domingo, 31 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 31 MAYO DE 2020




 31 de mayo de 2020

Hermano:

Duele el alma al decir adiós a un ser querido. Duelen las distancias impuestas y el alma se queda sola llorando en silencio. El corazón se ensancha o quizá se repliega sobre sí mismo en un gesto de dolor. ¿Qué recordarán de mí cuando me haya ido? ¿Qué recuerdo de aquellos a los que he amado, me han amado, han jalonado mi camino? El recuerdo es el lazo invisible que me une con los vivos. El recuerdo pegado en la piel, en las manos de los que aman. En las palabras guardadas, en los gritos de esperanza. Me conmueven las palabras de una hija espiritual de un sacerdote que partió al cielo hace unos días: «Era prudente, sencillo, alegre, misericordioso. Tenía el don del trato. A todos trataba con el mismo respeto y delicadeza. No importaba la clase social o el nivel económico. Solo una cosa era importante para él: llevar las almas al Santuario, y ser transparente de Cristo, Buen Pastor. Pero con un respeto absoluto hacia la libertad personal. Cumplir la voluntad de Dios con cada uno parecía su norma de vida, pues nunca forzó ninguna situación que fuera en contra de la dignidad de la persona». Estas palabras quedan resonando en mi alma. Al final lo que queda es el amor. El amor se compone de palabras y silencios, de gestos respetuosos, de compañía tranquila y calmada. El amor calma el alma con la delicadeza de una brisa. Y al final, en la ausencia, pocas cosas quedan guardadas en la memoria. Pocas palabras escritas, pocas palabras dichas. Me quedo pensando en la partida de este sacerdote al que he querido. Que acompañó diferentes momentos de mi camino. No me fijo al partir en alguno de sus talentos. No me detengo en sus virtudes. Me conmueven sus formas sencillas, esa humildad que retrata a los santos. Era un hombre de Dios, de Cristo. Decía José Antonio Pagola: «Con Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba Él, cuando nos acercamos a los que sufren como Él se acercaba, cuando miramos a las personas como Él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte con la esperanza con que Él se enfrentó». Así vivió él. Así murió. Recuerdo su fortaleza audaz y callada para vivir con paz una enfermedad crónica y luego una mortal. Recuerdo sus silencios y sus gestos. Alegra mi alma poder hablar bien de un sacerdote que gastó su vida, que derramó su alma, que enterró sus sueños sin esperarse a recoger el fruto. Yo he sido testigo de su amor humilde. Y hoy ante su partida me quedo mirando el cielo, es tiempo de ascensión, lo recuerdo. Lo veo partir ahora para siempre, no como otras veces, solo por un tiempo. Siempre duele la partida. Pero hoy mi corazón, entre tristezas y recuerdos llenos de luz, mira tranquilo al cielo. Acaricio fotos antiguas y pienso en la fragilidad de una vida. Merece la pena vivir y darlo todo. Jesús no quiso pasar de puntillas por la vida de los hombres. Quiso quedarse en cada corazón y echar raíces hondas allí donde nadie pudiera arrancarlas. Se hizo recuerdo constante. Al final lo que queda es el amor humilde, la sencillez de trato, la libertad y el respeto. Al final lo que vale es amar hasta el extremo, aún olvidando los nombres, sin olvidar nunca cada alma. Al final lo que importa es cómo vivo mis días sirviendo la vida que se me confía, sin pretender grandes cosas, sin soñar con grandes puestos, ni con grandes logros. Sin querer figurar, sin querer ser valorado. Al final Dios sí me valora. Me quedo pensando en la muerte, en la ascensión, en la vida entregada, en esos años que merecen la pena. Me quedo pensando en el sí dado un día, en los sueños que se han realizado. Parece que está mal visto hablar hoy bien de las personas. Quizá por un extraño pudor, o por no despertar envidias. Siempre habrá alguien que me diga que exagero. Por eso me gusta hoy dedicar estas palabras a un padre, a un hijo, a un hombre, a un niño enamorado de Dios hasta la médula. Sonreír con sus despistes, alegrarme con sus miedos. Y saber que Dios hizo de su alma noble y pura un reflejo de Cristo aquí en la tierra. Y cuando veo las lágrimas de sus hijos pienso en mis adentros que merece la pena ser de Cristo. Que vale la pena hoy ser sacerdote. Que tiene sentido entregar la vida amando sin esperar nada. Que da alegría saber que querer a las personas fuerza lentamente esa puerta soñada del cielo. Pienso hoy en ese sacerdote que murió entregando la vida de forma silenciosa. Con dolores, pero sin quejas. Con su discreción humilde, con su mirada calmada. Pienso que los años pueden purificar mi alma, también podrían amargarla. En él veo cómo el dolor fue sanando su corazón de niño, acrisolándolo, elevando sus ideales. Uno parte hacia el cielo tal como ha vivido. Uno asciende entre las nubes liberando suavemente el abrazo de los que ha amado y quieren retenerlo. Así suele ser siempre con las despedidas. Un adiós que duele dentro del alma. Y una promesa que se me clava hoy dentro del alma. Como decía su hija espiritual: «Y nos volveremos a ver muy pronto porque en el Cielo no existe ni el tiempo ni el espacio. Y gozaremos junto a usted de todo lo que allí nos espera». Sí, hasta muy pronto, cuando nos llegue a todos ese mismo cielo. Y gracias le doy a él que me precedió en el camino. Gracias por su sí sencillo y su alegre fidelidad. Por los pasos que dio siguiendo a su Maestro. Hoy me quedo mirando al cielo. Su vida me conmueve.
Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 30 de mayo de 2020

¡El Espíritu del Señor llena el mundo entero!



"El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones a través del Espíritu de Dios que mora en nosotros, aleluya". En estas palabras de las Escrituras —que la Iglesia propone como una de las antífonas de entrada para la Misa este domingo—, se nos recuerda que el amor de Dios por nosotros no es simplemente un deseo lejano o vago, sino una fuente de vida y actividad dentro de nuestras almas. Dios nos ama, y lo propio del amor es dar.

El don más grande de Dios es Dios mismo. No se contenta simplemente con darnos bendiciones materiales, incluido el gran bien de la existencia terrenal. Se ha derramado en nuestros corazones por la gracia. Esto significa que podemos estar seguros de que el amor de Dios por nosotros sigue siendo fuerte y verdadero incluso cuando experimentamos dificultades y sufrimientos. De hecho, en su sabiduría, él permite que la cruz entre en nuestra vida para que podamos abrirnos más a su amor, para transformarnos más perfectamente en la imagen de su Hijo.

En el domingo de Pentecostés, alabamos a Dios por haber enviado su Espíritu sobre la Iglesia, por habernos dado ya una parte del amor que será nuestra delicia y felicidad en el cielo.

¡Ven, Espíritu Santo, renueva nuestros corazones y nuestras mentes!



Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente:
 Texto de Pablo Cervera Barranco
Redactor Jefe de MAGNIFICAT, edición española

CARTAS DE ESPERANZA DE 30 MAYO DE 2020



 30 de mayo de 2020

Hermano:

¿Qué puedo hacer con mi barca aparcada? ¿En qué puedo soñar si antes surcaba mares desafiando vientos? Cuando todo se detiene mi corazón se inquieta. No veo con claridad la ruta. Parece que el sol no me ilumina. No encuentro el camino dentro de mi alma, en la espesura de mis bosques, en medio de mis tormentas interiores. Sólo con Jesús todo tiene sentido y luz. Brota de su costado abierto la luz verdadera. Veo que sin Él tantas cosas no tienen sentido. Veo tanto dolor, tanto sufrimiento. ¿Qué sentido tiene la angustia que sufren tantas personas? Judith María, una monja de la comunidad Iesu comunio, comenta su testimonio después de haber sufrido la enfermedad del Covid 19 en su persona y en su familia: «Dios me ha hecho bien siempre. No lo cambiaría, aunque sea sufriente. Eso no quita que uno no sufra. Mi padre nos ha abierto más el cielo. Todos los que mueren nos hacen mirar más a lo alto. Lo que más me ha impresionado es escuchar que el resucitado apareció con las marcas de las llagas. Ahí necesito verlo. Él ha vivido el dolor. Ahí quiere que le reconozcamos ahora. Esta es su promesa. Si Él vive la última palabra no la tiene la muerte sino la vida eterna que se nos abre y se nos concede vivir». La partida de su padre la alienta a mirar más alto, más lejos. Hay tanta gente que vive desorientada sin creer en la luz que nunca muere. Han visto la oscuridad de la muerte y no creen que Dios esté detrás del último aliento. Muchas personas viven lejos de Dios en este tiempo de hambre. ¡Cuántas vidas perdidas! ¿Cómo logro ver a Jesús resucitado en las llagas de los que me rodean? Cuesta acoger a Dios en mi casa en tiempos de oscuridad. Todo es un misterio bastante complejo. Hace falta mucha fe en medio de estas incertidumbres de ahora para creer en el futuro. Mi corazón tiembla ante el combate. Quisiera sentarme en mi barca varada en el puerto y soñar. En esa barca quieta que no puede adentrarse en el mar y navegar. Tanta serenidad del océano me intranquiliza. Tanta inmovilidad en las aguas, en mi alma. Quisiera correr, abrazar, salir de mi guarida, adentrarme en aguas revueltas soñando con puertos lejanos y seguros. El alma sigue soñando desde mi barca varada. Me conmueven tanto dolor, tantas lágrimas vertidas, tanta injusticia de esta vida que nunca es justa. Tiemblo. Corro dentro de mí mismo buscando respuestas. ¿Cómo puedo encontrarle sentido a este tiempo de miedos y angustias? Miro las llagas de Jesús en medio de tanto dolor y veo a Jesús vivo, acercándose, diciendo que me ama. Me detengo ante esa muerte preámbulo de la vida eterna. Quiero aprender a vivir de otra manera. Sufro con los que sufren. Lloro con los que lloran. Río con los que ríen. ¿Acaso no me hace mucho bien reír en este tiempo de inseguridades? No quiero volver a la normalidad de antes. Tampoco comenzar una nueva normalidad. No sé si quiero que todo vuelva a ser como al principio. Intuyo que algo está cambiando en mi interior delante de mi barca varada. Mis categorías han cambiado o están cambiando poco a poco, a fuerza de timón. Y mi forma de mirar la vida, el presente que acaricio con ternura entre mis dedos. Dejo de preocuparme por las cosas poco importantes. Quiero que el mundo descubra el amor de Dios. ¿Cómo puedo lograr que otros crean en ese Dios en el que yo creo con una fe profunda? Una persona me comentaba: «Quiero hacer el bien en la vida, lo tengo claro. No quiero hacer a otros lo que yo no deseo. Quiero amar bien, pero no logro ver a un Dios que me ama oculto entre las sombras. No creo en su Iglesia, no creo en los que creen». Me conmovieron sus deseos. Me dolieron sus palabras. Me inquietó su falta de fe. No es que quiera que todos vean la vida como yo la veo. Simplemente me apenó su sinsabor, su desazón. ¿Tan poco creíble es esa Iglesia que tanto amo? Tengo claro que un mundo sin Dios es un mundo amargo. Cuesta sonreír en un lugar donde la muerte parece tener la última palabra, la definitiva. Esa oscuridad en la cual el sentido de mis actos se apaga con el último eco que producen al caer sobre la tierra. Me duele esa Iglesia mía, santa y pecadora. Esa Iglesia llena de luces y sombras. Soy un cristiano enamorado. Quisiera reflejar con mi vida un amor más alto, mostrar una luz más poderosa, una presencia más honda. Quisiera dejar una huella de Jesús en todos los hombres. Más tarde me llegó otro mensaje de una persona que comentaba hablando de un enfermo en este tiempo de pandemia: «Me ha dejado huella su forma de vivir, su forma de llevar la enfermedad desde el silencio, su alegría, pensando siempre en el otro y no en su dolor. ¡Qué poco egoísmo y qué poca queja! Esa forma de vivir ha quedado impresa en mi alma. Ojalá pueda yo también vivir de una forma tan profunda como él». No pierdo la esperanza. Sigue habiendo cristianos enamorados que van dejando la huella de Jesús sobre la arena, en el alma de aquellos que aman con gestos ocultos y sencillos. Y me da luz la vida de tantos que testimonian una esperanza verdadera. En ellos veo que Cristo sigue vivo y deja impresa su huella en mí. Sólo deseo que, dentro de días, meses, sean muchos los que hayán cambiado sus vidas, sus almas. Este encierro habrá destruido la mentira y habrá sacado a la luz una vida nueva, más sagrada, más enamorada. Al menos eso espero. Que haya menos amargura y más luz. Cuando el corazón sufre se acrisola. Y si vive la muerte con esperanza se vuelve más hondo, más verdadero. El dolor bien llevado me eleva. Y me saca de esa amargura sin sentido.   
Enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.

viernes, 29 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 29 MAYO DE 2020





 29 de mayo de 2020

Hermano:

«Quiero aprender a vivir de otra manera. Sufro con los que sufren. Lloro con los que lloran. Río con los que ríen. ¿Acaso no me hace mucho bien reír en este tiempo de inseguridades?»
Jesús me pide muchas veces que no tema, que mantenga la calma, que no me agobie. Me lo dice de muchas maneras y a mí me resultan imposibles sus palabras. ¿Calmarme en medio del pánico? ¿Confiar en medio de desgracias? ¿Ser optimista en medio de la desesperanza reinante? El corazón tiembla y tiene razones para ello. Las palabras de Jesús me cuestan. Que no me agobie, que no pierda la paz. ¡Qué difícil! También me dice que ame hasta el extremo, que no tenga miedo de dar la vida amando a los hombres y a Dios. Se pone Él como medida de mi amor. Me parece imposible. Me gustaría ser así, pero no logro hacer aquellas cosas que tanto me convienen. Me conviene no agobiarme. Pierdo tanto tiempo cuando paso gran parte de mis horas agobiado por lo que tengo que hacer y no hago, por lo que puede ocurrir mañana o dentro de unas horas. En lugar de vivir en el presente entregando la vida me aventuro en futuribles que no controlo. Tengo miedo a dar la vida porque perder lo que poseo me parece algo muy delicado e inquietante. Jesús me pide que lo siga amando en los hombres y yo con frecuencia tomo otros caminos pensando que son atajos mejores. O simplemente no me gusta obedecer y seguir las normas que otros me imponen. Jesús me pide que haga caso a lo que suplica mi corazón y yo tiendo a no oír sus súplicas desde mi debilidad. Estoy sordo. Quiero cambiar para mejor y no lo logro. No hago el bien que deseo y obro el mal que quiero evitar. Quiero ser feliz. Quiero ser alguien alegre que alegre la vida de los demás, pero vivo quejumbroso, lleno de exigencias y no sé dar alegría. El otro día leía una regla que me pareció básica para ser feliz: «La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo tras haber hecho frente a esta regla fundamental y haber aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad interior y la eficacia exterior. Bajo control están las opiniones, las aspiraciones, los deseos y las cosas que nos repelen. Fuera de control, hay cosas como el tipo de cuerpo que tenemos, el haber nacido en la riqueza o el tener que hacernos ricos, la forma en que nos ven los demás y nuestra posición en la sociedad» . Saber distinguir lo que no controlo de lo que está en mi mano me parece clave para tener una vida plena y feliz. Pero no lo consigo. Quiero controlar lo incontrolable. Y lo que sí está en mi mano no lo hago bien. Quiero controlarlo todo. Y deseo que alguien cambie las circunstancias que me incomodan, las que me confinan, las que me hacen sufrir. ¿Qué está en mi mano cambiar? No muchas cosas. ¿Qué puedo controlar? Miro a mi alrededor. Puedo controlar mi forma de pensar y expresar lo que pienso, mis modales, mi forma de mirar la vida, mis actitudes ante las contrariedades que me alteran el ánimo. Puedo controlar lo que deseo, lo que sueño, lo que elijo, lo que hago. Puedo controlar cómo aprovechar el tiempo en estas horas tan extrañas que vivo. Puedo elegir amar u odiar, seguir un camino u otro. Puedo optar por una persona o por otra. Puedo perdonar o guardar rencor. Está en mi mano. Puedo controlar el presente, es lo que único que tengo en mi poder. Puedo decir te quiero o guardar silencio. Abrazar a los cercanos o pasar de largo. Puedo elegir cuidar a los que quiero o vivir encerrado en mi comodidad. Puedo aprovechar cada momento que tengo o esperar a que llegue un momento mejor. Y a lo mejor nunca llega. Yo elijo si amo u odio. Si sostengo o alejo de mí. Son los pequeños instantes de la vida los que determinan mi felicidad o mi infortunio. Puedo controlar muchas cosas. Pero me amargo pensando en las que escapan a mi control. Mi paz interior, mi felicidad, están en mi mano, de mí dependen. Yo puedo optar por decir algo valioso o guardarlo. Puedo silenciar mis ofensas o lanzarlas al viento. Puedo elegir vivir con calma y confiado o vivir lleno de angustias y miedos. De odio y rabia por tener que vivir en esta hora. De mí depende. 
Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

jueves, 28 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 28 MAYO DE 2020



 28 de mayo de 2020

Hermano:

¡El Padre ama y protege a su hijo como a la pupila de sus ojos!

Por eso, aunque pasamos por muchas dificultades, no nos desanimamos.

Tenemos preocupaciones, pero no perdemos la calma.

La gente y los problemas nos persiguen, pero Dios no nos abandona.

Las contrariedades nos hacen caer, pero no nos destruyen.

En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarles a un bien más grande.

Enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales

miércoles, 27 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 27 MAYO DE 2020



 27 de mayo de 2020

Hermano:

El que siempre está ocupado, seria y útilmente, se ahorra muchas luchas y tentaciones.

Sanidad aprueba que Asturias avance a la fase 2 de la desescalada y felicita a la población.

La región entra en el grupo de comunidades con mejor posicionamiento por su situación epidemiológica.

En grandes pesares y amargos dolores, no obstante, mis faltas y culpas, benigna escuchaste mi oración, mi suplica filial.

En dolor y congoja, cuando arreciaba la guerra y el fuego emergía, con tu poder bondadoso que mantiene vigilancia, Madre, me cobijaste.

En años de tormenta cuajados de peligros, a todos los míos, que a ti se estrechan, los cuidaste solícita, inconmovible y fiel.

Gracias, Madre; en cada instante, ante todos los pueblos, por mi servicio
y simplemente alabare tu nombre, aunque se desplome el mundo, lleno de confianza,
mi único norte será cumplir con fidelidad el querer del Padre a través de tinieblas y tiempos de caos, de tu mano, Madre, El me guiará hacia el hogar, la patria del cielo.

Tras todo llanto me reunirá con los que amo y fueron fieles: juntos contemplaremos al Cordero en la presencia de Dios.

Amén.
Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 26 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 26 MAYO DE 2020



 26 de mayo de 2020

Hermano:

Si queremos convertirnos, en gran medida, en personas espiritualizadas, debemos estar atentos a lo que Dios nos dice.

A pesar de la dificultad de estos días, no perdemos el ánimo. Confiamos en que Jesús ha preparado un lugar especial para cada uno de nosotros. Al igual que los discípulos cuando Jesús fue arrebatado de su vista, esperamos su venida en gloria y nos consuela la promesa del don del Espíritu Santo.

El Salvador promete a sus discípulos la venida del Espíritu Santo, que Dios había anunciado antiguamente a través de Joel (cf. Jl 2,28), y el poder del cielo, para que fueran fuertes e invencibles y no temieran predicar a los hombres por todas partes el misterio divino...

Habiéndoles bendecido... fue llevado al cielo para compartir el trono del Padre, también con la carne que estaba unida a él. Este es el nuevo camino que la Palabra abrió para nosotros cuando apareció en forma humana; y en lo sucesivo, a su debido tiempo, vendrá de nuevo en la gloria del Padre con los ángeles y nos llevará junto a él.

Glorifiquemos, por tanto, al que siendo la Palabra de Dios se hizo hombre por nuestro bien; al que sufrió voluntariamente en la carne, resucitó de entre los muertos y abolió la corrupción; al que fue elevado y que vendrá con gran gloria para juzgar a los vivos y a los muertos y para dar a cada uno según sus obras; por él, a Dios Padre sea la gloria y el poder con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 25 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 25 MAYO DE 2020




 25 de mayo de 2020

Hermano:

«María cuida lo que ha sido consagrado en sus manos. No espera nada a cambio de lo que entrega. Renuncia por amor. Es el amor más asimétrico que se conoce. Nadie me ha amado nunca como Ella»
Me gusta mirar a María y detenerme ante su imagen. Soy hijo de una mirada, de una vida, de una experiencia. Veo que María, delante de mí, antes que cualquier otra cosa, es Madre. Quiero que me guarde como la pupila de sus ojos, como lo más querido. Hago mías las palabras de esta oración: «Dios te salve, María, por tu pureza, conserva puros mi cuerpo y mi alma. Ábreme ampliamente tu corazón y el corazón de tu Hijo; dame almas, confíame a las personas y todo lo demás tómalo para ti».
María lo había rescatado de su enfermedad, de su locura, de su abandono. Cuando no tenía nada más donde sostener sus pasos. Cuando ya todo estaba perdido.
Surge la confianza y es posible el cambio. María confía en lo bueno que hay en mí. Cree en mí. Ve la belleza que yo no veo y me eleva por encima de mis límites infranqueables. Me hace soñar con las alturas. Me muestra ideales que hacen arder mi alma.
María me educa en el amor. Es quizás mi gran tarea. La labor de toda mi vida. Necesito aprender a amar. Me dejo amar por Ella para aprender a amar a los que pone en mi camino. Me educa en mi carácter para que nunca me justifique a la hora de seguir luchando, creciendo.
Me gusta pensar que María ha visto ya en su corazón a aquel que puedo llegar a ser. Miro a María con los ojos del Padre y la veo como Reina. Porque Ella tiene poder y yo no lo tengo. Ella gobierna mi vida y yo me siento tan débil. Si no fuera por Ella estaría perdido. Es Reina porque yo soy débil, hijo torpe, pequeño y desvalido.
Por eso es posible esta alianza desproporcionada. A Ella parece no convenirle. Pero sí, porque me necesita. Ella tiene el poder y yo soy su dócil instrumento. Eso me gusta. En mi impotencia puede hacer conmigo milagros.
Ella, junto a su Hijo, porque es corredentora y logra lo imposible. Ella permanece al pie de la cruz. Ella es la pureza de Dios. Niña Inmaculada, llena de gracia. Ella es atmósfera sagrada, huerto sellado, virginal integridad. María es el secreto de Dios mejor guardado y soñado.
Es el misterio infinito que se hace carne. Es la morada del altísimo. Es la cuna santa del niño Jesús. María es servicio. Se pone al servicio del amor. Sirve la vida ajena. Cuida lo que ha sido consagrado en sus manos. No espera nada a cambio de lo que entrega. Sabe renunciar por amor. Es el amor más asimétrico que se conoce. Nadie me ha amado nunca como Ella me ha amado. Me abraza.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 24 de mayo de 2020

Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos



Esta solemnidad es gloriosa y gozosa. Es la cumbre y plenitud de las demás solemnidades, el broche de oro del largo peregrinar del Hijo de Dios. El mismo que bajó es el que sube hoy por encima de los cielos, para llenar el universo. Ya había demostrado ser el dueño de todo el mundo: tierra, mar e infierno; ahora quiere manifestarse Señor del aire y del cielo, con pruebas semejantes o mayores.

La tierra reconoció al Señor cuando éste gritó con voz potente: Lázaro, sal fuera, y devolvió al muerto. Lo reconoció el mar, cuando se cuajó bajo sus pies, y los apóstoles lo tomaron por un fantasma. Lo reconoció el infierno, cuando destrozó sus puertas de bronce y sus cerrojos de hierro, y encadenó a aquel insaciable homicida llamado diablo y Satanás.

El remate de tu túnica sin costura, Señor Jesús, y la plenitud de nuestra fe, pide ahora que te eleves por los aires a a vista de los discípulos, como dueño y Señor del firmamento. De este modo quedará patente que eres el Señor del mundo, porque llenas totalmente el universo. Y merecerás con pleno derecho que ante ti se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda boca proclame que tú estás en la gloria y a la diestra de Dios Padre. En esta derecha está la alegría perpetua. Por eso nos apremia el Apóstol a buscar lo de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre. El es toda nuestra riqueza: en El se esconden todos los tesoros del saber del  conocer; en él habita realmente la plenitud total de la divinidad.

Considerad también, hermanos, la pena y angustia que embargó a los apóstoles al verle arrancarse de su lado y elevarse al cielo. No usa escaleras ni cuerdas, le acompaña una multitud de ángeles sin necesidad de ayudarle: avanza él solo y lleno de fuerza. Aquí tenemos convertido en realidad lo que había predicho: vosotros no sois capaces de venir al lugar donde voy a estar yo. Si hubiera marchado al último rincón de la tierra, allí le hubieran seguido. Si al mar, allí se hubieran sumergido, como ya lo hiciera Pedro. Mas aquí no pueden seguirle porque el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda  terrestre abruma la mente pensativa.

¡Qué pena tan terrible ver cómo se aleja y desaparece aquel por quien todo lo han dejado! Y qué angustia la suya, al verse desamparados frente a los judíos, y sin recibir todavía la fuerza de lo alto. Al separarse de ellos los bendice, estremecido tal vez en su entrañable ternura, por dejar menesterosos a los suyos y a su pobre comunidad. Pero va a prepararles un sitio, y les conviene estar privados de su presencia humana.

¡Qué procesión tan dichosa y sublime! Ni los mismos apóstoles pudieron participar en ella. Escoltado por las almas santas y entre el regocijo de los coros celestiales, llega hasta el Padre y se sienta a la derecha de Dios. Ahora sí que ha empapado al mundo entero: nació como un hombre cualquiera, convivió con los hombres, sufrió y murió por culpa y en favor de ellos, resucitó, ascendió y está sentado a la derecha de Dios. Esta es la túnica tejida de una pieza de arriba abajo, rematada en las moradas celestes, donde Cristo alcanza su plenitud y es la plenitud de todo.
                             
Pero ¿qué tengo que ver yo con estas fiestas? Señor Jesús, ¿qué consuelo puedo tener si no te vi colgado de la cruz, ni cubierto de heridas, ni en la palidez de la muerte? ¿Si no puedo calmar sus heridas con mis lágrimas, porque no he sufrido con el crucificado, ni le he atendido después de morir? El único consuelo que tengo son estas gozosas palabras de los ángeles: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado de aquí al cielo volverá como lo habéis visto marcharse.  Volverá, dicen ellos, ¿volverá a por nosotros, en aquella procesión grandiosa y universal, cuando venga a juzgar a vivos y muertos, con los ángeles como mensajeros y el séquito de los hombres? Sí, vendrá. Vendrá tal y como ascendió, no como bajó. Se hizo humilde para salvarnos, y aparecerá sublime cuando resucite este cadáver y reproduzca en nuestro cuerpo el resplandor del suyo, dando a esta pobre criatura suya una grandeza incalculable. El que antes aparecía como un hombre cualquiera, vendrá con gran poder y majestad. Yo también lo contemplaré, pero no ahora; lo veré, pero no inmediatamente. Esa otra glorificación deslumbrará a la primera por su gloria incomparable.

Cristo volverá pero con majestad. Nos abandona para estar a la derecha de Dios Padre, porque tiene en su diestra la misericordia y la justicia en la izquierda. Su misericordia es infinita, y también su justicia. El que quiera acompañarle no debe subir sino bajar y sepultar su voluntad en su infinita misericordia. Solamente la humildad encumbra y la soberbia conduce a la muerte eterna.

San Bernardo de Claraval, segundo sermón sobre la Ascensión.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


"Nuestro Señor Jesucristo, al subir al cielo a los cuarenta días de su resurrección, nos recomendó su cuerpo que debía permanecer aquí abajo. Lo hizo porque previó que muchos iban a rendirle honores por haber ascendido al cielo, y vio también que este honor sería inútil, si pisoteaban sus miembros en la tierra. Y para que nadie fuera inducido a error, conculcando los pies en la tierra mientras adora a la cabeza en el cielo, declaró dónde se hallaban sus miembros.
Estando, pues, para subir al cielo pronunció sus últimas palabras; después de estas palabras no volvió a hablar ya en la tierra. Estando para ascender la cabeza al cielo, recomendó a los miembros en la tierra. Y desapareció. Ya no encuentras a Cristo hablando en la tierra: le encuentras hablando, pero en el cielo. ¿Y por qué desde el cielo? Porque sus miembros eran pisoteados en la tierra. A Saulo, el perseguidor, le dijo desde lo alto: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Subí al cielo, pero permanezco aún en la tierra; aquí estoy sentado a la derecha del Padre, allí padezco todavía hambre y sed, y soy peregrino.
¿Y de qué modo nos recomendó su cuerpo en la tierra cuando estaba para subir al cielo? Como le preguntasen sus discípulos: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?, les respondió a punto de partir: No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos. Ved ahora por dónde va a difundir su cuerpo, ved dónde no quiere ser pisoteado: Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo. Ved dónde permanezco, yo que asciendo.
Asciendo porque soy cabeza; permanece todavía mi cuerpo. ¿Dónde permanece? Por toda la tierra. Cuida de no herirlo, cuida de no violarlo, cuida de no pisotearlo: éstas son las últimas palabras de Cristo antes de partir para el cielo.
Reflexionad, hermanos, con entrañas cristianas: si para los herederos son tan dulces, tan gratas, de tanto peso las palabras del que está al borde del sepulcro, ¡cuáles no deberán ser para los herederos de Cristo las últimas palabras no del que está para bajar al sepulcro, sino del que está a punto de subir al cielos.
El alma de quien vivió y murió es transportada a otras regiones, mientras que su cuerpo se deposita en la tierra: que se cumplan o no sus últimas disposiciones, es algo que a él no le incumbe; otras son ya sus ocupaciones o sus sufrimientos; en su sepulcro yace un cadáver sin sentido. Y sin embargo, se respetan las últimas voluntades del finado. ¿Qué es lo que esperan los que no respetan las últimas palabras del que está sentado en el cielo, del que observa desde arriba si se aprecian o se desprecian?, ¿del que dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?, ¿del que reserva para el juicio lo que ve que sus miembros padecen?"

CARTAS DE ESPERANZA DE 24 MAYO DE 2020



 24 de mayo de 2020

Hermano:

El egoísmo es una tendencia de mi alma. Vuelvo a mi yo de forma enfermiza. Me busco, deseo mi bien por encima de todo, busco salvar mi vida, aunque otros la pierdan. Veo todo bajo la perspectiva de mi interés. Lo que a mí me hace bien, me conviene, me interesa. Mi mirada es tan estrecha. «Todo amor terreno es ‘yoico’, está referido al yo. Mientras sea un amor puramente instintivo, llevará impreso el sello del enamoramiento del propio yo y del estar poseído por él. El santo de la vida diaria procura con éxito preservar el sano amor a sí mismo del egoísmo enfermizo y colocarlo al servicio de Dios». Pasar de una mirada enfermiza a un cuidado sano del yo no es tan sencillo. Pero es necesario aceptar que el egoísmo es parte de mi camino de maduración. Tengo que vivir esa fase en mi entrega, en mi amor. «Al comienzo se da un amor primitivo, es decir, un amor egoísta. Y así debe ser. Al contemplarse a sí mismos y al contemplar a otros psicológicamente, no deben perder nunca de vista que, si los diferentes instintos no encuentran alguna vez una satisfacción, si no se los encauza alguna vez, el desarrollo no sigue su camino». La fase egoísta es parte del crecimiento. La vinculación exagerada en un determinado momento de mi vida es necesaria para que madure. Aceptar el egoísmo como parte de mi camino me salva. Lo otro significa reprimir, tapar, y algún día saldrá todo de nuevo a la superficie con fuerza. ¿Cómo son los amores y las relaciones en mi vida en este momento? ¿Predomina el egoísmo? ¿En qué etapa de mi crecimiento estoy? Muchos matrimonios fracasan cuando los cónyuges no superan la etapa de ese amor referido al yo. Quiero crecer, madurar y volcarme en el tú, en su felicidad. Ese salto exige valor. Ponerme yo en un segundo plano. No pretender destacar, ser admirado, valorado. Ese amor descentrado me parece imposible. ¿Los santos siempre fueron así? No, tuvieron que pasar por lo mismo que yo paso. Tuvieron que madurar como yo tengo que hacerlo. Tuvieron que fracasar como yo tantas veces fracaso. Y una y otra vez volvieron a levantarse y siguieron luchando. No se desanimaron. Respetaron su forma de ser, sus tendencias, sus debilidades. Y lo más importante es que Dios hizo obras grandes con ellos. Se descentraron cuando vieron que no tenían nada que defender. Ya estaban entregados al amor de Dios en sus vidas. Y vieron que sólo muriendo por amor merecía la pena seguir viviendo. Un amor que no se mira y no se busca. Un amor que no se pone en el centro. Es ese amor que se eleva por encima de sí mismo. Sueña con dar la vida, aunque fracase en ello tantas veces «El amor que no es capaz de la renuncia por amor, se parece a un fuego que se sofoca en su propio humo». Me gusta ese amor generoso que me falta muy a menudo. Jesús quiere educarme a amar de esa manera. Quiero pensar más en la felicidad de los demás y preguntarme constantemente qué es lo que desean. Sin pensar sólo en mí. La madurez pasa por aprender a renunciar. Negarme a mí mismo en mis gustos para que otros tengan lo que desean. Un amor generoso no se busca de forma enfermiza. Superar ese egoísmo es la tarea de toda mi vida. Sólo Dios puede hacerlo en mí porque yo solo no puedo. Necesito una presencia en mi corazón, una mirada que me salve y me levante. Y me haga mirar la vida de forma diferente. No quiero un fuego que se ahogue en su propio humo y no logre encender con su pasión el fuego en otros corazones. Quiero salir de mí mismo. En este tiempo en el que vivo encerrado, en mi familia, con los míos, tengo la oportunidad de vivir una escuela del amor. ¿Cómo me relaciono con los que tengo más cerca? ¿Cómo sirvo y me pongo en un segundo plano? El amor verdadero me lleva a vivir en verdad y humildad. Amo y veo la belleza que hay en el otro. Lo enaltezco, lo pongo en el primer lugar. Y yo me quedo oculto. Porque así brilla más la vida del que está conmigo. Ese amor es el que me rescata de la autorreferencia. No quiero vivir quejándome cuando me exigen, me demandan demasiado, no me agradecen por todo lo que hago y no valoran mi entrega generosa. El corazón grande vive para dar, no para recibir. Si recibe se alegra. Si es ignorado no sufre. Ese corazón es el que quiero. Es el corazón de Cristo en mí.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 23 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 23 MAYO DE 2020





 23 de mayo de 2020

Hermano:

Lo que el amor quiere es ser eterno. No entiendo un amor que no quiera durar para siempre. Porque el amor desea al amado. Y quiere que ese encuentro dure toda la eternidad. Por eso retiene mi mano al que está a punto de partir al cielo. Hoy Jesús les dice a los suyos que confíen en Él. Porque ellos tienen miedo y saben que Jesús se va. Jesús les promete el paráclito: «Pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros». Esta es la promesa de eternidad que mi corazón desea. No estaré nunca solo. El amor desea que permanezcan esos momentos sagrados de encuentros. Vive mi amor de recuerdos e imágenes guardadas en el alma. Vive de encuentros y caricias. De abrazos y sonrisas. De palabras y promesas. No me lo podrán quitar todo. Lo sé. Una canción me anima en estos días de nostalgias guardadas: «Canta y no llores. Que lo malo se va en un suspiro y amargarse no vale la pena. Que la vida está llena de cosas pequeñas que le dan sentido». El amor está lleno de cosas pequeñas que le dan sentido. Cosas insignificantes y cotidianas. El amor se conjuga en presente. Y se olvida cuando sólo queda el pasado. Pero cada vez que se dona el que ama y encuentra el corazón abierto del amado, todo vuelve a empezar de golpe, con pasión y alegría. Basta el deseo de dar un nuevo paso. Muchas veces será la voluntad la que mueva mi cuerpo. Y mi decisión firme se hará vida de golpe. Y volveré a levantar la mirada y a confiar. No quiero ponerme triste al pensar en lo que no hice, en lo que no dije, en el cariño que no expresé, en al amor que no prodigué. Lo malo dura un suspiro, aunque a veces parece tan largo. No quiero amargarme, quiero vivir con paz y alegría. La vida está llena de tantas cosas que le dan sentido. Abrazo el amor que tengo ahora, el amor que tuve, el amor que será más fuerte mañana. Si mi corazón se cierra a lo nuevo se envenena en rutinas de siempre. Quiero reinventarme para aprender a amar. Quiero que mi amor no sea pasajero. ¿Cómo es posible dejar de amar a quien uno tanto ha amado? ¿No será que ese amor no fue tan sano y profundo? ¿Es posible que viviera una relación enfermiza? Puede que no llegara a lo más hondo de mi corazón en ningún momento. ¿Cómo es posible dejar de amar a Dios si pienso que un día lo amé tanto? No me cabe en la cabeza el final del amor cuando este es verdadero. Puede que los sentimientos cambien en intensidad. Igual que las pasiones. Pero el amor es otra cosa, es mucho más. Es la conciencia de pertenencia. Es saber que el mar y la tierra nunca me separan cuando amo de verdad. Ni tampoco la enfermedad, ni la muerte. Podrán quitarme abrazos y caricias. Podrán pedirme que me aleje de los que amo por un tiempo. Pero ese amor verdadero que tengo en mi alma no desaparece ni con la ausencia. Al revés, aumenta, se hace más hondo, se acrisola con el paso de las pruebas, de los combates, de las arideces de la vida que cuestan tanto. El amor eterno no tiene fin. Quizás tuvo un comienzo, no lo recuerdo. Pero final no tiene. Puede que cambie, se transforme, se haga más hondo, sufra heridas y contratiempos. Pero si es verdadero. Si es correspondido. Ese amor dura siempre. El rechazo, las agresiones, es cierto, hieren de muerte al amor muchas veces. Lo comprendo. Un amor que se quiere dar y es rechazado, ¿cómo puede seguir amando? El amor de Jesús sí puede. El mío no. Él me amó hasta el extremo y desde la cruz me siguió amando. No sólo a mí que permanecía impasible sin hacer nada por evitar su muerte. Sino que su amor era también para aquellos hombres que deseaban su fin. Amó a sus enemigos. Y yo, que creo saber amar, no amo a los que no me aprecian, no busco a los que me olvidan, no quiero a los que no me quieren. Ese amor no correspondido se oscurece y enturbia fácilmente. Me cuesta imaginar un amor que resista las traiciones, las infidelidades y los olvidos. Me cuesta pensar en un amor imposible. Es el que quiero. Deseo que mi capacidad de amar sea la de Jesús. Que me parezca en algo a Él que tanto me ama. Parece tan fácil. No quiero más amarguras. Quiero alegrarme porque Jesús me dice que mi amor será para siempre. No pasará nunca. Nunca será olvidado. Me levanto feliz. Dios me abraza.


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Jesús Manuel Cedeira Costales.

viernes, 22 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 22 MAYO DE 2020



 22 de mayo de 2020

Hermano:

Hoy Jesús me invita a cuidar el amor en mi vida: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame será amado de mi Padre; y Yo lo amaré y me manifestaré a él». El amor es la clave de todos los entresijos del alma humana. Es la llave que descerraja todas las puertas y abre todas las clausuras. Es lo único que puede levantarme del polvo de la agonía, de la angustia y la desilusión, del hastío de la vida. Sueño con un amor puro, incondicional, fuerte y tierno. Un amor que no se dé nunca por vencido. No un amor que cree dependencias y haga de mi vida una cárcel sin misericordia. He visto demasiadas relaciones viciadas y enfermas. Relaciones que se rompen por egoísmo. He sido testigo de muchos amores inmaduros y poco generosos. Amores que no permiten que el otro crezca desde su verdad. Se me ha llenado muy a menudo la boca de un amor que no calma el hambre del alma. El amor implica el cumplimiento de los mandamientos de Dios. El amor hace fácil seguir su querer. Pero no todo es tan sencillo. Mi corazón es una caja de sorpresas. Tantas veces hago lo que no quiero y no llevo a cabo lo que deseo. Como dice Goethe: «Dos almas moran, ¡ay!, en mi pecho; y una quiere separarse de la otra». Estoy dividido por dentro. Amo a Dios y no sigo sus mandatos. Cuando sus mandatos son un camino de sabiduría. No hago lo que me conviene y acabo haciendo justamente lo contrario. Así de vana es mi vida y pobre mi voluntad. Como leía el otro día: «Si echas de menos a alguien, llámalo. Si quieres encontrarte con alguien, invítalo. Si quieres ser comprendido, explica. Si tienes preguntas, hazlas. Si no te gusta algo, dilo. Si te gusta algo, manifiéstalo. Si quieres algo, pídelo. Si amas a alguien, díselo». Soy una caja llena de contradicciones. Deseo algo y no lo digo. Amo a alguien y no se lo expreso. Deseo algo y nadie lo sabe. Callo pensando que los demás deberían intuirlo. Amo a Dios y a los hombres, pero no se nota en la inconsistencia de mis actos vacíos. Voy como un borracho siguiendo una dirección que no me conviene. Me gustaría tener el corazón en su sitio. Todo en orden. Todo controlado. Pero no lo logro. Si amo a Dios guardaré sus mandamientos. Si lo amo de verdad mi vida merecerá la pena. Los mandamientos son el camino que me conviene. Como cuando mi madre me pedía algo siendo yo pequeño y yo lo veía como una carga. No lo deseaba, no quería obedecer, pero era lo que necesitaba. No quiero amar lo que deseo, sino lo que me conviene. Es así con las cosas, con los proyectos, con las personas. Puedo equivocarme y poner mi corazón en el lugar no deseado. Vivo atado a cosas que me quitan la paz. Me parecen lo más importante de mi vida, pero me están esclavizando. En esta época de pandemia que vivo se alteran mis prioridades. Parecía fácil vivir antes de este presente tan extraño. Entonces parecía tener claras mis prioridades, mis amores, mis opciones de vida. Ahora se ha roto todo como un jarrón de porcelana y soy incapaz de unir las piezas. Curioso, cuando algo deja de estar frente a mis ojos y presentarse como lo más valioso, dejo de valorarlo. Tomando distancia oportuna vuelvo a poner las cosas en su lugar. Pero en el momento estrecho de la decisión, cuando el tiempo parece escaso y tengo que decidir lo que me conviene. En ese momento de tensión, no tomo la decisión correcta. Está demasiado próximo el objeto de mi deseo, lo que mueve mi alma a través de mis ojos y me encuentro ciego. No logro salir de mí mismo, no logro avanzar más allá de lo inmediato. Decido lo que no me conviene y me precipito. Por eso me viene bien parar. ¿Cuáles son los mandamientos que Dios me pide? Que lo ame a Él sobre todas las cosas. Que respete sus deseos cuando me susurre al oído lo que quiere para mi vida. Que sea fiel a los amores que tengo y me dan la vida. Que cuide mi cuerpo, mi alma, mi paz. Que me deje tiempo para el silencio, para el trabajo, para el ocio. Que sepa elegir lo correcto para no hacer daño a mi prójimo, aquel que está a mi lado. S. Francisco de Sales me lo ha hecho ver con claridad: «Entre los que están comprendidos dentro de la palabra ‘prójimo’ no hay nadie que tenga más derecho a ese apelativo que quienes conviven con nosotros». Son los más cercanos los prioritarios en mi vida. Tal vez antes daba la importancia a los demás, a los de lejos, a los del trabajo. Vivía para mis historias, centrado en mí y no volcado en los míos. Ahora resulta que el tiempo se detiene y me confronta con la verdad de mi vida. ¿Cuáles son los mandamientos de Dios que tantas veces olvido? Que ame a mi prójimo como a mí mismo. Que lo cuide como la cara pupila de mis ojos. Que busque su felicidad antes que la mía. Que sepa hacer de la renuncia un camino sagrado. Que sea íntegro, fiel, coherente, de una sola pieza. Honrado y honesto. Que haga de la alegría la norma de mi vida. Que viva pensando en dónde puedo servir en lugar de buscar continuamente ser servido. Que me guarde mis críticas destructivas. Que no viva hablando de los defectos tan visibles de los demás. Que renuncie a mis miedos y se los entregue a Dios cada mañana. Que aprenda a confiar porque ese Dios que tanto me ama no se ha olvidado de mis pasos. Que sepa partir mi capa con el desnudo y dar mi vida por el que nada tiene. Que no busque siempre ser halagado, tomado en cuenta y bendecido. Y me dedique mejor a bendecir a todos los que Dios ha puesto en mi camino. Así de sencillo parece seguir los pasos de Dios. Pero no lo es. Hace falta que su amor encienda la luz de mi mirada para caminar.

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

jueves, 21 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 21 MAYO DE 2020




 21 de mayo de 2020

Hermano:

Con frecuencia me veo pensando como todos piensan. Me dejo llevar por la corriente para no desentonar. Y al mismo tiempo me indigno cuando alguien se mantiene en su opinión, diferente a la de muchos, a la mía y no acepta la mirada de la mayoría. Me cuestan las posturas contrarias, las personas insobornables, firmes, auténticas. No soy tolerante con el diferente. Digo que cualquiera puede decir lo que piensa, pero luego en mi interior deseo que todos piensen como yo. Brota en mi corazón ese pequeño dictador que llevo dentro. Surge en mí el deseo de que todos piensen como yo y nadie desentone. Educo en el pensamiento único, para que nadie se desvíe de mi forma de ver las cosas. ¡Qué fácil resulta caer en la masificación! El otro día vi un video de un profesor. En su clase puso un ejemplo de comportamiento social. Les preguntó a todos por el color de una carpeta. Era verde. Les dijo que iba a hacer un experimento. Les pidió a todos que dijeran que la carpeta era roja cuando les preguntara. Así lo hicieron después de que llegó el último alumno. Ese joven miraba perplejo. No podía creer que algunos dijeran que era roja cuando resultaba obvio que era verde. Cuando la profesora le preguntó a él, después de que todos hubieran afirmado que era roja, él dudó y dijo lo mismo que todos. La clase estalló en una carcajada. Bajo la influencia de la masa me mimetizo. Acabo pensando como todos para que no me rechacen, no me hieran, no me ataquen. Me cuesta defender una opinión distinta y mantenerme firme en lo que pienso o creo. Lo mismo me sucede al tomar decisiones, al optar por lo que yo creo que me pide Dios. Por otro lado, puedo creer que la obediencia es el valor supremo, a la hora de decidir. Leía el otro día sobre la batalla final que pierde Napoleón en Waterloo. Un almirante, Grouchy, tiene en sus manos cambiar la historia, pero no lo hace porque se mantiene firme en su obediencia ciega a la orden recibida: «Ese momento que de cuando en cuando se presenta a los mortales, entregándose al hombre anodino que no sabe utilizarlo. Las virtudes ciudadanas, la previsión, la disciplina, el celo y la prudencia, valores magníficos en circunstancias normales del vivir cotidiano se diluyen, fundidas por el fuego glorioso del instante del destino que exige el genio para poder plasmarlo en una imagen imperecedera» . Este militar firme y obediente se convierte en un hombre irresoluto. Su amor a la disciplina no le permite reaccionar cuando lo exigen las circunstancias. No desobedece la orden dada por Napoleón y no corre a socorrerlo en la batalla. Aguarda obedeciendo. Hay momentos en los que se me exige audacia, capacidad de decisión, mirar dentro de mí y decidir. No todo está cristalino en cada momento. No basta con obedecer a los hombres en sus mandatos claros. Hay momentos en los que tengo que buscar en mi corazón al Dios que camina conmigo en la soledad, en la penumbra y decidir a su lado. El peligro es dejarme llevar por lo que los demás me piden. O tener demasiado miedo a equivocarme. O atarme tanto a la norma que no me quede espacio para actuar de forma diferente. O preguntarle a un sacerdote o a un sicólogo para que decida por mí, como si fuera una receta. Creo que la vida se juega en esos momentos en los que se me pide dar un paso audaz, un paso hacia delante y buscar lo que quiero, lo que quiere Dios para mí. ¿Y si me confundo? ¿Y si estoy equivocando? Siempre es posible equivocarme y cometer errores graves. Es posible confundirme de camino. Pero no por eso voy a dejar de actuar, de ponerme en marcha, de ser audaz, de pensar por mí mismo. Lo que la mayoría piensa no puede determinar mi forma de vivir y actuar. Quiero tener un pensamiento propio. Quiero discernir y observar la realidad con mis ojos, no con los ojos de muchos, de la mayoría. No siempre lo que todos piensan es lo correcto. No siempre los actos que esperan de mí los hombres son los que quiere Dios de mí. Pienso que a menudo vivo tratando de salvar los bordes del camino. Corro a velocidad prudente por una carretera con arcenes muy marcados. No quiero caer por el precipicio y huyo de los bordes, donde está el peligro. Vivo asustado, con un miedo inconfesable a ser infiel, a ser débil, a no decidir lo correcto. Y por no querer equivocarme decidiendo, me equivoco en mi indecisión, porque no decidir ya es tomar una postura. Quisiera tener un corazón más libre, más autónomo, más capaz de discernir buscando al Dios de mi vida dentro de mi alma. Me da miedo la masificación. Tanto la mundana, que se impone en corrientes de la moda. Como la religiosa, cuando me dejo llevar por lo que piensan los que me rodean en mi fe. Puedo vivir de forma masificada mi fe. Me dejo llevar por lo que hacen todos. No me siento libre. Soy un hombre masa que vive de ritos y formas religiosas. No sé salir de lo que me han mandado. Aplico la norma siempre, para ser obediente. Pienso como la mayoría o como la autoridad a la que sirvo. No tengo criterio propio. No me distingo del resto. No pienso, no rezo. Quiero educar mi corazón para que sea libre y fiel a Dios. Que no me dé miedo desentonar buscando su querer en mi vida. Seguir sus caminos sin pretender hacer siempre lo políticamente correcto. Un corazón libre, un corazón que piensa buscando a Dios. Un corazón capaz de tomar decisiones sin tener que pedirle a nadie que las tome por mí. Cuánto me cuesta ser libre para actuar sin miedo a cometer errores.


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Jesús Manuel Cedeira Costales.

miércoles, 20 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 20 MAYO DE 2020




 20 de mayo de 2020

Hermano:

¡En la humildad, por debajo de todos! ¡En el amor, por encima de todos!

La humildad debe estar a la par con los pensamientos elevados. Sin altas aspiraciones no llegaremos a ser santos.

Te agradezco, Padre, que esto… se lo hayas revelado a los pequeños.

¡Dios eterno y todopoderoso, Señor, Padre celestial!

Vuelve tu mirada misericordiosa hacia nuestro llanto, nuestras miserias y nuestras penas.

Ten piedad de todos los cristianos para los que tu Hijo Único, nuestro Señor bienamado y Salvador, Jesucristo, entregó su propia voluntad en manos de los pecadores y derramó su preciosa sangre sobre la santa cruz.

Por Jesucristo, nuestro Señor, líbranos de todas nuestras penas, de los peligros presentes y futuros, de los rencores, las guerras y las armas, del hambre, de los momentos de angustia y de miseria.

En tu bondad, ilumina y fortalece a nuestros dirigentes religiosos y nuestros gobernantes, para que con sus acciones puedan participar de tu gloria divina, de nuestra salvación, de la paz y del bien de toda la cristiandad.

Concédenos, oh Señor, la paz, una justa unidad en la fe, sin divisiones ni separaciones.

Orienta nuestros corazones a la auténtica penitencia y a la edificación de nuestras vidas.

Enciende en nosotros el fuego de tu amor.

Danos hambre y sed de tu justicia, de modo que, como hijos obedientes, podamos regocijarte con nuestra vida y en la hora de nuestra muerte.

Te rogamos también, oh Dios nuestro, que se haga tu voluntad en nuestros amigos y enemigos, en las personas de buena salud y enfermas, en todos los cristianos afligidos y atribulados, en los vivos y en los difuntos, en nuestras profesiones y empresas, en nuestra vida y nuestra muerte.

Ayúdanos a beneficiarnos de tu gracia en este mundo y que vayamos allá donde estén todos tus elegidos para alabarte, honrarte y glorificarte junto a ellos.

¡Concédenos esto, oh Señor, Padre nuestro celestial!

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 19 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 19 MAYO DE 2020




19 de mayo de 2020

Hermano:

¡En Dios no existe la separación!

 Es que Dios está en todas partes.

Para que una persona sea feliz no es necesaria la abundancia de bienes materiales.

Basta tener lo necesario.

Dijo el sabio profeta: "Señor, que ni me falte ni me sobre; porque si me faltara me desespero y si me sobra me olvido de Ti".


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Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 18 de mayo de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 18 MAYO DE 2020



 18 de mayo de 2020

Hermano:

Educar significa servir desinteresadamente a la singularidad y originalidad del prójimo; es servir abnegadamente a la gran idea que Dios ha puesto en cada persona; es, en definitiva, servir a Dios mismo.

A medida que nos acercamos a la gran fiesta de la Ascensión, Jesús nos recuerda que no nos dejará huérfanos.

Incluso hoy, en medio de esta gran lucha, podemos estar seguros de que Jesús permanece con nosotros para consolarnos y fortalecernos.


Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

Estandarte

  Estandarte Del fr. ant. estandart, y este del franco *stand hard”, mantente firme. Es una confección textil con colores y símbolos que rep...