sábado, 31 de octubre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 1 NOVIEMBRE DE 2020

  



1 de noviembre de 2020


Hermano:

«No tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, Yo me pondré de su parte ante mi Padre del cielo»

«Lo importante es que la falta de perdón no me aleje de nadie y no haga crecer en mí el rencor y la rabia. Quiero la paz que me da perdonar a todos como a mí me han perdonado tantas veces»

Con un récord de 435 casos, la tasa de positividad se eleva al 8,8% y las hospitalizaciones ronzan los 500 ingresados.

Los contagios se desbocan y Asturias suma 10 nuevas muertes por el coronavirus.

Son duras la enfermedad, la muerte y la pérdida. Es duro vivir el dolor en soledad, o el abandono. Es duro este tiempo de pandemia que me aísla, para cuidarme, para cuidar a otros. Veo los estragos del virus y me duele el alma. En estos tiempos duros siento el desconcierto. ¿Cómo se puede consolar en el dolor? ¿Cómo se puede acompañar al que sufre? ¿Cómo compartir el dolor cuando no se puede estar cerca en este tiempo difícil? Sé que no bastan las palabras. No devuelven la vida, ni la paz, ni la esperanza. Son sólo palabras que se las lleva el viento y no dejan nada cuando pasan. Valen más un abrazo, un te quiero, una mirada, un acompañar en silencio. Valen más, sin duda. Las palabras se quedan siempre cortas, no alcanzan a dar esperanza, ni paz suficiente. ¿Cómo puedo enfrentar este tiempo que vivo? No es tan sencillo intentar encontrar la luz en la oscuridad o dar calor en el frío de la tormenta. Supone dar un salto de fe, una entrega audaz de la vida. Me exige Dios soltar lo que me ata. Dejar ir al que parte. Llorar con el que llora. Acompañar en distancias prudentes como me pide el tiempo. Orar sin dejar de confiar en un Jesús que no se baja de mi barca ni tan siquiera en medio de la tormenta. Cuando todo parece hundirse ante mis ojos. Leía el otro día: «Ni el dolor ni la cesación de la vida proceden de Aquél que creó al mundo y al ser humano a su imagen y semejanza. Realmente, la muerte, y todo lo que ella involucra, como la enfermedad, el dolor, la amenaza contra la vida y la inseguridad existencial que nos genera, no forma parte alguna de la obra creadora del Señor. El ser humano fue creado por Dios para vivir en medio de la bondad y la hermosura. Y, como consecuencia, en paz y alegría» . Estoy hecho para la vida, para el encuentro, para el amor que no se muere nunca. Estoy hecho para una alegría que no pase. Mi corazón tiembla en estos momentos de incertidumbre. No puedo asegurar el futuro. ¿Antes podía? Tampoco. Pero vivía como si pudiera hacerlo, como si lo estuviera haciendo. Era yo el dueño de mi destino, el hacedor de mi camino. Vana ilusión la mía. Estaba seguro de mis fuerzas, como si la juventud no fuera nunca a dejar paso a la vejez. Como si nunca las arrugas del tiempo o de la muerte fueran a tocar mi piel, o la piel de los que amo. Tan seguro estaba de morir en la vejez, nunca antes de tiempo. Dueño de mi vida y de la vida de los míos. Y ahora, cuando todo es fugaz, frágil y pobre, me siento desprovisto de esa seguridad que tuve un día. Ya las promesas de Dios no parecen convencerme. Tampoco encuentro palabras para convencer a otros. Estoy perdido en este desierto lleno de amenazas y tiemblo. ¿Cómo se puede dar seguridad estando yo inseguro? ¿Dónde queda la fe en el Dios de mi vida? Ese Dios que anduvo conmigo desde mis primeros pasos. Sostuvo mis lágrimas en momentos duros. Y rio con mi risa cuando todo era más fácil. Entonces sí creía, porque no había dudas, ni miedos, ni angustias. Entonces sí, pero ¿ahora? ¿Cómo hago para confiar de nuevo como un niño? No es un juego. La vida no es una actuación, ni una obra de teatro. La vida es seria y se juega en cada paso que doy. Hoy me detengo sujetando el dolor de muchos, el mío propio. Le miro a Dios que me quiere con locura. Le pido que aumente mi fe tan débil. Y que ponga en mis labios palabras de esperanza. Que sepa abrazar sin romper las distancias. Y consolar sin tener que decir nada. Que pueda abrir rutas en cañadas oscuras. Y mostrar amaneceres que llenen de paz el alma. Está hecha mi vida para el cielo. Y no desdeño los pasos por la tierra. Quiero vivir con paz, aunque me duela. Entregando mis miedos y nostalgias. Sabiendo que Jesús viene para cada día. Para llenar de luz todas mis noches. Y hacerme reír de mi ignorancia. Quiere que siembre luz y color allí por donde pase. Y cuando no lo logre por torpeza mía, u omisiones de mi alma. Cuando no esté a altura de lo que otros esperan. Aún entonces confíe en que Él lo hará con o sin mi ayuda. Yo entregaré mis fracasos y caídas. Mis fiascos y mis miedos. Y sabré que es su obra, su tierra y su cielo y yo sólo su hijo que apenas logra caminar seguro. En Él confío. Le pido que aumente mi fe que ha de ser profunda si quiere resistir tormentas. Que ponga su Espíritu en mis palabras si quiere lograr algo conmigo. Sólo eso le pido.

Hay personas que son felices con muy poco. Se conforman con lo que la vida les ofrece cada mañana. Sonríen y caminan despacio sujetando el alma al cielo, alegres y tranquilos con lo que la vida les regala. No llevan cuentas del mal que reciben y tampoco del bien que ellos hacen por los demás. Valoran cada detalle, cada sonrisa, cada palabra, cada gesto. No guardan rencor cuando son heridos y perdonan, o pasan por alto. No viven orgullosos perdonando la vida a los que no responden a sus requerimientos. Son más felices que otros porque se toman con paz lo que les sucede. Seguramente vivirán más, puede ser. Y si no es así, al menos habrán vivido con más paz y alegría en el alma. Saben sacarle el lado bueno a todo lo que les pasa, incluso cuando todo se oscurece a su alrededor por culpa de la tormenta. Cuando están enfermos aprovechan el tiempo que Dios les regala y aprenden a dejarse cuidar por los demás. No les incomoda despertar la compasión de los otros. Lo viven con humildad y sencillez. Cambian sus hábitos, se adaptan a la nueva vida, recogen velas y se quedan con la barca en la orilla sin llorar la ausencia del mar hondo cuando navegaban. Ante la pérdida de lo que aman, de los que aman aprenden a valorar lo que les queda, y a quienes están a su lado. Siempre encuentran caminos de salida en lugares imposibles, cuando a su alrededor todos están perdidos. Saben reírse de la vida, de ellos mismos, cuando parece no haber motivos para la risa. Esperan siempre algo bueno de la vida cuando muchos pierden la esperanza junto a ellos. Se inventan nuevas formas de vivir, de amar, de soñar. No sobreviven en medio de las dificultades. Viven en plenitud, sin tapujos. No dejan de esperar cada mañana un nuevo día que les alegre el corazón. No tienen expectativas imposibles de cumplir sobre las personas. No las miden ni las alaban cuando se portan bien. No pretenden que se adapten los que les rodean a su forma de ver las cosas. No exigen que tengan su mismo punto de vista. No reclaman, no piden. Saben ponerse en el lugar del otro, en sus zapatos, en su alma y así pueden mirarlo con respeto. Aceptan sus límites sin exigirles lo imposible. Valoran sus actos sin pretender que hagan otras cosas. Dicen lo que piensan cuando les preguntan. No se callan sus percepciones. Pero no estallan con rabia y dolor cuando las cosas no salen como ellos esperaban. Estas personas tienen algo de Dios en sus maneras, en sus gestos, en sus palabras. Son capaces de aceptar la vida como es, aunque a veces hubieran elegido otro camino, o esperado algo diferente. Pero no se turban ante la contrariedad. Esperan alegres sabiendo que la vida siempre merece la pena y que cada día vuelve a salir el sol. Estén donde estén saben entonar notas de esperanza en lo que hacen o sufren. Siempre sueñan con mares lejanos y dan un salto audaz para navegar más hondo. Construyen hogares con sus manos débiles. Por eso me gustan estas personas realistas y soñadoras que no pretenden quedar bien con todos, ni responder siempre a sus expectativas. No se atan a lo que los demás esperan de ellos. Y son fieles a la verdad que Dios sembró en sus almas un día como una misión para sus vidas. Por todo eso me gustan las palabras de Víctor Hugo: «No, no me estoy poniendo viejo. Llevo en el alma lozanía y en el corazón la inocencia de quien a diario se descubre. Llevo en mi rostro la sonrisa que se escapa traviesa al observar la simplicidad de la naturaleza. Llevo en mis oídos el trinar de las aves alegrando mi andar. Me estoy volviendo más prudente, he dejado los arrebatos que nada enseñan, estoy aprendiendo a hablar de cosas trascendentes, estoy sembrando ideales y forjando mi destino. No es por vejez por lo que a veces se guarda silencio, es simplemente porque no a toda palabra hay que hacerle eco». Quiero vivir yo así. No quiero contentar a todos los que me piden. Tampoco espero el aplauso en todo lo que hago. Quiero conservar una paz profunda ante la vida que me toca ahora. No pretendo negar la realidad, ni cambiar lo que es imposible. Acepto la vida que Dios quiere para mí. Soy capaz de besar una vida que es imperfecta y perfecta al mismo tiempo. Bendita paradoja de mis pasos humanos, cuando sólo acaricio y saboreo destellos del paraíso que anhelo con toda mi alma. Me gustan esas personas que me quieren por lo que soy. No por lo que les doy, no por lo que les resulta útil de mí, no por mi buen comportamiento. No espero que todos me quieran así. Pero sí conozco algunos. Y ese amor hondo y misericordioso que no espera mi conversión, ni el cambio de mi forma de ser, refleja en mis pasos el amor de Dios, ese amor que me tiene Jesús. Me gustaría querer siempre así a las personas. Con libertad, sin querer que se adapten a mis expectativas. A veces me cuesta querer bien. Pero es el deseo más profundo de mi alma. Amar respetando, enalteciendo, perdonando, agradeciendo. Es el camino para ser feliz, pleno. Aunque sea de barro y falle y decepcione mil veces. Cuando no amo así, vivo con tristeza y dejo de apreciar los pequeños regalos que me entregan las personas. Porque no me bastan y espero más y rechazo ese poco que me entregan, como si no significara nada.

No quiero pensar en este tiempo de pandemia como un tiempo perdido. Me resisto a creer que detrás de este confinamiento no se esconde una oportunidad para mi vida. No acepto que me digan que pronto volveré a la normalidad de antes. No quiero aceptar como un mal menor una nueva normalidad para mi vida. Como si este tiempo tuviera que ser un detener mis pasos, un cambiar mis hábitos y renunciar a todos mis deseos de amar y dar la vida. Me niego a resignarme. Todo lo contrario. En esta contrariedad de un tiempo tan difícil. En medio del dolor de tantos y las pérdidas que laceran tantos corazones. Agobiado por una crisis que amenaza con echar por tierra pilares firmes que sostenían mi vida. Mi corazón se levanta y mira al cielo confiado. Pienso que un pájaro al posarse sobre una rama no tiene miedo de su debilidad. No le asusta que su peso pueda romperla. No mira hacia abajo con temor, porque tiene puesta su confianza no en la resistencia de su rama, sino en la fuerza de sus alas dispuestas a elevar el vuelo en cualquier momento. Esa actitud del pájaro es la que yo tengo en medio de estas adversidades que amenazan con hundir la barca de mis seguridades. Mi confianza no está puesta en la fortaleza de las circunstancias que me rodean. Como si mi estado de ánimo pudiera depender de un cambio súbito de todas las variables. Tengo puesta mis esperanzas en el cielo hacia el que se eleva mi vuelo. No tanto en las ramas sobre las que camino tranquilo. No tiemblo por si se rompen. No me angustia que no salgan adelante mis proyectos. Creo en el amor de Dios en mi vida y sé que ese amor está por encima de mis miedos. Ahora se me presente una oportunidad, un desafío ante mis ojos. Puedo crecer, puedo renovarme, puedo reinventarme. O puedo simplemente vivir amargado por la mala suerte que tengo. Lamentando todos mis fracasos. Hundido ante un momento histórico que me va a cambiar para siempre. Escribía el ahora papa Francisco: «El náufrago se enfrenta al desafío de sobrevivir con creatividad. O espera que lo vengan a rescatar o él mismo empieza su propio rescate. En la isla donde se llega tiene que empezar a construir una choza para la que puede utilizar tablones del barco hundido y, también, elementos nuevos que encuentra en el lugar» . Me encuentro en medio de un naufragio. Pero yo decido ahora qué hacer con mi vida. Puedo permanecer quieto esperando un milagro. Puedo vivir quejándome de la vida, de Dios que no hace nada y del mundo que es injusto y cruel. O puedo ponerme manos a la obra. Puedo emprender un camino imposible entre restos del naufragio. Puedo hacerlo si me dejo hacer antes por Dios. Él puede hacerlo en mí. No tengo miedo. Dios sabe que soy capaz de comenzar de nuevo. No me da miedo volver a fracasar o dejar escapar la oportunidad que se presenta ante mis ojos. No me quedo en lo negativo ni me angustio cayendo en la autocrítica. Leía el otro día: «Deseo no criticarme en demasía, sino siempre con bondad, nunca para hundirme en el vacío del desaliento y la depresión o autocompasión, sino que intentando siempre avanzar un pequeño paso hacia una mayor conciencia» . No busco la autocompasión. Me pongo decidido a hacer algo. Está en mi mano la posibilidad de salir de esta crisis renovado, cambiado por dentro, mejorado. Puedo crecer, puedo inventar nuevas rutas. Puedo creer en mí mismo mucho más de lo que nunca había creído. No quiero perder la esperanza. La fortaleza de la rama no me preocupa. Yo estoy hecho para volar, para soñar, para luchar por vivir una vida más plena de la que ahora tengo. Por eso quiero aprovechar este tiempo extraño de confinamiento y distancias, de miedos e incertidumbre, de enfermedad y de muerte. Un tiempo que no puedo soslayarlo pretendiendo que no existe. Está ahí ante mis ojos. Las cosas no van a cambiar en dos días. Lo que ahora me atemoriza no va a pasar al olvido de pronto. No le tengo miedo a mi vida como es hoy. No me quejo, no me amargo. La tomo entre mis manos y me digo que Dios la va a hacer maravillosa. Él puede hacer milagros conmigo. Puede atraerme a su descanso. Puede lograr que sueñe con una vida mejor, con una vida nueva. No me detengo. Este tiempo no es un tiempo perdido, un paréntesis en mi vida. Quiero aprovecharlo al máximo de muchas maneras. Mis vínculos no se van a enfriar, se harán más profundos, aunque medien pantallas en la distancia. No dejaré de invertir tiempo en crecer como persona, sin esperar a que cambien las circunstancias. El futuro no está en mi mano. Sí lo está el decidir con qué actitud quiero enfrentar mi vida aquí y ahora, en el presente. Es este el momento en el que Dios me pide que le siga.

Me cuesta herir a las personas. Me duele hacerles daño. Me siento frágil cuando digo lo que no corresponde, o lo escribo. Cuando omito esos gestos de cariño que los demás necesitan o esperan. El tamaño de mi cariño está relacionado con mis gestos que lo expresan. Pero no siempre lo hago bien, o no lo hago como esperan de mí, de la forma que desean. Hiero pasando por alto los gustos de los que me aman. No valoro sus opciones dejándome llevar por lo que yo deseo. Ignoro sus preferencias haciendo caso omiso de sus reclamos. Y hago daño. Me cuesta hacer daño de forma gratuita. Causar heridas que quedan grabadas en el alma para siempre. Es tan sencillo quebrar un jarrón sin pretenderlo. Y luego es imposible que las piezas encajen perfectamente. La herida ya está ahí y yo no puedo borrarla. Aunque lo intento con perdones, en forma de palabras y de gestos. No bastan. Ya nada basta. Nada sirve para reparar la herida causada. No puedo volver al instante previo al daño. El mal está hecho. Por eso me duele tanto herir, no responder al amor que me tienen, no dar lo que esperan de mí. No quiero hacer daño, ni tampoco abusar de mi poder cuando lo tengo. Olvidarme de hacer lo que me piden que haga. Ignorar al que necesita ser escuchado en un momento determinado, cuando yo no me doy cuenta. Me duele tanto causar daño a los que están ya heridos, por otros o por mí mismo con anterioridad. Me espanta cometer errores que nunca se olvidan ni perdonan. Una palabra mal dicha, un silencio mal guardado, una respuesta incorrecta, un gesto estúpido. Me duele no ser tan capaz de hacer el bien que deseo en lugar de ese mal que detesto. Me oprime el alma esa sensación de pena por no lograr los resultados que mi amor siempre ha soñado. Ese deseo de hacerlo todo bien, perfecto. Pero no puedo. Por eso me da miedo que la profundidad del daño sea irreparable. La percepción de mis acciones y omisiones es subjetiva, impredecible su eco. A menudo el daño que causo es sin intención. La convivencia, el compartir la vida, los roces, la cercanía, la intimidad. Todo hace que cometa errores. Y temo que mi ofensa nunca sea perdonada. Incluso cuando yo no me siento tan culpable. Pero creo que quizás no merezco ese perdón que busco. He hecho daño a aquel que es vulnerable. He herido sin cuidarme en mis gestos. Sé que llevar cuenta del daño que me hacen es algo habitual. Guardar en el ánimo los golpes recibidos es una actitud común. ¿Cómo se puede perdonar al que me ha hecho daño, al que me ha herido? ¿Cómo olvidar al que me ha ignorado? Los daños causados y recibidos. Las heridas que sufro y las que alguien me causa. Los olvidos que me duelen y mis olvidos que les duelen a otros. Y todo esto en un vaivén que tiene la vida. Paso de causar daño a alguien a que me lo causen a mí. Paso de perdonar a que me tengan que perdonar. Todo en un continuo ir y venir. Mi deseo de ser perdonado. El deseo de otros de que yo les perdone. A menudo me siento yo herido y tengo que perdonar. Y mi orgullo me lo pone difícil. Y confundo el perdón con el olvido. Y vivo en esas luchas internas que sufre el alma. Para no herir a nadie tendría que protegerme más. Quizás no vincularme tanto y así no crear expectativas. Tratar de no amar más de la cuenta, para no herir ni ser herido. Pero me doy cuenta de cómo es mi alma. Y no puedo evitarlo. Sé muy bien que cuanto más amo más puedo ofender y herir, y más expectativas creo. Y cuanto menos amo quizá menos daño causo, porque nada esperan de mí. Pero no amar me empobrece y no tiene nada que ver conmigo. No puedo vivir sin vincularme. Y tal vez prefiero llegar a herir sin pretenderlo, antes que no amar pasando de puntillas por la vida. Escondido en mi guarida, olvidado entre mis muros. Me veo siempre ante esa disyuntiva. O amo más hiriendo más al mismo tiempo, haciendo daño o siendo yo dañado. O amo menos hiriendo menos, escondiéndome más y viviendo sin alegría. Ese juego constante que se da entre los amantes es el que el alma desea. La vida es más rica cuando soy capaz de entregarme, de darme, de amar y servir la vida que se me confía. Entre aquellos que abrazan y aquellos que se alejan, opto por el abrazo. ¡Qué difícil amar sin herir nunca! ¡Qué difícil herir cuando no se ama! O tal vez sí, porque la falta de amor daña a quien espera más de mí, más entrega, más amor, más gestos. Entonces tampoco me sirve esconderme en una cueva. Siempre alguien se sentirá herido por mi ausencia. Vuelvo a optar por el amor, por dar la vida, por exponerme. Aunque hiera y tenga que ser perdonado o perdonar.

Hoy Jesús me pide que perdone siempre. No siete veces, sino siempre. No algunas veces, sino siempre de nuevo. El perdón es una gracia de Dios que tengo que suplicar. «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». ¿Aunque mi hermano sea reincidente en el daño? ¿Es eso posible? Perdonar al mismo por lo mismo. Mi corazón se resiste al perdón como una fiera salvaje a entrar en el redil. Llevo cuentas del mal. No quiero perdonar porque no quiere mi alma excusar al que tanto daño me ha hecho. ¿Y si la ofensa ha sido porque yo esperaba más de él? Puede ser que la culpa sea mía por esperar lo que no debía. Puse en él expectativas imposibles. Siempre recuerdo ese dicho: «No le pidas peras al olmo». Tal vez lo hice y sufrí, por no recibir lo que esperaba. Entonces no hay solución y duele aún más el daño. Porque no tiene arreglo. Porque lo que yo creía que era de una forma a lo mejor es de otra. No me aman tanto como yo amo. El amor es asimétrico, no puedo olvidarlo. Una de las partes siempre ama más que la otra. A veces puedo ser yo el que ama más. Otras es el otro el que más me ama. No quiero buscar el equilibrio perfecto, no existe. Pero duele ver que no me buscan tanto como yo los busco. No desean estar conmigo tanto como yo lo deseo. Entonces sufro porque la realidad no se adapta a mis sueños. ¿Es culpa mía? ¿Es culpa de los otros? Tal vez sería más feliz si no me sintiera herido de esa forma al dejarme llevar por mis expectativas. Ese daño que experimento me hace perder la paz. Pero no tiene sentido sufrir por lo que no puedo cambiar. No puedo obligar a nadie a que me quiera más. Pero aún así el daño permanece en mi corazón. ¿Puedo perdonarlo? No es sencillo. La decepción, la indignación, la impotencia llenan el alma. También puede ser que me hayan hecho daño a sabiendas, con maldad, con críticas y juicios, difamándome. Me han hecho daño porque no me aman, no me quieren, me tienen envidia o simplemente no soy importante para el que me ha herido. He sido víctima por sus actos llenos de rabia, odio o indiferencia. Es más difícil aún el perdón. Pienso que no se lo merece. Y mi alma se llena de ira y quiero la venganza. No quiero exculpar sus actos malvados. Pero hoy escucho: «Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. No guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa». Estas palabras me desconciertan. La ira y el deseo de venganza me matan por dentro. Tendría que pasar por alto la ofensa, pero me cuesta mucho. No logro perdonar tan fácilmente. No sé si es mi orgullo o esa herida que tanto me duele. Es verdad que deseo la paz que trae consigo el perdón, pero no es tan sencillo perdonar. El perdón me libera de la cárcel de sufrimiento en el que vivo por mi rencor. Cuando mi corazón no olvida y la rabia vuelve a surgir muy dentro cada vez que recuerdo lo ocurrido. Acaricio mi piel herida y sufro. No me basta que me pidan perdón de rodillas, una y mil veces. No acepto perdonar porque me siento mejor así, creo que así el que me ofende está más atado a mí, pero no es verdad. Se me olvida lo más importante, cuando perdono lo hago por egoísmo, por mí mismo. Porque yo necesito liberarme de la prisión del rencor. Necesito tener paz y no vivir atormentado. Pero a veces parece que lo que deseo es la misma muerte del que me ha herido y roto la vida. Quiero que sufra lo que yo he sufrido, pero eso no es posible. Yo también causo daño a otros. Yo no soy tan inocente. Y si no lo veo es que estoy ciego. Soy torpe y no logro ver las consecuencias de mis actos. Y si yo no perdono a mi prójimo, ¿qué queda para mí? Mi corazón se resiste al perdón de forma inmadura. Me gustaría poseer un corazón nuevo que sepa perdonar al que me hiere. Me falta mucho amor en el alma. Me cuesta perdonar al que repite el daño una y otra vez. Un reincidente en el mal no merece perdón. Tengo claro que sólo el perdón me sana por dentro y me libera de todas mis cadenas. El perdón humilde. El perdón que es don de Dios.

Quiero perdonar, pero muchas veces veo que el perdón parece imposible. Mi corazón se resiste. A menudo he hecho mío el dicho: «Esto no tiene perdón de Dios». Se me olvida que Dios perdona siempre. Se me quedan hoy grabadas las palabras de Jesús: «¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?». Sí. Debería perdonar como Dios me perdona a mí. Porque tengo claro que la misericordia es el rasgo esencial de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades. Te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas». Es un rasgo divino, pero no parece muy humano. Lo normal del hombre es ofender y guardar rencor. Brotan la ira y la rabia como respuesta a la ofensa. Surge el deseo de venganza cuando sufro una injusticia. Quiero que le pase al abusador, al que me ofende, al poderoso que se aprovecha del débil, lo mismo que yo he sufrido. O que se muera para que nunca más vuelva a causar un daño a nadie. Que el que hiere desaparezca de la faz de la tierra. Me cuesta creer que el malvado pueda cambiar. No es posible. Va a seguir haciendo lo mismo, va a continuar haciendo daño a los hombres. Hiriendo con sus gestos y palabras. No quiero que haga más daño. Y quiero que sepa lo que se siente cuando alguien te hace daño de esa forma. Es lo que el corazón desea. Pero Dios no es como yo. Es compasivo y sufre con mis caídas. Mira mi miseria y necesita abrazarme para que experimente su calor de Padre. Le duele en lo más profundo que yo no sea como Él. Detesta mi falta de amor y de perdón. Él me mira a mí compasivo y perdona siempre todas mis debilidades. Leía el otro día: «Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos» . No me doy cuenta de ese poder que tiene el amor de Dios. Él sí perdona siempre. No lleva cuentas del mal. Olvida todo lo que he hecho y no recuerda ninguno de mis pecados. Su misericordia infinita me parece inalcanzable. Yo la he vivido. He tocado su amor imposible. Por eso hoy Jesús me plantea un ideal inalcanzable. Quiere que sueñe con perdonar siempre y a todos. Miro mi propia vida. ¿Cuántas veces he acariciado la misericordia de Dios? ¿Cuántas veces he sentido en mi piel su perdón poderoso? Una de las oraciones más antiguas invita a orar diciendo: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón». El poder de Dios es la misericordia. Y eso que a mí me suena a debilidad. Un Padre que perdona al hijo pecador que regresa arrepentido. Un Jesús que no lapida a la mujer adúltera. Una mirada de Cristo que perdona las negaciones de Pedro. Un Dios poderoso en el perdón. Es la forma que tiene Dios de mostrar su omnipotencia. Lo puede perdonar todo en mí, haga lo que haga. Eso me conmueve y me alegra. Pienso en mis pecados. Analizo mi alma débil y llena de rencores, de ira, de odios camuflados y justificados. Jesús me mira conmovido. Sabe cómo soy. Me perdona sin condiciones. No espera que yo sea como Él. Pero a mí me gustaría vivir lo que hoy dice Jesús: «Si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Dios quiere que se obre un milagro en mí. Que al ser perdonado cambien mi alma y mi mirada. Se ensanche mi corazón y deje de ser rencoroso. Y pase a pensar como hoy dice S. Pablo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor». No vivo para mí, vivo para Cristo. Y por eso tiene sentido. No perdono por mi fuerza de voluntad. Sino por la obra de su gracia en mi corazón. El perdón es un don de Dios que no me puedo cansar de suplicar cada mañana. Pero antes de recibirlo doy un paso y lo suplico. Quiero perdonar a mi hermano por lo que me ha hecho. Haya sido de forma imprudente o movido por su malicia. No importa. Lo perdono igual y le pido que me regale Dios el perdón. Que su gracia me cambie. Ese perdón me salva, me libera, me hace más hijo, me alegra. Doy lo que recibo. No actúo de forma diferente. Por eso es tan valioso no olvidar nunca el perdón que me ha dado Dios. Y tampoco olvidar el perdón que me han dado mis hermanos. Me han soportado muchas veces. Han olvidado mis impaciencias, mis estados de ánimo cambiantes, mi mal carácter, mi genio, mis exabruptos. Me han perdonado cuando no he estado a la altura, cuando he hecho daño con mis palabras y gestos. Han pasado por alto mi orgullo y mi vanidad. Han respetado mis tiempos, mis manías, mis costumbres. Se han adaptado a mis deseos. Han seguido mi juego y se han dejado hacer por mis planes. Me han perdonado una y otra vez. ¿Por qué siempre recuerdo con más facilidad las ofensas que los perdones que he recibido de mis hermanos? El perdón que recibo me recuerda que soy de barro. Estoy en deuda. Muchos en mi vida me han perdonado. Mis padres tantas veces, mi familia, mis hermanos, mis amigos, mis hijos. Me han perdonado por ser yo mismo, por tener este carácter, esta forma de ser. Han perdonado mis omisiones y mis palabras duras. Han pasado por alto tantas cosas y a mí se me olvida. Estoy en deuda. No están ellos en deuda conmigo. Vivir en deuda me hace más humilde. Experimento mi pobreza y asumo que no lo sé todo, no lo puedo todo. Si Dios quisiera ajustar cuentas conmigo saldría perdiendo. Si lo quisieran hacer mis amigos y hermanos, lo mismo. Esa deuda no la puedo pagar. Acepto que el amor es asimétrico. Pero me animo a pedirle a Dios que cambie mi corazón y lo vuelva compasivo y misericordioso como el suyo. Que sepa perdonar. Que se lo diga a quien me ha hecho daño. O también me lo puedo callar. Lo importante es que la falta de perdón no me aleje de nadie y no haga crecer en mí ni el rencor ni la rabia. Quiero la paz que me da perdonar a todos como a mí me han perdonado tantas veces.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 26 de octubre de 2020

Simbología de la nueva túnica del Señor de la Sentencia de Oviedo

 



La túnica está diseñada para realizarse en bordado en oro en realce.

El diseño está enmarcado dentro de regionalismo, definido por elementos  organizados por eles simétricos verticales, aparecen elementos vegetales que contrastan por su tamaño, en el repertorio aparece grandes ojas de acanto flores, simientes y pequeñas ojas.

Simbólicamente la túnica viene a representar los dos lados que tiene Jesús el lado humano y el lado divino, el lado humano con esa grande hojas vegetales que representa la tierra, nuestro mundo y por otro lado es la utilización del lenguaje divino de cómo están organizadas con eje de simetría, también podemos ver la naturaleza  que es la que representa también la creación divina del Dios hecho hombre.

 El fondo rojo representa la imagen de Dios como emperador de los cielos por eso viste el mismo tono el mismo color púrpura que vestían los emperadores romanos.


Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 25 de octubre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 25 OCTUBRE DE 2020


 

Octubre 25 de 2020


Hermano:

«Al mirar a Dios descubro conmovido su misericordia. En mi miseria encuentro su mano protectora y me conmuevo. Entonces soy capaz de empezar siempre de nuevo»

La situación es "crítica" por el aumento de hospitalizados: 55 ingresos en planta y 7 en UCI. Los datos del covid en Asturias: 8 muertos y 288 casos nuevos.

El Gobierno decreta nuevamente el estado de alarma para toda España que entrará en vigor esta tarde.

La tristeza y el desaliento no me hacen bien, me enferman, me paralizan. Frente a esa actitud pasiva y autocompasiva quiero ser capaz de agradecerle a Dios por su perdón, por su mano protectora, por su misericordia. Me vuelvo niño dependiente, frágil, predilecto. Niño protegido en las manos de Dios. Creer en ese Dios es lo que me salva. El pecado que me aleja realmente de Dios es otro. Leía el otro día: «Somos pecadores en la medida en que nos cerramos a Dios como Padre, como gracia y como futuro último de nuestra existencia. Y en la medida en que nos servimos de nuestro pequeño poder físico, intelectual, económico, sexual, político, no para servir al hermano, sino para utilizarlo, dominarlo y lograr nuestra felicidad a sus expensas». Ese pecado sí me aleja de Dios. Es el de la prepotencia, el pecado del abuso. No es el pecado que me hace sentirme pequeño, ese siempre me salva. Es el pecado del orgullo que me lleva a dar la espalda a Dios y a los hombres. El pecado que me convierte en una roca inabordable. Y me llena de frialdad y de odio. En este pecado no toco el arrepentimiento. Ni experimento la humildad. Este pecado es el que pone una barrera que me aleja del amor de Dios. No me dejo amar por Él y vivo centrado en satisfacer mis deseos. Esta forma de vivir me enferma por dentro y me incapacita para ser hijo. No lo quiero. Deseo desnudarme de mi poder y mi orgullo. Servir con un alma grande la vida que se me confía.

El olvido y los cambios de ánimo no me ayudan en la vida. Me olvido de lo que me he propuesto cuando las cosas no van bien y pierdo la alegría o la confianza. Entonces dejo de oír la voz de Dios susurrándome al oído que me ama. Se me escapa el tiempo entre los dedos sin poder hacer nada. Pierdo la vida inútilmente dejando que se escape. Tomo propósitos que nunca cumplo. Me olvido de lo que he empezado a construir. Mi ánimo no es estable, no soy una roca en la que otros puedan descansar. Al comienzo tengo mucha fuerza y ganas de luchar. Con el paso del tiempo me desanimo, pierdo las fuerzas y la alegría. Los acontecimientos del día me turban, me quitan la serenidad, me entristecen, sin saber muy bien por qué ni cómo. Ahora estoy feliz, más tarde muy triste o enfadado. ¿Cómo soluciono esto? Leía el otro día: «Las personas que realmente se desestiman, se menosprecian, se malquieren, no suelen ser felices, pues no puede uno desentenderse u olvidarse de sí mismo». Creo que no es tan sencillo mantener el ánimo equilibrado amándome de forma correcta. En mi corazón hay emociones que no controlo fácilmente. Me dicen que la emoción surge con la idea que está presente, grabada en mi corazón: «Las sensaciones se convierten en emociones cuando llegan a nuestra cabeza. Es decir, cuando las pensamos. Cuando las interpretamos en nuestra razón. Cuando las llenamos de sentido, más o menos conscientemente» . Sólo si logro cambiar esas ideas negativas que llevo dentro podré tener un alma más estable, con más paz. Necesito cambiarlas porque lo que pienso es la base sobre la que puedo levantar mi autoestima y sostener mi alma. Esas ideas son las que me construyen por dentro como persona. Es mi credo, aquello en lo que creo. Puede ser que alguien no me haya valorado en algún momento de mi vida. O al menos yo lo he percibido así. Y entonces queda grabado que no valgo. Ese pensamiento se queda dentro de mí. No soy valioso y nadie me valorará nunca. Esta idea negativa y falsa, grabada en mí con mucha fuerza, tiene un poder casi infinito. Es una creencia limitante que no me deja crecer. Entonces bastará con que alguien no me valore de nuevo por algo pequeño, incluso en algo poco importante, para que un sentimiento de tristeza invada todo mi ser. Quiero hacer desaparecer esa creencia que me limita tanto. Si lo consigo tendré más fuerza para enfrentar los contratiempos de la vida. No pensaré que no soy valioso. Seré más firme, más roca, más estable. No me tambalearé con los primeros vientos que experimente en el camino. No me afectarán tanto las críticas ni los comentarios negativos. No creeré todo lo que me dicen, ya sea bueno o malo. Mi propio valor no depende de la mirada de los demás. Una rosa sigue siendo bella incluso aunque muchos ciegos no aprecien su valor. Para tener paz es importante conocerme bien, conocer mi alma, saber por qué reacciono de esta o de esta otra manera. Es necesario apreciar mis dones, lo que valgo y estar feliz de ser como soy. Así podré entender mejor mis motivaciones y conocer mis creencias limitantes. Podré ir introduciendo en mi corazón esas ideas que me dan paz reemplazando a esas otras ideas que me la quitan y me entristecen. Ese camino es largo. La autoeducación dura toda la vida. «Debemos autoeducarnos como personalidades sólidas. Hace tiempo dejamos de ser niños pequeños. Entonces permitíamos que nos guiaran las ganas y los estados de ánimo en nuestras acciones. Ahora, sin embargo, debemos aprender a actuar guiados por principios sólidos y claramente conocidos». Las bases sólidas de mi alma. No me dejo llevar por el vaivén de las olas. No son los vientos los que marcan mi rumbo. Yo sujeto el timón y la vela. No voy en la dirección que otros pretenden. No me hundo en mi ánimo ante los tropiezos y caídas. Me mantengo firme en las manos de Dios. Él me da mi valor. Él cree en mí por encima de todos mis miedos.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA OCTUBRE DE 2020

 



Octubre de 2020


Hermano:

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; el que la pierda por mí la encontrará»

«Quisiera vivir siempre confiado y abierto a lo que la vida me pide en cada momento. Sin angustiarme por no cumplir. Me gusta vivir así el presente, con la libertad de los hijos de Dios»

Las categorías de este mundo están claras. Sé lo que tengo que hacer para adaptarme al mundo. Lo que vale es el éxito, el reconocimiento, la fama. El dinero que me abre las puertas. Mi imagen pública y conocida que me da la vida y me acerca a las personas. El ego que tiene más fuerza que cualquier amor. El mundo me invita a pensar en mí para salvar mi vida. Es lo que cuenta, mi propia vida. Importa ser capaz de afirmarme a mí mismo por encima del resto. Negarme no tiene sentido. No quiero vivir pendiente de las necesidades de los demás. El mundo me invita a salvarme, a protegerme, a refugiarme. Las reglas del mundo son las que me hacen vencer en las batallas y no perder ninguna. Es lo que el corazón desea, ganar siempre. Me ajusto al mundo tantas veces. Y hoy escucho: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Lo perfecto, lo que Dios quiere. ¡Qué lejos de este mundo que me invita a seguir otras normas, otros criterios! Escuchaba en una película: «Ganaste, no por jugar el juego, sino porque fuiste tú. Eres una buena persona». Esta persona de la que hablan no juega el juego de este mundo. No quiere protegerse. Busca salvar la vida de otros. Y para hacerlo es fiel a ella misma. Fiel a su corazón, aunque eso no sea lo que el mundo le invita a hacer. No quiero ajustarme a este mundo. A lo que el mundo espera de mí, a lo razonable, a lo prudente, a lo que corresponde, a lo que es justo. El mundo tiene sus reglas y yo quiero hacer caso a la voluntad de Dios. Quiero discernir lo que a Él le agrada, lo que va a ser mejor para mí a la larga. Quiero ser fiel a mí mismo y no quiero vivir cumpliendo las expectativas de los que observan mi vida. Me demandan, me exigen y yo pretendo adaptarme a los gustos del mundo, a sus normas y criterios. Se trata de ser más de Dios. Pertenecerle a Él sin dejar el mundo, sin bajarme de este mundo que me da la vida y me la quita al mismo tiempo. Hoy Jesús me lo recuerda: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?». Me gusta ganar el mundo entero. Amo todo lo que la vida me ofrece en el mundo en el que vivo. Me gustaría cambiar muchas cosas, es cierto. Pero no tengo fuerzas y al final me veo cambiando yo en ese intento fútil de intentar cambiar las cosas. En lugar de vivir de acuerdo con lo que pienso, con mis criterios y principios, acabo viviendo como el mundo me dicta. Me importa lo que al mundo le importa. Voy corriendo al ritmo, a la velocidad del mundo. Quiero ganar el mundo entero y tenerlo a mi servicio. No quiero perder el poder, mi posición, mi seguridad, mi estatus. Me siento privilegiado y no quiero que cambie nada a mi alrededor. Pienso que es imposible cambiar el mundo y me lo acabo creyendo. Jon y Missy Butcher comentan: «¿Quién soy? ¿En qué creo? ¿Quién elijo ser? Todos somos capaces y podemos. La única manera sostenible de ayudar a los demás es activarlos para que se ayuden a sí mismos. Que conecten con su razón de ser. Te acosa el mundo cuando no sigues las reglas de todos». No tengo por qué adaptarme al mundo. No tengo una razón clara para querer poseer el mundo. No me pertenece. Sólo estoy de paso. Y sé que en ese caminar mío por el mundo puedo cambiar muchas cosas. Incluso aunque escuche que eso no es posible. En la película «Una vida oculta», le decían al protagonista: «Nadie va a cambiar. El mundo será como siempre. Tus acciones hicieron lo contrario a lo que esperabas. Alguien ocupará tu lugar». Sólo quieren que no muera por una idea. Que renuncie a sus creencias. Que jure fidelidad a Hitler. Pero el protagonista no ve que tenga que dar ese paso, aunque lo pierda todo. Esos actos ocultos cambian el mundo, aunque no lo parezca. No quiero renunciar a mis creencias, a mi fe. No quiero vivir adaptándome a los moldes que me impone el mundo. Detesto esos moldes que no se corresponden con lo que yo quiero ser. Soy más de lo que ahora veo en mí. Puedo llegar mucho más alto, más lejos. Puedo cambiar criterios de este mundo, aunque yo no viva para verlo. La semilla enterrada dará fruto, en eso creo. Por lo menos mi ejemplo puede ayudar a otros. Está en mí la posibilidad del cambio. Pero todo tiene que surgir desde dentro. No puedo hacer las cosas por los demás. Ellos tienen que hacerlas solos, desde su verdad, desde sus opciones personales más importantes. Desde lo más hondo de su ser. Esa es la realidad. Puedo cambiar el mundo y sus criterios si soy fiel a lo que hay en mi interior. Si lucho por saber lo que quiero hacer con mi vida. Si descubro en el corazón de Dios el sueño para el que Él mismo me creó. Si guardo silencio para escuchar la voz queda de un Dios que susurra en mis oídos verdades que me cambian por dentro. No le tengo miedo a ese Dios que me muestra quién soy yo y lo que valgo, lo que puedo dar. No me adapto al mundo. No me conformo con los mínimos que me ofrece. Quiero ir más lejos y ser capaz de vivir una vida más plena. Mi vida, la que Dios ha puesto en mis manos para que la haga fecunda. Ganar el mundo es posible adaptándome a las exigencias que me impone. No lo quiero. Sólo quiero actuar desde dentro. No movido por los hilos que alguien maneja desde fuera de mí. Puedo dar mucho más, ser mucho más, ser yo mismo, fiel a mi verdad.

Jesús me invita a darlo todo, a entregar la vida y perder incluso lo que más amo. Es la condición para el seguimiento verdadero: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará». Seguirlo a Él, negarme a mí mismo, cargar con su cruz, no querer salvar mi vida, es el camino que Jesús me muestra. Hoy en día reina el miedo al contagio. El virus, la pandemia, es una realidad que atemoriza. Quiero protegerme para que nadie me haga daño. Vivo centrado en mí mismo, asustado, oculto. Trato de conservar mi vida, que nadie la ponga en peligro. Esta enfermedad puede sacar lo mejor de mí y hacerme solidario y generoso. Pero también puede sacar lo peor. Me puedo volver egoísta, egocéntrico, miserable, amargado. Pienso sólo en mí, busco sólo mi bien, pienso en mi futuro. Esta situación de crisis puede llegar a despertar lo peor que hay en mi corazón. Salvar la propia vida se convierte en una prioridad. Poco más me importa, sólo lo mío. Lo que necesito es salvarme yo, aunque sea yo solo, sin contar con nadie más. Este pensamiento tan del mundo me ciega y me vuelve solitario e individualista. Los demás son una carga y sólo me complican. Cambiar esta forma de pensar, cambiar estos criterios, no es tan fácil. Tengo que dejarme convertir por el amor de Dios. Comenta el P. Kentenich: «Sólo podemos prepararnos por medio de un desprendimiento constante, serio y profundo de nosotros mismos y del mundo, sobre todo, por un desprendimiento de cosas que nos son muy queridas. Sacrificio del corazón. Desprendimiento. De este modo, puedo despejar el camino para Dios, para que, cuando él descienda, tome mi voluntad y la arrastre consigo hacia lo alto, de modo que mi vida llegue a ser realmente una vida de amor» . Tal vez hoy Dios me está pidiendo el sacrificio del corazón. El sacrificio duele y me parece algo ajeno a mis deseos. No quiero renunciar a nada de lo que deseo, porque la renuncia siempre me parece mala. No quiero negarme a mí mismo, porque creo que es necesario afirmar mi valor. El mundo me dice que no es necesaria la renuncia. Me grita que no tengo que renunciar a nada, porque puedo tenerlo todo. Pero en el fondo de mi alma sé que eso no es posible. Cualquier decisión que tome implica siempre una renuncia. Cualquier camino me lleva a dejar otro de lado, con todo lo bueno que ese otro camino tiene. Hoy resuenan en mi corazón las palabras de Jesús: entregar la vida, negarme a mí mismo, dar la vida, morir por otros, amar sufriendo. Son palabras fuertes, invitaciones radicales. Mi corazón sufre sólo de pensarlo. Este es el camino al que me invita hoy Jesús. Me pide un desprendimiento constante y serio. Una renuncia profunda a mí mismo, a mis deseos. Me pide que deje de lado esas cosas que me vuelven egoísta. Y que renuncie y me sacrifique por amor. El seguimiento implica siempre dejar atrás lo que me pesa, lo que me encadena, lo que me ata a otra forma de vida. Seguir a Jesús me lleva a mirar al hombre, al que me necesita, al que está perdido y solo en medio de la vida, al que más sufre. Comenta Jon Sobrino: «Sólo una Iglesia que baje de la cruz a los crucificados hará presente a Dios en medio del mundo». Sólo un cristiano que piense en la vida de los demás, en su salvación, antes que, en la propia, es un verdadero cristiano. Esta forma de pensar me lleva a querer salvar a otros mucho antes que salvarme a mí mismo. Tengo claro que cuando un barco se hunde la tentación es querer sálvame yo. Cuando el mundo vive una enfermedad como la actual la tentación es querer proteger mi mundo, a los míos y salvarlo. Pienso en medio de la exigencia de la vida sólo en mi pequeño mundo. Desprenderme de mis pretensiones mundanas va a ensanchar mi corazón y a elevarlo a la altura del cielo. Quiero dejar de lado las pretensiones de este mundo. Lo que la gente valora. Lo que me han dicho que merece la pena. Esa renuncia es la que Dios me pide. Sólo así podré correr a su paso, seguir por su camino, caminar a su lado. Esto será posible cuando logre que mi alma sea más liviana, cuando haya dejado de pensar como los hombres. Dejo mi mundo atrás para seguirlo a Él. me gusta mirar a Jesús para seguir sus pasos. Quiero optar por sus caminos y aceptar las renuncias que eso implica. No me importa el sacrificio porque sólo quiero hacer su voluntad. No puedo seguir a Jesús a medias. No valen las medias tintas. O lo sigo por entero, con todo lo que soy y tengo, dejando a un lado lo que me sobre y entorpece. O mejor no lo sigo y permanezco atado a mi mundo, a mi realidad sin preocuparme de los deseos de Dios. El seguimiento siempre es radical.

Hoy Jesús me señala la meta de mi camino hablando de su propio camino. Él va a morir en la cruz como lo haré yo, porque no puedo dejar la cruz a un lado. Le meta tiene que ver con el paraíso, con el cielo. Sé que voy a vivir para siempre: «En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día». Jesús hoy se lo explica así a sus discípulos, pero ellos no entienden, es demasiado pronto, piensan como los hombres: «Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: - ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Yo pienso como Pedro. No quiero que lo malo suceda en mi vida. No quiero perder lo bueno que estoy viviendo. Amo el éxito, la fama, la vida, la alegría, la paz, el amor, la sonrisa, el abrazo. No quiero que se acabe lo que me da alegría. Huyo del dolor, de la muerte, de la pérdida, del fracaso, del final de lo bueno, de la tristeza, del odio. Las alegrías de esta vida le dan sentido a mi camino. Añoro siempre la alegría del domingo, del día de fiesta, de las vacaciones. La alegría de esos momentos de cielo en la tierra sostiene mis pasos. Tengo claro la verdad de las palabras de C. S. Lewis en «Tierras de penumbra»: «El dolor de entonces es parte de la felicidad de ahora. El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces». Presente y futuro van siempre de la mano. Lo que vivo ahora pertenece a lo que viva para siempre. El pasado, el presente y el futuro están unidos. Por eso quiero vivir la felicidad del momento como un regalo inmenso sin pensar en el futuro incierto. Sé que forma parte del dolor que vendrá, pero vivo la alegría en presente. Al mismo tiempo el dolor que sufro ahora es parte de un futuro lleno de paz y alegría y también está unido a las alegrías que ya he vivido y llenan de luz el pozo de mi alma. Todo está unido en mi interior y en el corazón de Dios. No quiero vivir con miedo a perder la alegría del momento que tengo ahora ante mis ojos. Pedro no quería perder lo que tenía ante sus ojos. Lo había dejado todo por seguir a Jesús y no quería que ese sueño se acabara. La felicidad de tener Jesús a su lado cambiando el mundo era lo que le llenaba de paz y esperanza. Pensar en perder a Jesús le llenaba de oscuridad el alma. Tenía claro que quería que ese momento de Tabor en su vida fuera eterno. No quería perder su alegría. Pensaba como los hombres, es la realidad. Me pasa a mí tantas veces cuando no quiero que se acabe nunca lo que ahora disfruto. Santa Teresita del Niño Jesús decía que la morriña de los domingos es añoranza del cielo y tenía razón. Quiero retener la gloria del presente, la felicidad pasajera que se me esfuma entre los dedos. Quiero sostener entre mis manos lo que más feliz me hace. Cada día alegre que vivo va llenando de agua el pozo de mi alma. No vivo con miedo a que pase. Porque toda esa alegría forma parte del dolor que un día traerá a mi alma el perder lo que ahora amo. Y entonces ese dolor estará mitigado, suavizado, por la alegría ya vivida y guardada como un tesoro. Al mismo tiempo sé que ese dolor será sólo parte de la alegría eterna que un día viviré en el cielo. Miro hacia mi pasado, me anclo en mi presente y sueño con un cielo cargado de estrellas. Mientras tanto sentirá la nostalgia del cielo se hace más fuerte con la ausencia, con la pérdida y la carencia. Pero no quiero mirar a Jesús como lo mira Pedro, lleno de reproches. Quiero que Jesús me mire conmovido, no como hoy mira a Pedro: «Jesús se volvió y dijo a Pedro: - Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios». Quiero confiar en Dios en mi vida. Él me sostiene en la pérdida y me levanta en las caídas. Él me llena de paz y esperanza y me regala momentos de cielo. Sé que los dolores del presente forman parte de la alegría que ya viví y de la alegría que tendré para siempre en el cielo. Por eso no me turba pensar en la cruz, en la muerte, en el horror que no deseo, del que huyo. La meta final es la vida, la alegría, la esperanza. Esa mirada llena de esperanza es la de Dios en mí.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


lunes, 31 de agosto de 2020

CARTAS DE ESPERANZA SEPTIEMBRE DE 2020

  


Septiembre de 2020


Hermano:

¿Cómo es posible que de la sequedad del desierto pueda venir la vida que fecunde los bosques? Así es como la nube de polvo que viene del Sahara fecunda la Amazonia. El otro día leía sobre lo que explica Luis Ladino, investigador titular del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México: «El polvo del Sahara llega a la Amazonía. Los vientos del Orinoco arrastran este polvo y lo introducen dentro del continente. El científico explica que los minerales que carga el polvo del Sahara funcionan como nutrientes para los suelos que los han perdido como consecuencia de una práctica excesiva de la agricultura, así como para los océanos. Trae hierro, que es importante para el fitoplancton y de mucho beneficio para los océanos». El polvo del desierto da vida porque aporta muchos minerales. Me impresiona cómo funciona la naturaleza. Lo imposible se vuelve posible. Hoy escucho en el salmo: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto». Yo me preocupo contantemente por regar mi jardín para que tenga vida. Procuro cuidar las plantas que están más necesitadas. Intento que los frutales den mejores frutos. Me angustian las plagas que afectan a los árboles sin que yo pueda hacer nada por impedirlo. Me duele si no llueve lo suficiente y si el sol es demasiado fuerte. Me asusta esta naturaleza que se escapa a mi control. Y Dios en la naturaleza hace que la Amazonia se ren¡ueve con polvo del desierto. Parece magia. Hoy nos preocupa tanto el daño que el hombre hace a la naturaleza. Y es verdad. La naturaleza es sabia. Tiene sus ritmos y caminos para dar vida. La semilla cae en tierra fértil y da fruto. Eso me impresiona. Dios actúa como quiere, donde y cuando quiere. Pienso entonces en mi propia vida, en mi alma que es un desierto con frecuencia. Me duele la sequedad de todo lo que vivo. Quisiera que en mi corazón hubiera ríos y pozos. Me gustaría que surgieran huertas completas y árboles diversos. Quiero ser fecundo, tierra fecunda. Pero aún así ese fenómeno del Sahara me muestra que mi desierto puede dar vida. La sequedad de mi polvo, de mi tierra árida, puede fecundar otras vidas. No lo entiendo muy bien, pero sé que Dios puede sacar hijos de debajo de las piedras. Puede sacar vida de la muerte y abundancia del hambre. Eso me consuela. Yo veo a menudo mi vida estéril, el desierto de mis vínculos, la soledad de mi alma y pienso que no es posible, que no va a salir vida. Pero me equivoco, para Dios nada es imposible. El polvo recorre miles de kilómetros desde el desierto para cumplir su misión. La espera es larga, pero el polvo y sus minerales llegan a la meta. Eso me gusta. La paciencia es lo propio del jardinero, del cuidador de la tierra fecunda. Pienso en el desierto de este tiempo que vivo. Un desierto de pandemia en el que tantas cosas buenas y posibles se quedan sin hacer. Un desierto en el que la vida no parece ir hacia ningún lugar. Y tengo miedo. Me asusta la soledad del desierto, la arena seca. Me asusta no tener la vida que tenía antes y pensar que por eso este tiempo puede ser infecundo. Es todo lo contrario. En el desierto de este tiempo que vivo confinado Dios me va a hacer fecundo para muchos. Me olvido de algo que vivo cada día en el santuario. Allí entrego mi vida en manos de María como mi capital de gracias y veo cómo mi entrega da frutos en corazones que no conozco. Me gusta esa mirada positiva sobre este tiempo. Ofrezco mis renuncias, mis sacrificios, mis soledades, mis planes cancelados, mis ilusiones perdidas, mis desafíos postergados. Mis metas que quedan tan lejos de mis pasos de ahora. Y en medio de ese desierto Dios me habla al corazón. Y me dice que todo eso dará vida sin que yo lo vea, sin que yo lo sepa. Será como una nube de polvo que trae fecundidad en el silencio. La fecundidad dentro de mi alma no depende solo de mí. Yo puedo esforzarme, puedo luchar y dar pasos. Pero es Dios el que me regala una fecundidad que no es mía. En este tiempo más que nunca valoro la renuncia que no puedo evitar. Valoro la muerte que no puedo eludir. Y el sufrimiento que querría dejar para otro momento. Valoro no poder salir y hacer lo que deseo. Es mi entrega silenciosa y voluntaria. Como ese polvo que, sin hacer ruido, fecunda la naturaleza. Ese milagro me habla de lo que es este tiempo para mí, para muchos que no conozco. Estoy sembrando semillas de eternidad y eso es lo que de verdad importa. 

La verdad me hará libre, lo sé. Aceptar la verdad de mi vida, mi propia verdad, es el camino para ser feliz y ser pleno. Siempre me impresiona esa frase de Pilatos ante Jesús: «¿Qué es la verdad?». Creo que esa pregunta recorre a todos los hombres. A mí también. ¿Es verdad lo que afirmo de forma contundente como una opinión? ¿Es mi juicio sobre la realidad verdadero sólo porque yo lo percibo así? ¿Es verdadero mi sentimiento provocado por la interpretación subjetiva que hago de los hechos? ¿Son verdaderos mi dolor, mi rabia, mi alegría, mi pasión? ¿Puede ser verdadero un sentimiento? ¿O lo son sólo los hechos? En realidad, un mismo hecho, una misma palabra, puede ser interpretado de muchas formas. Cada persona lo vive de una forma diferente. ¿Dónde está la verdad? ¿Cómo hago compatible mi sentimiento con el hecho objetivo? Mi manera de verlo no es la única. Ni mi sentimiento es la verdad absoluta. Pero creo que es bueno saber mirarlo. Mirar hacia el río de mi alma por el corre mi vida. Allí dentro se encuentra lo que en verdad soy. Vivo en una época en la que manda el sentimiento. Eso es lo verdadero. En parte es cierto, porque lo que siento es real y auténtico, aunque el hecho que lo provoca no sea tal como yo lo dibujo. Lo que yo he sentido al verme mirado por ti de forma injusta es una verdad que hay en mi alma. Y necesito que me respetes, que me mires con misericordia, que me pidas perdón y aceptes mi dolor. Quizás mi corazón tiene una herida que ha hecho que esas palabras o esos hechos los haya recibido de esa forma dolorosa. Cada uno interpreta lo que mira o lo que oye unido a una historia única y original. Quizás, aunque tú no estuvieras siendo injusto en tu interior, yo he percibido una injusticia. Mi interpretación es auténtica. No es mentira, es verdadera. Quizás, tengo derecho a que la aceptes. Forma parte de mí. Pero tu verdad también cuenta, tu propia historia, las intenciones con las que has dicho o hecho algo. Mi verdad no es la única. Creo que sólo Dios es la verdad absoluta en la que caben mis pequeñas verdades. Yo sólo tengo trozos de verdad, retazos limitados de una verdad infinita. Y cuanto más ame, cuanto más escuche a mi corazón y al de los otros, más amplia será mi mirada. El mar es más de lo que veo. Yo sólo veo una parte con sus límites, con orillas y horizonte que se pierde a lo lejos. Dios es el mar completo, inabarcable para mí. Él es más que lo que siento. Y el otro tiene un alma que no cabe en mi juicio, ni en mi opinión. Dios conoce mi verdad, quizás mejor que yo mismo. Conoce y pronuncia mi nombre único. Sólo Él sabe los rincones escondidos de mi alma. Conoce mis mares y mis playas. Mis montes interiores. Mis valles oscuros. Mejor que yo mismo. Por encima de todo, mi verdad es que soy hijo de Dios, que le pertenezco. Y sé que Él me ama tiernamente. Y esa verdad no cambia por el reconocimiento o la desvalorización de los otros. La verdad de mi historia, de mi vida, no la cambia que alguien me vea distinto, me vea culpable, me vea mala persona. O me vea maravilloso y perfecto, sin mancha. Yo sigo siendo el mismo, antes de la condena y después de la condena. Sigo siendo el mismo, antes y después de una opinión o de una noticia que sale a la luz. Tendré mis mismos defectos, debilidades y pecados. Y también las mismas virtudes y talentos. Mis sombras y mis luces son las mismas antes de que alguien opine sobre mí. Todo estaba ahí, en mi interior, aunque el mundo no lo conocía, Dios sí. ¡Cuántas veces, en un segundo, creo que ya conozco todo del otro! Incluso sus lados ocultos que imagino. ¡Cuántas veces por una sola cosa que veo o que oigo de una persona, hago mi valoración de su vida entera y la salvo o la condeno! Reconozco que yo soy más que mi pecado, soy más que un acto o una palabra concreta, más que mis vacíos y mis silencios. No es necesario que mi historia íntegra, mi esencia, lo que soy, mi verdad más profunda, sea conocida por todos. No tengo que hacer públicos mis pecados. Esa verdad es sólo mía y de Dios, y de aquellos con los que la quiera compartir. Nadie me puede exigir que me muestre, que cuente, que me exponga. Los que me aman intuyen mi verdad, aunque no capten todo. Los que me aman no dudan de mí. Eso es lo más sanador que existe en la vida. Que crean en mí. Que no tenga que estar permanentemente defendiéndome o justificándome ante el mundo. O explicándome y defendiendo mis actitudes. Sé que me aman por mi verdad, por lo que soy, porque están de mi parte. Como Dios mismo me ve, ellos me ven. Dios mira mi corazón en lo más hondo. Él sabe lo que se mueve en mí. Por eso tengo que estar en paz con mi verdad y aceptarla, y quererla. Leía el otro día: «La voz de Dios comenzamos a escucharla cuando escuchamos hasta el fondo nuestra verdad» . Necesito aceptar mi verdad, lo que de verdad soy, para dejar entrar a Dios en lo más hondo. Porque Dios siempre actúa en la verdad. Y tantas veces estoy desconectado de mi interior, de lo que me sucede. Ortega y Gasset decía: «No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa». Me desconozco. Y también desconozco a los que viven a mi lado tantas veces.

Pero la realidad es que no siempre estoy dispuesto a aceptar la verdad: «Estamos dispuestos a creer cualquier cosa menos la verdad» . Prefiero a veces mentiras que maquillen la verdad que duele. Esa verdad que habla de mi pasado, de mi presente, de mi realidad, de mi fragilidad y necesidad. Esa verdad contra la que me rebelo como un niño inmaduro queriendo que sea distinta. Cuando vivo en la verdad soy libre, cuando me apego a las mentiras, soy esclavo. Sé que sólo si me siento amado tal como soy, sin caretas, sin condiciones, seré profundamente libre. Pero mi verdad no es sólo lo negativo, el pecado que me confunde. A veces lo veo así. Me detengo en la debilidad. La verdad tiene sus luces y sus sombras. Pero ante todo es la belleza la que define mi verdad. Dios me creó para la luz y puso en mi alma al modelarme su aliento más puro y su capacidad de amar. «La imitación de Cristo» de Kempis: «En este libro, las debilidades humanas son acentuadas muy fuertemente. Habla de cerdos, de acervos de estiércol. Todo esto son verdades, pero inducen a detenerse demasiado en la pequeñez del hombre, en su ser nada». La verdad de mi pecado importa. No quiero negarla. Es parte de mí. Pero no quiero que esa realidad oscurezca mi belleza, mi luz interior. Soy mucho más que mis caídas. No soy blanco o negro. No soy noche o día luminoso. Soy una mezcla de bondades y maldades, de fortalezas y debilidades. De alturas y de abismos. Y más allá de todo, mi corazón está hecho para el cielo. Y soy profundamente amado y elegido tal como soy. Dios me espera cada noche y cada mañana. Para Él soy precioso y único. Ha soñado conmigo desde siempre. El juicio de los demás sobre mi vida, sea injusto o cierto, no me cambia. No aumenta mi maldad. No engrandece mi bondad. Hoy parece que un juicio lanzado en las redes sociales vale más que muchas investigaciones minuciosas sobre un caso, sobre una persona. Lo que se publica en seguida se acepta como veraz, o por lo menos surgen las dudas, las sospechas, los miedos. Anthony C. Grayling comenta sobre la «posverdad» que impera ahora: «Todo es relativo. Se inventan historias todo el tiempo, ya no existe la verdad». Parece que lo único verdadero es lo que siento. Lo que en mí despierta un hecho concreto, o una noticia. La decepción y la rabia, la duda y el miedo. Los hechos objetivos que no conozco importan poco. Y a veces parece que lo sé todo. Puedo hundir a una persona o elevarla con una sola opinión, con un juicio lanzado al aire de forma temeraria. Brota la sospecha. No importa si es verdad lo que digo, o no lo es, o sólo lo es en parte. No siempre podré saber toda la verdad de los hechos. Puedo entonces dejarme llevar por los juicios que vierten los hombres. Y me haré una idea falsa o verdadera de las personas. Pero no es mi criterio, es el de otros que yo hago mío. Tengo claro que la opinión que escucho sobre alguien a quien quiero o incluso el saber algo verdadero de su vida, no altera mi relación con él que es verdadera y está basada en muchos más elementos. Tengo un vínculo personal, conozco su historia. He tocado su verdad y su mentira. Conozco su bondad y su maldad, su debilidad y su fortaleza. Sus heridas y su historia. Me he enamorado de su estilo, de su impronta personal. De su carisma que es sagrado, porque viene de Dios. Podrán lanzar juicios al aire sobre él, o hablarme de hechos que no puedo demostrar. Y quizás dudo sobre él, tengo sospechas. Pero ¿quién soy yo para juzgar su vida? Sólo Dios lo puede hacer. Y ante los ojos de Dios es él lo más valioso, el hijo más amado. Y si lo amo, ese amor entre nosotros es la verdad para mí. Porque yo estuve a su lado y toqué su corazón. Y lo que viví es verdad. Eso no me lo quita nadie. No dudo de esa verdad. Porque mi fe en él ha ido creciendo con los años. Y esa fe se sostiene, aunque otros emitan juicios sobre él, opiniones desvelando hechos desconocidos. Incluso aunque en mi ignorancia de todo no pueda refutar cada una de sus críticas. Mi amor es más firme, no se desalienta. Es mi forma de mirar la verdad sobre las personas. Me gustaría también que los que me aman sean así conmigo. Que crean en mí. Que por encima de un juicio que escuchen, o incluso algo que vean y que no les guste, me sigan amando. Y sigan confiando en mí, en lo que hay entre los dos. Una opinión sobre mí vertida al aire, o el desvelar un pecado de mi pasado, no altera lo que yo soy. Ya estaba todo ahí en mi corazón antes de salir a la luz. Soy el mismo con mi verdad, con mi dolor, con mis miedos, con mis pecados. Es importante aceptar la verdad. La mía y la del otro. La verdad de los hechos. Puede que no siempre esté preparado para hacerlo. Cada uno necesita su tiempo, hacer su camino, vivir su duelo. La verdad y el amor van de la mano. Sin amor la verdad es dura como un cuchillo. Y sin verdad el amor es un sentimentalismo fugaz, superficial e inmaduro. La cruz de Cristo está sostenida sobre el brazo de la verdad y del amor. A veces necesito tiempo para aceptarlo. Quizás no estoy maduro en cualquier momento para enfrentar verdades dolorosas. Puede ser que una verdad me aleje de los que amo. Porque creí ingenuamente en su pureza inmaculada. Los encumbré creyéndolos perfectos, poniendo en ellos expectativas que en realidad suplían mis propias carencias y estaban por encima de sus límites humanos. Y cualquier hecho imperfecto de su historia me parece punible y me aleja de él. Quisiera tener un corazón grande, humano, amplio, como el de Jesús, para acoger a las personas en su verdad completa y sin miedo. Aceptarlos en sus límites, en sus heridas, en sus pecados. Y no quedarme en una imagen idealizada de su vida que no es real. Quiero mirar con los ojos de Cristo. Con humildad y respeto. Es la tarea de toda mi vida.

Me asusto muchas veces al ver sentimientos en mí que creía superados. O al descubrir bajo la piel miedos inconfesables. O percibir pasiones desbordantes que creía controladas. ¿No estaba ya todo educado en mí? ¿Educar significa reprimir lo que no me gusta de mí, lo que simplemente no acepto o es algo más? Recuerdo en una ocasión a un seminarista ya ordenado diácono despidiéndose del seminario. Al irse comentó: «La educación en mí no ha resultado». Me quedé pensando. Después de tantos años de camino, después de todo lo vivido, después de dejarme educar por Dios, por mis formadores, por mis hermanos, ¿me siento ya una persona educada? Me duele detenerme a observar mi ira, mi rabia, ese sentimiento tan negro que pensaba que no existía dentro de mí. Me veo por fuera manso, pero por dentro veo que no lo soy. Brotan con facilidad la rabia, los gritos, las palabras fuera de lugar. ¿Estará todo mal en mi autoeducación? ¿Habré fracasado en el intento? ¿Soy sólo el hombre refinado y educado que quiero mostrar hacia fuera, todo bajo control, como cuando voy de visita? ¿O soy también ese otro lleno de impulsos ingobernables, que se desborda en sentimientos difíciles de contener dentro de un molde? Educar es mucho más que reprimir. Cuán a menudo he visto a personas aparentemente mansas confesarse de estallidos abruptos de ira. ¿Estarán exagerando? No lo creo. Seguro que bajo su aparente calma hay un mar revuelto de emociones, un mundo interior lleno de fuego. Y estalla cuando aflojan las barreras que intentan contener el mar. No quiero simplemente ahogar mis sentimientos más profundos. Leía el otro día: «Las emociones, especialmente cuando no son escuchadas y educadas, tienen la peculiar característica de propiciar una reacción exagerada con respecto al hecho originario. Cuando una reacción es desproporcionada, es señal de que su causa era fundamentalmente interior, que está emergiendo algo muy personal, desencadenado por una causa ocasional, generalmente irrelevante. una reacción exagerada (y quien observa desde fuera se da cuenta de ello fácilmente) indica que hay algo no resuelto que anida en el interior como un polvorín presto a estallar: ¡basta una insignificante cerilla para que se produzca el desastre!» . Miro lo que todavía en mi interior no está superado. Hay emociones que provienen de rencores guardados en el alma. Siento que el perdón no ha resultado. Sigo sin perdonar y la herida provoca emociones que se desbordan. Tengo que ser un observador paciente de mi alma. Descubrir las corrientes interiores que fluyen bajo la piel. No negarlas, no ignorarlas. Sólo me queda hacer consciente lo que siento, aceptarlo y entregárselo a Dios. No lo niego, no lo tapo con mis manos como si no existiera. No quiero olvidarlo porque cuando menos lo miro más fuerza adquiere. Hoy escucho que «hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto». Yo también gimo en mi interior con dolores de parto. No todo está ordenado dentro de mí. Sé que en el cielo será distinto. Pero ahora mi pecado hace brotar en mi interior sentimientos que me descolocan, me asustan, me incomodan. No los ignoro, pero tampoco me asusto. No soy una persona sin solución. Dios me quiere como soy, también con ese volcán que tengo en mi alma. También ese yo que pocas personas conocen. Dios sí conoce toda mi verdad, todos mis exabruptos, todas mis negaciones y mis miedos. Ha mirado mi alma con mirada compasiva y me recuerda que soy más que lo que siento, más que lo que no me gusta de mí y que aflora a la superficie en días de tormenta. Me mira con paciencia. Me ama con profundidad. No quiero negar lo que veo en mí. Se lo entrego a Dios para que me calme y haga nacer el perdón con la paz en lo más profundo de mi alma. Reconozco que la educación de Dios en mí no ha acabado. No acabará hasta que cruce la puerta del cielo, hasta que exhale mi último aliento y sienta que lo he dado todo. Mi corazón que ama hasta el extremo no conoce de medidas razonables y prudentes. Tiene la fuerza interior de los volcanes, esa velocidad terrible de los vientos. Busca a Dios escondido en mi alma y en el alma de tantos. Y recorre los caminos de su mano, calmado en su pecho. 

¿Cómo es posible que queriendo hacer el bien sea el mal lo que consiga? ¿Por qué si deseo ser libre totalmente acabo cediendo y me hago esclavo? ¿Cómo puede ser que mi vida no sea tan perfecta como la he soñado, ni mis actos, ni mis pensamientos? Es tan débil la vida que sostengo entre mis dedos. ¿Cómo puede ser que se marchite esa planta que he cuidado con tanto esmero? ¿Demasiada agua, demasiada poca? Rara vez muere una planta por tener poca agua. Muchas veces se pudre cuando tiene demasiada. Tal vez mis pecados pesan más, mucho más que mis obras buenas. Al menos me parece que pesan mucho en el alma, dentro de mi cuerpo, como una losa pesada que no logro apartar del pensamiento. ¿Cómo es posible que mi voluntad sea tan débil y no logre resistir la tentación que me provoca? La culpa se adentra como una marejada dentro del alma. Como una niebla gris que todo lo oculta. No logro ver el siguiente paso por la oscuridad de esa culpa que me enceguece. Quisiera ser libre de toda culpa, vivir desprovisto de toda falta o pecado, como un hombre perfecto, sabio e inmaculado. Me gustaría hacer bien todo lo que intento, controlarlo todo. Mi ánimo, mis gestos, mis movimientos, mis palabras, mis silencios. Incluso lo que pienso o siento. No resulta. El silencio que busco no acalla mis gritos. La paz que tanto deseo no calma mis rabias. Indefectiblemente caigo en la corriente del pecado y la dejadez, la tibieza y la mediocridad, el olvido y el miedo. Todo esto como si fuera llevado como un autómata allí donde no deseo ir, allí donde me siento tan infeliz que no quepo dentro de mi rabia y tristeza. ¿Cómo logro romper esa cadena de pesares que lentamente va atrapando mi cuerpo y mi alma? Hoy escucho: «Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá». El sufrimiento de la experiencia de la propia debilidad, de la corrosión que produce en mi alma el pecado, de la pobreza que experimento al no ser dueño de mi propia vida. Todo ese sufrimiento que cargo sobre mis hombros no es nada si lo comparo con el cielo, con lo que sueño al final del camino, con la paz que tendré al cruzar la santa puerta de la vida. Leía el otro día: «El pecado consiste fundamentalmente en la autoafirmación del ser humano, que se encierra en su propio poder para asegurarse contra Dios y frente a su hermano» . Mi debilidad me lleva a autoafirmarme. Valgo más que ese Dios al que tanto amo. Valgo más que los sueños que tengo dentro de mi alma. Valgo más, es más poderosa la tierra que encierro dentro de mi alma. Sólo Dios tiene la última palabra sobre mi vida. No soy yo a fuerza de voluntad el que saca adelante mis semillas, la vida que hay en mi alma, el camino santo que quiero recorrer. No, debo dejarme hacer por Dios. «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo». La palabra de Dios viene sobre la tierra de mi alma para hacerla fecunda. Pero yo veo tanta dureza, tantas plantas que opacan la luz del sol, tanta sequedad y tanta pobreza. Nada bueno parece poder salir de mi tierra enferma. Sólo el pecado, y esa cadena pecaminosa que se pega al alma y la va enfermando lentamente. El otro día me hablaron de la plaga de muérdago en los árboles. Un árbol de mi jardín la tenía. Parecía una planta inofensiva. Los pájaros se alimentan del fruto del muérdago y al defecar depositan las semillas sobre las ramas. En las ramas germina el muérdago y se desarrolla. Hay que cortar la planta que parece inofensiva para que el árbol no muera. Así sucede también en mi vida. Algo en mí empieza a crecer con fuerza. Parece inofensivo. Hago algo que es bueno, no es malo. Es bello, no es feo. Puede ser una relación, una tarea que me parece positiva. Pero pronto comienzo a ver efectos negativos. Voy perdiendo la paz, o la fuerza. Languidece mi energía. O es tóxico aquello que parecía inofensivo. Me va quitando la vida poco a poco, sin darme cuenta. Puede ser una relación que no me hace bien, o puede ser un encargo que ponen sobre mis hombros y me va desgastando sin darme cuenta. O una exigencia que parece legítima, pero que me va quitando la alegría y la paz. Tal vez tengo que quitar aquello que no me hace bien, siendo aparentemente bueno y valioso. Esas plantas son parásitos que viven de la vida del árbol. Puedo tener parásitos que viven de la vida de mi alma y me hacen languidecer. El jardín interior de mi alma se va secando, desgastando, por el peso de tareas que superan mi capacidad. Y pierdo la alegría y la esperanza. Creo que puedo con todo. Pero me ahogo dentro de la noche de mis miedos y pesares. ¡Cuánto pesa el pecado, cuánto pesa la dejadez en la que me encierro! Necesito que Jesús sea el jardinero de mi vida. Necesito su palabra que anide en los pliegues de mi alma.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 18 de agosto de 2020

¿Por qué se usa incienso en Semana Santa?

 


¿Sabéis por qué se usa el incienso en Semana Santa? Hoy queremos compartir con vosotros por qué su uso es tan importante en esas fechas. Si te interesa, ¡no te pierdas nuestra entrada!


La importancia del incienso

La Semana Santa cuenta con un elemento cuyo aroma te resultará muy familiar. Así es, hablamos del incienso. Su olor impregna todas las calles y actos de esta semana grande, y seguro que en más de una ocasión te has preguntado por qué se usa incienso en Semana Santa.


Primero debemos hablar sobre las importantes referencias del incienso en la Biblia. Una de ellas, que seguro que conoces y que demás ya hablamos de ello en nuestro blog, tiene que ver con los regalos de los Reyes Magos a Jesús. Uno de ellos fue el incienso, relacionándolo de esta manera con lo divino, con el hijo de Dios.


Otro hecho con el que podemos apreciar la importancia del incienso en la Semana Santa es que se considera un elemento protagonista en la liturgia hebrea. Perfuma las ofrendas a Dios, además de altares y ceremonias.


La Iglesia Católica también emplea incienso en sus misas, por ejemplo en la proclamación del Evangelio y en la consagración.


El incienso en Semana Santa

Con todos los datos y referencias que hemos compartido, habréis podido comprobar la relevancia que tiene el incienso en la actualidad, y su estrecha relación con la Semana Santa. Se trata de un elemento indispensable, con un importante protagonismo durante esa semana. El humo transmite misterio, respeto y solemnidad, valores ligados a la Semana Santa.


Además, no solo juega un papel en las procesiones, sino en los hogares españoles también. En Semana Santa es habitual su quema en algunas casas. Purifica, limpia, aleja lo negativo y atrae lo divino.


Como habrás podido comprobar en nuestro post sobre por qué se usa incienso en Semana Santa, se trata de un elemento divino, que siempre acompaña celebraciones y actos religiosos. 



Enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales


Fuente: inciensosafiances.es/blog/

viernes, 14 de agosto de 2020

La Asunción de la Virgen María a los Cielos

 


 

 

Asunción de María o Asunción de la Virgen es la creencia, de acuerdo a la tradición y doctrina de la Iglesia católica​ y de la Iglesia ortodoxa, la iglesia ortodoxa oriental y algunas denominaciones protestantes como los anglicanos, de que el cuerpo y alma de la Virgen María, la madre de Jesucristo, fueron llevados al Cielo después de terminar sus días en la Tierra. No debe confundirse con la Ascensión, que hace referencia al propio Jesucristo.

 

Este traslado es llamado Assumptio Beatae Mariae Virginis​ (Asunción de la Bienaventurada Virgen María) por los católicos, cuya doctrina fue definida como dogma de fe (verdad de la que no puede dudarse) por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. La Iglesia católica celebra esta fiesta en honor de María en Oriente desde el siglo VI y en Roma desde el siglo VII. La festividad se celebra el 15 de agosto.

 

Historia

Primeras referencias litúrgicas

La primera referencia oficial a la Asunción se halla en la liturgia oriental; en el siglo IV se celebraba la fiesta de El Recuerdo de María,​ que conmemoraba la entrada al Cielo de la Virgen María y donde se hacía referencia a su asunción. Esta fiesta en el siglo VI fue llamada la Dormitio (κοίμησις) o Dormición de María, donde se celebraba el fin de la vida terrena y la asunción de María al Cielo. En el siglo VII el nombre pasó de «Dormición» a «Asunción».

 

Relatos apócrifos

Los relatos apócrifos sobre la asunción de María aparecen aproximadamente desde el siglo IV y V. El más difundido de los «evangelios asuncionistas» y uno de los más antiguos en el oriente bizantino es el Libro de San Juan Evangelista, el Teólogo.​ Este y otros escritos apócrifos tuvieron gran influencia en diversas homilías y escritos de los oradores orientales, como por ejemplo Juan de Tesalónica, Juan de Damasco, san Andrés de Creta, san Germán de Constantinopla, entre otros. Si bien no tenían ni tienen carácter histórico, la Iglesia católica vio en estos escritos el fondo teológico que existía y del cual los relatos eran expresiones adornadas.

 

La Asunción en Occidente

Debido a factores políticos y lingüísticos, ya que las relaciones con oriente eran tensas y el griego no se dominaba todavía, la doctrina de la Asunción de María no fue desarrollada sino hasta el siglo XII donde aparece el tratado Ad Interrogata, atribuido a san Agustín, el cual aceptaba la asunción corporal de María. Santo Tomás de Aquino y otros grandes teólogos se declararon en su favor.

 

San Pío V, en el siglo XVI, al momento de reformar el Breviario, quitó las citas del "Seudo-Jerónimo" y las sustituyó por otras que defendían la asunción corporal.

 

Benedicto XIV señaló la doctrina de la asunción como pía y probable pero sin señalarla aun como dogma.

 

La influencia del libro llamado el Seudo-Jerónimo el cual ponía en duda si María fue asunta al cielo con o sin su cuerpo (aunque manteniendo la creencia en su incorrupción) hizo surgir la duda de si la asunción corporal estaba incluida en la celebración de la fiesta. A esto se sumó otro libro que gozó de fama entre los conventos y cabildos, llamado el Martirologio, del monje Usuardo (el cual murió hacia el año 875) el cual alababa la reserva de la Iglesia de aquella época que preferiría no saber "el lugar donde por mandato divino se oculta este dignísimo templo del Espíritu Santo y nuestro Señor el Dios".

 

El dogma

 

En 1849 llegaron las primeras peticiones a la Santa Sede de parte de los obispos para que la Asunción se declarara como doctrina de fe; estas peticiones aumentaron conforme pasaron los años. Cuando el papa Pío XII consultó al episcopado en 1946 por medio de la carta Deiparae Virginis Mariae, la afirmación de que fuera declarada dogma fue casi unánime.

 

El 1 de noviembre de 1950 se publicó la constitución apostólica Munificentissimus Deus en la cual el papa, basado en la tradición de la Iglesia católica, tomando en cuenta los testimonios de la liturgia, la creencia de los fieles guiados por sus pastores, los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia y con el consenso de los obispos del mundo, declaraba como dogma de fe la Asunción de la Virgen María:

 

Por eso, después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.​ Constitución apostólica Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950.

 

Enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: wikipedia.org

 

jueves, 6 de agosto de 2020

Oración al San Salvador

          

Según San Lucas, cuando Jesús está a punto de partir hacia Jerusalén para llevar a cabo su “éxodo” a través de su pasión y muerte, la luz de su resurrección se proyecta ya anticipadamente sobre él en el misterio de su Transfiguración. 

Ocurre como una anticipación alentadora de su gloria, para fortalecerle en su camino hacia el sufrimiento.

Poco antes de la Pasión, cuando la fe de los apóstoles se verá seriamente probada, Jesús les muestra su verdadero rostro, transfigurado por la luz de Dios. Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, también dan testimonio de Jesús.

 Éste es el Hijo predilecto de Dios: escúchenle; miren más allá de las apariencias. 




Roguemos al Señor
que nos ha hecho sus hijos e hijas
en Jesucristo, su Hijo predilecto.

Señor Dios nuestro:
En la transfiguración de Jesús
iluminaste los ojos de la fe de tus apóstoles
para que pudieran ver más allá de las apariencias,
y reconocer a Jesús como tu Hijo amado.

Fortalece también nuestra fe
en la persona y mensaje de tu Hijo.

Ayúdanos a reconocer algo de su rostro
en nuestros hermanos
y a encontrarle siempre en los otros,
para que caminemos con él
y participemos de su gloria
por los siglos de los siglos.

Estandarte

  Estandarte Del fr. ant. estandart, y este del franco *stand hard”, mantente firme. Es una confección textil con colores y símbolos que rep...