los suyos, los que juegan y se ríen, los que bendicen sus sueños. Los que han sembrado en sus casas semillas de amor eterno. Los que aprenden de sus errores, los que corrigen sus pasos. Los que enmiendan sus miradas y callan sus desvaríos. Me gustan los que consuelan con palabras o silencios. Los que esperan al que ha partido y aguardan la vida eterna. Siento muy cerca al que sufre la vida estando enfermo. Y la disfruta en lo humano pues ha ganada esas cosas que sólo la cruz enseña. Decía Olatz Vázquez al hablar de su cáncer: «He ganado tiempo, tiempo para mí. He ganado en amor; la enfermedad me ha enseñado el verdadero sentido de esta palabra. He ganado personas, compañeras, amigas que sin conocerlas ya forman parte de mi vida. He perdido el miedo a morir, y para mí eso ya es ganar. He ganado en sabiduría; me siento alma vieja. He ganado en autoestima. He ganado en fortaleza. He ganado a la persona que soy hoy. Porque después de un año puedo decir que me siento enormemente orgullosa de la mujer que el cáncer ha hecho de mí». Admiro a los que ven así la vida y saben sacar ganancia de un dolor tan extremo. Que descubren en la noche la luz de las estrellas. Y en medio de los dolores han descubierto la calma de una mano amiga. Sonríen cuando están tristes. Y confían cuando otros ya no creen. Y se hacen más sabios, más humanos, más comprensivos. Y la cruz los hace más hondos y verdaderos. Despojados de mentiras. Enfrentados con su verdad desnuda. Acariciando sus sueños. Valorando lo que ahora tienen. Más fuertes, más sabios, más ricos en sus heridas

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

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