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martes, 15 de agosto de 2017

La Asunción de la Santísima Virgen María


Los Católicos celebramos la Ascensión de la Sagrada Virgen María al cielo, un día como Hoy (15 de agosto). La Virgen María representa la imagen pura y santísima de la Mujer. Concibió por Obra y Gracia del Espíritu Santo al Salvador del Mundo, Cristo Jesús. La palabra hecha carne. Perfecto ejemplo de Dios Padre. María es prototipo de la persona humana glorificada, de lo que seremos nosotros al final de los tiempos.

¿DESDE CUÁNDO?

Esta verdad en su sentido real y verdadero está atestiguada desde los comienzos del cristianismo, cuando en las catacumbas, los cristianos perseguidos tenían representación que manifestaban la asunción corporal de la Virgen glorificada con Jesús Resucitado en los cielos.

¿QUÉ ES UN DOGMA? 

Los dogmas son luces en nuestro camino de la fe.  Son verdades que tienen sus raíces en la Revelación de Dios, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas a fin de crecer en nuestra vida espiritual y de unión con Dios. Los espíritus humildes y pequeños las reciben con agradecimiento y docilidad.

¿MURIÓ O NO MURIÓ? - ¿ES UNA FIESTA SIMILAR A LA DE LA ASCENSIÓN DE JESÚS RESUCITADO?

Cuando Pío XII en su Encíclica Munificentissimus Deus manifestó lo que la Iglesia cristiana creía y había experimentado desde siempre, se cuidó muy bien de decir si murió o no, pues era una cuestión no definida hasta el momento.

Por de pronto, de lo que sí se tiene certeza es de que la Madre de Jesús fue glorificada en su cuerpo y participa de la Pascua de su Hijo, asunta (subida) por el poder de Dios.

En esto difiere de la Resurrección, Ascensión y Exaltación de Jesús a la derecha del Padre, ya que esto fue realizado por el poder del mismo Señor en su naturaleza humana. 

María no realizó esto por su propio poder, sino por el Amor de su Hijo-Dios. Tampoco ella fue exaltada a la derecha del Padre, como es el significado de la Ascensión de Jesús, que lo coloca en un plano de igualdad a Dios.

MARIA NO MURIO, NI ASCENDIO AL CIELO SINO QUE FUE LLEVADA EN CUERPO Y ALMA POR ESO NO SE HABLA DE LA ASCENCION SINO DE ASUNCION.

María es una simple criatura que alcanzó la gracia de Dios de ser elegida como la madre de su hijo. Por eso no son la misma fiesta para Jesús (Ascensión) y para María (Asunción). Ambos son glorificados como lo seremos todos al final de los tiempos. Pero uno fue exaltado a la derecha del Padre (es decir, declarado igual a Dios, Dios mismo) y la otra no. Los términos se difieren uno del otro (ascención se eleva) y (asunsión es que es elevada)

Por eso María es tipo y figura de lo que seremos nosotros sus hijos Jesús nos precede pero nos excede totalmente en cuanto a su divinidad. María puede excedernos en cuanto a su gracia en la tierra y gloria en el cielo, pero no en cuanto a su humanidad, a su creaturidad, igual a la de nosotros, como Jesús que se hizo humano para que veamos que el Padre de los cielos se acerca a sus criaturas

San Epifanio a comienzos del siglo V ponía en dudas de que la Virgen haya muerto. Juan Pablo II, en sus meditaciones sobre la Asunción, se inclina por la muerte de María. Aunque los católicos no creemos en esto, sino que creemos y estamos seguros que la Virgen está junto a su hijo en el cielo.



Sin embargo, no ha habido declaración dogmática al respecto. Por eso las fiestas de la Dormición y del Tránsito. No hay fiesta de la muerte y sepultura de María, ni memoria litúrgica de las mismas.

¿HAY FUNDAMENTOS BÍBLICOS SOBRE MARIA?
En Apocalipsis 12, 1 se habla de una Mujer revestida del Sol en el cielo, con una corona de doce estrellas sobre su cabeza y con la luna debajo de sus pies que la coronan como la Reina del cielo

Muchos han visto en esta Mujer a María, revestida de Dios, con la corona de los 12 Apóstoles sobre su cabeza (pilares del nuevo Pueblo de Dios, así como las 12 tribus de Jacob fueron los fundamentos del Pueblo de Israel, figura de la Iglesia de Jesucristo).

La luna en la literatura de la época bíblica es signo de lo inestable de las realidades temporales (en un mes cambia 4 veces...). La Virgen glorificada vence esta inestabilidad temporal de los temperamentos y de las cosas.

Ya al final del capítulo 11 del citado libro, se habla de que se abre el Santuario de Dios en el cielo, y aparece el Arca de la Alianza.

La antigua Arca de la Alianza contenía las Tablas de la Ley que Dios otorgó a Moisés. La nueva Arca de la Alianza trae al portador de la Nueva Ley, la Ley del Espíritu que está en el corazón, la ley interior. Y quien porta en su seno a Jesús, portador de la Ley del Espíritu que da la libertad, es María, nueva Arca de la Alianza de Dios con los hombres, Alianza nueva y definitiva que jamás va a pasar.

Para la cuestión de si murió o no murió, tenemos que ir a la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses, en el capítulo 4, versículos 16 y 17. Allí se dice que en la Segunda Venida de Jesús, llamada Parusía, primero resucitarán los muertos, y luego serán transfigurados los que vivan. Ambos son glorificados, los muertos antes, los vivos después.

María es modelo de ambos, pues no se dice si ha sido figura de los primeros o de los segundos. Si murió, Jesús la resucitó y se la llevó. Si no murió, no necesariamente se la tenía que llevar dormida.

San Pablo no dice en el texto precedente que los vivos en la Parusía, caerán todos en un sueño profundo antes de ser glorificados.

Cada uno lo será desde el lugar en donde se encuentre en ese preciso momento.

La glorificó en su cuerpo ya sea en en el jardín, orando o cocinando, y así se la llevó junto a Él. En ambos casos fue liberada de la corrupción corporal. Sí sabemos que, como lo serán ambos, ha sido glorificada. Significado teológico de la solemnidad de la Asunción, el 15 de agosto. Se habla de María como “icono escatológico de la Iglesia”.

Desmenucemos las palabras de la frase: Icono quiere decir imagen. Escatológico quiere decir final, definitivo, último. La Iglesia es el conjunto de los cristianos.

Por lo tanto, en un lenguaje más comprensible, podemos decir que es la imagen final de lo que seremos los cristianos. que amamos y seguimos a Jesús, al final de los tiempos. Estaremos glorificados como María, criatura como nosotros que goza ya de la glorificación del Cristo-Dios.

¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE LA ASCENSIÓN DE JESÚS Y LA ASUNCIÓN DE MARÍA?


Hay una diferencia gigantesca entre lo que la Iglesia enseña de la Ascención de Jesús y la Asunción de María. La mayor diferencia es que Jesús ascendió por sí mismo. La Asunción de María fue llevada a cabo por Jesús. Jesús levantó a María. Jesús fue su Salvador personal. La doctrina de la Asunción de María afirma que María:

"...habiendo completado el curso de su vida terrenal fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial". Papa Pío XII, 1950

Esto muestra claramente que María no ascendió por sí misma. Sí, ella necesitó de un Salvador. El fundador de la reforma, Martin Lutero dijo: "No cabe duda que la Virgen María está en el Cielo. Como ocurrió no lo sabemos" (Martin Luther's Works, vol 10, pg 268)

Ahora algunos evangélicos dicen "ver a los católicos maquillando este tema en este siglo". En la sección sobre María y la Iglesia Primitiva hay citas de los primeros Padres de la Iglesia. Los católicos no tienen problema en creer que María está en el Cielo y que su Hijo Jesús es quien la llevó hasta allí. Piensan que Jesús es por demás capaz para haber conducido a María al Cielo. Esta creencia de los católicos se remonta al siglo 6 y existen también fiestas en memoria de María en Antioquía tan temprano como en el 380 D.C.

En el 451 cuando los obispos se reunieron en Constantinopla, el Emperador Marciano pidió la Patriarca de Jerusalén que llevara consigo las reliquias (los huesos) de María a Constantinopla desde Jerusalén. El patriarca le explicó que no había reliquias de María, que "María murió en presencia de los apóstoles, pero su tumba cuando fue abierta posteriormente...se halló vacía... los apóstoles concluyeron que su cuerpo había sido llevado al cielo". St. Juan Damasceno,PG(96:1) (747-751D.C.)

La doctrina de la Asunción se apoya en la doctrina de la Inmaculada Concepción. Si María fue preservada del pecado, desde el instante de su concepción tiene que haber sido consecuentemente preservada de los efectos del pecado como el deterioro del cuerpo después de la muerte; tal vez al instante de su muerte. Los católicos creen que Jesús es quien hizo esto por ella.

Sobre la cruz Jesús dijo al pobre ladrón: "¡Este día estarás conmigo en el Paraíso!(Lc. 23,43) Los católicos sienten que si Jesús quiso llevar inmediatamente un ladrón al Paraíso, Él querría llevarse también a su fiel y amada madre.

CONCLUSIÓN



De modo que hay "big stuff" (cuestiones de peso) acerca de María. Cuestiones que irritan a algunos evangélicos. No soy un apologista. Hay mucho más que podría ser dicho aquí en defensa de estas doctrinas (puedes ver en los links de mi página una lista de sitios de apologética que aman tratar este tipo de cosas). Este artículo pretende ser una muestra de porqué la Iglesia cree lo que cree acerca de María. Más allá de toda esta doctrina y tanto rollo, la razón por la que creo que María está en el cielo ayudándonos es porque tuve personalmente una experiencia con María que no puedo negar. Nadie puede decirme que Ella está muerta. Para mí es tan claro como el día. Ella es una amiga que ora por mí y me ha mostrado cosas verdaderamente cool sobre su Hijo, Jesús. Creo que si hoy soy un mejor cristiano es por María.


Si tienes miedo de hablarle a María te invito a que ores a Jesús acerca de María. Estoy seguro que cualquier evangélico dirá que es perfectamente seguro orar a Jesús sobre cualquier cosa. Pregunta a Jesús qué hay con María y dale tiempo a responderte. Ruego porque puedas tener la misma experiencia que me ha llevado a mis poderosas convicciones sobre la validez de María como auxilio de los desamparados y gran guerrera de la oración.



Fuentes: 
http://es.catholic.net/op/articulos/12377/cat/840/la-asuncion-de-la-santisima-virgen-maria.html
http://catholicbridge.com/catolico/aconciones_de_maria.php

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

lunes, 14 de agosto de 2017

Niño Jesús de Praga, Patrón de los Noviciados del Carmelo


Existen muchas versiones acerca de la devoción al Niño de Praga, a quien comúnmente se llama Rey del Carmelo, Patrón de los Noviciados entre otros muchos títulos más que la devoción religiosa y carmelitana de fieles, monjas y frailes le a dado. Sabemos que fue el Papa Sixto III, introdujo en Roma, la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna.


Como ejemplo de la devoción que siempre se ha tenido a la infancia de Jesús en el Carmelo podemos referir aquella anécdota en la que San Juan de la Cruz danzaba con una imagencilla del Divino Infante o aquella que tuvo lugar en una escalera del Carmelo de la Encarnación de Ávila, cuando la Santa Madre, Teresa de Jesús se encuentra con el Niño y este le asegura que: si bien ella es la Teresa de Jesús él es el Jesús de Teresa. Otras tantas santas y santos han dado al trasto con el asunto y se han sumado a sus fundadores, Ana de San Agustín, priora del Carmelo de Villanueva de la Jara, Cuenca y compañera de la Santa Madre o aquella monjita, hoy venerable del Carmelo de Beaune Margarita del Santísimo Sacramento en Francia.  Esta monja, fallecida a los 29 años tenía gran familiaridad con los Ángeles y Santos y el privilegio de participar de todos los grandes misterios de la Vida del Salvador, como su Nacimiento, Transfiguración y Pasión. Sin embargo, recibió la misión especial de venerar y propagar especialmente la devoción a la divina infancia de Cristo.

“Yo te escogí para honrar y hacer visible en ti mi infancia y mi inocencia, cuando yo yacía en el pesebre”, le dijo el Niño Dios, mientras ella rezaba delante de una imagen suya existente en el convento, conocida como El Rey de la Gloria.Ella fundó la Familia del Niño Jesús, invitando a todos los que quisiesen participar de ella a celebrar con fervor los días 25 de cada mes, en recuerdo de la Santa Natividad, y a rezar la Corona del Niño Jesús (tres Padrenuestros y 12 Avemarías) en honra de los 12 primeros años de su vida.

Dos siglos después, otra Carmelita, Santa Teresita del Niño Jesús honró de modo especial al Niño Dios, no sólo al escogerlo para su nombre en religión, sino iniciando la vía de la “Infancia Espiritual”. Fue en una noche de Navidad, la de 1886, que ella recibió la mayor gracia de su vida, según dijo, es decir, la de salir de la inmadurez de la infancia para entrar en la gran vía de los santos.

Ella se abandonaba al Niño Dios con toda docilidad, como una pelota en las manos de una criatura. Cuando recibió el encargo de adornar una imagencita del Niño Jesús que había en el claustro, ella lo hacía con gran devoción. Asimismo, mantenía prolongados coloquios con el Niño Dios delante de la imagen del Niño Jesús de Praga que se encontraba en el coro del noviciado.


Historia de la Imagen del Niño Jesús de Praga.

Las hay que sitúan el origen de la imagen en un frailecico, fray José su nombre, otras aseguran su origen teresiano y que nos llevan a la idea de que fue la propia Santa Teresa de Jesús, la que entregó la imagen del Niño Jesús a Doña Isabel Manríquez de Lara, o la idea también mantenida por otros de que la estatuilla es italiana, solo porque Doña Isabel lo era.

Ninguna de las declaraciones sobre su origen logran echar ni un rastro de oscuridad acerca de la devoción. La divinidad de Jesús y su Santa Infancia, han sido uno de los misterios más antiguos del Medioevo Cristiano, San Francisco de Asís padre y fundador de los franciscanos fue uno de los primeros que meditaron con más detenimiento la infancia del Señor.

A pesar de la diversidad de criterios sobre el origen de la devoción y de la imagen, de lo que podemos estar seguros es que la preciosa imagen del Niño Jesús, de acuerdo a sus características es de origen español, y más concretamente andaluz.

Todas las cosas tienen un poco de leyenda y también la imagen del Milagroso Niño Jesús de Praga tiene la suya y muy bella por cierto. Allá por el final de la Edad Media, entre Córdoba y Sevilla, al sur de las márgenes del Guadalquivir, hay un monasterio famoso, lleno de monjes con largas barbas y ásperas vestiduras. Después de una incursión de los moros que pueblan la zona, queda reducido a ruinas, y solo cuatro monjes se salvaron de la catástrofe.

Entre ellos está FRAY JOSÉ DE LA SANTA CASA, un lego con corazón de santo y cabeza y manos de artista, pero sobre con un amor desbordante a la Santa Infancia de Jesús. En cualquier oficio que la obediencia le mandase, se le encontraba infaliblemente entretenido, pensando y hablando con el Niño Jesús.

Un buen día Fray José está barriendo el suelo del monasterio, y de repente se le presenta un hermoso niño que le dice: -¡Qué bien barres, fray José, y que brillante dejas el suelo!. ¿Serías capaz de recitar el Ave María?...  -Si... -Pues entonces, dila...

Fray José deja a un lado la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la salutación angélica. Al llegar a las palabras "et benedictus fructus ventris tui" (y bendito el fruto de tu vientre), el niño le interrumpe y le dice: ¡ESE SOY YO!, y enseguida desaparece. Fray José grita extasiado:-¡Vuelve Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte!. Pero Jesús no vino. Y Fray José, seguía llamándolo día tras día, en la celda, en el huerto, en la cocina...en todas partes. Al fin un día sintió que la voz de Jesús le respondía: -"Volveré, pero cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas de mi una estatua de cera en todo igual a como soy". Fray José corrió a contárselo al padre prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel.

El Superior se lo concedió y Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño que había visto. Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así pasaba el tiempo, esperando que regresase su Amado Jesusito. Y por fin llegó el día en el que rodeado de ángeles, se le presenta el Niño Jesús, y Fray José en éxtasis, pero con la mayor naturalidad pone los ojos en el Divino modelo y copia al Niño que se tiene delante. Cuando termina y observa que su estatua es igual al Sagrado Modelo, estalla en risas y llantos de alegría

Lo que si se sabe es que cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la corona de Bohemia, los enlaces entre las familias nobles españolas y eslovacas se repitieron, siguiendo el ejemplo del mismo emperador Maximiliano, que desposó con la infanta María, hija de Carlos V, su primo. Cuando la emperatriz partió para Praga en 1547, entre sus damas de la corte iba doña María Manríquez de Lara, hija de don García Manríquez de Lara y de doña Isabel de Bregsano, de noble familia italiana.

En la casa solariega de los Manríquez de Lara, en la región cordobesa, se veneraba una preciosa estatua del Niño Jesús. Cuando en 1566, la hija de la familia doña María se casó con el noble bohemio Vratislav de Pernstejn, a quien había conocido en el séquito de emperador Maximiliano I, se llevó a Praga con ella, la imagen del Santo Niño Jesús, sea como regalo de bodas de su familia o por simple devoción. En Praga, el Niño siguió gozando de las preferencias religiosas de esta devota dama española, devoción que llegó a trasmitir a su esposo, muy apreciado en la corte imperial y Gran Canciller del Reino de Bohemia desde 1547.

Él mismo arquitecto construyó un fantástico castillo en su villa de Litomyisl, en 1567 en cuya  capilla es seguro que fue venerado el Pequeño Rey. En 1582 moría este noble caballero rodeado por su esposa y sus siete hijos, dos varones y cinco hembras, los que le vivían de los veinte que le había concedido el Señor. Los hijos varones se llamaban Juan y Maximiliano, y las hijas Juana, Heudwiges, Bibiana, Inés y Polixena; esta última era la favorita de Dona María, que una vez viuda se consagró en su palacio de Praga a la educación y crianza de sus hijos.    

Doña María murió en 1608 y fue enterrada en la capilla familiar de la catedral de San Vito. Polixena, se casó en 1592 con Guillermo de Rosenberg, de una de las familias más nobles del Imperio, que durante treinta y tres años fue Gobernador supremo del Reino de Bohemia. Bien como regalo de bodas o como atención a su hija favorita,

Doña María entregó la imagen de que querido Niño Jesús a Polixena y esta la consoló en su pronta viudedad, pues el matrimonio sólo duró cinco años. Las excepcionales cualidades de la princesa viuda la llevó a desposarse de nuevo en 1603, esta vez con el noble checo Zdenek Adalbert de Lobkowitz, no menos ilustre que el anterior esposo. La princesa Polixena quedó de nuevo viuda en 1628, y este año memorable la preciosa imagen del Niño Jesús es entregada de manos de su dueña a la comunidad de Padres Carmelitas Descalzos de Praga.

Según la descripción de un conocido profesor checo asegura que las numerosas copias del Milagroso Niño Jesús de Praga, esparcidas por el mundo, se asemejan al original solo esquemáticamente. Presentan las facciones de los niños nórdicos, mientras que el original tiene rasgos moriscos, es decir ojos vivos y cabellos negros, coloreados a intervalos, pero no del todo, de ocre, lo que explica precisamente su origen español".

Efectivamente cuando en la segunda mitad del siglo XVI María Maximiliana Manríquez de Lara se casaba con Vratislav Pernstejn, en la península ibérica, era habitual este estilo, llamado "gitano". En conclusión, el origen español de la Milagrosa imagen del Niño Jesús de Praga se apoya en dos argumentos : primero haber sido llevada desde España, y segundo porque las características de la escultura corresponden a la Escuela de escultura religiosa andaluza del siglos XVI.





ORIGEN DE LA DEVOCIÓN AL NIÑO JESÚS DE PRAGA

Fernando II, Emperador de Alemania, para manifestar su gratitud a Nuestro Señor por la insigne victoria alcanzada en una batalla, fundó en 1620, en la ciudad de Praga, un convento de Padres Carmelitas. Difíciles en extremo eran los tiempos que atravesaba Bohemia cuando llegaron estos excelentes religiosos, pues se hallaba asolada por guerras sangrientas que tenían a Praga presa de las más indecibles calamidades, a tal punto que el monasterio mismo de Carmelitas carecía de lo indispensable para sobrevivir a las necesidades más premiosas de la vida. En esa época, vivía en Praga la piadosa princesa Polixena Lobkowitz, de quien hemos antes hablado, quien sintiendo en el alma las apremiantes necesidades de los Carmelitas, resolvió entregarles una pequeña estatua de cera, de 48 cm., que representaba un hermoso Niño Dios, de pie, con la mano derecha levantada, en actitud de bendecir, mientras con la izquierda sostenía un globo dorado. Su rostro era muy amable y lleno de gracia, la túnica y el manto habían sido arreglados por la misma princesa, la cual, al dar la estatua a esos religiosos, les dijo: "Padres míos, os entrego lo más caro que poseo en el mundo: Honrad mucho a este Niño Jesús y nada os faltará."

La estatua fue recibida con gratitud y colocada en el oratorio interior del convento, donde fue objeto de la veneración de todos aquellos buenos Padres, distinguiéndose entre todos el Padre Cirilo, que con toda verdad podría titularse el apóstol del divino Niño Jesús de Praga.

La promesa de la augusta donante se cumplió a la letra, y los maravillosos efectos de la protección del divino Niño no tardaron en manifestarse, pues muy pronto, y en varias ocasiones se verificaron prodigios y fueron milagrosamente socorridas las necesidades del monasterio.

Entre tanto, estalló de nuevo la guerra en Bohemia. En 1631, el ejército de Sajonia se apoderó de la ciudad de Praga. Los Padres Carmelitas creyeron prudente trasladarse a Munich.

Durante esa época tan desastrosa, especialmente para Praga, la devoción al Niño Jesús cayó en el olvido. Los herejes destruyeron la iglesia, saquearon el monasterio, penetraron en el oratorio interior, hicieron burla de la estatua del Niño Jesús, y quebrándole las manos, la arrojaron con desprecio detrás del altar.

Al año siguiente, retiróse el enemigo de Praga y pudieron los religiosos volver a su convento, pero nadie se acordó de la preciosa estatua. Por esto, sin duda, se vio reducido el monasterio a la miseria como el resto de la población, pues carecían los religiosos de alimentos para ellos, y de los recursos indispensables para restaurar su casa.

Mas, después de 7 años de tanta desolación, volvió a Praga el Padre Cirilo, en el año 1637, cuando Bohemia se hallaba en peligro inminente de sucumbir y hasta de perder el don inestimable de la fe, y cuando la ciudad estaba por todas partes rodeada de enemigos. En tales aprietos, y al tiempo que el Padre Guardián exhortaba a sus religiosos que instasen a Dios para que pusiese término a tantos males, le habló el Padre Cirilo de la inolvidable estatua del Divino Niño y obtuvo licencia de buscarla. La encontró al fin entre los escombros, detrás del altar. La limpió, la cubrió de besos y de lágrimas, y como aún conservaba intacto el rostro la expuso en el coro a la veneración de los religiosos, quienes llenos de confianza en su protección, cayeron de rodillas ante el Divino Infante y le suplicaron fuese su refugio, su fortaleza y amparo en todo sentido.

Desde el momento en que fue colocada en su puesto de honor, el enemigo levantó el sitio y el covento se vio provisto en el acto de cuanto necesitaban los religiosos.

Encontrábase un día el Padre Cirilo en oración, delante de la estatua, cuando oyó claramente estas palabras: "Tened piedad de mí y yo me apiadaré de vosotros. Devolvedme mis manos y yo os devolveré la paz. Cuanto más me honrareis, tanto más os bendeciré".

En efecto, le faltaban las manos, cosa que, al encontrarla no había advertido el Padre Cirilo, enajenado como estaba por el gozo. Sorprendido el buen Padre, corrió inmediatamente a la celda del Padre Superior y le contó lo ocurrido, pidiéndole que hiciese reparar la estatua. El Superior se negó a ello, alegando la extremada pobreza del Convento. El humilde devoto de Jesús fue llamado a auxiliar a un moribundo, Benito Maskoning, quien le dio 100 florines de limosna. Se los llevó al Superior con la convicción de que con ellos haría reparar la estatua, pero este juzgó que era mejor comprar otra más hermosa y así lo hizo. El Señor no tardó en manifestar su desagrado; pues el mismo día de la inauguración de la nueva efigie, un candelabro que estaba fijo y muy asegurado en la pared, se desprendió y cayendo sobre la estatua, la redujo a pedazos. Al mismo tiempo, el P. Superior cayó enfermo y no pudo terminar su período de mando.

Elegido un nuevo Superior, el P. Cirilo volvió a suplicarle que hiciera reparar la estatua, pero recibió nueva repulsa. Entonces sin desmayar, se dirigió a la Santísima Virgen. Apenas acabada su oración, lo llamaron a la Iglesia; se le acercó una señora de venerable aspecto, que dejó en sus manos una cuantiosa limosna, y desapareció sin que nadie la hubiese visto entrar y salir de la Iglesia. Lleno de gozo, el P. Cirilo fue a dar cuenta al Superior de lo que pasaba; pero éste no le dio más que medio florín (25 centavos); siendo insuficiente para el objeto esta suma, todo quedó en el mismo estado.

El convento se vio sujeto a nuevas calamidades; los religiosos no tenían posibilidad de pagar la renta de una finca que habían arrendado y que no les producía nada. Los rebaños murieron, la peste desoló la ciudad, muchos carmelitas, inclusive el Superior, sufrieron este azote. Todos acudieron al Niño Jesús. El Superior se humilló y prometió celebrar 10 misas ante la estatua y propagar su culto. La situación mejoró notablemente, pero como la estatua continuaba en el mismo estado, el P. Cirilo no cesaba de clamar sus quejas ante su dadivoso protector, cuando oyó de sus divinos labios estas palabras: "Colócame a la entrada de la Sacristía, y encontrarás quien se compadezca de mí."

En efecto, se presentó un desconocido, el cual, notando que el hermoso Niño no tenía manos, se ofreció espontáneamente a hacérselas poner, no tardando en recibir su recompensa, pues ganó a los pocos días un pleito casi perdido, con lo que salvó su honor y su fortuna.

Los beneficios innumerables que todos alcalzaban del milagroso Niño, multiplicaban día a día el número de sus devotos. Por esto deseaban los carmelitas edificarle una capilla pública, teniendo en cuenta que el sitio donde debían levantarla, había sido ya indicado por la Santísima Virgen al P. Cirilo, pero faltaban los recursos y además, temían emprender esta nueva construcción en un tiempo en el que los calvinistas arrasaban todas las iglesias. Se contentaron con colocarlo en la Capilla exterior, sobre el altar mayor, hasta el año 1642, en el que la princesa Lobkowitz mandó edificar un nuevo santuario que se inauguró en 1644, el día de la fiesta del Santo Nombre de Jesús.

De todas partes acudían a postrarse delante del milagroso Niño, los pobres, los ricos, los enfermos, en fin, toda clase de personas hallaban en Él remedio de sus tribulaciones.

En 1655, el Conde Martinitz, Gran Marqués de Bohemia, regaló una preciosa corona de oro esmaltada con perlas y diamantes. El Reverendo D. José de Corte se la colocó al Niño Jesús en una solemne ceremonia de coronación.

Las gracias y maravillas innumerables debidas al "pequeño Grande" (así llaman en Alemania al Niño Jesús de Praga), se divulgaron hasta en las comarcas más lejanas, con lo que su culto se ha extendido en nuestros días de una manera prodigiosa.

En todas las naciones fue acogida con amor la devoción al Niño Jesús de Praga, monasterios, colegios, escuelas, familias le han dedicado magníficos tronos, numerosas parroquias poseen la real estatua y en cuantas partes se le honra, derrama sobre sus devotos un caudal de inestimables favores. El Divino Niño desea colmaros de gracias, venerémosle, hagámosle conocer y amar, y Él nos abrirá los tesoros de su bondad. Numerosas son las prácticas piadosas establecidas en honra del Niño Jesús de Praga; pero aquéllas en las que tiene especial complacencia son: las Letanías del Nombre de Jesús; la recitación de 5 padrenuestros, avemarías y glorias seguidas de esta jaculatoria: "Sea bendito el Nombre del Señor ahora y por los siglos de los siglos." que se repite también 5 veces; la oración eficaz del P. Cirilo; la recitación del Rosario del Niño Jesús; y por fin la celebración de su fiesta, que es la de Su Santísimo Nombre, el 2º domingo después de la epifanía.

Fuente:

domingo, 19 de marzo de 2017

19 de Marzo: San José, esposo de Santa María


En el Plan Reconciliador de Dios, San José tuvo un papel esencial: Dios le encomendó la gran responsabilidad y privilegio de ser el padre adoptivo del Niño Jesús y de ser esposo virginal de la Virgen María. San José, el santo custodio de la Sagrada Familia, es el santo que más cerca está de Jesús y de la Santísima de la Virgen María.


San Mateo (1,16) llama a San José el hijo de Jacob; según San Lucas (3,23), su padre era Helí. Probablemente nació en Belén, la ciudad de David del que era descendiente. Al comienzo de la historia de los Evangelios (poco antes de la Anunciación), San José vivía en Nazaret.

Según San Mateo 13,55 y Marcos 6,3, San José era un "tekton". La palabra significa en particular que era carpintero o albañil. San Justino lo confirma, y la tradición ha aceptado esta interpretación. Nuestro Señor Jesús fue llamado "Hijo de José", "el carpintero" (Jn 1,45; 6,42; Lc 4,22).

Como sabemos no era el padre natural de Jesús, quién fue engendrado en el vientre virginal de la Virgen María por obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios, pero José lo adoptó amorosamente y Jesús se sometió a él como un buen hijo ante su padre. ¡Cuánto influenció José en el desarrollo humano del niño Jesús! ¡Qué perfecta unión existió en su ejemplar matrimonio con María! La Iglesia Católica celebra su Fiesta el 19 de marzo.

domingo, 1 de enero de 2017

1 de Enero: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios




Un nuevo año comienza y la Iglesia, cada 1 de enero, lo inicia celebrando la Solemnidad de “María, Madre de Dios” para pedir la protección de aquella que tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador. Conoce aquí cómo es que surge este título en honor a la Virgen y lo que hicieron los primeros cristianos para defenderlo.


La Fiesta de “María, Madre de Dios” (Theotokos) es la más antigua que se conoce en Occidente. En las Catacumbas o antiquísimos subterráneos de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, se encuentran pinturas con esta inscripción.

Según un antiguo testimonio escrito en el siglo III, los cristianos de Egipto se dirigían a María con la siguiente oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita" (Liturgia de las Horas).

En el Siglo IV el término Theotokos se usaba con frecuencia en Oriente y Occidente porque ya había entrado a formar parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.

Sin embargo, en el siglo V, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”.

Nestorio había caído en un error debido a su dificultad para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas – divina y humana – presentes en Él.

Los obispos, por su parte, reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo. A su vez declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".

Luego, acompañados por el pueblo y portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, reflexionó sobre las objeciones planteadas por Nestorio para que se comprenda mejor el título “María, Madre de Dios”.

“La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”, dijo el Pontífice.

“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”, añadió.

Asimismo, señaló que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, enfatizó San Juan Pablo II.

Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino también nuestra porque así lo quiso Jesucristo en la cruz. Por ello, al comenzar el nuevo año, pidámosle a María que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo.

FUENTE: ACIPRENSA

jueves, 29 de diciembre de 2016

Santo Tomás Becket, mártir por la Iglesia



Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury, ha muerto asesinado. Es el atardecer del 29 de diciembre de 1170. La noticia salta de caballo en caballo, de mar en tierra, y atraviesa la cristiandad sobrecogiéndola de estupor. Ha sucedido acaso—dirá luego la historia—el mayor acontecimiento de la época. Sólo dos años más con dos meses el 2 de febrero de 1173, y Tomás de Londres, por boca del papa Alejandro llI, comenzará a ser, y para siempre, Santo Tomás Cantuariense. Otro año más julio de 1174. El enemigo mortal del arzobispo, el presunto instigador del crimen, Enrique de Plantagenet, soberano de Inglaterra y de media Francia, camina a pie desnudo hacia la catedral de Canterbury; desciende a la cripta, junto al sepulcro de su víctima cae de rodillas. Y el cóncavo recinto cruje mientras los látigos de penitencia chasquean en las espaldas de un rey. Indudablemente estamos en la Edad Media "enorme y delicada". A través de los siglos, generaciones de ingleses acudirán a venerar las reliquias del campeón de los derechos de la Iglesia, "el mártir de la disciplina", como le llamará Bossuet en famoso panegírico, cuya biografía alcanza la tensión de una apasionante novela.


La crítica histórica se ha encargado de disipar cierta poesía legendaria trenzada en torno al origen de Tomás Becket. En realidad, no hay tal princesa sarracena enamorada que cruza Europa repitiendo las dos únicas palabras de su vocabulario inglés: "Londres", "Becket", hasta encontrar, por fin, al antiguo cruzado, hacerle su marido y darle más tarde un hijo santo: no. El niño nacido en Londres el día de Santo Tomás de 1118 procede de burgueses normandos y su padre es sheriff de la ciudad. Los canónigos regulares de Merton se encargarán de iniciarle en los libros, hasta que un día, cuando los reveses se hayan cebado en la hacienda familiar, tenga que dedicarse al trabajo en casa de un pariente londinense. A los veinticuatro años de edad, huérfano ya durante tres, Tomás entra al servicio del arzobispo cantuariense Teobaldo y emprende la carrera eclesiástica. Recibe las órdenes menores, sube al diaconado en 1154, acumula prebendas y beneficios, y pronto se ve encaramado al relevante puesto de arcediano. Teobaldo se ha dado perfecta cuenta de la valía del joven eclesiástico y no vacila en confiarle delicadas misiones en el Vaticano. Incluso en el grave problema de la sucesión al trono pesa la voz del novel diplomático. El es quien inclina a su indeciso prelado y al propio papa Eugenio III por la causa de Matilde, la hija del difunto rey Enrique y actual esposa del conde de Anjou. En consecuencia, a la muerte de Esteban, a la sazón en el trono, la corona recaerá en el hijo de Matilde, Enrique de Plantagenet.

En efecto, el 20 de noviembre de 1154 Enrique II es ungido rey en Westminster. Joven de veintiún años, de estatura corta, ancho de espaldas, la cabeza redonda, enérgico, hábil político, con talento organizador, temible en sus arrebatos de cólera. Tal era el monarca más poderoso entonces de toda la cristiandad, a quien la dote de su mujer, Leonor, heredera de Aquitania, había entregado casi la mitad del territorio francés. No le resulta difícil dar con un primer ministro de talla política poco común. Lo tiene a mano en el brillante arcediano de Canterbury, alto, delgado, pálido, de larga nariz y apostura noble. Tomás Becket comienza a ser, no sólo el canciller de Inglaterra, sino indiscutiblemente la primera figura del reino después del soberano. Le cuadran la solemnidad y el gesto príncipesco. Cuando acude a Francia con la misión de concertar un matrimonio regio, los franceses se quedan boquiabiertos ante el fastuoso cortejo y se preguntan: "Si éste es sólo el ministro, ¿cómo se presentará el rey?" Y el día en que Enrique se lanza a reconquistar el condado de Toulouse, allí está Tomás Becket al frente de sus caballeros, derrochando arrojo de soldado y pericia de estratega. Muy pronto deja de sorprender a los cortesanos la intimidad que media entre soberano y canciller. ¡Cuántas veces se presenta Enrique a la mesa de su ministro, sin previo aviso, mediada ya la comida! El pueblo les ve cabalgar juntos por la capital, y se regocija cuando cierto día el rey forcejea en chanza para arrancar la rica pelliza escarlata de Tomás y entregársela a un mendigo.

Nos cuesta reconocer al clérigo por detrás del gran señor, el árbitro del buen tono y el político inmerso en los negocios del reino, cuyo favor se disputan todos los personajes. Incluso su gran amigo y confidente, el pensador Juan de Salisbury, le echa en cara su desmedida entrega al deporte de la caza. Y otra vez es el prior de Leicester quien, al contemplar su atuendo, le increpa: "¿A qué viene esta manera de vestir? Más parecéis un halconero que un clérigo". Pero no es esto todo. Este mismo Tomás sabe recogerse a tiempos en el retiro espiritual de Merton y su cuerpo no olvida los golpes de la disciplina y las vigilias nocturnas en oración. La reputación de su moralidad salva intacta todos los riesgos de la corte.

Y llegamos a 1162. La sede primada de Canterbury aguarda desde hace varios meses el nombramiento de sucesor del fallecido Teobaldo. Enrique intuye la oportunidad que se le brinda de colocar Iglesia y Estado bajo una sola mano, la suya. Llama al canciller y le anuncia su voluntad de elevarle a la dignidad arzobispal de Canterbury. La respuesta de Tomás está transida de gravedad y melancolía: "Pronto perdería yo el favor de Vuestra Majestad, y el afecto con que me honráis se cambiaría en odio, porque yo no podría acceder a vuestras exigencias en punto a derechos de la Iglesia". El rey insiste, pero Tomás no cede. Sólo la intervención del cardenal legado. Enrique de Pisa, acabará con la resistencia del canciller. Becket es ordenado sacerdote e inmediatamente recibe la consagración episcopal. Acaba de cruzar un momento decisivo de su existencia. Sobrecogido por la trascendencia de su nueva misión, va a acomodar a ella su vida entera, sujetándola a una regularidad monacal. al más riguroso ascetismo, a la pobreza para sí y el derroche limosnero con los indigentes.

Su renuncia al cargo de canciller ocasiona un disgusto al monarca y la primera fricción entre los dos amigos. La primera nada más. Becket, conocedor del carácter violento e insaciable del Plantagenet, presiente la dureza de futuros choques, que no tardan en llegar. Será el primero la injusta exacción de un tributo arbitrario, ante la cual el arzobispo anuncia de manera inequívoca que sus súbditos no pagarán ni un penique. Más adelante es la pretensión real de que los clérigos reos de crímenes sean sometidos a la justicia civil. En la reunión convocada por el monarca es el arzobispo de Canterbury quien se encarga de fortalecer y decidir a los débiles prelados, dispuestos a la componenda. Enrique, vencido e irritado, exige, por lo menos, la promesa de observar ciertas "antiguas costumbres" que no especifica. El primado está dispuesto a acceder, siempre que se añada la cláusula que deje a salvo los derechos de la Iglesia. La política del monarca se hace más dura y más sutil. Obliga al antiguo canciller a renunciar a ciertas posesiones y honores, y, por otra parte, le da a entender que la promesa pedida es meramente formularia, sin repercusión en la vida de la Iglesia. De esta manera obtiene que Tomás, quien no ve clara la actitud de Roma, otorgue su asentimiento en Claredon. Pero cuando más tarde le son presentados los dieciséis artículos que recogen aquellas "antiguas costumbres" y comprende que en ellos se juega nada menos que el enfeudamiento de la Iglesia por el Estado y, en última instancia, la segregación de Roma, Becket reacciona con firmeza y se niega rotundamente a estampar su sello en el documento.

La tremenda conciencia de su responsabilidad como cabeza de la Iglesia en Inglaterra le come de remordimientos por su momento de flaqueza en Claredon. Cuarenta días permanecerá alejado del altar, del que se considera indigno, mientras aguarda la absolución del Romano Pontífice. El rey, por su parte, redobla las represalias económicas y maneja hábilmente a lores y obispos, forzando así la soledad del primado. Se le abre proceso por gastos contraídos en su tiempo de canciller, a pesar de haberle sido todo condonado el día de su nombramiento como arzobispo. En la mañana del 13 de octubre de 1164, luego de celebrar la misa votiva del primer mártir, San Esteban, el arzobispo, llevando en su mano la cruz metropolitana, se dirige al castillo del rey y denuncia la ilegalidad de aquel proceso. "Después de Dios, mi único juez es el Papa". Y a la madrugada siguiente, en simple hábito de monje, escapa a los emisarios del rey y embarca en Sandwich rumbo a Francia, hacia un destierro que durará seis años. El monarca inglés moviliza una intensa batalla diplomática a fin de distanciar del arzobispo—"el que fue arzobispo", dirá él—a Luis VII, rey de Francia, y al papa, Alejandro III. Pero ambos acogen al exilado con admiración y cordialidad, y la palabra de Becket causa profunda sensación en el Papa y los cardenales reunidos en Sens. Presa todavía de sus remordimientos, Tomás pone su anillo en manos del Romano Pontífice y renuncia a la sede cantuariense; mas Alejandro le obliga a perseverar en su puesto.

Será ahora el monasterio cisterciense de Pontigny el marco de la vida más que nunca orante y sacrificada del ilustre prelado en exilio, y, al mismo tiempo, de su perseverancia en la lucha por los derechos de la Iglesia. De allí salen recias cartas a amigos y enemigos, reproches incluso al mismo Papa cuando Tomás estima su actitud demasiado condescendiente. Pero Enrique tampoco duerme, y pone en juego todos los recursos para rendir a su rival. Confisca sus bienes, destierra a parientes, amigos y siervos, previo juramento de que irán a visitarle a Pontigny. Pretende que el dolor de los suyos fuerce al arzobispo a modificar su actitud. Amenaza con apoderarse de todos los monasterios cistercienses en territorio inglés si la Orden sigue cobijando a su enemigo. Tomás se traslada ahora a una abadía benedictina y, nombrado legado a latere para Inglaterra, excomulga a varios obispos que se han puesto de parte del rey. Hierve un febril juego diplomático entre el Papa y los soberanos de Inglaterra y Francia. Dos entrevistas de Enrique con su antiguo canciller concluyen en fracaso. El Papa, que ha visto con claridad la mala fe del monarca británico, comienza a perder la paciencia, y se habla de poner en entredicho el reino de Inglaterra. Enrique, instigado por el temor, escenifica una reconciliación con el arzobispo, que tiene lugar en Normandía en julio de 1170. En realidad, nada ha cambiado, y la paz alcanzada es sólo aparente. Pero con ella se presenta a Tomás la oportunidad de regresar a su sede cantuariense

El camino desde Sandwich, en donde desembarca el 1 de diciembre, hasta Canterbury se ve cercado por el júbilo desbordante del pueblo, El pueblo fiel, sí. Pero no los otros. El príncipe heredero se niega a recibirle en audiencia, el hidalgo a quien Tomás reclama unas posesiones responde con el desplante y el insulto, los obispos exigen que les sea levantada la excomunión y por fin, despechados, apelan directamente al rey. Faltan pocas horas para la Nochebuena. En el Consejo real, reunido cerca de Bayeux la atmósfera está cargada de electricidad, mientras se acumulan los cargos calumniosos contra el arzobispo. Enrique II, en el colmo de su cólera, grita las palabras fatales: "¡Cobardes! Ese hombre a quien yo he vestido, y alimentado, y llenado de honores y riquezas se levanta contra mí, ¿y no hay ninguno de los míos capaz de vengar mi honor y librarme de ese cura insolente?" Amanece el día de Navidad. Mientras el arzobispo predica de Jesús que nace para morir y recuerda a San Elfegio, arzobispo de Canterbury y mártir, insinuando que el drama puede repetirse, cuatro caballeros del rey que han creído ver una orden en la airada queja de Enrique, navegan hacia Inglaterra, hacia Canterbury, por un mar con rumores de tragedia.

El arzobispo recibe noticia del inminente peligro. La noche del 28 a 29 será para él noche de vigilia y oración de oración del huerto. A las tres de la tarde los cuatro caballeros piden ser recibidos por el primado. Exigencias, acusaciones y amenazas tropiezan una vez más con la inquebrantable conciencia del deber de Tomás Becket. Los caballeros se retiran. Comienza a sonar el toque de vísperas y el arzobispo se encamina a la catedral como siempre, como si tal cosa. Pero todo Canterbury tiembla con siniestros presagios. Cuando el pequeño cortejo, con cruz alzada, penetra en el templo, se adivinan en la penumbra del claustro figuras de hombres armados. Los monjes cierran nerviosamente las puertas de la catedral, mas el arzobispo, increpándoles: "¡Fuera, cobardes! La iglesia no es un castillo", vuelve a abrirlas con sus propias manos. Luego comienza a subir pausadamente hacia el coro acompañado tan sólo de su anciano confesor, un monje y un clérigo de su servidumbre. En aquel instante irrumpen los caballeros del rey. "¿Dónde está Tomás, el traidor?" "Aquí estoy--es la serena respuesta—. No traidor, sino arzobispo y sacerdote de Dios." Y desciende con grave lentitud hasta quedar entre los altares de la Virgen y San Benito. Intentan arrastrarle hacia la puerta, pero Becket los rechaza. Golpes sordos de espada y sangre en el rostro del arzobispo. Otro golpe, y Tomás cae de rodillas. En las bóvedas cuajadas de espanto resuenan sus últimas palabras: "Muero gustoso por el nombre de Jesús y la defensa de la Iglesia". Un golpe postrero le destroza el cráneo. Los asesinos, invocando el nombre del rey, escapan precipitadamente. Pocos minutos han bastado para el sacrilegio. Al punto, grupos de fieles, consternados ante la magnitud del crimen, corren a la catedral y rodean silenciosos el cadáver que yace en el suelo, sin atreverse a tocarlo. Cuentan que en aquel instante una pavorosa tormenta descargó sobre Canterbury.

FUENTE: CATEQUESIS EN FAMILIA
Pintura: "La muerte de Santo Tomás Becket"
Lienzo de Albert Pierre Dawant (1852-1923).

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El Día de los Santos Inocentes




El día de hoy se conmemora a los Niños Inocentes que el cruel Herodes mandó matar. Según señala el Evangelio de San Mateo, Herodes llamó a los Sumos Sacerdotes para preguntarles en qué sitio exacto iba a nacer el rey de Israel, al que habían anunciado los profetas. Ellos le contestaron: "Tiene que ser en Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas diciendo: "Y tú, Belén, no eres la menor entre las ciudades de Judá, porque de ti saldrá el jefe que será el pastor de mi pueblo de Israel" (Miq. 5, 1).


Entonces Herodes se propuso averiguar exactamente dónde estaba el niño, para después mandar a sus soldados a que lo mataran. Y fingiendo dijo a los Reyes Magos: - "Vayan y averigüen acerca de ese niño, cuando lo encuentren regresan y me lo informan, para ir yo también a adorarlo". Los magos se fueron a Belén guiados por la estrella que se les apareció otra vez, al salir de Jerusalén, y llenos de alegría encontraron al Divino Niño Jesús junto a la Virgen María y San José; lo adoraron y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. En sueños recibieron el aviso divino de que no volvieran a Jerusalén y regresaron a sus países por otros caminos, y el pérfido Herodes se quedó sin saber dónde estaba el recién nacido. Esto lo enfureció hasta el extremo, por lo que rodeó con su ejército la pequeña ciudad de Belén, y dio la orden de matar a todos los niños menores de dos años, en la ciudad y alrededores.




El mismo evangelista San Mateo afirmará que en ese día se cumplió lo que había avisado el profeta Jeremías: "Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen" (Jer. 31, 15).

INFORMACIÓN: ACIPRENSA

Pintura: "Escena de la matanza de los inocentes" (1824)


Léon Cogniet (1794 – 1880)

martes, 27 de diciembre de 2016

Festividad de San Juan Evangelista



Hoy 27 de diciembre la Iglesia recuerda a San Juan Evangelista, quien tuvo la inmensa dicha de ser el discípulo más amado por Jesús. San Juan se encontraba remendando las redes a la orilla del lago, junto a su hermano Santiago y sus amigos Simón y Andrés, cuando el Señor pasó cerca de ellos y les ofreció hacer de ellos “pescadores de almas”.


San Juan el Evangelista, a quien se distingue como "el discípulo amado de Jesús" y a quien a menudo le llaman "el divino" (es decir, el "Teólogo") sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.



Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea "hijos del trueno" (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.

Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás. Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.

En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como "el discípulo a quien Jesús amaba", y es evidente que era de los más íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino.



Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan aquel "otro discípulo" que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. "Mujer, he ahí a tu hijo", murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. "He ahí a tu madre", le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.

FUENTE: ACIPRENSA

San Juan Evangelista de la Cofradía de la Humildad de Málaga
Obra de Luis Álvarez Duarte

Estandarte

  Estandarte Del fr. ant. estandart, y este del franco *stand hard”, mantente firme. Es una confección textil con colores y símbolos que rep...