martes, 30 de julio de 2019

31 DE JULIO: SAN IGNACIO DE LOYOLA, PRESBÍTERO Y FUNDADOR


Memoria de san Ignacio de Loyola, presbítero, quien, nacido en las Vascongadas, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje del contador mayor hasta que, herido gravemente, se convirtió. Completó los estudios teológicos en París y conquistó sus primeros compañeros, con los que más tarde fundaría en Roma la Compañía de Jesús, ciudad en la que ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios († 1556). (Martirologio Romano)
Fecha de beatificación: 27 de julio de 1609 por el Papa Pablo V
Fecha de canonización: 12 de marzo de 1622 por el Papa Gregorio XV
Breve Biografía
San Ignacio de Loyola supo transmitir a los demás su entusiasmo y amor por defender la causa de Cristo.
Un poco de historia
Nació y fue bautizado como Iñigo en 1491, en el Castillo de Loyola, España. De padres nobles, era el más chico de ocho hijos. Quedó huérfano y fue educado en la Corte de la nobleza española, donde le instruyeron en los buenos modales y en la fortaleza de espíritu.
Quiso ser militar. Sin embargo, a los 31 años en una batalla, cayó herido de ambas piernas por una bala de cañón. Fue trasladado a Loyola para su curación y soportó valientemente las operaciones y el dolor. Estuvo a punto de morir y terminó perdiendo una pierna, por lo que quedó cojo para el resto de su vida.
Durante su recuperación, quiso leer novelas de caballería, que le gustaban mucho. Pero en el castillo, los únicos dos libros que habían eran: Vida de Cristo y Vidas de los Santos. Sin mucho interés, comenzó a leer y le gustaron tanto que pasaba días enteros leyéndolos sin parar. Se encendió en deseos de imitar las hazañas de los Santos y de estar al servicio de Cristo. Pensaba: “Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron”.


Una noche, Ignacio tuvo una visión que lo consoló mucho: la Madre de Dios, rodeada de luz, llevando en los brazos a su Hijo, Jesús.
Iñigo pasó por una etapa de dudas acerca de su vocación. Con el tiempo se dio cuenta que los pensamientos que procedían de Dios lo dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad. En cambio, los pensamientos del mundo le daban cierto deleite, pero lo dejaban vacío. Decidió seguir el ejemplo de los santos y empezó a hacer penitencia por sus pecados para entregarse a Dios.
A los 32 años, salió de Loyola con el propósito de ir peregrinando hasta Jerusalén. Se detuvo en el Santuario de Montserrat, en España. Ahí decidió llevar vida de oración y de penitencia después de hacer una confesión general. Vivió durante casi un año retirado en una cueva de los alrededores, orando.
Tuvo un período de aridez y empezó a escribir sus primeras experiencias espirituales. Éstas le sirvieron para su famoso libro sobre “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, salió de esta sequedad espiritual y pasó al profundo goce espiritual, siendo un gran místico.
Logró llegar a Tierra Santa a los 33 años y a su regreso a España, comenzó a estudiar. Se dio cuenta que, para ayudar a las almas, eran necesarios los estudios.


Convirtió a muchos pecadores. Fue encarcelado dos veces por predicar, pero en ambas ocasiones recuperó su libertad. Él consideraba la prisión y el sufrimiento como pruebas que Dios le mandaba para purificarse y santificarse.
A los 38 años se trasladó a Francia, donde siguió estudiando siete años más. Pedía limosna a los comerciantes españoles para poder mantener sus estudios, así como a sus amigos. Ahí animó a muchos de sus compañeros universitarios a practicar con mayor fervor la vida cristiana. En esta época, 1534, se unieron a Ignacio 6 estudiantes de teología. Motivados por lo que decía San Ignacio, hicieron con él voto de castidad, pobreza y vida apostólica, en una sencilla ceremonia.
San Ignacio mantuvo la fe de sus seguidores a través de conversaciones personales y con el cumplimiento de unas sencillas reglas de vida. Poco después, tuvo que interrumpir sus estudios por motivos de salud y regresó a España, pero sin hospedarse en el Castillo de Loyola.
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros que se encontraban en Venecia y se trasladaron a Roma para ofrecer sus servicios al Papa. Decidieron llamar a su asociación la Compañía de Jesús, porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Paulo III convirtió a dos de ellos profesores de la Universidad. A Ignacio, le pidió predicar los Ejercicios Espirituales y catequizar al pueblo. Los demás compañeros trabajaban con ellos.


El Papa Pablo III les dio la aprobación y les permitió ordenarse sacerdotes. Fueron ordenados en Venecia por el obispo de Arbe el 24 de junio. Ignacio celebrará la primera misa en la noche de Navidad del año 1538. En ese tiempo se dedican a predicar y al trabajo caritativo en Italia.
Ignacio de Loyola, de acuerdo con sus compañeros, resolvió formar una congregación religiosa que fue aprobada por el Papa en 1540. Añadieron a los votos de castidad y pobreza, el de la obediencia, con el que se comprometían a obedecer a un superior general, quien a su vez, estaría sujeto al Papa.
La Compañía de Jesús tuvo un papel muy importante en contrarrestar los efectos de la Reforma religiosa encabezada por el protestante Martín Lutero y con su esfuerzo y predicación, volvió a ganar muchas almas para la única y verdadera Iglesia de Cristo.


Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, dirigiendo la congregación y dedicado a la educación de la juventud y del clero, fundando colegios y universidades de muy alta calidad académica.
Para San Ignacio, toda su felicidad consistía en trabajar por Dios y sufrir por su causa. El espíritu “militar” de Ignacio y de la Compañía de Jesús se refleja en su voto de obediencia al Papa, máximo jefe de los jesuítas.
Su libro de “Ejercicios Espirituales” se sigue utilizando en la actualidad por diferentes agrupaciones religiosas.
San Ignacio murió repentinamente, el 31 de julio de 1556. Fue beatificado el 27 de julio de 1609 por Pablo V, y canonizado en 1622 por Gregorio XV.  



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales
Fuente: Texto de Juan Sánchez


miércoles, 17 de julio de 2019

El Apóstol Santiago el Mayor, historia y leyenda





Cuenta la tradición que a Santiago el Mayor, uno de los apóstoles predilectos de Jesús, lo mandó decapitar Herodes Agripa. Sus discípulos recogieron los restos del santo y los trasladaron en una barca sin timón, que Dios guió desde Palestina hasta las costas gallegas, donde fue enterrado.

Lo que bien pudo ocurrir es que al apóstol Santiago el Mayor se le encomendara cristianizar Hispania a la muerte de Jesucristo, hacia el año 40 de nuestra era. El apóstol entró en la Península por un puerto del sur, a donde llegó aprovechando el abundante tráfico marítimo romano. Subió por Portugal y llegó a Iria Flavia, continuando sus predicaciones hacia tierras del Este. Transcurridos unos dos años de su llegada, decidió regresar a Palestina. Al llegar a su patria fue denunciado por los judíos, y Herodes Agripa ordenó que se le decapitara. Sus discípulos traerían a España su cuerpo para enterrarlo. Según una leyenda, éstos pidieron ayuda a la reina Lupa, señora celta de las tierras romanas del Fin del Mundo, para transportar el cadáver desde la costa, y esta para burlarse de ellos les dio dos toros bravos. Cuando los animales llegaron ante el sepulcro se convirtieron en dos bueyes, que llevaron el cuerpo hasta donde se encuentra actualmente.

Sobre la tumba se levantó un mausoleo según el modelo de las necrópolis romanas, formado por una pequeña construcción rodeada de columnas, cuyos restos permanecen en el subsuelo de la Catedral. En el mausoleo también se encontraron otras dos tumbas atribuidas a sus discípulos Atanasio y Teodoro. Eran tiempos turbulentos, y la persecución de los cristianos llevó a que el mausoleo cayera en el olvido, hasta que un oportuno milagro lo hace reaparecer en el siglo IX, cuando empieza la lucha para reconquistar la Península a los musulmanes. Será en este siglo cuando el rey asturiano Alfonso II el Casto lo declare patrono de España. El 25 de julio se instaurará, con carácter nacional, la fiesta del apóstol Santiago.


articulo enviado por: jesus MANUEL CEDEIRA COSTALES 
FUENTE: Catedral de Santiago 



martes, 9 de julio de 2019

12 CLAVES PARA USAR EL ESCAPULARIO DE LA VIRGEN DEL CARMEN



"La devoción del escapulario del Carmen ha hecho descender sobre el mundo una copiosa lluvia de gracias espirituales y temporales”, decía el Papa Pío XII.
Conozca aquí 12 claves que debe conocer quien porta este objeto religioso.


1. No es un amuleto
No es un amuleto ni una garantía automática de salvación o una dispensa para no vivir las exigencias de la vida cristiana.
“Tú preguntas: ¿y si yo quisiera morir con mis pecados? Yo te respondo, entonces morirás en pecado, pero no morirás con tu escapulario”, advertía San Claude de la Colombiere.
2. Era un vestido
Escapulario viene del latín “scapulae” que significa “hombros” y originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros, usado por los monjes en el trabajo. Los carmelitas lo asumieron como muestra de dedicación especial a la Virgen, buscando imitar su entrega a Cristo y al prójimo.
3. Es un regalo de la Virgen
Según la tradición, el escapulario, tal como se conoce ahora, fue dado por la misma Virgen María a San Simón Stock el 16 de julio de 1251.
María le dijo: “debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. Más adelante la Iglesia extendió el escapulario a los laicos.
4. Es un mini hábito
Es como un hábito carmelita en miniatura que todos los devotos pueden portar como muestra de su consagración a la Virgen. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café. Una se pone sobre el pecho y la otra sobre la espalda y se suele usar bajo la ropa.
5. Es uniforme de servicio
San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia, decía: "Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios".
6. Tiene tres significados
El amor y la protección maternal de María, la pertenencia a María y el suave yugo de Cristo que ella nos ayuda a llevar.
7. Es un sacramental
Es reconocido por la Iglesia como un sacramental. Es decir, un signo que ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción.
El escapulario no comunica gracias como lo hacen los sacramentos, sino que dispone al amor del Señor y al arrepentimiento si se recibe con devoción.
8. Puede ser dado a un no católico
Cierto día le llevaron a San Stock un anciano moribundo, quien, al recobrar el conocimiento, le dijo al santo que no era católico, que usaba el escapulario como promesa a sus amigos y rezaba una Ave María diariamente. Antes de morir recibió el bautismo y la unción de los enfermos.
9. Fue visto en una aparición de Fátima
Lucía, la vidente de la Virgen de Fátima reportó que en la última aparición (Octubre de 1917) María se apareció con el hábito carmelita, el escapulario en la mano y recordó que sus verdaderos hijos lo llevan con reverencia. Asimismo, pidió que los que se consagren a ella lo usen como signo de dicha consagración.
10. El escapulario que no se dañó
El Beato Papa Gregorio X fue enterrado con su escapulario y 600 años después, cuando abrieron su tumba, el objeto estaba intacto. Algo similar pasó con San Alfonso María de Ligorio.
San Juan Bosco y San Juan Pablo II también lo usaban y San Pedro Claver investía con el escapulario a los que convertía y preparaba.
11. Cualquiera no lo puede imponer
La imposición del escapulario se debe hacer preferentemente en comunidad y que en la celebración quede bien expresado el sentido espiritual y de compromiso con la Virgen.
El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote y puesto sobre el devoto con la siguiente oración: "Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna".
12. Solo se bendice el primero que recibes
Cuando se bendice el primer escapulario, el devoto no necesita pedir la bendición para escapularios posteriores. Los ya gastados, si fueron bendecidos, no se deben echar a la basura, sino que se pueden quemar o enterrar como signo de respeto.


Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: ACI Prensa

sábado, 6 de julio de 2019

EL ORIGEN ESPAÑOL DE LA SALVE




Salve Regina, una de las oraciones fundamentales a Nuestra Señora, es también una de las antífonas más antiguas. Ha sido atribuida a diversos autores, como el prelado gallego San Pedro de Mezonzo obispo de Compostela; Ademar de Monteil, obispo de Le Puy que participó en la Primera Cruzada; el monje alemán Hermann de Reichenau; San Jeroteo, supuesto obispo de Segovia; y San Bernardo, aunque hoy se sabe que éste último se limitó a añadir la parte final (O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria…). Ha habido incluso quien la ha atribuido a los Templarios, quienes sin duda debían de cantarla, ya que era popularísima en otras órdenes, como los dominicos, los franciscanos y los benedictinos.

Ateniéndonos a criterios filológicos, creemos que puede demostrarse el origen español de tan entrañable y popular oración. A nuestro juicio es de San Pedro de Mezonzo. Excluimos a San Jeroteo porque es un personaje legendario. Pero el autor no podía ser ni francés ni alemán. Los españoles son incapaces de pronunciar la llamada ese líquida o ese impura, tan frecuente en otras lenguas. Nos referimos a la s inicial en una palabra que va seguida de otra consonante. Aunque en realidad no es tan difícil de pronunciar y con un poco de práctica se aprende rápido, por la falta de costumbre y por lo impropia que es de nuestro idioma los más suelen añadir una e protética delante cuando tienen que usar un nombre o una palabra extranjeros (pronunciando por ejemplo, Espéin por Spain, estar por star. Esto en lingüística se llama prótesis, porque consiste en añadir un elemento ajeno, como cuando se implanta una prótesis en el cuerpo humano. Así, la palabra latina spes (esperanza) pronunciada cómodamente por un español suena «espes». Tal como está configurada la melodía de la Salve, es imposible pronunciar spes al cantarla; no hay más remedio que decir espes. Yo he intentado pronunciarla bien cuando la canto pero es imposible. Ergo, la Salve es española. Un francés no tiene la menor dificultad para pronunciar palabras de su idioma como slave o spacieux, ni un alemán la tiene para pronunciar vocablos germanos como Stahl o sprechen (que es más difícil todavía, porque la ese líquida la pronuncian sh).

Ahora bien, dado que existen tantas versiones de la Salve hechas por compositores posteriores a la Edad Media, así como innumerables versiones populares (Salve marinera, Salve rociera, etc.), nada impide que Ademaro de Monteil o Hermann el Cojo (como también era llamado) hicieran algún aporte o arreglo que haya llegado hasta nosotros después de confluir con otras versiones, según se cantara en las distintas órdenes monásticas. La Salve es, en realidad, patrimonio de la Cristiandad, independientemente de su origen. Pero eso no quita que sea uno de los muchos aportes de España a la Cristiandad.



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: adelantelafe.com

lunes, 1 de julio de 2019

FIESTA DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO





Como todos los años, este primer día de julio los fieles se reunen para celebrar la solemnidad de la Preciosísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

La fiesta litúrgica, que tras la reforma del Concilio Vaticano II se unió a la del Santísimo Cuerpo del Señor (Corpus Domini), sigue siendo celebrada por la fraternidad de la Custodia porque el santuario de la Agonía en el monte de los Olivos conserva la memoria física del sudor de sangre del Señor Jesús en la noche de su arresto. 


El fenómeno, conocido en medicina como hematidrosis, está ligado al exudado del suero de las venas a causa de fuertes tensiones a las que se puede ver sometida una persona, y fue registrado por el evangelista médico, san Lucas, en el capítulo 22 de su Evangelio.

San Francisco escribió a todos los fieles, para demostrar que el santo de Asís había entendido el íntimo vínculo entre la Sangre del cáliz eucarístico, la Sangre vertida en Getsemaní y la derramada en la cruz. Sangre preciosa la del Señor, porque es signo de una vida totalmente entregada, totalmente trasfundida a nosotros para hacernos consanguíneos con Dios, miembros de la misma familia divina.



Festejar la Preciosísima Sangre de Jesús significa entonces para nosotros inserirnos en esta dinámica de entrega de la vida, de entregarnos al Padre celestial y a nuestros hermanos, en perfecta imitación a nuestro divino modelo, Jesucristo.

Los olivos seculares de Getsemaní fueron los probables testigos del sudor de sangre de Jesús. Que la Sangre de Cristo se derrame, más copiosa si cabe, por todo el mundo para obtener la paz y la redención a todo ser humano.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales



Fuente: custodia.org

domingo, 30 de junio de 2019

DIOS VIVE EN LA CIUDAD





Una gran ciudad engendra muchas situaciones de vida: hay personas con plenos derechos, a otras les falta alguno; hay excluidos, indocumentados, niños, adolescentes y jóvenes, ancianos y enfermos… 


Precisamente por todo esto, hay necesidad de hacer ver que Dios vive en la ciudad, que las imágenes del Evangelio de más encanto e interés son las que muestran lo que genera Jesús cuando está en las calles y en las plazas; siempre suscita el bien y es esto lo que quiere y desea el pueblo.



Hoy, cuando nuestras cofradías, hermandades y congregaciones salen a las calles con sus imágenes, el pueblo sabe leer páginas del Evangelio y ver al Señor actuando.


Ved cómo sigue el Señor llamando a Zaqueo, que podemos ser cualquiera de los que vivimos en esta ciudad. Cuando menos lo pensamos, escuchamos: «Zaqueo, baja que hoy quiero entrar en tu casa», quiero entrar en tu vida, quiero conquistar tu corazón, pues estás traicionando al pueblo no dando lo que debes a los demás. 


Pero también podemos ser Bartimeo, unos hombres y mujeres marginales que hemos oído del poder de Jesús y por eso le gritamos. Él se vuelve hacia nosotros y nos dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». Y la respuesta es la que sale de su corazón: «Señor, que vea». Y Bartimeo recobró la vista. En la ciudad también hay gentes con una gran fe, como la de aquella mujer que pensaba que «si logro tocar aunque sea la orla del manto me curaré». Y así sucedió.



Sinceramente, tenemos un desafío: creernos de verdad que Dios vive en la ciudad. Nuestra respuesta ante tantas situaciones ha de ser volver a poner en el centro a Cristo. Dejémonos de posturas ilustradas o eticistas.


 Hay que comenzar siempre desde el encuentro con Nuestro Señor Jesucristo, pues Él vive, Él te ama, Él te quiere y te abraza. En los inicios de la Iglesia fue precisamente en las grandes ciudades donde se fraguó la evangelización. 


Tengamos la valentía, la audacia y la alegría que nace del encuentro con Jesucristo para quitar miedos a una pastoral urbana de una gran ciudad, que es capaz de entregar a Jesucristo sin glosas. Ello requiere una vivencia profunda de encuentro con el Señor:



1. La vida verdadera siempre se realiza desde un encuentro. ¡Qué fuerza tiene volver a leer y meditar el libro del Génesis en el relato de la creación! Ahí vemos con claridad la antropología cristiana: el hombre es creado por Dios y es llamado por Él a una vida de encuentro. No hagamos circunloquios, acojamos esta verdad tal y como nos la presenta Dios. La vocación y la misión del hombre, en última instancia, es responder a la llamada que Dios le hizo. Se encuentra con todos, en todos los lugares, consciente de que es portavoz de quien ha creado todo lo que existe. En una gran ciudad estamos llamados a vivir la cultura del encuentro, tal y como el Creador la diseñó. El encuentro siempre da luz y alegría, da gozo y belleza, da sentido.



2. Las calles, plazas, jardines y casas, han de ser ámbitos reales de encuentro y de respeto al otro.Todos los hombres que habitamos en la gran ciudad tenemos nuestras historias, nuestros sufrimientos y anhelos. No hagamos ciudades para el desencuentro, para vivir uno mismo sin ver para nada a los demás; esto nos deshumaniza. Estamos creados para vivir junto a los demás, para ocuparnos de los demás. La parábola del Buen Samaritano tiene un realismo especial hoy en la gran ciudad: podemos llenarla de salteadores y bandidos, pero también podemos construirla de hombres que se acercan a todo el que encuentran para devolverle la dignidad cuando se la robaron. La religiosidad popular nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, pues deseamos vivir como la persona que acompañamos.



3. Encuentro con Cristo, con su Evangelio y con la Iglesia. ¡Qué alegría da ver lo que engendra la religiosidad popular! Nos saca de una fe ideologizada y cultural a esa relación afectiva con Jesús. Descubrimos con una fuerza especial la invitación de Jesús a seguirlo. Al contemplarlo en esa imagen, escuchamos esa llamada fuerte que cambia la vida: «¡Sígueme!». Es una gracia tan grande que inunda nuestro corazón. Al contemplar una imagen de su Madre, escuchamos ese «haced lo que Él os diga» de las bodas de Caná; allí María se define, nos remite a quien puede hacernos felices y darnos alegría. En la Virgen María vemos a la persona ideal de una fe vivida sin complejos y con valentía, que la llevó a salir por todos los caminos. Y al contemplar una imagen de un amigo del Señor, de un santo, escuchamos cómo subyuga la persona de Jesús. Los santos nos conducen a vivir la vida hasta su consumación en comunión con Jesús y en una entrega apasionada por los hombres. Acoger a Dios y a los hombres, no desentendernos de nadie, decir a todo el que encuentre en mi camino: «Eres mi hermano», son tareas necesarias en la gran ciudad. Solo así acabamos con la insolidaridad, la apatía, el sinsentido y el absurdo.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: Texto del Cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid

EN EL CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS




Queridos hermanos:

Al renovar el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús, asumimos la misión que el Señor ha dado a la Iglesia de hacer presente su rostro y tomamos a todos los que viven en España sin excepción, como lo hizo Nuestro Señor, que dio la vida por todos los hombres, deseando responder a ese amor agradecido que hemos recibido de Él. Somos su hechura, no podemos vivir sin el amor, sin su amor. Esas palabras que tantas veces hemos escuchado las hacemos nuestras: «A nadie debáis más que amor». Es con ese amor con el que deseamos vivir y pedimos que llegue a todos los hombres.

Hemos repetido juntos cuando cantábamos el salmo responsorial: «Tú eres, Señor, el lote de mi heredad». ¿Cómo entender esta expresión? Mirémonos a nosotros mismos y descubramos lo que hay en lo profundo de nuestra existencia: hay deseos y capacidad de infinito; existe hambre de justicia y de fraternidad; hay deseos de saber para no ser manipulados; existe el gusto por la fiesta, por la amistad, por la belleza que se muestran en todo ser humano. Descubramos el gozo al que nos invitaba a vivir el salmista, encontrando en el Señor plenitud y salidas en las tormentas y oscuridades, dirección en el camino que hacemos para la vida y la libertad, el consejo, la instrucción, la seguridad que nos impide vacilar en el camino, la alegría de saber que Dios no nos entrega a la muerte, sino que es quien nos sacia, nos infunde gozo, vida y alegría.

En el Corazón de Cristo se nos muestra y revela la realidad de Dios y la realidad del hombre que desea vivir en verdad y no negociar con la verdad, sin acomodarse a las circunstancias. ¡Qué bueno es ver a un Dios que sale a nuestro encuentro!, ¡qué grande es este Dios que habla nuestro lenguaje y que comparte nuestras preocupaciones!, ¡cómo alcanza la vida este Dios que se nos revela en Jesucristo! Él hace verdad y vida esas palabras del Concilio Vaticano II y nos invita a vivirlas: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Hermanos: somos el Pueblo de Dios. Y este Pueblo que camina en España quiere renovar y consagrarse y consagrar a España una vez más al Corazón de Jesús. Somos el Pueblo de Dios que vive entre el pueblo que camina en España, sentimos el gozo de sabernos hermanos de todos los hombres. Asumimos con toda nuestra vida la misión que nos ha confiado el Señor y también la responsabilidad en la misión que nos dio Él, de no desentendernos de nada que afecte al ser humano ni de nadie. A todos los ponemos junto al Señor sabiendo que quien cuida a todos es Él. Quienes creemos en Jesucristo, sabemos que no podemos vivir la fidelidad y estar a gusto si olvidamos a alguien; todos son nuestros hermanos. Es verdad que ser pueblo no coincide con ser todos miembros del Pueblo de Dios. Pero quizá esto lo entendamos mejor si nos preguntamos, desde la mirada de Cristo, qué es ser pueblo. Ser pueblo es mucho más que una categoría lógica, es una categoría mística; es mucho más que un concepto, es una llamada, es una convocación a salir del encierro individualista, del interés propio o de grupo, de esa laguna personal o de grupo en la que nos gusta estar y volcarnos al cauce de un río que avanza y reúne en sí la vida de todos, la historia del territorio que atraviesa y vivifica. Hemos de sentir el gozo de ser pueblo que tiene una geografía y una historia y toma decisiones en su destino, pero lo hacen todos. Ser pueblo es habitar un espacio juntos y saber hacer memoria de una historia muy grande que no empieza anteayer, sino que tiene muchos siglos. Ser pueblo es saber que se nos convoca permanentemente a recuperar la vecindad, el cuidado de los unos y los otros, el saludarnos los unos a otros, reconociendo que vivimos juntos y que todos son dignos de atención; todos son dignos de nuestra amabilidad y de nuestro afecto, preocupándonos por lo que nos afecta a todos y socorriéndonos mutuamente. Estoy convencido de que solamente un pueblo crece si se preguntan todos los que pertenecen a él, aunque sea desde perspectivas distintas, pero con convicción profunda, ¿quién es mi prójimo? Cuando olvidamos esta pregunta habrá grupos, pero no hay pueblo. Esto es precisamente lo que nos enseña el amor de de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús.

La Palabra de Dios que hemos proclamado nos hace tres preguntas y nos pide tres compromisos cuando el Pueblo de Dios hace la consagración de España al Sagrado Corazón. Preguntas y compromisos que quiero poner al alcance de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Tres preguntas y tres compromisos que se convierten en misión:

1. ¿Quién es mi prójimo? O el compromiso de vivir con un corazón grande y nuevo. Un corazón grande como les pidió Dios a Elías y a Eliseo. A ambos les pidió servir al Pueblo de Dios y desde ese Pueblo a todos los hombres. Pero también les pidió un compromiso: a Elías le dijo Dios «urge sucesor tuyo», urge que te despojes de todo y entrégaselo a Eliseo todo. Ponerle la capa es signo de darle y hacerle partícipe de todo lo que Dios le había dado. La respuesta de ambos fue inmediata. Elías, cuando pasó al lado de Eliseo, le echó el manto encima, es decir, le hizo partícipe de todo lo que le había dado Dios. Y Eliseo también ofreció lo que tenía en sacrificio y marchó tras Elías poniéndose a su servicio. Dios les pidió ponerse al servicio del prójimo dejando todo, solo iban con el amor de Dios y la fuerza de Dios.



Eso es precisamente lo que Jesús nos quiere decir en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37). Es lo que Jesús nos dice hoy en esta consagración al Sagrado Corazón: que tengamos un corazón con las medidas de su corazón. La única manera de construir lazos sociales entre los hombres, de vivir en amistad y paz, es comenzar reconociendo al otro como prójimo, es decir, hay que hacernos prójimos. Tomar al hombre como fin y nunca como un medio; no demos valor al otro por lo que el otro pueda darme o servirme, pues eso es tomar al otro como cosa. Cuando lo consideramos como fin, reconocemos que todo ser humano es mi semejante, es mi prójimo. El otro, nos enseña Jesús, no es mi competidor, ni mi enemigo, es mi hermano sea quien sea. El samaritano se pone al herido que encuentra en el camino sobre el hombro y asegura que reciba cuidado. Nos enseña lo que es el amor de Dios y el amor al prójimo. A quien encontremos tirado, pongámonoslo al hombro como lo hizo el samaritano. Solamente cuando ponemos al hombro al otro, comenzamos a considerarnos y entendemos como prójimos, pues no se trata de reconocer al otro semejante, sino de reconocernos como capaces de ser semejantes.

Hoy el Señor nos invita a creernos y a vivir que todo hombre es mi hermano y a hacerme prójimo. Es condición indispensable para vivir mi propia humanidad. Qué corazón el de nuestro Señor, que, siendo Dios, se hizo prójimo de todos los hombres; nos ha regalado su amor, hagámonos semejantes a Él.

2. ¿Cómo mostrar el amor? O el compromiso de vivir con un corazón apasionado por la libertad. El amor hay que mostrarlo cara a cara, esto es imprescindible para que los humanos seamos efectivamente humanos. No se trata de mostrar el amor por intereses personales. En el juicio final (Mt 25, 31-43) se nos descubre otra dimensión del amor; fijémonos en los que habían sido declarados benditos: por haber dado de comer y de beber, por haberle alojado, vestido, visitado, pero no sabían que había hecho estas cosas. Porque la conciencia de haber tocado a Cristo herido en el hermano, de haber sido prójimo, se da a posteriori cuando todo se ha cumplido.

Nos decía el apóstol san Pablo que «para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado». Nos alentaba y animaba a no caer en la esclavitud, pero sí a vivir en esa libertad que nos hace esclavos los unos de los otros por amor. Nunca olvidemos ese «amarás al prójimo como a ti mismo». Mostrar el amor de Dios, impide que nos destruyamos (cfr. Gal 5, 1. 13-18).

El Señor nos invita a hacer formas perdurables del amor. Y eso se hace viviendo el compromiso y la pasión por la libertad y la justicia. ¿No veis a nuestro lado instituciones que son perduración de intenciones y deseos de amor al prójimo y de dejar muestras de ese amor? Cuántas instituciones, congregaciones, fundaciones perduran porque ese amor al prójimo se estableció de una manera permanente e hicieron posible que la justicia tomase rostro: instituciones para enfermos, para ancianos, para niños abandonados, para pobres tirados. Hubo hombres y mujeres que amaron y cuando estaban dando de comer o visitando, amaban con el amor mismo de Dios. El amor de Dios es necesario para perdurar, si no estas instituciones desaparecen con el promotor.

Hagamos posible que el amor vivido hacia los otros se institucionalice en obras que muestren ese amor. Entregar libertad en esta tierra solamente es posible con la pasión por amar a todo ser humano que encontremos en este mundo. No es cuestión de ideas, es cuestión de corazón, que nos lleva a ver que es urgente y necesario institucionalizar el amor sin que pierda por ello el frescor y la lozanía de un amor que contagia libertad.

3. ¿Cómo ser testigos del amor más grande? O el compromiso de vivir la misión a la intemperie, en los caminos por los que transitan los hombres. Hay dos cuestiones que nos muestra el Evangelio que hemos proclamado: 1) La decisión de Jesús de ir a mostrar públicamente su amor: marcha a Jerusalén, donde lo estaban buscando y vigilando sus movimientos, simplemente porque mostraba el amor de Dios con todos los hombres. En las rupturas y los enfrentamientos hay que poner el amor incondicional. 2) Por otra parte, está su deseo de entrar por todos los caminos donde transitan los hombres: entra en Samaría, donde el aprecio a los judíos era nulo, se les consideraba enemigos. Allí sintió el rechazo por ser judío y no le dan alojamiento. Atrevámonos a descubrir en este encuentro lo que significa no amar por razones de creencias o de ideologías, los odios que se pueden engendrar entre vecinos, las divisiones en las que son los pobres los que más sufren. Sin embargo Jesús ama en todas las circunstancias, Él ha venido a traer la paz y la reconciliación, quiere hacer de este mundo una gran familia. Precisamente por eso, cuando Santiago y Juan viven el deseo de la venganza, Jesús les habla con firmeza y les muestra que solo debemos amor, que el camino de los hombres es dar el amor de Dios, devolver la reconciliación, dar perdón.

Pero por otra parte en el camino tiene tres encuentros significativos. A los tres personajes les quiere conquistar el corazón con su amor: el primero y el tercero se aproximan al Señor para decirle «te seguiré a donde vayas» o «te seguiré». Al segundo, es el Señor quien le hace una propuesta de seguimiento, le dice: «sígueme». A los tres les pide que entren en la órbita de su amor. A quienes dicen «te seguiré», el Señor les dice que «el Hijo del hombre no tienen donde reclinar la cabeza» o «déjame primero despedirme de mi familia», es decir, no han descubierto la novedad del amor de Dios manifestada en Cristo, fiarse de Él con todas las consecuencias o todo es nuevo, entra por este camino de amor, solamente tiene amor y es eso lo que vas a tener como fuerza de cambio de este mundo, para hacer el camino entre los hombres. El segundo tuvo una invitación directa de Jesús, «sígueme», pero claudicó, tenía otros amores. «Déjame primero ir a enterrar a mi padre», es decir, me quedo con lo viejo que es vivir desde mí, en mí y para mí, prefiero mirar para atrás. Ninguna de estas tres reacciones crea futuro. Donde no hay amor no hay futuro, donde solamente se piden cuentas y no se da la mano, donde se abren muros y no se crean pistas para comunicarnos, donde no se hacen puentes sino que se derriban, no hay presente ni futuro. Ser testigos del amor en todas las circunstancias es nuestra misión.

El Señor que nos ha hablado, dentro de unos momentos se hace presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Acojamos su presencia. Hagamos el compromiso de acercar a nuestra vida su amor, que es la fuerza que da presente y futuro. Un amor para todos, un amor que regala libertad, un amor que edifica el presente y el futuro haciendo presencia viva en medio de todos los caminos de los hombres, escuchando a todos e invitando a todos a participar como decía san Pablo VI para la construcción de una civilización del amor. Percibid cómo el Señor nos dice «sígueme», pero también descubramos la necesidad de decirle «te seguiré». Tanto en un caso como en otro, que sea para manifestar su amor a todos los hombres. Sagrado Corazón de Jesús, en ti ponemos nuestra vida y la de España en tu Corazón. Cuídanos, haznos hermanos que sintamos la necesidad de decirnos perdón y de perdonar. Amén.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales




Fuente: Homilia del Cardenal Carlos Osoro

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