martes, 30 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA JULIO DE 2020



Julio de 2020


Hermano:

 

Quiero aprender a vivir con paz en medio de mis dudas. No siempre es tan necesario resolver todas mis preguntas. Tiendo a preguntar, quiero saberlo todo, tener certezas. Parece como que la vida se juega en encontrar respuestas a todas las preguntas posibles. Como si hubiera un tutorial en internet para cada duda que se me plantee. Hay muchas respuestas, pero no están todas. A veces me angustio en mis preguntas y busco un sacerdote, un gurú, un catedrático, alguien culto, un santo, un terapeuta, un sabio que me lo aclare todo. Pretendo que ellos con una sabiduría que yo no poseo resuelvan todos mis conflictos interiores, aclaren todas las dudas, despejen todos mis miedos. Busco a alguien siempre fuera de mí, por encima de mí, con la autoridad suficiente como para decirme lo que está bien y lo que está mal en todas esas preguntas y temas delicados donde quizás yo no lo tengo todo tan claro. ¿Qué sostiene la Iglesia? ¿Qué defiende la ciencia? ¿Qué afirma el mundo? ¿Qué susurra Dios? Quiero tener certezas sólidas que me permitan caminar por la vida sin tambalearme. Me asustan las incertidumbres de este tiempo. Es como un mar revuelto lleno de futuribles inciertos entre los que la barca de mi vida sufre entre las olas. Quiero afirmaciones contundentes, respuestas definitivas, dogmas claros y férreos que tranquilicen mi conciencia. Espero incluso que otros decidan por mí, cuando yo no soy capaz de tomar decisiones. Y si luego me siento atacado o juzgado por otros, diré, con mucha calma y elegancia, que son otros los que me han aconsejado e incluso tomado una decisión de la cual no soy responsable. Y así mi alma seguirá estando tranquila dejándose llevar por las rutas que otros me marcan. Sin madurar yo, sin hacer el ejercicio sabio de discernir lo que Dios quiere para mi vida. Creo que este tiempo que me toca vivir me invita a vivir con preguntas abiertas. ¿Cuándo acabará esta pandemia? ¿Cuándo podré realizar todos mis planes previstos? ¿Cuándo podré volver a mi vida normal, esa vida de antes? ¿Se habrá perdido algo en este tiempo de guerra, algo esencial en mi vida de antes? ¿Habré perdido algo de lo que tenía guardado en mi alma? ¿Habrán cambiado muchas cosas en mi forma de vivir, de amar, de entregarme? En mi mentalidad masculina me cuesta vivir con preguntas sin respuestas, con problemas no resueltos, encrucijadas en las que no tomo una dirección concreta y permanezco detenido, sin respuestas, aguardando. Me da miedo quedarme quieto en medio de indecisiones que me turban por dentro. Me asustan esas verdades calladas y esas otras mentiras expuestas que veo a mi alrededor tantas veces e incluso dentro de mi alma. Quiero conservar la alegría y la paz en medio de vientos extraños y noches sin estrellas. Sueño con la luz clara del día que llevo dentro del alma. Y sé que despejando nubes no alcanzaría a ver el sol que tanto sueño. Por eso me dejo llevar en las alas del viento. Confiando en que las respuestas más importantes ya me las ha dado Dios en mi alma. La única certeza que sostiene mi vida es su amor inmenso. Me gustan esas palabras: «¡Somos hijos de la luz, no de las tinieblas! Aquel ‘alégrate’ abre en modo programático la realización de la salvación, la cual entra en el mundo como un don que se acoge con alegría y para la alegría, aun en medio de la incertidumbre o el sufrimiento. La ‘buena noticia’ llena de gozo a la Virgen, aceptando el mandato-don de alegrarse, aunque broten dudas, incertezas y preguntas de ‘cómo’ se cumplirá el plan divino» . Sigo guardando en el alma miedos y dudas, incertidumbres y preguntas abiertas. Pero sé que el don que recibo de Dios es la confianza para seguir caminando como María lleno de alegría. Ya no me turbo al pensar que no tengo muchas respuestas ni para mí, ni para otros. Tengo preguntas que despiertan nuevas preguntas y eso me alegra. A veces creo que me aburriría contar con respuestas claras y definitivas para todo. Me quitaría la paz pensar que le puedo decir a cualquiera lo que tiene que hacer en cada momento. Y creer que sé muy bien el camino que debe tomar para ser feliz. Esa presunción me asusta. Creer que tengo una sabiduría por encima de otros y que tengo respuestas que otros no tienen. Me gusta más la sensación de mi alma pobre que no cuenta con muchas respuestas y que vive anclada en profundas preguntas. Confiando siempre en que la certeza única que sostiene mi vida sea ese amor personal y profundo que Dios me tiene.

Qué hago cuando se tambalean y caen los pilares sobre los que construyo mi vida? ¿Dónde queda ese sueño que Dios ha querido soñar conmigo cuando todo parece resultar mal? Una alianza de amor, una vocación a caminar a su lado. Yo he tejido sueños y me han cortado la trama. Tiene algo este tiempo de tragedia, de final inconcluso. Algo de injusticia y de abandono en mitad de mi vida protegida y segura. Con miedo a reinventarme intento recomponer las piezas del jarrón roto. Levantar de nuevo sobre sus mismas ruinas el edificio caído. Pienso en el pilar de la salud sobre el que me sentía fuerte y seguro. He convertido la salud en un ídolo. Me preocupo de estar sano, comer sano, vivir sano. Y ahora un virus pone en jaque mi seguridad, mi paz mental. ¿Y si enfermo y muero? No contaba con ello, con que nadie cercano y querido muriera. La salud es algo sagrado. ¿Por qué me la quita ese Dios al que amo? Me rebelo. La salud era un pilar firme, inamovible, ni el paso del tiempo podría acabar con ella. Algo encontraría para ser eterno en la tierra. Siento que ahora mismo un pilar se derrumba. Me aferraba como un náufrago a mi dinero, a mi economía, a mis sueños de crecimiento. Tenía planes y proyectos. Y se han venido abajo. La inseguridad amenaza mi negocio, el de tantos. Otro pilar destruido. ¿Y ahora qué? Mi familia, mi entorno, mis amores. Ese pilar fiable hoy parece bastante frágil. ¡Cuántas familias rotas, cuántas sueños fracasados, cuántos amores frustrados! Pensaba que mis amores estaban bien, eran perfectos. Y al llegar esta crisis me doy cuenta de la debilidad de mis vínculos. Amores frágiles que no aguantan la sacudida de las olas. Leía el otro día: «Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero ‘amar’ significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio» . Cuando no sé amar como Dios ama es lo que sucede. Y entonces me quedo solo. Y se hunde ese pilar del amor. Pilar central. Hay otro pilar que también se tambalea en este tiempo. El pilar de mi propia aceptación y alegría de vivir conmigo mismo. La soledad puede ser demoledora. En un tiempo como el de ahora en el que todo se paraliza he pasado mucho tiempo conmigo mismo y la soledad duele. No sé estar a solas. No sé estar conmigo, en silencio, y pensar, y rezar. Me doy cuenta de que un mundo detenido me acaba matando. Desaparecen los escapes, las salidas, las argucias que encontraba para no enfrentar el silencio en mi alma. Me llenaba de ruidos. Y ahora confinado me confronto con mis propios demonios y me desespero. ¿Qué pilar queda firme en mi vida? ¿Cuáles han caído? Es este tiempo una invitación a mirar al cielo buscando anclar mi vida en el corazón de Dios, en el centro del costado abierto de Jesús. Allí soy amado como soy y valgo lo suficiente para ser amado siempre. Esta certeza la puedo encontrar en un tiempo de incertidumbre. Cuando han caído las patas de mi mesa, surge del cielo un lazo lanzado al vacío de mi alma. ¿Quiero sostenerlo entre mis manos? Me da miedo asirlo y dejar caer los pilares que intento que no caigan con esfuerzos de malabarista. ¿Y si atado a esa cuerda veo caer todo a mi alrededor y surge el miedo? ¿Y si me suelto? ¿Y si Dios me suelta? Es una apuesta absurda. Todo o nada. Ahora o nunca. No quiero retener mi mundo viejo y limitado. Quiero abrirme a un nuevo mundo. No quiero volver al día antes del virus. Quiero un nuevo comienzo. Me reinvento. Me vuelvo a crear o dejo mejor que sea Dios el que me recree a partir del barro de mi vida. Él sabe modelar un hombre nuevo, una comunidad nueva, una familia hecha con jirones de mi hombre viejo. Todo se aprovecha, nada se pierde para siempre. Quiero pensar que mi vida puede ser mucho más grande y pura, más libre y santa. Una sola cuerda lanzada desde el cielo. Pero yo no logro ver la mano de Dios sujetando entre las nubes mi fragilidad. Sé que está ahí, escucho su voz en forma de susurro, la sombra de una brisa. Siento una ráfaga de aire que me calma. Una voz lanzada desde el cielo. No tengo motivos para dudar, para temer, para caer. Ahora que lo he dejado todo me siento más libre. Soy más suyo, más de Dios, más niño, más confiado. Me gusta esta nueva vida que puede estar naciendo en mí. 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


sábado, 20 de junio de 2020

NUEVAS LETANÍAS DE LA VIRGEN


Un sol del que se descubren nuevos rayos de vez en cuando. Se podría pensar en las Letanías Lauretanas, las invocaciones seculares a la Virgen que tradicionalmente concluyen el rezo del Rosario. A las ya conocidas el Papa Francisco ha decidido añadir tres nuevas: "Mater Misericordiae", "Mater Spei" y "Solacium migrantium", es decir: "Madre de la Misericordia", "Madre de la Esperanza" y "Consuelo" pero también "Ayuda" de los migrantes. Fue la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos la que comunicó esta disposición del Papa en una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias Episcopales. "Son incontables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha reservado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo", escribió en la carta el Cardenal Robert Sarah y el Arzobispo Arhur Roche, Prefecto y Secretario del Dicasterio del Vaticano. Ahora, especifican, "la primera invocación se colocará después de Mater Ecclesiae, la segunda después de Mater divinae gratiae, la tercera después de Refugium peccatorum". Aunque antiguas, las letanías - llamadas "Lauretanas" del Santuario de la Santa Casa de Loreto que las hizo famosas - tienen una fuerte conexión con los momentos de la vida de la Iglesia y la humanidad. Así lo afirman los dirigentes del Culto Divino, subrayando que "incluso en la época actual, marcada por razones de incertidumbre y desconcierto", el recurso "lleno de afecto y confianza" a la Virgen "es particularmente sentido por el pueblo de Dios". Este vínculo entre la espiritualidad y la concreción del tiempo, de la vida cotidiana. "Varios Papas han decidido incluir invocaciones en las Letanías, por ejemplo, Juan Pablo II añadió la invocación a la 'Madre de la familia'. Responden al momento real, un momento que presenta un desafío para el pueblo". "El Rosario, como sabemos, es una oración dotada de gran poder y por lo tanto en este momento las invocaciones a la Virgen son muy importantes para los que sufren por Covid-19 y, entre ellos, los migrantes que también han dejado su tierra".

 

TEXTO DE LAS NUEVAS LETANÍAS DE LA VIRGEN

 

 

Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

 

Dios, Padre celestial,

ten piedad de nosotros.

 

Dios, Hijo, Redentor del mundo,

Dios, Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

 

Santa María,

ruega por nosotros.

Santa Madre de Dios,

Santa Virgen de las Vírgenes,

Madre de Cristo,

Madre de la Iglesia,

Madre de la Misericordia,

Madre de la divina gracia,

Madre de la Esperanza,

Madre purísima,

Madre castísima,

Madre siempre virgen,

Madre inmaculada,

Madre amable,

Madre admirable,

Madre del buen consejo,

Madre del Creador,

Madre del Salvador,

Madre de misericordia,

Virgen prudentísima,

Virgen digna de veneración,

Virgen digna de alabanza,

Virgen poderosa,

Virgen clemente,

Virgen fiel,

Espejo de justicia,

Trono de la sabiduría,

Causa de nuestra alegría,

Vaso espiritual,

Vaso digno de honor,

Vaso de insigne devoción,

Rosa mística,

Torre de David,

Torre de marfil,

Casa de oro,

Arca de la Alianza,

Puerta del cielo,

Estrella de la mañana,

Salud de los enfermos,

Refugio de los pecadores,

Consuelo para los migrantes,

Consoladora de los afligidos,

Auxilio de los cristianos,

Reina de los Ángeles,

Reina de los Patriarcas,

Reina de los Profetas,

Reina de los Apóstoles,

Reina de los Mártires,

Reina de los Confesores,

Reina de las Vírgenes,

Reina de todos los Santos,

Reina concebida sin pecado original,

Reina asunta a los Cielos,

Reina del Santísimo Rosario,

Reina de la familia,

Reina de la paz.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

perdónanos, Señor.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

escúchanos, Señor.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

ten misericordia de nosotros.

 

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

 

ORACIÓN.

Te rogamos nos concedas,

Señor Dios nuestro,

gozar de continua salud de alma y cuerpo,

y por la gloriosa intercesión

de la bienaventurada siempre Virgen María,

vernos libres de las tristezas de la vida presente

y disfrutar de las alegrías eternas.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

 

 

Enviado por:


Jesús Manuel Cedeira Costales.

 


EL PAPA MODIFICA LAS LETANÍAS: AÑADE “MADRE DE LA MISERICORDIA”, “DE LA ESPERANZA” Y “CONSUELO PARA LOS MIGRANTES”


 

El Vaticano ha publicado hoy una carta del cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que ha enviado a los presidentes de las Conferencias Episcopales sobre las invocaciones “Mater misericordiae”, “Mater spei”, y “Solacium migrantium” para ser incluidas en las Letanías Lauretanas.

 

Las nuevas invocaciones, que se unirán a las letanías habituales en el rezo del rosario, serían traducidas al español como “Madre de la Misericordia”, “Madre de la Esperanza” y “Consuelo para los migrantes”.

 

Les ofrecemos la carta del cardenal Sarah, publicada en español por la Oficina de Prensa de la Santa sede:

 

 

CARTA A LOS PRESIDENTES DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES SOBRE LAS INVOCACIONES “MATER MISERICORDIAE”, “MATER SPEI”, Y “SOLACIUM MIGRANTIUM”…PARA SU INCLUSIÓN EN LAS LETANÍAS LAURETANAS

 

Desde el Vaticano, 20 de junio de 2020

 

Memoria del Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María

 

Eminencia,

 

 

Excelencia,

 

Peregrina hacia la Santa Jerusalén del cielo, para gozar de la inseparable comunión con Cristo, su Esposo y Salvador, la Iglesia recorre los caminos de la historia encomendándose a Aquella que creyó en la palabra del Señor. Sabemos por el Evangelio que los discípulos de Jesús aprendieron, desde el principio, a alabar a la “bendita entre las mujeres” y a contar con su intercesión maternal. Son innumerables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha dedicado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo. También en el tiempo presente, atravesado por motivos de incertidumbre y desconcierto, el recurso devoto a ella, lleno de afecto y confianza, es particularmente sentido por el pueblo de Dios.

 

Como intérprete de este sentimiento, el Sumo Pontífice FRANCISCO, acogiendo los deseos expresados, ha dispuesto que en el formulario de las letanías de la Bienaventurada Virgen María, llamadas “Lauretanas”, se inserten las invocaciones “Mater misericordiae”, “Mater spei” y “Solacium migrantium”.

 

La primera invocación se colocará después de “Mater Ecclesiae”, la segunda después de “Mater divinae gratiae”, la tercera después de “Refugium peccatorum”.

 

Me complace informarle de esta disposición para que sea conocida y aplicada y aprovecho la oportunidad para expresarle mi aprecio.

 

Suyo en el Señor

 

Robert Card. Sarah

 

Prefecto

 

+Arthur Roche

 

Arzobispo Secretario

 

 

 

Enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: infovaticana.com


CARTAS DE ESPERANZA DE 21 JUNIO DE 2020



 21 de junio de 2020


Hermano:

Hoy Jesús me dice que Él es el pan de vida: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo daré es mi carne por la vida del mundo». Y sus palabras llevan al escándalo. ¿De verdad no me escandaliza pensar que Jesús pueda partirse para darse? ¿No me confunde que, al partirse por todos, no sólo no disminuya, sino que aumente el poder de su presencia en cada uno? Es incomprensible. Yo me he acostumbrado a lo imposible. Lo adoro, lo recibo, sin darle el valor que tiene. Es un milagro que pueda recibirlo entre mis dedos y llevármelo a la boca. Es un milagro que su presencia me haga mejor persona. No comulgo porque soy bueno, comulgo para ser más humano, más compasivo, mejor hijo. La comunión es una gracia que no siempre fue comprendida. Las palabras de Jesús resultan escandalosas: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». A veces hasta a mí me pude llegar a escandalizar. Pero Jesús me lo vuelve a recordar: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él». Viviré para siempre si como su pan. Me gustaría sentir lo que siente S. Francisco: «Francisco utiliza en cierta ocasión una imagen: - El alma ha dejado todas sus inclinaciones. Desnuda está en la presencia de Dios. Entonces, se reviste nuevamente de las antiguas inclinaciones hacia los padres, el hogar, la patria y los amigos. Pero ahora se trata de inclinaciones nuevas, diferentes» . Comulgar con Jesús me hace renunciar a todo para estar vacío ante Él. Y al mismo tiempo volver a tomarlo todo entre mis manos, pero ahora con una mirada nueva. Llego a ser un hombre nuevo por la comunión. Jesús no me pide que renuncie a lo humano. No quiso que renunciara a comer su cuerpo y beber su sangre. En Él se une lo humano y lo divino, el cielo y la tierra. Leía el otro día: «Dios está en lo íntimo de cada ser humano. No es algo separado de nuestra vida. No es una fabricación de nuestra mente, una representación medio intelectual o medio afectiva, un juego de nuestra imaginación que nos sirve para vivir «ilusionados». Dios es una presencia real que está en la raíz misma de nuestro ser» . Su presencia dentro de mí es real. Y esa presencia se fortalece con la comunión diaria. Recibir a Jesús me hace más parecido a Él. Hace que mis sentimientos sean más los de Cristo. Logra que me parezca más a ese Jesús que iba por los caminos bendiciendo, dando la vida. Comulgar es ese paso imprescindible para que mi vida cambie y se parezca más a su vida. Quiero los sentimientos de Jesús: misericordia, bondad, verdad, justicia, autenticidad, humildad, mansedumbre, esperanza, alegría. Compartió la tristeza conmigo al ver tanto dolor y no poder hacer todos los milagros que deseaba. Sufrió el dolor al sentir la dureza del corazón del hombre que no se dejaba amar. Comparte conmigo la desilusión al no ver realizados tantos planes que anidarían en su alma. Y le dolería tanto ese madero de la cruz que acababa con esperanzas humanas tan valiosas. Me gustan los sentimientos de Jesús. ¡Qué lejos estoy! Puedo comulgar todos los días por gracia de Dios. Pero no se nota. No cambio tanto como quisiera. No soy de Dios como sueño. Miro con nostalgia al que me gustaría llegar a ser.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


viernes, 19 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 20 JUNIO DE 2020



 20 de junio de 2020


Hermano:

Me detengo a meditar en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Jesús ha querido quedarse conmigo. En su Cuerpo y en su sangre. Me conmueve ese amor tan de Dios, tan humano. Hoy escucho: «El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan». Somos un mismo cuerpo al comer de su Cuerpo. Somos una misma sangre al beber su Sangre. La unión con Jesús me une a muchos como hermanos. Pienso en la comunión que me une a todos los que comulgan. Es el don de la unidad. Aún así, participar del mismo pan y cáliz no me une a otros por arte de magia. Judas comió del mismo pan que Jesús partió y poco después lo traicionó. No bastó esa comunión en la comida y la bebida en ese día lleno de sombras y luces. En la oscuridad Judas se dejó tentar. Optó por la división, por la ruptura. Es cierto que a veces hay que romper con algo para iniciar algo nuevo. Pero Judas optó por un camino de muerte. Rompió el vínculo invisible del amor que se hizo lavado de pies. Y prefirió la soledad antes que la comunión que ofrecía el Maestro. Se quedó solo y dejó solo a Jesús con un beso con olor a muerte. La muerte de Jesús dio paso a la vida. Y la comunión con Él se hizo más fuerte. Comer de su cuerpo y de su sangre me une de una forma antes desconocida. Es verdad que me une a otros compartir con ellos la mesa, el techo, las ideas, los sueños. Pero la unión en Jesús supera las fronteras físicas, las fronteras entre la vida y la muerte. Ser de Cristo hace que todas las cosas sean nuevas. Es una amistad que nunca muere, nunca desaparece. Podrán morir otras amistades. Pero esas que están fundadas en Cristo son para siempre. Comer su Cuerpo y beber su Sangre me une de forma misteriosa a tantos que no conozco. Un mismo Cuerpo de Cristo. Una misma vida. Los mismos sueños y anhelos. Es un regalo de Dios. Pero no es magia. ¡Cuántas divisiones entre los que comen un mismo pan! No siempre resulta bien. Hoy vuelvo a creer en el don de la unidad. Compartir esta mesa rompe las distancias, acaba con las fronteras, con los idiomas diferentes. Me uno a todos los que ven la vida como yo. Aunque con diferencias, porque no soy una copia, soy original. Cada uno tiene su historia sagrada. El pan y el vino sellan una unidad nueva antes desconocida. Pertenecer a esta comunidad de santos, como se les llamaba en los primeros tiempos del cristianismo, es un regalo de Dios, no un derecho. Poder participar de la comunión no es un premio por mi buen comportamiento. No pertenezco a una comunidad de inmaculados. Todos pecamos. Yo peco. Me alejo de Dios y no soy fiel. Poder comulgar es mucho más que un derecho, es un don, una gracia. Es gratuito, no me lo merezco. Es alimento para el camino. Es una necesidad. Es un viático que me da fuerzas para la lucha. Es un regalo que me permite vivir de su amor, cuando compruebo que quiero vivir orientado a Dios. Como decía S. Ignacio de Antioquía: «No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible. No quiero ya vivir más la vida terrena». Me gustaría vivir así todos los días, deseando el cielo, aspirando a pasar por la puerta que se me abre hacia lo alto. No lo hago siempre. Me apego de forma excesiva a los gustos del mundo. Empiezo a disfrutar muchos otros alimentos, todos esos alimentos de este mundo que me encantan. ¿Acaso está mal? No lo está siempre que no sea en exceso, siempre que no me olvide del cielo. Es verdad que es bueno que ame la tierra, muy bueno que viva amando en lo humano. Jesús hizo sagrado lo humano con sus pies y sus manos de carne. Jesús se queda conmigo en su Cuerpo y su Sangre, en medio de mi camino. Quiere que comulgue, que viva de la comunión. Quiere esa intimidad conmigo cuando está en mi alma y me susurra palabras de amor, y yo a Él. No siempre he valorado tanto como ahora la comunión sacramental. Ahora en esta pandemia me invitan a la comunión espiritual. Me piden que la reciba con el corazón abierto. Sólo los sacerdotes hemos podido recibirla todos los días. Soy consciente de la ausencia que provoca no poder comulgar cada día. Añoro la comunión sacramental que no es posible en tiempos de guerra como los que vivo. Confinado participo en la eucaristía de forma virtual. Renunciar a estar con otros en misa es una forma de ser solidario. Es una renuncia por amor. No porque me lo prohíban. Yo la elijo. Es un acto de madurez, es la forma que tengo de ser generoso. Esa comunión espiritual tiene una fuerza que desconozco. Tiene Jesús una presencia que me desborda. Me gustaría que fuera de otra forma, pero no lo es. No puedo romper las normas que el mundo me pide que respete. Por cuidar la salud de los más vulnerables. Me lo pide el mismo Jesús. Parece contradictorio, pero no lo es. Él se encargará de darme en este tiempo una presencia suya muy fuerte en mi familia, en mi iglesia doméstica. Me regalará una hondura en mi relación con Él que nunca hasta ahora he disfrutado. Eso es lo que le pido. La comunión nunca es un derecho exigible. Es más bien un don inmerecido para todos. Para el sacerdote que de forma milagrosa consagra el pan y el vino en sus manos. Y para el que lo recibe no por ser puro, sino por ser un hombre enfermo que necesita esta presencia para sanar.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


jueves, 18 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 19 JUNIO DE 2020



 19 de junio de 2020


Hermano:

Me gusta de vez en cuando mirar hacia atrás con el corazón agradecido. Me gusta pensar en mi historia santa que voy haciendo de la mano de Dios. Él teje una obra de arte con los hilos torpes y frágiles de mi carne y mi alma. Ha respondido a mi anhelo profundo y me ha abierto una puerta en medio de las oscuridades de la noche. Una puerta llena de luz. Me ha conmovido su paso rápido o lento a mi lado, guardando la distancia. Para no presionar, para no invadir, para no forzar la libertad que Él tanto respeta. He palpado su mano cuando todo parecía perdido. Como ahora, cuando veo desmoronarse a mis pies el mundo con el que he soñado. No era perfecto, pero estaba lleno de mis hábitos, de mis sueños, de mis pasos. Cuando todo se rompe de golpe sin que yo tenga la culpa sólo me queda caminar en medio de mi desierto. No aflojar el paso, no calmar la voz, no dormir la fuerza de mi voluntad firme y segura. Sólo me queda confiar como si al final del túnel fuera a aparecer una luz segura, un rayo constante, un fuego que dé claridad a mis pasos oscuros. ¿Cómo no seguir confiando cuando miro la historia de los santos en la que Dios ha estado oculto, agazapado, dispuesto a dar el salto por salvar una vida? Hoy escucho cómo el pueblo de Dios camina cuarenta años por el desierto. Tiene dudas, miedos y desean de volver a su hogar abandonado, donde eran esclavos, pero vivían seguros y saciados. Dios se compadece de su pueblo, de su hijo y se convierte en su compañero inseparable, de forma especial en los tiempos más duros: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón. Te alimentó con el maná para hacerte reconocer que no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. No olvides a tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres». Me gusta cómo hace memoria el pueblo judío. ¿No se parece ese desierto al tiempo que vivo ahora? Quisiera que todo pasara y poder llegar a una tierra prometida y desconocida al mismo tiempo. Un hogar todavía no habitado. Una riqueza que aún no he degustado. Me recuerda ese desierto en el que agua y el pan son escasos al tiempo que vivo ahora. También siento que me falta pan, que me falta agua. El hambre y la sed de infinito en este desierto de la pandemia. Dios me quiere dar sólo un maná como alimento, igual que a ese pueblo esclavo que escapaba hacia la libertad. ¿No soy yo un esclavo de tantas cosas en mi vida aburguesada? Esclavo de placeres y posesiones. Esclavo de éxitos y deseos satisfechos. Esclavo de dinero y logros. Sí, lo soy, y vivo ahora en el desierto echando de menos como el pueblo judío las comidas de mi tiempo de esclavitud. Esclavo, pero con el estómago lleno. Ahora sueño con ser libre con el estómago vacío. Tengo hambre y sed y sólo recibo un maná temporal, que se echará a perder el mismo día, como el que comía el pueblo judío en ese desierto. Dios viene a mi vida para cada día. Me alimenta para cada jornada. Pero yo le pido a Dios que me garantice el futuro, los próximos meses. Quisiera congelar el pan para ir sacándolo cuando fuera necesario. No me basta ese maná caduco de un día. Tengo miedo a la provisionalidad de mi vida. Sólo un día garantizado. Dios no pudo salvar la vida de Jesús a mi manera, como yo hubiera deseado. Usó otro camino, el menos pensado, el menos esperado. También el menos soñado para Él, pero los hombres fueron libres. Salvó a Jesús desde la cruz devolviéndole la vida, cuando ya estaba muerto. Lo mismo hará conmigo, aunque ahora me parezca que se derrumban todos mis seguros, mis fortalezas, mis pilares. Todo parece venirse abajo en medio de una pandemia sin final claro, sin ver la luz al final de la oscuridad del túnel. Tengo miedo como esos niños que no quieren cerrar los ojos en medio de la noche. Temen los fantasmas y los ruidos que la oscuridad guarda. Surge el miedo en mi alma al pensar en todo lo que viene. No hay certezas, no hay seguridades. Me asusta esta vida esquiva. Guardo ese maná diario en mis manos queriendo sostener la vida, retenerla hasta su último aliento. No quiero que llegue el final de lo que amo. Deseo el comienzo de lo que sueño y sigo caminando por el desierto. Pesa el sol de los miedos. Duele la fatiga de una vida llena de amenazas. ¿Quién protege mi vida? Dios la protege. La de ahora temporal y sobre todo la eterna. Esa que se hará plena en un cielo que ahora ni imagino. ¿Cómo no voy a dar gracias a Dios por todo el bien que me ha hecho, y por todo el bien que me hará? Quiero alabar a Dios con las palabras que he rezado en el salmo: «Alaba a tu Dios, Sion. Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina». Dios me bendice para cada día. Sujeta mis pies para que no den malos pasos. Sostiene mi alma para que no se deje llevar por la desesperanza. Cada día tiene su afán y preocupación. Jesús camina cada día dándome su alimento. Su cuerpo y su sangre. El maná que necesito para seguir soñando y sufriendo. Todo en sus manos.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


miércoles, 17 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 18 JUNIO DE 2020


 18 de junio de 2020



Hermano:

Me gustan las personas con ideas claras. Esas que no se amilanan ante el primer inconveniente en medio de su camino. Aquellas que luchan contra la marea, contra los vientos contrarios, queriendo llegar siempre al puerto marcado. Me gustan los hombres de una sola idea, capaces de vencer en todas las adversidades porque arde un fuego en sus corazones que los anima a seguir luchando. Comenta Nietzsche: «Temo al hombre de una sola idea». Es temible ese hombre que no es fácilmente manipulable. Sabe lo que quiere, tiene claro hacia dónde va, ama la idea que habita su alma e incluso, cuando las circunstancias son adversas, no duda, no se desanima, sigue corriendo y creyendo que todo es posible. Ese hombre insobornable me asusta. No tiene un precio. No se le puede comprar. Tiene un gran amor en su alma y no deja que se apague, que se ahogue, que muera. El otro día leía una frase de François de La Rochefoucauld: «La ausencia disminuye las pequeñas pasiones y aumenta las grandes, lo mismo que el viento apaga las velas y aviva las hogueras». Quisiera ser yo también así. Tener una idea, un fuego en el alma, un sueño, una pasión por la vida que no se apaga con el viento, ni con la ausencia. Quisiera mantenerme fiel en el tiempo perseverando por aquello en lo que creo. Me dicen que soy obsesivo a veces. Que me empeño en algo y no cejo hasta que lo consigo. Como una ardilla que no deja de perseguir esa bellota que desea. Tengo algo de eso, y es que no quiero ser de los que cambian volátilmente de una cosa a otra desperdiciando la vida, dependiendo de lo que los demás ven, creen o piensan. Me gustaría perseverar hasta la línea de meta, entregándolo todo sin querer guardarme nada. Llegar hasta el final movido por el viento. Quiero ser fiel a ese sueño que Dios ha sembrado en mi alma. Creo en las personas que se juegan la vida en todo lo que hacen. Toman la iniciativa, se ponen en camino, no aguardan a que los demás hagan lo que es de todos. En esta entrega no llevan cuenta del bien que hacen, no se comparan. No tienen miedo a perder y se arriesgan. Confían en que siempre pueden ganar. Pero lo más importante es que se dan por entero sin temer la posibilidad de la derrota. Viven sin reservarse nada. Sin miedo a perderlo todo. He descubierto a mi alrededor personas enamoradas de la vida que la aman hasta el final. Y me he topado con otras que sufren sin amar con ese miedo a perder que congela sus almas. Elijo el fuego de las primeras. Y me duele la angustia de las segundas. Muchas personas ante las contrariedades y dificultades se vienen abajo y no luchan más. Desconfían del futuro. Como si las cosas no fueran a mejorar nunca. Conozco a otros que están construyendo para la eternidad y no se desaniman cuando comienzan los pequeños fracasos que trae la vida. Cuando se levantan muros que impiden ver el futuro ellos se alzan por encima y miran el mañana. Creo en esos enamorados de Dios y de la vida que confían no sé bien cómo en un futuro prometedor que aún no ven. Quiero ser yo de esos que sueñan con lo imposible en medio de tantos desastres. Quiero ser yo de los que levantan castillos en el aire aún sin tener medios para hacerlo. Quiero ver oportunidades donde muchos ven posibles derrotas y viven con miedo. Me gusta la alegría confiada de los santos que no se acaba nunca y los lleva a luchar empecinados contra toda adversidad. Me gustaría contagiar confianza en todo lo que hago y encender el fuego en otros corazones en las batallas. Si soñamos un sueño común, las posibilidades de conseguirlo aumentan. Si consigo que mi idea la sueñen otros mi idea se volverá más fuerte, eso siempre pasa. Hay un anhelo de infinito muy dentro de mí. Comentaba Marcos Abollado en una conferencia: «El tiempo es la excusa de los cobardes. ¿Tengo un sueño o una visión? Es necesario convertir un sueño en visión. Dar un primer paso». Cuando el sueño se convierte en visión todo cambia. Dejo de construir castillos sin sentido y me pongo manos a la obra. Mi sueño es realizable y se convierte en pasión, en proyecto, en deseo compartido por otros, ya no solo mío. Una visión puede cambiar la realidad y hacerla mejor de lo que es ahora. Temo al hombre de una sola idea. Ese luchador movido por una pasión que habita su alma. Es lo que yo quiero. No me desanimo. Me pongo en marcha y aparto los impedimentos que quieren detener mis pasos.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


martes, 16 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 17 JUNIO DE 2020



 17 de junio de 2020


Hermano:

Me asusta esta nueva normalidad de la que hablan. Esa normalidad tan llena de prohibiciones e impedimentos. ¿Será una vida castrada la que me ofrecen? De mí depende. Me da miedo moverme entre señales de tráfico que señalan límites infranqueables, resaltan las no posibilidades que tengo ante mí y los caminos que no puedo recorrer. No pierdo el ánimo ni la esperanza. Tengo claro que está en mi mano alterar el mundo, cambiar los vientos, disponer nuevas rutas antes imposibles y lograr que las corrientes del mar cambien su rumbo. Está en mi corazón que se puede abrir si dice que sí a los nuevos deseos de Dios para mi vida. ¿Será posible vivir sin miedo cuando es tanto lo que puedo perder? Puedo perder más de lo que ya he perdido. Puedo ganar más de lo que nunca he ganado. La actitud del alma es la que lo cambia todo. El otro día escuchaba una canción de Fito Páez: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón. Como un documento inalterable. No será tan simple como pensaba, como abrir el pecho y sacar el alma. Una cuchillada del amor. Y te daré todo y me darás algo, algo que me anime un poco más. Cuando no haya nadie cerca o lejos, yo vengo a ofrecer mi corazón». Lo importante es la entrega de la vida, del corazón. ¿A quién le entrego el alma, la vida, el corazón? A alguien que no me hiera, no me mate y no me deje solo. Es importante lo que ofrezco y a quién se lo entrego. Miro a Dios en este tiempo incierto. Vengo a ofrecerle a Él mi corazón. Como María al abrir su alma ante el Ángel de Dios. Un hágase que me rompe por dentro. Vengo a ofrecer el alma, abriendo el pecho. Y dejando que Dios en su Espíritu me penetre. No quiero una nueva normalidad que norme mis pasos, vigile mis gestos y acabe con mi voz. No quiero dejar de expresar lo que llevo dentro. No dejaré nunca de ser normal, de ser yo mismo, de amar por entero, de vivir entregado. No dejaré nunca de soñar nuevos caminos, nuevas vidas, nuevas formas de entregar el mismo amor que nace dentro de mi alma, de mi vida. Ese amor siempre nuevo. Como la vida que me regala el Espíritu que lo hace todo nuevo. Jesús hacía todas las cosas nuevas en su camino a la cruz, muriendo. Es lo que yo quiero en este tiempo nuevo que Dios me regala. No quiero volver a lo de antes. No quiero una nueva normalidad llena de reglas. Quiero, eso sí, una nueva forma de vivir, de amar, de decir te quiero. Una nueva pasión por la vida que se me regala como un don, cuando pase esta tempestad que me asola. Quiero una nueva forma de seguir los pasos de Jesús agradecido, con el viento dentro, muy dentro. Lo importante es entregar mi corazón. Ahora de forma nueva, venciendo los miedos que quieren poner límites a mis pasos y vender muy caro el abrazo más tierno. Quiero una nueva forma de entender la vida en la que lo más valioso será lo personal, lo humano. Porque es en lo humano, en lo más humano, donde Dios se hace presente y vivo: «Lo humano es la puerta que nos permite entrar en lo divino. De hecho, las experiencias más intensas de comunicación, de amor humano, de dolor purificador, de belleza o de verdad son el cauce que mejor nos abre a la experiencia de Dios». Y he acariciado mucho lo humano en este tiempo sin pensar que estaba acariciando a Dios con mis pobres manos. Así que le digo que sí a ese Dios que ha entrado en el espacio sagrado de mi tienda, donde soy yo mismo, un niño abrazado a la pierna de su madre. Con miedo a soltarse y caer del nido. No importa el salto siempre que sepa a quién le entregado mi confianza, mis intimidades, mis deseos más hondos y verdaderos, mis proyectos más sublimes. No importa mientras tenga claro que no quiero escribir sobre la arena verdades profundas, porque las olas del mar se llevan mis letras. Escribiré mejor con mi propia sangre las verdades que hoy me despiertan. Sí, sueño con un mundo nuevo. No con un mundo normal. No con una vida como la de antes. Sé que hacer todas las cosas nuevas es un reto. Más aún cuando tiendo a esclavizarme en rutinas. Acepto el reto de estos cielos nuevos que rompen en un rojo intenso al caer la tarde de mi vida. Y me ato a la vida con mí sí sincero. Sí, quiero, yo vengo a ofrecer mi corazón. «El alma desciende nuevamente por la ‘escala de Jacob’ del amor. Ama nuevamente la patria, los bosques y las flores, la familia y los amigos, el arte y la ciencia. Pero los ama con un amor nuevo: no ya porque el yo terreno los apetezca, sino por el bienamado Padre del Cielo, que ha creado todos esos bienes y quiere ahora que su hijo se alegre por ellos». Quiero un amor nuevo, más libre. Una mirada nueva, más agradecida. Un corazón nuevo, más compasivo y solidario. Un abrazo nuevo, más hondo, hasta lo más profundo del alma. Una vida nueva revestida de esperanza. Unos pasos nuevos, más confiados en medio del mundo. Unos límites nuevos, los que Dios despliega ante mis ojos. Unas palabras nuevas que llenan de esperanza. Unos vínculos nuevos, que nadie pueda romper porque están forjados en el corazón herido de Jesús. Una nueva forma de vivir amando el presente, sin temer tanto el futuro. Con mi anclaje en lo más profundo del corazón de Dios.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


lunes, 15 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 16 JUNIO DE 2020


 16 de junio de 2020


Hermano:

Tengo claro que no quiero ser vanidoso. Incluso si me lo llaman diré que no es cierto, que no lo soy. Puede que se equivoque quien me juzga. O quizás soy yo quien no veo las intenciones escondidas en mi alma. ¿Seré de verdad vanidoso? El orgullo y la soberbia se esconden en los pliegues de mi corazón. Y al mismo tiempo me doy cuenta de lo verdaderamente importante en la vida. Es la humildad lo que todos valoran en los demás. Pero aun teniéndolo claro veo cómo son pocos los que quieren cultivar ese rasgo en su personalidad. Como si la humildad estuviera asociada con la debilidad, con la pusilanimidad o la fragilidad. Me evocan un alma enferma que no tiene nada en su haber de lo que poder gloriarse. Jesús me pide que sea manso y humilde de corazón. Pero mi orgullo me lleva a ser poco manso y a buscar el reconocimiento. Me vuelvo competitivo. «Si quiero llegar a ser humilde, debo saber primeramente que soy alguien, debo saber que represento algo con consistencia propia. De otro modo, no puedo cultivar una humildad adecuada. Lo que tendré en ese caso será siempre, en el fondo, una conciencia de inferioridad». La humildad tiene que ver con la verdad. No quiero caer en la falsa modestia. Si hago algo bien no necesito ocultarlo. Lo importante es que lo viva con libertad, sin complejos y sin creerme importante. No quiero caer en la vanidad y el orgullo. Pero a veces pretendo que no destaque el que destaca. Deseo que no triunfe el que triunfa. Que no sea alabado el que hace algo bien. El problema entonces es mío. Como esa monja que decía: «Clavo que sobresale en comunidad con un buen martillazo se iguala». La envidia me hace mucho daño. Logra que desee el mal de otros. O que no obtengan demasiados bienes. Me comparo y pienso que los demás son más amados, más valorados, más tomados en cuenta que yo. «La envidia es la tristeza por un bien que posee el prójimo en cuanto implica un menoscabo o un perjuicio para uno mismo». La envidia entristece mi ánimo, nubla mi espíritu y me quita la paz. La humildad entonces tiene que ver con mi verdad. Necesito aceptarme y quererme como soy. Amarme en mi valor, para poder darme sin miedo. Ser yo mismo sin pretender que todos me amen. No quiero caer en la vanidad ni en el orgullo. No me dará más felicidad ser mejor que otros. No me hará sentir mejor el fracaso de los que brillan. Eso no es lo importante. Lo que vale es ser yo mismo y ser fecundo siéndolo. No es necesario que oculte mis dones y talentos. Dios los puso en mí para que los entregara. No lo hago por vanidad, sino por amor a la vida, al servicio. Esa actitud del corazón es la que deseo. Miro a Jesús en su verdad. Él sólo me pide que sea manso y humilde de corazón. Que no busque el reconocimiento ni la alabanza. Que no pretenda ser mejor que nadie. Sólo me pide que sea experto en lo que sé hacer bien. Experto en el amor, en la entrega. Experto en ese don que ha sembrado en mi alma. Marcos Abollado, en una comunicación que hizo en la CIEE explicaba, citando a Malcolm Gladwell, que, para alcanzar la excelencia en una materia, uno debe acumular de diez mil horas de práctica. Puedo ser experto en el don que tengo, si lo cultivo. Puedo ser experto en alegría, si invierto muchas horas siendo alegre. Pero puedo ser experto también en la queja, si no dejo de quejarme todo el día. Es importante que sea experto en dar el don que Dios ha puesto en mi corazón. No quiero guardarme lo que tengo alegando que sólo busco ser humilde. Estoy siendo egoísta cuando no comparto lo que Dios me ha dado. Puede que en algún momento Jesús me pida que renuncie a entregar mi talento. Pero que no suceda porque busco, amparado en una falsa modestia, pasar desapercibido. Eso no es lo que Dios quiere. Quiero cuidar no caer en la vanidad. La humildad es un don de Dios que suplico cada día. Un don que brota de una experiencia sanadora: saberme amado profundamente por Dios y amado por los hombres. Ese amor me salva. No necesito mendigar reconocimiento ni exigirlo. La humildad me hace consciente de mi pobreza. Soy niño, pobre, hijo. Es Dios el que conduce mi vida y me lleva hasta su corazón. Su carne, su cuerpo, son mi camino de santidad. La pobreza es el camino que tengo para tocar mi debilidad. La experiencia de la humillación me acerca con facilidad a la humildad. Cuando soy difamado, criticado, o juzgado soy más humilde. A veces me defiendo pretendiendo defender la verdad. Jesús guardó silencio. Fue manso y humilde. Es lo que me pide. Que acepte con humildad las críticas, aunque sean falsas. Los juicios, aunque no se correspondan con la verdad. Jesús vivió esas humillaciones y me ha mostrado el camino que he de seguir. Deseo esa humildad unida al amor. «Humildad sin amor es inconcebible, sería siempre una enfermedad, no sería humildad». Humildad amando mi verdad. Sin rencor hacia nadie. Sin desprecio hacia los demás. Estoy llamado a ser humilde y lleno de compasión.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 14 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 15 JUNIO DE 2020



 15 de junio de 2020


Hermano:

El amor de Dios Trino es el amor de un Dios que es hogar y familia. La Trinidad me habla de un amor perfecto mientras todos mis amores en la tierra son imperfectos. Pero al ver ese amor para el que estoy hecho surge en mi corazón el deseo de amar más. Hoy escucho: «Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros». Ese amor infinito, trinitario, quiere sacar lo mejor de mí. Yo contemplo ese amor que me ha creado y me alegro. La comunión, la familia, el hogar es la expresión del Dios Trino. Un amor que se comunica y se entrega, no se guarda. Hoy vuelvo a escuchar: «Tanto amó Dios al mundo». Dios me ama con un amor infinito. Un amor tan grande que acepta incluso el rechazo y la muerte. Pienso en los amores humanos que conozco. Quisiera que se parecieran a un amor así. He visto algunos amores que sí reflejan ese amor trinitario. Amores casi perfectos que han reflejado en mi vida ese amor de Dios Trino. Son un reflejo humano de su amor infinito. Me gustaría que mi forma de amar fuera tan grande. «Una carmelita muere a los 26 años. La víspera escribió: - A la luz de lo eterno se ven las cosas en su verdad. Todo lo que no ha sido hecho con Dios está vacío. Marcad todo con el sello del amor. Cada minuto es para enraizarnos en Dios. Esta intimidad con Él en el santuario de mi corazón ha iluminado mi vida. Es lo que me sostiene en medio de mi sufrimiento. Él está en mí. Todo pasa. En la tarde de la vida sólo queda el amor. Quien mira la vida con amor no muere». Me gusta esa mirada sobre la vida. Cuando llegue el final de mi vida lo que quedará será el amor. No mis grandes gestas profesionales. Ni el dinero conseguido. Ni los títulos, ni las conquistas. Sólo quedará el amor humilde entregado. Ese amor derramado es lo que me sostiene. Quedará la marca de mi amor en medio de los hombres. Un amor sacrificado, no un amor que se busca a sí mismo de forma enfermiza. El amor trinitario se entrega, no se queda encerrado en sí mismo. El amor generoso siempre se multiplica, no se pierde. Cuando amo en verdad mi amor saca lo mejor de los demás. Puedo amar a más personas y el amor no se divide, se hace más grande, más hondo. El amor de Dios Trino es un amor que me enseña a amar. Hay tanta inmadurez en el amor. Hay tan pocas personas que amen de forma generosa. Hasta el extremo. Sin ponerse en el centro. Cuando sólo me busco a mí en las relaciones pretendo que todos giren en torno a mis necesidades y deseos. Y cuando no lo hacen me lleno de críticas y quejas. Le exijo más a la vida y siempre me pregunto cuántas cosas más pueden darme, cuánto amor me falta. Sólo cuando lo obtengo soy feliz. Pero en cuanto me fallan y siento que yo estoy amando más, entro en crisis. Me rebelo contra lo que considero injusto. No me importa que me amen más. Me preocupa estar amando yo más. Un amor así no es el amor de Dios. Hoy miro a Dios Trino. Me siento tan pequeño, tan hijo. Quisiera reflejar ese amor del Dios Trino. Imploro que venga a mí el Espíritu Santo para poder volver a nacer. Amar con el amor de Dios es lo único que deseo. «Como el cuerpo ha sido creado para el alma, así lo ha sido el alma para el amor. Dios, que ha creado al hombre a su imagen y semejanza, quiere que, como en Él, también en el hombre suceda todo por amor y para el amor» . Soy un mendigo de amor. Se me olvida que Dios también necesita mi amor. Él es mendigo. Pero vive amándome sin esperar nada. Sólo aguarda ante mi puerta cerrada. Quisiera vivir en Él para poder amar desde su corazón. Sólo Él puede enseñarme una forma adecuada de amar. Cuando dejo de mirarme a mí mismo en la entrega, cuando no vivo reservándome por miedo a perder. Soy tan mezquino, tan egoísta en mi forma de darme. Miro a ese Dios que es familia. Un amor que no se pierde. Llega a todos. No escatima. No espera a recibir antes de dar. Un amor asimétrico que no sueña con la simetría. Simplemente se da. Hay más alegría en dar que en recibir, aunque crea a veces que es justo al revés. Me equivoco. Hay más alegría al entregar mi vida sin esperar antes a ser amado. He sido creado para amar. Y el amor que recibo es el que me hace amar con generosidad. Cuando recibo rechazo y desprecio me cuesta más amar a mi prójimo. Vivo herido. Pero en mi herida, en mi fragilidad, estoy llamado a ser el reflejo humano del amor trinitario. Eso me sostiene. No soy un organizador de eventos, no soy un salvador. Sólo soy un sanador herido. Un amante amado. Un enamorado necesitado de amor. Un soñador insaciable. Un hacedor de puentes. Un pacificador de almas. Un liberador de miedos. Un alentador de sueños imposibles.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


sábado, 13 de junio de 2020

DIOS ESTÁ LOCO: LA EUCARISTÍA


 

I.    El amor pide cercanía. Las personas que se quieren no aguantan la lejanía del otro, se sufre su ausencia, desean estar juntas, cara a cara. «Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura, mira que la dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura». Es la expresión poética de san Juan de la Cruz que nos confirma que, sin la presencia del amado, de algún modo, uno está herido, se muere.

     Una campaña de propaganda de la Compañía Telefónica de España, hace años, proclamaba: «Lo importante es hablar». Evidentemente quería incentivar el uso y consumo del teléfono. Pero podemos decir que el mensaje no es verdadero. Al niño que ama a su padre que está de viaje por motivos profesionales, lejos del hogar, incluso en el extranjero, no le basta hablar: quiere tener a su padre en casa, no lejos. Incluso hoy, con el progreso y posibilidades de los terminales telefónicos respecto de esa campaña publicitaria (era anterior a los teléfonos móviles inteligentes, por supuesto), con los cuales podemos vernos por vídeo y hablar, no basta. Queremos el cara a cara de aquel a quien amamos. El invento de todo Dios para estar cara a cara, cercano, en signo sacramental, pero real, ha sido la Eucaristía. Estos días de pandemia la distancia respecto del Sacramento se ha hecho muy dura. Quizá Dios lo haya permitido para que creciéramos en hambre verdadera de él…

 

II. «Quiero estar siempre contigo y para eso invento quedarme», no de modo estático, claro está. Ese es un gran malentendido sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Su presencia y cercanía es siempre dinámica: las palabras «Esto es mi Cuerpo /mi Sangre que se entrega por vosotros» son permanentes y actuales en cada momento. No agotan su contenido una vez que las pronuncia el sacerdote para que se realice la presencia real de Cristo sobre el altar mediante las formas y el vino. «Se entrega». El amor es entrega, es donación. Hoy nuestra civilización ha vaciado el contenido de la palabra amor, sensibleramente, eróticamente, y ha perdido la entraña última que genera la unión verdadera de las personas, que expresa lo que es el amor: la entrega, la voluntad de donarse al otro. «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): extremo de su existencia, hasta el fin; extremo en intensidad, entregándose a sí mismo.

 

III.   Hay una expresión hogareña en la que el marido o la mujer pueden llamar al otro: «¡Mi vida!» También los padres a los hijos: «¡Mi vida!» A veces incluso elevando la voz y con cierto enfado si se ha hecho algo mal. No importa: ¡mi vida! El que así habla suele desvivirse por el otro. Desvivirse es un verbo denso y rico de nuestra lengua castellana: es vivir la vida, dando la vida para que otros tengan vida. No hay aquí ningún juego de palabras. Vuelve a leerlo y lo verás.

     La Eucaristía es el desvivirse de Dios por nosotros: vivir su Vida (divina, eterna…), dando su Vida…, para que nosotros vivamos. Y aquí entra otro aspecto de la Eucaristía. Se vive cuando uno se nutre y bebe. El hambre provoca la muerte. En la Eucaristía el que es vida eterna, y se nos quiere dar para que le comamos («Tomad y comed»), quiere ser comido, comulgado. Por eso, se puede decir con verdad que sin Eucaristía no se puede vivir.

      Evidentemente, en camino hacia la eternidad, pero cuando llegue la muerte todas esas comuniones, que han asimilado a Cristo resucitado, serán en nosotros semilla de vida eterna en la resurrección. «Sine Dominico, non possumus» («No podemos vivir sin celebrar el día del Señor — sin la Eucaristía», decían los mártires de Abitinia, al ser declarados reos el año 304, durante la persecución del emperador Diocleciano (SAN JUAN PABLO II, Dies Domini, 46; BENEDICTO XVI, Homilía en la clausura del Congreso Eucarístico Nacional Italiano de Bari [29 de mayo de 2005]).

 

Nuestro Dios está loco (de amor): cercano, entregado, para que le comamos y vivamos. ¿O somos nosotros los locos porque no nos enteramos?

Todo esto… y mucho más… es el Corpus Christi.

 

 

 

Enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: Texto de Pablo Cervera Barranco. Redactor Jefe de MAGNIFICAT, ed. española.


CARTAS DE ESPERANZA DE 14 JUNIO DE 2020



 14 de junio de 2020


Hermano:

Creo en ese Dios que es Trino. Ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creo en esa Trinidad que vive desde ese amor exagerado que se abre y se entrega a todos los hombres. Hoy escucho: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros». El amor trinitario es un amor de comunión que se dona, que se hace entrega continua. Ese amor se derrama sobre el hombre. Ese amor me impresiona, me sobrepasa y me atrae de forma inevitable. Quiero a ese Dios que me ama y quiero amar como me ama Dios y no lo consigo. Creo que mi felicidad está dentro de mí, pero no es así, está fuera. Hay algo fuera de mí hacia lo que tiendo y sin lo cual permanezco incompleto. «Mientras el ser humano siga siendo un ser creado y limitado, no encontrará, como lo hace la Trinidad, la satisfacción en sí mismo. Todos sus impulsos relativos al ser, al amor y a la actividad tienden para su propio despliegue, su plenitud y felicidad hacia su fuente originaria, hacia Dios. Esos instintos son fuerzas primordiales del alma que despliegan una poderosa fuerza que promueve la entrega a Dios» . No encuentro la satisfacción de todos mis deseos dentro de mí porque estoy incompleto. Ese Dios todopoderoso me necesita. Ese amor Trino necesita volcarse sobre mí. Y para acercarse a mi indigencia el amor de Dios se hace carne en Jesús. El hijo, Jesús, se queda en medio de los hombres, haciéndose un hombre entre los hombres. Dios quiere hacerse historia, limitarse en el tiempo, someterse a todas las debilidades de los hombres. Acepta toda su fragilidad menos el pecado. Porque el Hijo de Dios no puede estar roto por dentro. No puede hacer el mal queriendo el bien. En Jesús no hay división. Sus actos y sus pensamientos están integrados. En Jesús no hay maldad, ni envidia, ni egoísmo, ni rencor, ni palabras hirientes. Es imposible que la bondad sublime e infinita tienda al mal. El hijo de Dios es hombre y Dios al mismo tiempo. Pero se ha limitado voluntariamente en todo el poder que posee. Dios es amor y no puede negarse a sí mismo. Jesús es Dios, es el hijo de ese «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Dios todopoderoso, por su amor compasivo, se entrega a los hombres como un hijo indefenso. ¿Qué bien puede traer a los hombres un Dios impotente? A menudo no lo entiendo. El hombre quiere y necesita en su vida un Dios todopoderoso. Necesita un Dios que solucione sus problemas, no simplemente un Dios que permanezca a su lado sin hacer nada. Si Dios todo lo puede, ¿no podría acabar de golpe con todos mis miedos? ¿No podría salvarme de todas mis angustias? El Dios Trino, poderoso, ese amor misericordioso sin medida no quiere imponerse a los hombres. No avasalla con su fuerza. No obliga a dar amor, ni siquiera a recibirlo. El amor que yo doy pretendo que lo acepten siempre. Incluso aunque no lo quieran, yo exijo que lo acepten. Porque soy muy generoso y quiero que lo alaben. Pero Dios no es así. No pretende que el hombre lo ame a la fuerza o movido por el miedo. ¡Cuántos cristianos aman a Dios movidos por el miedo! Temen el castigo del infierno, temen una vida eterna infeliz, lejos del amor de Dios. Y aceptan obligados sus normas y preceptos. No es un amor puro. Es un amor motivado y encendido por el miedo. Mejor amar que odiar a quien me puede castigar, piensan. De nuevo importa la imagen de Dios que llevo grabada en el alma. O me mueve la experiencia de la misericordia o me mueve el temor a un Dios que puede tomar represalias si no me comporto como Él espera. Quiero confiar en ese Dios que me ama. No quiero que el temor me mueva en nada. El amor de Dios se derrama en su hijo Jesús. Se hace carne para que el hombre vea cómo es Dios. Miro a Jesús en este día. Se hace uno de ellos. ¿Lo amarán los hombres tanto como Él los ama? Muchos rechazan ese amor. No pueden soportar tanta misericordia y se rebelan contra la bondad. Prefieren la oscuridad de las tinieblas y rechazan la luz del sol. Yo creía que la bondad no podía ser rechazada, ni el amor, ni los abrazos, ni la ternura. Pero no es así. El hombre puede rechazar la verdad, el amor y la bondad. Pensaba yo que era imposible que Jesús fuera repudiado por los suyos. Imposible que la luz que ilumina los caminos fuera ignorada. Pero he visto que no es así. Yo mismo rechazo a Dios tantas veces en mi vida. Huyo de su presencia, de su amor infinito, de su luz y me refugio en mi egoísmo. No quiero sufrir y prefiero que sean otros los que sufran. No soporto un amor tan grande al que no puedo corresponder. No quiero estar en deuda con Dios. No quiero deberle nada. Quiero el equilibrio, la paridad. No quiero deber algo a alguien y menos a ese Dios todopoderoso que se muestra indefenso.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


jueves, 11 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 12 JUNIO DE 2020



 12 de junio de 2020


Hermano:

¿Cómo ponerle palabras a lo que habita mi alma? ¿Cómo encauzar las aguas de mi espíritu? ¿Cómo contener el fuego de mi interior? Bullen en mi corazón mil sentimientos sin nombre. Tantos abrazos contenidos y palabras calladas. En ese mar inmenso de mi interior no sé cómo ponerle palabras a la vida. No sé si merece la pena hacerlo. Para entender mejor cómo seguir el camino, cómo emprender un nuevo viaje. En la oscuridad no sé bien los pasos que dar. Cuando irrumpe el Espíritu en mi alma veo con algo más de claridad. Hoy escucho: «Esforcémonos por conocer al Señor. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra». Quiero conocer más a Jesús, amarlo más. Quiero estar con Él. Leía el otro día: «Para encontrarnos con Él no tenemos que salir del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con Él» . Necesito acercarme más a Jesús en mi corazón, en mi vida cotidiana. Una pregunta surge en mi interior mirando este tiempo vivido: «¿Qué hubiera hecho de forma distinta?» Marcos Abollado planteaba en su comunicación quizás lo más fundamental: «¿Para quién he vivido?». Miro a Jesús en medio de mi vida detenida, cuando se abren caminos hacia una nueva normalidad. Me pregunto qué tengo que cambiar en mi interior, qué podía haber hecho de otra forma. Tengo miedo y me asusta que todo siga como antes. Viene el Espíritu a mi vida y nada parece cambiar. ¿Por quién vivo? Quiero amar a Jesús con todas mis fuerzas, pero veo con tristeza que nada es diferente en mi forma de ver la vida, en mi forma de darme y actuar. Sólo soy uno más igual a todos en medio de un mundo masificado. Me siento tan humano, tan necesitado de redención. Veo que todos mis miedos son comunes, mis pasiones parecidas y mis egoísmos compartidos con muchos. Digo que llevo a Jesús en mi alma, pero tan solo lo tengo metido en mi cabeza, sólo algunas ideas y normas éticas que tengo que cumplir. El Espíritu Santo no ha logrado vencer las barreras que cierran las puertas de mi corazón. He puesto demasiados seguros para vivir protegido sin que nadie altere mis planes. Siento que muchas emociones viven en mi alma. No logro ponerles nombre ni darles un sentido, no encuentro una explicación que me convenza. «Dios ha venido a habitar en el corazón humano, y sentimos un vacío interior insoportable. Dios ha venido a reinar entre nosotros, y parece estar totalmente ausente en nuestras relaciones. Dios ha asumido nuestra carne, y seguimos sin saber vivir dignamente lo carnal» . Es curioso este Jesús que quiere entrar dentro de mí y no logra cambiar mis categorías, mis principios, mi forma de pensar. Yo me limito a encasillar a Dios en alguno de esos conceptos que me he creado. Lo limito en forma de normas asibles que puedo obedecer. Lo someto para que mi Dios sea manso. Y a la vez le tengo miedo porque he puesto en Él sentimientos que yo albergo en mi alma. Quiero la perfección y digo que Dios es perfecto a mi manera. Amo la obediencia en los demás y digo que Dios sólo quiere que obedezca sus normas. Me gusta el orden y el control y digo que Dios es un controlador perfecto que sueña con un orden donde nada esté fuera de su lugar. Me olvido de esos rasgos de Dios que se me han desvanecido del alma. Olvido su mansedumbre, su bondad, su humildad, su pobreza, su sencillez, su alegría, su misericordia. Me importa más elogiar al que cumple que salvar al que se aleja. Vivo más feliz abrazando al puro que tratando de atraer al corazón de Dios al que ha pecado y se siente culpable. Me entretengo peinando a las ovejas que tengo seguras antes que aventurarme a buscar a esa oveja perdida. Intento cumplir con todas mis obligaciones antes de dejarme llevar por la fuerza del Espíritu que me conduce sin un rumbo claro y me libera de mis seguridades. Vivo esperando a que vengan los que buscan a Dios en lugar de creer en un Dios que sale a buscar a los perdidos por los caminos, arriesgándose al rechazo y a la burla. Quiero que el Espíritu de Dios cambie mi corazón herido. No para que deje de estar herido. Sino para que viva feliz en medio de sus límites, abrazando su propio pecado, alegre de poder tocar tanto amor en su vida cotidiana. Quiero agradecerle a Dios ese cuidado suyo que no olvida mi nombre y pasa por alto todas mis ofensas. Me mira conmovido mientras me arrastro por la vida. Antes de comprender la importancia del perdón, Él ya me ha perdonado. Yo no me perdono, pero Él ha creído en mí desde el comienzo. Conoce mis miedos y emociones confusas. Sabe de mis planes retorcidos y egoístas. Ha visto el mal en mis ojos y en medio de su amor quiere que vuelva a vivir desde mis caídas. Quiere que vuelva a creer en mí cuando yo mismo dejé de creer hace tanto. Viene a habitar mi alma para que nada más pueda quitarme la paz. Asume todos mis miedos y emociones para que pueda beber tranquilo en medio de sus aguas.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


EUCARISTÍA


Amor de ti nos quema, blanco cuerpo;
amor que es hambre, amor de las entrañas; hambre de la palabra creadora
que se hizo carne; fiero amor de vida
que nos se sacia con abrazos, besos,
ni con enlace conyugal alguno.
Solo comerte nos apaga el ansia,
pan de inmortalidad, carne divina.
Nuestro amor entrañado, amor hecho hambre, ¡oh Cordero de Dios!, manjar Te quiere;
quiere saber ardor de tus redaños,
comer tu corazón, y que su culpa
como maná celeste se derrita
sobre el ardor de nuestra seca lengua,
que no es gozar en Ti; es hacerte nuestro, carne de nuestra carne, y tus dolores
pasar para vivir muerte de vida.
Y tus brazos abriendo como en muestra
de entregarte amoroso nos repites:
"¡Venid, comed, tomad: esto es mi cuerpo!" ¡Carne de Dios, verbo encarnado, encarna nuestra divina hambre carnal de Ti!

Miguel de Unamuno

miércoles, 10 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 11 JUNIO DE 2020



 11 de junio de 2020


Hermano:

Siempre me acerco a la realidad desde donde me encuentro. ¿Qué pregunta llevo en mi interior? ¿Qué sueño vive en mi alma? ¿Qué palabras habitan en mi corazón? Desde mi pregunta observo la vida, al otro. Sé que tengo que conocerme para responder estas preguntas. Tengo que mirar hacia dentro y al mismo tiempo hacia fuera, hacia el mundo. Miro la realidad desde mi pregunta, desde mi inquietud, desde mi miedo. Me acerco a los otros turbado, feliz, o con miedo. Con un respeto exagerado, con un desprecio no disimulado. Y veo la realidad de acuerdo con lo que siento, con lo que me pregunto. Miro mi corazón. ¿Qué pregunta me turba? En este tiempo de pandemia han surgido preguntas nuevas. El confinamiento me ha mostrado la fragilidad de mi vida, de mis vínculos. Y me ha desvelado también la riqueza de todo lo que tengo. Quizás he tenido menos interferencias. Y he dejado que hable en mí la voz del alma. Quiero vivir con más intensidad, con más pureza. Quiero cuidar más los vínculos que Dios ha tejido en mi piel. Quiero ser más libre, más de una pieza. Quiero vivir sin conformarme con la vida que llevo. No quiero vivir respondiendo a las preguntas que el mundo me hace. No pretendo que todos estén contentos conmigo. Si me preocupo por caer bien a todos algo falla. No puedo ser lo que otros quieren que sea. El otro día, en una comunicación convocada por el CIEES , Marcos Abollado planteaba: «¿Soy guionista o actor de mi propia vida? ¿Escribo mi historia o vivo la que otros escriben para mí? Voy por buen camino si a alguien le caigo mal». Es verdad que no quiero el odio ni el desprecio. No quiero que me rechacen. Pero quiero ser fiel a mi mismo, a mi originalidad. Decía Karl Jung: «Nacemos originales y morimos copias». No quiero que me pase eso. Quiero ser fiel a mí mismo, a mi verdad, hasta el final de mis días. No quiero vivir copiando a otros. Quiero conocer y amar mi originalidad, aceptándome como soy. No quiero reaccionar desproporcionadamente cada vez que alguien sin pretenderlo toca alguna de mis heridas. Quiero perdonar, borrar el rencor que habita mi alma. Quiero limpiar heridas del pasado. Sin borrar nada, porque el pasado es parte de mi herencia. Quiero acoger las preguntas que tengo muy dentro, no desoírlas. El silencio más intenso de estos meses ha hecho más acuciante la necesidad de escuchar las voces de mi alma. Los gritos de mi rabia. Las risas de mi alegría. Los aspavientos de mi miedo. Los impulsos de mis pasiones. Me he detenido a observar muy quedo quién soy yo. Con mis luces y mis sombras. El que no se conoce no se entiende. El que no mira hacia dentro no sabe de dónde vienen sus palabras y sus gritos. No entiende sus silencios y se sorprende con sus miradas. Quiero conocer lo que hay dentro de mí para no vivir sorprendido. En la encíclica Fides et ratio leo: «La exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre, calificándose como ‘hombre’ precisamente en cuanto conocedor de sí mismo» . El hombre que se conoce a sí mismo es más libre, es más hombre, es más dueño de sí mismo. Quiero conocer lo que habita en mi alma para no querer vivir contentando a todos. Quiero cuidar el jardín de mi interior para que dé frutos nuevos. Este tiempo me ha permitido conocerme más. He tenido más tiempo para confrontarme con mis límites. He descubierto cosas nuevas en mi corazón. Cuando conozco mi verdad soy más capaz de abrirme a la originalidad de los demás. «La condición para la apertura ante otros es la aceptación de sí mismo, una aceptación que sabe en cierto modo qué es lo que representa la propia originalidad, la propia forma de ser un ser humano, y que, por eso, puede reconocer también la originalidad ajena como una forma diferente de ser un ser humano» . Conozco mis debilidades y riquezas y me abro a las de los demás. No me siento amenazado por nadie. No dependo de la aprobación de los otros para tener paz en mi interior. Soy dueño de mis pasos, de mis actos. Al mismo tiempo sólo conociéndome y aceptándome como soy puedo dejar a Dios entrar en mi alma y que vea lo que hay en ella. Entonces aprenderé a conocerlo a Él. Dejo que vea mis límites y pecados. No se escandaliza. Yo tampoco me escandalizo. Este tiempo de confinamiento me ha permitido escuchar la palabra que pronuncio en mi alma. El sueño que tengo dormido en mi interior. Sé quién soy y hacia dónde camino. Sé lo que no quiero, lo que no deseo. Acepto mi vida como es en este momento, no como me gustaría que fuera. Veo mi interior y sueño con un abrazo intenso del Dios de mi vida que me quiere en mi verdad. Soy guionista de mis pasos junto a Dios. Él susurra a mi oído, yo lo escucho y lo sigo sin querer contentar a los que me piden que les haga caso, que actúe según sus deseos. No caigo bien a todos. Pero a Dios sí. Él me ama haga lo que yo haga. Eso es lo que me salva de verdad. Ese amor incondicional es el que me levanta cada mañana.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


Estandarte

  Estandarte Del fr. ant. estandart, y este del franco *stand hard”, mantente firme. Es una confección textil con colores y símbolos que rep...