sábado, 29 de febrero de 2020
jueves, 27 de febrero de 2020
¿POR QUÉ SE VISTE A LA VIRGEN MARÍA DE HEBREA?
El origen de esta manera de ataviar a nuestras vírgenes se encuentra en Sevilla a iniciativa de Juan Manuel Rodríguez Ojeda a principios del siglo XX. Este bordador sevillano revolucionó, en gran parte, el estilo de las cofradías de la capital y su modelo es el que se ha extendido por toda Andalucía y parte de España, por lo tanto, a él se debe la estética de la Semana Santa tal y como la conocemos hoy.
Juan Manuel Rodríguez Ojeda, basándose en experiencias anteriores, configuró un atuendo concreto que se conoce como “de hebrea” y así ha llegado a nuestros días: manto azul en raso con vueltas en blanco, saya de terciopelo rojo, rostrillo de tul ribeteado con una tela combinada con el fajín en rayas de colores; se corona a la Virgen con un sencillo aro de estrellas, aunque actualmente también se suelen utilizar las diademas.
De esta manera, en la Cuaresma se recreaba de una manera idealizada el modo de vestir de las mujeres en la época en que murió Jesús. También se visten a las vírgenes de hebrea durante la Navidad, que representan la sencillez con la que la María dio a luz al niño Jesús.
Contrapuesto al modo sencillo de vestir de hebrea, está el vestir a las dolorosas de reinas, es decir, con corona, joyas y suntuosos mantos y sayas bordadas en oro.
La virgen de hebrea, símbolo de la cuaresma
La Cuaresma se caracteriza por estar llena de detalles, tradiciones y costumbres, heredadas de siglos atrás y que las hermandades año tras año recuerdan. Con la llegada de la Cuaresma, se repite uno de los ritos más usuales y tradicionales de este tiempo de preparación. En el interior de los templos, las imágenes de la Virgen de las respectivas cofradías suelen vestirse con un atuendo especial, singular y distinto alejado de los habituales, vestimenta propia de este tiempo de preparación que indica que un nuevo tiempo comienza. La imagen de la Virgen María se muestra más cercana a los devotos, sin ningún elemento ostentoso, para visualizarla de la misma forma en la que Jesucristo lo hizo antes de morir en la cruz. La cercanía de la Semana Santa se anuncia en los templos cuando la Virgen María viste de hebrea.
El origen de esta manera de ataviar a nuestras vírgenes se encuentra en Sevilla, a principios del siglo XX. Su ideólogo fue Juan Manuel Rodríguez Ojeda, bordador y diseñador sevillano cuyas obras revolucionó el mundo cofrade de principios de siglo XX. Rodríguez Ojeda renovó, en gran parte, el estilo de las cofradías de la capital y su modelo es el que se ha extendido por toda Andalucía y parte de España. Juan Manuel Rodríguez Ojeda vistió por primera vez de hebrea a una Dolorosa en aquella Cuaresma de la primera década del siglo XX, férreamente marcada por los preceptos litúrgicos. En 1905 Rodríguez Ojeda es nombrado Teniente Hermano Mayor de la Hermandad de la Hiniesta de Sevilla, encargándose de la confección del manto y palio así como del arreglo de las imágenes titulares. La imagen de María Santísima de la Hiniesta de la Iglesia de San Julián se presentó en la Cuaresma despojada de sus atributos de reina y vestida concisamente, mediante pliegos de papel, con un sencillo manto raso, un pobre sayal ceñido a la cintura con faja, el rostro enmarcado por un velo plisado y nimbada con estrellas como único atributo de santidad. Su atuendo se perfeccionó después con mucho más artificio y milimétrico, otorgándole mayor personalidad propia.
La Sevilla de entonces era una ciudad fuertemente religiosa en lo espiritual y en lo social, donde la liturgia traspasaba los muros de los templos para marcar la vida cotidiana, implantando unos usos y costumbres que afectaban al ocio, al vestuario e incluso a la gastronomía. En este sentido, era la Cuaresma uno de las épocas más importantes, un periodo de oración y preparación, que consideraba la conformación de un ambiente austero y el uso de determinados símbolos como la mejor guía para los fieles. De esta manera, la sobriedad inundaba las celebraciones religiosas y la decoración de los templos, donde se suprimían flores, se silenciaba la música y se ocultaban los ornamentos más lujosos no como señal de tristeza, sino como signo de disposición.
La obra de Juan Manuel Rodríguez Ojeda evidencia que poseía un profundo conocimiento de los protocolos de la liturgia y de su lenguaje simbólico. Se sabe que durante sus inicios en el taller de las hermanas Antúnez fue instruido en iconografía sagrada, poseía amistad con personalidades muy cultivadas dentro de la jerarquía eclesiástica sevillana y la producción de ornamentos litúrgicos era una de las principales especialidades de su taller. El artista, fuertemente imbuido del espíritu barroco que influenció la composición y el contenido de sus obras, fue consciente del papel pedagógico que el aderezo de las imágenes religiosas poseía en una cofradía. Así pues, subrayando la máxima tridentina de utilizar la ornamentación como elemento reforzador de los valores espirituales de las imágenes, vistió a la Virgen con absoluta austeridad, acorde a los principios cuaresmales. Ya no se mostraba como Reina de los Mártires en su condición de Mater Dolorosa, sino que se presentaba en toda su dimensión humana como la humilde Myriam de Nazaret, cumpliendo de este modo la proposición de la sagrada liturgia cuaresmal que ve a María como modelo de discípulo entregado, que escucha y sigue el camino de Cristo hacia el Calvario.
Aunque esta indumentaria contaba con precedentes en los siglos XVIII y XIX, la redefinición del prototipo de hebrea por parte de Rodríguez Ojeda se constituye ahora como una creación genuina del diseñador, que descubre a Juan Manuel como un artista conceptual. La usanza de hebrea no sólo fue un recurso estético, sino que fue tomada como instrumento para recalcar la función ejemplarizante de la Virgen, que, representada en su humana condición de discípula fiel y seguidora peregrina del misterio de Cristo, se mostraba como el ideal de participación litúrgica de la Iglesia en Cuaresma. El logro fue doble, pues paralelamente se revalorizaba su figura en este período, significando su presencia en los cultos de Cuaresma, un tiempo dedicado de lleno a Cristo que tan sólo la recordaba durante la festividad de los Dolores el Viernes de Pasión.
La referencia directa del modelo se halla en la escuela barroca sevillana, donde artistas, como Murillo o Roldán, figuraban a la dolorosa ataviada con simples ropajes: vestido burdeos, ceñidor, velo hebreo y manto azul. Se retomaba a una vertiente iconográfica mariana de gran antigüedad encontrándose en las primitivas pinturas bizantinas y paleocristianas que había sido perpetuada en las obras de los grandes maestros de toda la historia, como Pedro de Mena, quien la plasmó de forma sublime en sus famosas dolorosas. Según esta corriente, el color granate era símbolo de realeza, apego y apuntaba a la sangre de la Pasión y Muerte de Cristo, la faja o cinturón ceñido a rayas de colores representaba la sujeción y obediencia, el velo blanco hace alusión a la dignidad de la mujer y el azul del manto se ofrece como signo de pureza, verdad y amor celestial, color frecuentemente empleado en las representaciones de la Virgen junto a Cristo. Por último, la imagen lleva sobre sus sienes un aro de metal con doce estrellas, lo que recuerda en su conjunto los colores y la forma en la que se representaba.
La idea fue acogida inmediatamente por otras hermandades, ya que, a juzgar por la prensa de la época, no eran pocas las dolorosas que durante los años veinte se presentaban en Cuaresma vestidas a la hebrea, apelativo que ya era recogido en las crónicas de Muñoz San Román para designar a este atuendo. La costumbre se generalizó a partir de los años 50, y actualmente goza de muy buena salud, trascendiendo desde a todo el ámbito nacional como uno de los signos inequívocos de la Cuaresma. Algunas hermandades también visten a sus dolorosas de hebrea durante la Navidad para representar la sencillez con la que María dio a luz al Niño Jesús y en lugar del aro de estrellas usan diademas sobre sus sienes.
Así, desposeídos de casi todo, como la simpleza de una Virgen vestida de hebrea debemos adentrarnos en la Cuaresma, con la sencillez como elegancia, mirando hacia el interior, como la Virgen mira a la corona de espinas que sostiene entre sus manos.
La Cuaresma despoja a las Dolorosas del abolengo habitual para destacar la sobriedad natural de las vírgenes
Año tras año se repite uno de los ritos más usuales y característicos de este tiempo de preparación que precede a la Semana de Pasión, la Cuaresma. Los templos guardan mayor recogimiento, los colores azules, morados y añiles cobran más presencia y las imágenes de la Virgen María se visten con un atuendo más sobrio: de hebrea.
El motivo de este particular estilo no fue otro que la necesidad de innovar a principios del siglo XX, ante los pocos recursos que las hermandades tenían para configurar un ajuar. Posteriormente se convirtió en toda una moda que impulsó Juan Manuel Rodríguez Ojeda, bordador y diseñador sevillano y auténtico 'creador' de la Semana Santa que hoy en día se conoce.
La vestimenta de hebrea se compone en esencia por un manto azul en raso, con un forro en color blanco para que destaque el doblez en la zona de la cabeza y los hombros. En cuanto al color de la saya, se suele usar el rojo. Quizás lo más característico sea el cinturón o fajín que la imagen luce en su cintura. Suele ser una tela llamativa, a rayas de colores. Como remate, a las vírgenes se les suele colocar sobre sus sienes una diadema de metal con doce estrellas y una corona de espinas en sus manos.
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuentes:
elcostal.org
Estepa Cofrade.
diariosur.es
martes, 25 de febrero de 2020
¿DE DÓNDE SE OBTIENE LA CENIZA PARA EL PRIMER DÍA DE LA CUARESMA?
El Miércoles de Ceniza el sacerdote traza una cruz de ceniza sobre la frente de los fieles.
¿De dónde viene esa ceniza?
El Miércoles de Ceniza marca el comienzo de la Cuaresma. Un día en el que durante la celebración de la misa los sacerdotes trazan con ceniza una cruz sobre la frente de los fieles. Pero, ¿de dónde proviene esa ceniza?
La ceniza que los sacerdotes utilizan para trazar la cruz en los cristianos viene de la inceniración de los ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior. Esta bendición tiene lugar en la misa del Miércoles de Ceniza, después de la homilía.
La ceniza es sacramental, es decir, un signo sagrado “con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” -Catecismo, 1667-.
“Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” son las palabras con las que el sacerdote hace la señal de la cruz a todos los feligreses.
“Eres polvo y al polvo volverás”
Este gesto recuerda a una antigua tradición del pueblo hebreo: cuando se estaba en pecado o cuando querían preparar para una fiesta importante en la que debían estar purificados, se cubrían de cenizas y se vestían con un saco de tela áspera.
Unas palabras que nos remiten a cuando “el Señor dijo a Adán tras la culpa de los orígenes: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gen 3,19). Aquí, la palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, incluso nuestra muerte, que es su forma extrema.
Frente al innato miedo del fin, y aún más en el contexto de una cultura que de tantas formas tiende a censurar la realidad y la experiencia humana del morir, la liturgia cuaresmal, por un lado, nos recuerda la muerte invitándonos al realismo y a la sabiduría, pero, por otro lado, nos empuja sobre todo a coger y a vivir la novedad inesperada de que la fe cristiana libera de la realidad de la misma muerte”.
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: https://www.primeroscristianos.com/
lunes, 24 de febrero de 2020
MIÉRCOLES DE CENIZA
El signo de la ceniza con el que la Iglesia comienza públicamente este tiempo de penitencia es muy elocuente. No hace falta mucha explicación, habla casi por sí solo.
El hombre viene de la tierra (Adán significa «sacado de la tierra, del barro») y al morir vuelve a la tierra en forma de polvo, de ceniza. Entre esos dos momentos discurre la vida de cada uno.
Esta puede vivirse con un horizonte de futuro, con esperanza, o como un caminar sin sentido, hacia la nada.
El signo de la ceniza no expresa nihilismo, sino finitud de la criatura, y presenta la ocasión para pensar en el sentido de la vida con horizonte de eternidad.
Al imponernos la ceniza, se nos dice: «Polvo eres y al polvo volverás», o bien, «Conviértete y cree en el evangelio».
Recuerda que eres muy poca cosa, pero se te anuncia algo y Alguien que te dará esperanza: la vida eterna y a Jesucristo, que te la da: vuélvete (conviértete) a él.
El evangelio nos presenta el «trípode» cuaresmal gracias al cual podemos caminar con la mirada puesta en Cristo.
Esto es lo importante, y no las obras en sí. La intensificación de la oración nos hace llenarnos más de Cristo. En la medida en que me lleno del Señor, veo que puedo prescindir (ayunar) de muchas cosas.
Y el fruto de ese desprendimiento es la limosna. La ejercitación de este «trípode» no tiene como fin que nos vean, que se «asombren» ante lo que hacemos. Solo importa una mirada: la mirada del Padre, que ve en lo escondido.
Padre celestial, acaba con mis rebeliones. Que, a través de la gracia de este tiempo, la gloria de tu imagen brille más perfectamente a través de mi carne.
Penitencia sugerida para hoy:
Reza al menos quince minutos al Santo Nombre de Jesús.
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente:
Reflexión basada en Mateo 6,1-6. 16-18. Texto de
Pablo Cervera Baranco.
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2020

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2020
«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)
Queridos hermanos y hermanas:
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.
- El Misterio pascual, fundamento de la conversión
La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.
Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.
- Urgencia de conversión
Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene.
De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.
Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.
- La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos
El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta «poner a Dios contra Dios», como dijo el papa Benedicto XVI (Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).
El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.
- Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo
Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.
Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. PÍO XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.
Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
Francisco
Roma, junto a San Juan de Letrán, 7 de octubre de 2019
Memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente:
https://lanzadediosblog.wordpress.com/
https://lanzadediosblog.wordpress.com/
domingo, 23 de febrero de 2020
¿CUÁL ES EL ORIGEN DEL MIÉRCOLES DE CENIZA?
El “Miércoles al inicio del ayuno” comienza con el rito de la imposición de la ceniza, con ello se inaugura la Cuaresma, la cual representa el ciclo de preparación a celebrar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. El Miércoles de Ceniza está estrechamente unido con la idea de la penitencia, la cual ya se expresaba entre los hebreos cubriéndose la cabeza de ceniza y vistiéndose de aquel áspero paño llamado cilicio.
Jesús deplorando la impenitencia de las ciudades de Corozaín y de Betsaida, dice que merecerán el mismo fin que Tiro y Sidón, si no hacen penitencia con ceniza y cilicio (Mt 11, 21). Por ello Tertuliano, San Cipriano, San Ambrosio, otros Padres y escritores cristianos antiguos aluden a la penitencia in cinere et cilicio, en los siglos V y VI cuando la Iglesia organizó la “penitencia pública”, escogió la ceniza y el saco para señala el castigo de aquellos que habían cometido pecados graves y notorios.
El período de esa penitencia canónica comenzaba este día y duraba hasta el Jueves Santo, en Roma del Siglo VII, los penitentes se presentaban a los presbíteros, hacían la confesión de sus culpas y si era del caso, recibían un vestido de cilicio impregnado de ceniza quedando excluidos de la Iglesia y debían retirarse a alguna abadía para cumplir la penitencia, en otras partes, los penitentes públicos cumplían su pena privadamente, es decir, en su casa.
El primer formulario de bendición de cenizas data del siglo XI, el rito de imponer cenizas sobre la cabeza de los penitentes, gesto de gran carga simbólica se extendió por Europa rápidamente, las cenizas que provienen de la combustión de los ramos de olivo del Domingo de Ramos del año anterior, se deportaban sobre la cabeza de los varones, a las mujeres se les hacía una cruz sobre la frente.
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente:
enlacecatolico.info
jueves, 20 de febrero de 2020
¿POR QUÉ SE COLOCAN CRUCIFIJOS EN LOS ALTARES?
Es el elemento principal sobre el altar en la misa, descubre por qué.
En el centro de la acción litúrgica de la Iglesia está Cristo y el misterio de su muerte y resurrección. Por tanto, la celebración litúrgica debe hacer evidente esta verdad teológica.
Y, desde casi siempre, el signo elegido por la Iglesia para la orientación del corazón y de la mente del cristiano durante la misa o la liturgia hacia el misterio pascual es la representación de Jesús crucificado.
El crucifijo es el elemento principal sobre el altar porque la misa es el santo sacrificio, memorial de la pasión, muerte, resurrección del Señor.
Antiguamente la liturgia prescribía la costumbre de que tanto el sacerdote como los fieles se dirigieran durante la celebración eucarística hacia el crucifijo, puesto en el centro, sobre el altar, que estaba adosado a la pared.
Esto nos da a entender que la centralidad del crucifijo en la celebración del culto divino se resaltaba mucho más en el pasado. En efecto, la presencia de la cruz en la celebración de la Misa está certificada desde el siglo V.
La centralidad del crucifijo (la representación de Cristo crucificado), que no es una cuestión meramente devocional, se resalta poniéndolo especialmente sobre el altar; y expresa su sacrificio y, por lo tanto, lo vincula con el significado más importante de la Eucaristía: la misa es la actualización incruenta del sacrificio cruento en la cruz.
El crucifijo se coloca sobre el altar para recordar a la asamblea y al ministro celebrante que la víctima que se ofrece sobre el altar es la misma que se ofreció en la Cruz.
Por tanto nunca podemos perder de vista el aspecto sacrificial de la Misa, aspecto que queda olvidado cuando la Misa se convierte en una mera fiesta que solo tiene en cuenta la resurrección obviando el sacrificio expiatorio de Cristo. No hay resurrección sin cruz.
El ordenamiento General del Misal Romano dice:
“Sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo congregado” (n. 308).
Por tanto, el crucifijo ha de estar al centro de la mirada y de la fe de los fieles sobre todo en misa, aunque el numeral no indique expresamente que el crucifijo deba estar ‘literalmente’ al centro del altar.
Pero es aconsejable que el crucifijo esté sobre el altar y en el centro del mismo, vista la praxis litúrgica de los dos últimos Papas, donde el celebrante mira al crucifijo, recuperando de esta manera una norma litúrgica según una antigua costumbre.
Es bueno tener como referencia en la liturgia las acciones litúrgicas del Papa. Decía el cardenal Antonio Cañizares, en el prologo a la edición española del libro La Reforma de Benedicto XVI publicado por el sacerdote italiano P. Nicolás Bux en el 2008, que las “liturgias pontificias son ejemplares para todo el orbe católico” (final de la pág. 16).
Poner el crucifijo al centro y sobre del altar es un cambio que fue reintroducido por el papa Benedicto XVI.
Es un cambio importante y sobre todo necesario pues nos recuerda que la Misa no es una acción para mirarnos los unos a los otros, sino que es el sacrificio de la cruz que debemos tener presente en la liturgia y en la vida.
El crucifijo sobre y al centro del altar nos indica que el sacerdote celebra la Misa de cara a Dios y no como un protagonista frente al pueblo.
La cruz sobre el altar resta protagonismo al celebrante para dárselo a Cristo, y esto redunda en que tanto el sacerdote como los fieles participen de la Misa mirando a Dios.
¿Por qué el crucifijo al centro del altar y de la mirada de todos? Porque hay que entender la liturgia de manera correcta.
La liturgia (se celebre o no ‘de cara al pueblo’) no se comprende verdaderamente si se piensa que ésta es un diálogo entre asamblea y sacerdote y/o viceversa. Sacerdote y pueblo no dirigen el uno al otro su oración, sino que juntos la dirigen al único Señor.
Mirar al crucifijo es una oportunidad para caminar con la mirada puesta en Jesús. Es saludable tener “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12, 2). “Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron” (Jn. 19, 37).
El crucifijo ha de estar sobre y en el centro del altar siempre, salvo dos excepciones: cuando sobre el altar está la custodia y se expone el Santísimo Sacramento y cuando la crucifixión es la imagen central del retablo o de la pintura (cuadro) detrás del altar.
Alguien podría decir que la cruz al centro del altar no debe permitirse pues impediría la visión de los fieles, pero en realidad la cruz sobre el altar no es en absoluto un obstáculo sino más bien un punto de referencia común; como tampoco es un obstáculo el ‘iconostasio’ que separa la nave del presbiterio en las iglesias de rito ortodoxo.
Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente:
aleteia.org
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