viernes, 31 de julio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA AGOSTO DE 2020



Agosto de 2020


Hermano:

Cada día me levanto con el deseo de vivir más anclado en Dios, más confiado, más libre. Cada día le vuelvo a decir a Jesús que mi vida es suya, que le pertenezco, que confío en su amor misericordioso y he dejado a un lado los miedos que me atan. Cada día vuelvo a hacerlo convencido de que en algún momento notaré esa libertad interior que tanto sueño. Y todo sin dejar de amar en lo humano. «El amor de los santos no es heroico porque haya descartado el amor al tú humano y sólo vea y abrace a Dios, no porque haya humillado y profanado al tú humano convirtiéndolo en un ‘ello’, sino porque la tri-unidad de las almas ha experimentado un desplazamiento de acento. La fijación al yo se ha aflojado, el yo ha pasado a segundo plano, el tú humano y el tú divino, unidos en una bi-unidad peculiarmente misteriosa, se encuentran de tal manera en el centro, que se ve y ama más al hombre en Dios que a Dios en el hombre» . Me gusta el amor de los santos que no renuncian al amor humano, al apego de los vínculos y logran amar a los hombres en Dios. Esa libertad interior me permite vivir en Dios, vivir como ciudadano del cielo. ¡Cuánto me cuesta! Mi corazón quiere retener al amado, lo amado. Quiere paralizar los pasos cadenciosos de los días que desaparecen en el pasado. Quiere sostener en su puño cerrado el calor del cariño que quiere ser eterno. Temo como un niño la llegada de la noche, la incertidumbre del día siguiente que aún desconozco. Me asusta perder lo que hoy me llena y sentir un vacío que me da punzadas de hambre. Quiero seguir abrazando, sosteniendo, levantando vidas sin dejar de mirar confiado al cielo. ¿Cómo es posible tanto dolor y tanta muerte si me han prometido el cielo aquí en la tierra? Los gritos del Calvario resuenan en mi alma haciéndome ver que no todo es siempre tan perfecto, tan bello, tan lleno de luz como mi alma sueña. Y la oscuridad y las sombras y el pecado lo enturbian todo haciéndome ver que aún no he llegado al cielo. Quisiera yo tener la libertad de los niños o esa santa indiferencia de los santos, para no temer al futuro. Eso significa decir cada día «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» o «Hágase en mí según tu palabra» en la voz de María. Quiero inscribir mi corazón en el de Jesús, digo con voz queda. Pero luego, cuando la vida se torna insegura y mis pilares firmes se tambalean, dudo. Quiero sujetar las riendas de mi vida, quiero asirme a ese palo del mástil que gobierna enhiesto mi débil barca. Quiero contener las velas que me llevan donde yo no quiero. Y no es porque esté amando en exceso todo lo humano, porque eso es lo que Dios quiere que haga. Él no busca mi mal, ni desea mi pérdida. Pero aquí en la tierra es todo incompleto. La vida, la felicidad, la paz, la bondad, el deseo. Y yo me aferro con todas mis fuerzas a mi presente feliz pretendiendo eludir todos los males posibles. No suelto la vida, no confío realmente. La imagen que tengo de Dios es la que me facilita dar la vida. Sé que si creo en su misericordia podré confiar más. Si me cuesta descubrir su amor diario y bondadoso, desconfiaré. Pero lo cierto es que no siempre confío en el final feliz de todos mis planes. Y no me dejo hacer por el Dios que lo único que quiere es que sea feliz. No me lo creo. Digo que se haga su voluntad. Le doy un cheque en blanco a María para que pida lo que quiera. Estoy dispuesto a dar la vida entregando como Abrahán en Moriah incluso al hijo de mis entrañas. Sólo si Dios me lo pide. Pero lo hago con la cabeza mientras mi corazón se rebela con ansias. No quiere perder pie en las aguas profundas. No quiere que la barca de mis sueños se hunda en medio de la marejada. Soy tan frágil en todos mis amores. Tan humano, tan de carne. Si tuviera mi corazón más anclado en Dios pasearía por la vida sin afanes, sin miedos ni angustias. Enfrentaría las tormentas sin temor. Y sabría que siempre hay un puerto tranquilo cuando vuelve la calma. Me gustaría vivir así el presente, los vínculos, los desafíos de la vida. Me gustaría seguir amando a Dios en los hombres sin querer retenerlos, sin querer guardármelo todo, sin pretender ser pleno en medio del camino.

Me gusta mirar mi propio corazón y el corazón de las personas que conozco. Me gusta pensar en todo lo que cabe en el corazón humano. Dolores, alegrías, penas, contrariedades, sueños, rencores, perdones. ¿Qué habita en mi corazón? ¿Tengo el corazón enfermo o está sano? ¿Hay más dolor que alegría, más rencor que gratitud? ¿Es mi corazón un remanso de paz o un mar revuelto en plena tormenta? ¿Es mi corazón ese lugar en el que puedo ser yo mismo, sin miedo? Mi corazón es el que puede salvar mi vida en medio de los caminos. Cuando está sano me salva, cuando está enfermo me hunde. Mi corazón está lleno de amores. De vida y muerte. De grandes contradicciones. Amar duele, el amor siempre me hace sufrir. Cuando amo y me dejo amar todo se complica, y al mismo tiempo gana la vida en belleza. He llegado a pensar con el tiempo que todo depende de cómo mire las cosas. No tengo el corazón sólo para sobrevivir. Mi corazón se apega a la vida, a las personas, muy hondo. Mi corazón muchas veces es altanero y se engríe. Se siente por encima del bien y del mal, está herido. Se endurece para no sufrir, porque el sufrimiento duele. Mi corazón tiene sed de infinito, pero a veces se contenta con pocas cosas, vive en la superficie de la vida. Creo que más bien sobrevive en medio del desierto. Y siente que quizás en otra vida todo será más bello, más pleno, más verdadero. Mi corazón se enamora y desenamora. Se conmueve hasta las lágrimas o permanece inmutable. Mi corazón se apega como un niño en juegos infantiles y ríe en carcajadas casi sin venir a cuento. Mi corazón es posesivo y a la vez generoso. Quiere dar la vida sin esperar nada a cambio mientras que retiene cada segundo que se le escapa. Mi corazón vuela en alas de águila y se desplaza cansino con pasos de gorrión. Mi corazón se llena de soberbia cuando triunfa y vence. Y llora amargamente cada vez que es derrotado. Mi corazón vive de alegrías pequeñas esperando los grandes gozos. Mi corazón corre carreras infinitas y se detiene cansado al borde del camino. Mi corazón tiembla y se enfada con la vida porque siempre espera más de lo que recibe. Mi corazón está herido porque muchas veces quiso mientras que no fue querido. Mi corazón se tambalea y duda porque le asustan los fracasos. Mi corazón es transparente y se oculta por miedo a que los demás vean lo que a él no le gusta de sí mismo. Tengo un corazón pequeño que sueña con ser grande. Un corazón de alturas que se apega a lo finito. Tengo corazón de poeta y alma de navegante, sueños de peregrino. Y al mismo tiempo escribo en prosa las horas de mi día. Mi corazón busca la perfección, pero suele naufragar en lo imperfecto. Mi corazón mira al cielo cada mañana esperando que venga una sombra y lo cubra por entero. Es por todo esto quizás que me gusta tanto mirar el corazón de Jesús. En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se me abre una ventana en su corazón herido. Y Jesús me dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Y me siento tranquilo mientras espero adentrarme en el Corazón de Jesús. Porque allí tengo un sitio. Allí descanso y soy yo mismo sin miedo a una mirada que me juzgue y repruebe. Allí, en ese corazón abierto porque está herido, puedo llegar con mis heridas y ser reconocido como hijo. Allí Jesús me dice que no tiemble porque ya estoy en casa, en su nido. Allí el tiempo no pasa, está detenido. Lo eterno se hace de golpe un instante de paz infinita. Y yo contemplo callado a Jesús y su corazón inmenso. Y creo lo que me dice. Me dice que vaya hasta Él cuando esté cansado y agobiado para encontrar descanso. ¿No estoy acaso así yo hoy lleno de turbación y miedo? Sólo en Él puedo encontrar descanso. En Él parece que mi carga es ligera. ¡Qué paradoja! Yo que sufro tanto con la vida por cosas tan pequeñas. Y Jesús me dice que no tenga miedo. Que descanse a su lado. Que su yugo es muy llevadero. Ese yugo es el que me une a Él para siempre. Bendita comunión. Y entonces confío en que ese amor suyo tan grande me enseñará lo que aún no sé. Porque no soy manso ni humilde de corazón. Y Él precisamente sí que lo es. Es manso cuando tiene que enfrentar la Cruz y el dolor. Es humilde cuando tantos pretenden aclamarlo como rey. Jesús tiene un corazón parecido al mío y a la vez tan diferente. Su corazón no está dividido en buenas intenciones y bajos propósitos. Su corazón no tiene esa llaga de nacimiento que me hace a mí realizar el mal que quiero evitar a toda costa. Su corazón no está roto, ni enfermo. Aún así mi corazón se parece mucho al suyo. En él hay una semilla de eternidad que tantas veces ignoro. Y al mismo tiempo un deseo de amar hasta lo más profundo de mis entrañas. Ese deseo es el que me mueve hasta darme a aquellos a los que amo. Le pido a Jesús que me permita compartir sus sentimientos. Que me haga humilde y manso, alegre y fiel, compasivo y sencillo, magnánimo y pobre. Quiero sentir en su herida todo lo que Jesús siente. Paréceme a Él más cada día. 

En la vida resulta muy difícil confiar. Me cuesta confiar en mí, en todo lo que puedo llegar a hacer. Antes de poder confiar tengo que haber experimentado que alguien confiaba en mí. Luego, esa experiencia salvadora, va llenando mi corazón de confianza. Confiar en mí mismo es todo un desafío. Miro mi vida en su fragilidad y me cuesta pensar que soy capaz de cosas grandes. Veo talentos y dones, pero me comparo y salgo perdiendo. Me detengo más bien en mis heridas, en mis defectos, en mis carencias. Me regodeo en mis derrotas convenciéndome de mi poco valor. Y me cuesta apreciar con cierta objetividad algún talento especial que Dios me haya confiado. Confiar en mí es esa misión que me acompañará toda mi vida. Si confío seré capaz de cosas grandes y si no confío me volveré inútil, me paralizaré y nadie logrará convencerme de mi valor. Por mucho que me lo repitan, no les creeré, es mucho más fuerte en mí la experiencia del fracaso. Se graba a fuego y lo cubre todo con su sombra. Aprender a confiar en el don y la tarea que Dios ha sembrado en mi alma es mi camino. Ojalá guarde experiencias de hogar en el alma. Y atesore momentos en los que me haya sentido amado por lo que era, no por lo que hacía. La incondicionalidad del amor me regala la confianza en mí mismo. Podré llegar lejos, alcanzar las metas señaladas, cuando crezca en mí la confianza en todo lo que puedo dar. Y esa confianza es la que me lleva a mirar al cielo. Dios tiende lazos humanos que me arrastran hacia Él. Mis experiencias de hogar en la tierra me llevan al hogar del cielo. En mi hogar me siento amado por lo que soy y tengo fuerzas para emprender cualquier camino. Una persona confiada no teme al futuro, no teme el fracaso. Confía en sus fuerzas. Y lo más importante, llega a confiar en Dios, en el amor de su Padre. Es la experiencia de María: «El sí de María a la voluntad del Señor es un salto a la oscuridad, confiando en Aquél que todo lo puede» . Confío en mí mismo y al mismo tiempo desconfío de mis fuerzas. No lo puedo todo solo. Necesito ayuda. Una persona con una sana autoestima sabe pedir ayuda, no teme mostrar su fragilidad, no esconde sus miedos ni sus derrotas. La confianza es un don que recibe de lo alto. No necesita cada día ganar la confianza de nuevo con la aprobación de los demás. Si lo vivo así, no avanzo. Porque siempre habrá alguien que no crea en mí, o no confíe en mi palabra. Habrá personas que me desacrediten. Testigos que hablen mal de mí. Sólo cuando pongo mi confianza en Dios todo cambia. Estaré seguro en sus manos y no temeré el fracaso en términos humanos. Esa confianza que Dios me da es la que me ayuda a confiar en las personas. En Alemania hay un dicho que habla de una realidad: «La confianza es buena, el control es mejor». Me llama la atención la cantidad de veces que lo veo en mi vida. Digo que confío en las personas, pero luego las controlo. Delego tareas y después superviso por si no las hacen bien. Pido que alguien haga algo y después veo si lo ha hecho a mi manera. Permanezco a su espalda vigilando y aconsejando para que lo haga todo según mi forma de ver las cosas. Hay muchas maneras diferentes de hacer las cosas y yo a menudo me creo que la mía es la mejor. La más eficiente, la más rápida, la más correcta. Me equivoco, hay muchos caminos. Es sólo mi forma de hacer las cosas, pero no es la única. Y además, si hacen mal lo que yo les he confiado, ¿es tan grave? Me da miedo que hagan mal las cosas y quiero evitar el desastre. Cuando se trata de mi hijo, su fracaso parece mi propio fracaso como padre. Si soy yo el que está a cargo, me cuesta pensar que el mal resultado obtenido me salpique también a mí como encargado. Por eso con frecuencia me quedo cerca, controlando. No hay nada peor que me confíen algo y luego me controlen a ver si lo hago bien y como ellos quieren. Mejor que lo hagan ellos, pienso. La confianza es un don. Que me abra alguien su alma o sea yo capaz de abrírsela a otra persona es un milagro. Es delicada la confianza como un cristal muy fino, como una tela muy delgada. Cualquier movimiento equivocado, o brusco, la puede romper. Cualquier error, una palabra dicha fuera de tono o de lugar, un gesto ofensivo, el silencio en el momento menos oportuno, o las palabras que debería haber sabido callar. En cualquier caso, lo que ha costado años construir puede destruirse en un leve gesto, en un instante nefasto. Un viento, una llama, un susurro. Cualquier cosa basta para quebrar la confianza para siempre. Por eso agradezco de rodillas toda la confianza de los que han abierto su alma ante mí. Me conmueve su apertura y humildad y pido perdón cuando no he tratado con delicadeza y amor ese don tan sagrado. Confiar es muy difícil. Dejar de confiar es lo más fácil. Tengo que cuidar el don cada día, tratarlo como una perla fina en mis manos. Regarlo como una planta en peligro de morir. Me gusta mirar así la vida que Dios me confía. Y creo que me dará la sabiduría para confiar en las personas, aunque me fallen más de una vez. Volveré a creer en ellas después de sus derrotas. Porque Dios siempre cree en mí aun fallándole repetidas veces.

No sé por qué con frecuencia tengo miedo. Es una sensación extraña que recorre mi cuerpo. Me hace sentir vulnerable. Si fuera fuerte y estuviera protegido no debería tener miedo nunca. Una canción me lo dice: «¿Por qué tengo miedo, si nada es imposible para ti?». Tengo muchos miedos diferentes: miedo a la muerte, miedo a perder lo que amo, miedo a quedarme solo en medio del fracaso. Miedo a la soledad que me hiere con sus garras, miedo al futuro que no controlo en medio de esta pandemia. Miedo a tantos futuribles posibles lejos de mi control. Me asusta la vida con sus miles de variables. Quisiera aprender a vivir con más libertad interior. Además, me da miedo el mundo y los hombres que me amenazan. Hoy Jesús me dice: «No tengáis miedo a los hombres». No quiero temer a mis enemigos, a los que me pueden hacer daño. El profeta Jeremías lo explica muy bien: «Mis amigos acechaban mi traspié. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos». Miro a lo alto en medio de mis miedos. Me da miedo el poder del poderoso. La capacidad para hacerme daño que posee el malvado. El odio que despierta mi vida, aunque yo sólo haya querido amar. ¿No le pasó eso mismo a Jesús? Pasó haciendo el bien y lo mataron con odio, con rabia. Era necesario que uno muriera, pensaban. El odio al diferente, al justo, al que es mejor que yo. En ocasiones la envidia conduce al odio. Al deseo de matar a quien no me conviene o me hace sombra. ¿Tengo yo enemigos? No lo sé. Puede que sí. Siempre habrá alguien que no quiera mi bien. La vida es suficientemente dura y yo la hago todavía más complicada con envidias, celos y odios escondidos. De repente deseo lo que el otro tiene. O me comparo con él y veo sus logros, sus ganancias, el reconocimiento y el poder que tiene. Y lo deseo para mí. Sufro y me vuelvo sin darme cuenta en su enemigo. Incluso aunque sea justo. Más rabia me da su aparente bondad, su deseada mansedumbre, su humildad encomiable. Y me lleno de rabia o envidia inconfesables. Porque no puedo reconocer lo que siento muy dentro. Me da miedo hacer daño a otros. Me da miedo el daño provocado por mi envidia. Tengo miedo. Buscan mi caída, desean encontrar mi defecto, mi mácula en mi vida intachable. Yo mismo sé que tengo pecados. Y tal vez me asusta confesarlos. No vaya a ser que me difamen o ventilen al mundo mi mediocridad, y me quede solo. ¡Cuánta pobreza escondida en mi alma pobre! Tengo miedo a los hombres con sus mentiras, con sus rabias, con sus difamaciones, con sus deseos de venganza. Pierdo la paz. El miedo me aleja de los hombres. Temo sus acciones ocultas llenas de maldad. A veces me imagino un mal posible y vivo con miedo. ¿Y si pierdo la fama? ¿Y si me juzgan y condenan? No puede hacerme nada el hombre si lo pienso bien: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Podrán herirme en el cuerpo. Pero el alma permanece intacta. No pueden hacerme daño en el alma si yo no me dejo. Me pueden arrastrar por los caminos. pero mi alma no se corrompe. No se deja llevar. La opinión de los hombres no tiene tanta importancia. No tienen valor su juicio, ni su condena. ¿Por qué me asusto tanto? Es mi vanidad la que me mata. Mi amor propio, mi orgullo desmedido. Quiero triunfar y lograr lo que nadie ha logrado. No me basta con ser el número uno, quiero serlo siempre. El mayor tiempo posible. El miedo de los hombres es expresión de mi pobreza. Me siento muy pequeño temiendo a los hombres. ¿Qué me pueden hacer? Pueden mentir sobre mí, pueden inventar historias o proclamar por el mundo mis pecados. Todo eso sólo contribuirá a que yo crezca en humildad, a que dé valor a lo realmente importante. Dejaré de mendigar amor y cariño al mundo. Aprenderé a vivir con paz en medio de la persecución. No es tan malo. Aceptar la vida como es resulta ser el único camino para tener paz y ser feliz. No dependo de la aprobación de todos. El eco de mi vida entre los hombres no es lo más importante. Me relajo mirando a Jesús. El justo es condenado injustamente. El inocente es asesinado como si fuera culpable. A menudo, cuando me acusan de algo que no es cierto, o se ríen de mí por un defecto que no creo tener, estallo con furia. No quiero que el mundo sea injusto conmigo. Quiero que sepan esa verdad que me conviene. Me olvido de algo que hoy Jesús me recuerda: «Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse». Si inventan acusaciones falsas, el tiempo pondrá a cada uno en su lugar, aunque yo ya esté en el cielo. Si dicen algo que es mentira y me favorece, el mismo tiempo dejará las cosas claras. Lo oculto saldrá a la luz. ¿Por qué temo entonces que mientan sobre mí y me hagan acusaciones falsas? No es lo importante. También Jesús lo vivió y hoy está vivo, resucitado y conozco la verdad sobre Él. Y lo amo. No quiero vivir con miedo, escondido, protegido, ocultándome con temor de ser acusado. En este tiempo en el que todo quiere saberse me da miedo que inventen mentiras sobre mí. O me acusen de algo que no he hecho y manchen mi fama para siempre. Sé que no es lo importante, pero me cuesta. Lo sé, Jesús me ama y me conoce. Y Él me protegerá siempre. Y si no me veo protegido en la tierra, estaré a salvo en el cielo, seguro. No entro en esa lucha contra el que no quiere mi bien. Quiero vivir con paz sin protegerme ni defenderme tanto. Miro a Jesús y confío.

 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


miércoles, 29 de julio de 2020

POSIBLEMENTE ORIGEN A LAS ACTUALES TÚNICAS DE NAZARENO DE ROUAN NEGRAS.


UN MONJE DE CLAUSURA, QUE AL SALIR DE ÉSTA PARA IR A TRABAJAR EN EL CAMPO, SE CUBRE EL ROSTRO.

ÉSTA COSTUMBRE YA EXISTÍA EN EL SIGLO XVI, POSIBLEMENTE DIESE ORIGEN A LAS ACTUALES TÚNICAS DE NAZARENO DE ROUAN NEGRAS. 

viernes, 24 de julio de 2020

Oración al Apóstol Santiago por el fin de la pandemia


Santo Apóstol Santiago,

a quien Cristo, “Camino, Verdad y Vida”,

mostró su predilección.

Tú presenciaste junto a Pedro y Juan

los grandes acontecimientos de su vida,

y fuiste testigo de la curación de tantos enfermos, que Él realizó.

En ti encontró la disponibilidad para “beber su cáliz”,

siendo tú el protomártir de los Apóstoles.

Como Patrono de España pedimos tu auxilio

para los afectados por el coronavirus,

fortaleza y sabiduría para el personal sanitario,

luz y acierto para quienes toman las decisiones

y cercanía generosa para quienes

están ofreciendo su colaboración.

Ponemos toda esta situación bajo la mano maternal

de Nuestra Señora de la Salud.

Y tú, como amigo del Señor, acompaña a los fallecidos

hasta el Pórtico de la Gloria

 e intercede por ellos ante Él

para que nos veamos liberados de esta pandemia.

Amén

 Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 12 de julio de 2020

12 de julio día de Santa Verónica.



Verónica fue la mujer que tuvo un gesto misericordioso con Cristo durante su camino al Monte Calvario al enjugar su rostro lleno de sangre y sudor con un velo que pasó a la historia como reliquia por llevar impreso las facciones del Mesías.

Este velo, es conocido mundialmente como “Santa Faz” y es una de las reliquias más importantes del cristianismo puesto que se considera como una verdadera imagen de Cristo.

El nombre Verónica apareció por primera vez en el documento apócrifo “Las Actas de Pilatos”, siendo la reliquia de más antigua y conocida. Otra reliquia importante similar a esta es la Sábana Santa de Turín.
Según la tradición, Verónica fue una mujer piadosa que vivió en Jerusalén y que tras la Pasión del Señor se dirigió a Roma llevando consigo el velo, llegó ante el emperador Tiberio y lo curó tras hacerle tocar el velo, que posteriormente fue expuesto para la veneración pública, al morir, dejó el velo al Papa Clemente I. Su acto ejemplar se recuerda hoy en la sexta estación del Vía Crucis.

Con motivo del primer año santo de la historia, en el 1300, el Velo de la Verónica se convirtió en una de las “Mirabilia urbis”, para los peregrinos que visitaron la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

Las huellas del Velo de la Verónica se perdieron en los años sucesivos al Año Santo 1600, hasta que fue hallado en la Iglesia de la Santa Faz de Manopello. El Papa Benedicto XVI fue el primer pontífice en visitarlo en septiembre de 2006.

Enviado por:



Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 30 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA JULIO DE 2020



Julio de 2020


Hermano:

 

Quiero aprender a vivir con paz en medio de mis dudas. No siempre es tan necesario resolver todas mis preguntas. Tiendo a preguntar, quiero saberlo todo, tener certezas. Parece como que la vida se juega en encontrar respuestas a todas las preguntas posibles. Como si hubiera un tutorial en internet para cada duda que se me plantee. Hay muchas respuestas, pero no están todas. A veces me angustio en mis preguntas y busco un sacerdote, un gurú, un catedrático, alguien culto, un santo, un terapeuta, un sabio que me lo aclare todo. Pretendo que ellos con una sabiduría que yo no poseo resuelvan todos mis conflictos interiores, aclaren todas las dudas, despejen todos mis miedos. Busco a alguien siempre fuera de mí, por encima de mí, con la autoridad suficiente como para decirme lo que está bien y lo que está mal en todas esas preguntas y temas delicados donde quizás yo no lo tengo todo tan claro. ¿Qué sostiene la Iglesia? ¿Qué defiende la ciencia? ¿Qué afirma el mundo? ¿Qué susurra Dios? Quiero tener certezas sólidas que me permitan caminar por la vida sin tambalearme. Me asustan las incertidumbres de este tiempo. Es como un mar revuelto lleno de futuribles inciertos entre los que la barca de mi vida sufre entre las olas. Quiero afirmaciones contundentes, respuestas definitivas, dogmas claros y férreos que tranquilicen mi conciencia. Espero incluso que otros decidan por mí, cuando yo no soy capaz de tomar decisiones. Y si luego me siento atacado o juzgado por otros, diré, con mucha calma y elegancia, que son otros los que me han aconsejado e incluso tomado una decisión de la cual no soy responsable. Y así mi alma seguirá estando tranquila dejándose llevar por las rutas que otros me marcan. Sin madurar yo, sin hacer el ejercicio sabio de discernir lo que Dios quiere para mi vida. Creo que este tiempo que me toca vivir me invita a vivir con preguntas abiertas. ¿Cuándo acabará esta pandemia? ¿Cuándo podré realizar todos mis planes previstos? ¿Cuándo podré volver a mi vida normal, esa vida de antes? ¿Se habrá perdido algo en este tiempo de guerra, algo esencial en mi vida de antes? ¿Habré perdido algo de lo que tenía guardado en mi alma? ¿Habrán cambiado muchas cosas en mi forma de vivir, de amar, de entregarme? En mi mentalidad masculina me cuesta vivir con preguntas sin respuestas, con problemas no resueltos, encrucijadas en las que no tomo una dirección concreta y permanezco detenido, sin respuestas, aguardando. Me da miedo quedarme quieto en medio de indecisiones que me turban por dentro. Me asustan esas verdades calladas y esas otras mentiras expuestas que veo a mi alrededor tantas veces e incluso dentro de mi alma. Quiero conservar la alegría y la paz en medio de vientos extraños y noches sin estrellas. Sueño con la luz clara del día que llevo dentro del alma. Y sé que despejando nubes no alcanzaría a ver el sol que tanto sueño. Por eso me dejo llevar en las alas del viento. Confiando en que las respuestas más importantes ya me las ha dado Dios en mi alma. La única certeza que sostiene mi vida es su amor inmenso. Me gustan esas palabras: «¡Somos hijos de la luz, no de las tinieblas! Aquel ‘alégrate’ abre en modo programático la realización de la salvación, la cual entra en el mundo como un don que se acoge con alegría y para la alegría, aun en medio de la incertidumbre o el sufrimiento. La ‘buena noticia’ llena de gozo a la Virgen, aceptando el mandato-don de alegrarse, aunque broten dudas, incertezas y preguntas de ‘cómo’ se cumplirá el plan divino» . Sigo guardando en el alma miedos y dudas, incertidumbres y preguntas abiertas. Pero sé que el don que recibo de Dios es la confianza para seguir caminando como María lleno de alegría. Ya no me turbo al pensar que no tengo muchas respuestas ni para mí, ni para otros. Tengo preguntas que despiertan nuevas preguntas y eso me alegra. A veces creo que me aburriría contar con respuestas claras y definitivas para todo. Me quitaría la paz pensar que le puedo decir a cualquiera lo que tiene que hacer en cada momento. Y creer que sé muy bien el camino que debe tomar para ser feliz. Esa presunción me asusta. Creer que tengo una sabiduría por encima de otros y que tengo respuestas que otros no tienen. Me gusta más la sensación de mi alma pobre que no cuenta con muchas respuestas y que vive anclada en profundas preguntas. Confiando siempre en que la certeza única que sostiene mi vida sea ese amor personal y profundo que Dios me tiene.

Qué hago cuando se tambalean y caen los pilares sobre los que construyo mi vida? ¿Dónde queda ese sueño que Dios ha querido soñar conmigo cuando todo parece resultar mal? Una alianza de amor, una vocación a caminar a su lado. Yo he tejido sueños y me han cortado la trama. Tiene algo este tiempo de tragedia, de final inconcluso. Algo de injusticia y de abandono en mitad de mi vida protegida y segura. Con miedo a reinventarme intento recomponer las piezas del jarrón roto. Levantar de nuevo sobre sus mismas ruinas el edificio caído. Pienso en el pilar de la salud sobre el que me sentía fuerte y seguro. He convertido la salud en un ídolo. Me preocupo de estar sano, comer sano, vivir sano. Y ahora un virus pone en jaque mi seguridad, mi paz mental. ¿Y si enfermo y muero? No contaba con ello, con que nadie cercano y querido muriera. La salud es algo sagrado. ¿Por qué me la quita ese Dios al que amo? Me rebelo. La salud era un pilar firme, inamovible, ni el paso del tiempo podría acabar con ella. Algo encontraría para ser eterno en la tierra. Siento que ahora mismo un pilar se derrumba. Me aferraba como un náufrago a mi dinero, a mi economía, a mis sueños de crecimiento. Tenía planes y proyectos. Y se han venido abajo. La inseguridad amenaza mi negocio, el de tantos. Otro pilar destruido. ¿Y ahora qué? Mi familia, mi entorno, mis amores. Ese pilar fiable hoy parece bastante frágil. ¡Cuántas familias rotas, cuántas sueños fracasados, cuántos amores frustrados! Pensaba que mis amores estaban bien, eran perfectos. Y al llegar esta crisis me doy cuenta de la debilidad de mis vínculos. Amores frágiles que no aguantan la sacudida de las olas. Leía el otro día: «Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero ‘amar’ significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio» . Cuando no sé amar como Dios ama es lo que sucede. Y entonces me quedo solo. Y se hunde ese pilar del amor. Pilar central. Hay otro pilar que también se tambalea en este tiempo. El pilar de mi propia aceptación y alegría de vivir conmigo mismo. La soledad puede ser demoledora. En un tiempo como el de ahora en el que todo se paraliza he pasado mucho tiempo conmigo mismo y la soledad duele. No sé estar a solas. No sé estar conmigo, en silencio, y pensar, y rezar. Me doy cuenta de que un mundo detenido me acaba matando. Desaparecen los escapes, las salidas, las argucias que encontraba para no enfrentar el silencio en mi alma. Me llenaba de ruidos. Y ahora confinado me confronto con mis propios demonios y me desespero. ¿Qué pilar queda firme en mi vida? ¿Cuáles han caído? Es este tiempo una invitación a mirar al cielo buscando anclar mi vida en el corazón de Dios, en el centro del costado abierto de Jesús. Allí soy amado como soy y valgo lo suficiente para ser amado siempre. Esta certeza la puedo encontrar en un tiempo de incertidumbre. Cuando han caído las patas de mi mesa, surge del cielo un lazo lanzado al vacío de mi alma. ¿Quiero sostenerlo entre mis manos? Me da miedo asirlo y dejar caer los pilares que intento que no caigan con esfuerzos de malabarista. ¿Y si atado a esa cuerda veo caer todo a mi alrededor y surge el miedo? ¿Y si me suelto? ¿Y si Dios me suelta? Es una apuesta absurda. Todo o nada. Ahora o nunca. No quiero retener mi mundo viejo y limitado. Quiero abrirme a un nuevo mundo. No quiero volver al día antes del virus. Quiero un nuevo comienzo. Me reinvento. Me vuelvo a crear o dejo mejor que sea Dios el que me recree a partir del barro de mi vida. Él sabe modelar un hombre nuevo, una comunidad nueva, una familia hecha con jirones de mi hombre viejo. Todo se aprovecha, nada se pierde para siempre. Quiero pensar que mi vida puede ser mucho más grande y pura, más libre y santa. Una sola cuerda lanzada desde el cielo. Pero yo no logro ver la mano de Dios sujetando entre las nubes mi fragilidad. Sé que está ahí, escucho su voz en forma de susurro, la sombra de una brisa. Siento una ráfaga de aire que me calma. Una voz lanzada desde el cielo. No tengo motivos para dudar, para temer, para caer. Ahora que lo he dejado todo me siento más libre. Soy más suyo, más de Dios, más niño, más confiado. Me gusta esta nueva vida que puede estar naciendo en mí. 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


sábado, 20 de junio de 2020

NUEVAS LETANÍAS DE LA VIRGEN


Un sol del que se descubren nuevos rayos de vez en cuando. Se podría pensar en las Letanías Lauretanas, las invocaciones seculares a la Virgen que tradicionalmente concluyen el rezo del Rosario. A las ya conocidas el Papa Francisco ha decidido añadir tres nuevas: "Mater Misericordiae", "Mater Spei" y "Solacium migrantium", es decir: "Madre de la Misericordia", "Madre de la Esperanza" y "Consuelo" pero también "Ayuda" de los migrantes. Fue la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos la que comunicó esta disposición del Papa en una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias Episcopales. "Son incontables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha reservado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo", escribió en la carta el Cardenal Robert Sarah y el Arzobispo Arhur Roche, Prefecto y Secretario del Dicasterio del Vaticano. Ahora, especifican, "la primera invocación se colocará después de Mater Ecclesiae, la segunda después de Mater divinae gratiae, la tercera después de Refugium peccatorum". Aunque antiguas, las letanías - llamadas "Lauretanas" del Santuario de la Santa Casa de Loreto que las hizo famosas - tienen una fuerte conexión con los momentos de la vida de la Iglesia y la humanidad. Así lo afirman los dirigentes del Culto Divino, subrayando que "incluso en la época actual, marcada por razones de incertidumbre y desconcierto", el recurso "lleno de afecto y confianza" a la Virgen "es particularmente sentido por el pueblo de Dios". Este vínculo entre la espiritualidad y la concreción del tiempo, de la vida cotidiana. "Varios Papas han decidido incluir invocaciones en las Letanías, por ejemplo, Juan Pablo II añadió la invocación a la 'Madre de la familia'. Responden al momento real, un momento que presenta un desafío para el pueblo". "El Rosario, como sabemos, es una oración dotada de gran poder y por lo tanto en este momento las invocaciones a la Virgen son muy importantes para los que sufren por Covid-19 y, entre ellos, los migrantes que también han dejado su tierra".

 

TEXTO DE LAS NUEVAS LETANÍAS DE LA VIRGEN

 

 

Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

 

Dios, Padre celestial,

ten piedad de nosotros.

 

Dios, Hijo, Redentor del mundo,

Dios, Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

 

Santa María,

ruega por nosotros.

Santa Madre de Dios,

Santa Virgen de las Vírgenes,

Madre de Cristo,

Madre de la Iglesia,

Madre de la Misericordia,

Madre de la divina gracia,

Madre de la Esperanza,

Madre purísima,

Madre castísima,

Madre siempre virgen,

Madre inmaculada,

Madre amable,

Madre admirable,

Madre del buen consejo,

Madre del Creador,

Madre del Salvador,

Madre de misericordia,

Virgen prudentísima,

Virgen digna de veneración,

Virgen digna de alabanza,

Virgen poderosa,

Virgen clemente,

Virgen fiel,

Espejo de justicia,

Trono de la sabiduría,

Causa de nuestra alegría,

Vaso espiritual,

Vaso digno de honor,

Vaso de insigne devoción,

Rosa mística,

Torre de David,

Torre de marfil,

Casa de oro,

Arca de la Alianza,

Puerta del cielo,

Estrella de la mañana,

Salud de los enfermos,

Refugio de los pecadores,

Consuelo para los migrantes,

Consoladora de los afligidos,

Auxilio de los cristianos,

Reina de los Ángeles,

Reina de los Patriarcas,

Reina de los Profetas,

Reina de los Apóstoles,

Reina de los Mártires,

Reina de los Confesores,

Reina de las Vírgenes,

Reina de todos los Santos,

Reina concebida sin pecado original,

Reina asunta a los Cielos,

Reina del Santísimo Rosario,

Reina de la familia,

Reina de la paz.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

perdónanos, Señor.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

escúchanos, Señor.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

ten misericordia de nosotros.

 

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

 

ORACIÓN.

Te rogamos nos concedas,

Señor Dios nuestro,

gozar de continua salud de alma y cuerpo,

y por la gloriosa intercesión

de la bienaventurada siempre Virgen María,

vernos libres de las tristezas de la vida presente

y disfrutar de las alegrías eternas.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

 

 

Enviado por:


Jesús Manuel Cedeira Costales.

 


EL PAPA MODIFICA LAS LETANÍAS: AÑADE “MADRE DE LA MISERICORDIA”, “DE LA ESPERANZA” Y “CONSUELO PARA LOS MIGRANTES”


 

El Vaticano ha publicado hoy una carta del cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que ha enviado a los presidentes de las Conferencias Episcopales sobre las invocaciones “Mater misericordiae”, “Mater spei”, y “Solacium migrantium” para ser incluidas en las Letanías Lauretanas.

 

Las nuevas invocaciones, que se unirán a las letanías habituales en el rezo del rosario, serían traducidas al español como “Madre de la Misericordia”, “Madre de la Esperanza” y “Consuelo para los migrantes”.

 

Les ofrecemos la carta del cardenal Sarah, publicada en español por la Oficina de Prensa de la Santa sede:

 

 

CARTA A LOS PRESIDENTES DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES SOBRE LAS INVOCACIONES “MATER MISERICORDIAE”, “MATER SPEI”, Y “SOLACIUM MIGRANTIUM”…PARA SU INCLUSIÓN EN LAS LETANÍAS LAURETANAS

 

Desde el Vaticano, 20 de junio de 2020

 

Memoria del Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María

 

Eminencia,

 

 

Excelencia,

 

Peregrina hacia la Santa Jerusalén del cielo, para gozar de la inseparable comunión con Cristo, su Esposo y Salvador, la Iglesia recorre los caminos de la historia encomendándose a Aquella que creyó en la palabra del Señor. Sabemos por el Evangelio que los discípulos de Jesús aprendieron, desde el principio, a alabar a la “bendita entre las mujeres” y a contar con su intercesión maternal. Son innumerables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha dedicado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo. También en el tiempo presente, atravesado por motivos de incertidumbre y desconcierto, el recurso devoto a ella, lleno de afecto y confianza, es particularmente sentido por el pueblo de Dios.

 

Como intérprete de este sentimiento, el Sumo Pontífice FRANCISCO, acogiendo los deseos expresados, ha dispuesto que en el formulario de las letanías de la Bienaventurada Virgen María, llamadas “Lauretanas”, se inserten las invocaciones “Mater misericordiae”, “Mater spei” y “Solacium migrantium”.

 

La primera invocación se colocará después de “Mater Ecclesiae”, la segunda después de “Mater divinae gratiae”, la tercera después de “Refugium peccatorum”.

 

Me complace informarle de esta disposición para que sea conocida y aplicada y aprovecho la oportunidad para expresarle mi aprecio.

 

Suyo en el Señor

 

Robert Card. Sarah

 

Prefecto

 

+Arthur Roche

 

Arzobispo Secretario

 

 

 

Enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: infovaticana.com


CARTAS DE ESPERANZA DE 21 JUNIO DE 2020



 21 de junio de 2020


Hermano:

Hoy Jesús me dice que Él es el pan de vida: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo daré es mi carne por la vida del mundo». Y sus palabras llevan al escándalo. ¿De verdad no me escandaliza pensar que Jesús pueda partirse para darse? ¿No me confunde que, al partirse por todos, no sólo no disminuya, sino que aumente el poder de su presencia en cada uno? Es incomprensible. Yo me he acostumbrado a lo imposible. Lo adoro, lo recibo, sin darle el valor que tiene. Es un milagro que pueda recibirlo entre mis dedos y llevármelo a la boca. Es un milagro que su presencia me haga mejor persona. No comulgo porque soy bueno, comulgo para ser más humano, más compasivo, mejor hijo. La comunión es una gracia que no siempre fue comprendida. Las palabras de Jesús resultan escandalosas: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». A veces hasta a mí me pude llegar a escandalizar. Pero Jesús me lo vuelve a recordar: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él». Viviré para siempre si como su pan. Me gustaría sentir lo que siente S. Francisco: «Francisco utiliza en cierta ocasión una imagen: - El alma ha dejado todas sus inclinaciones. Desnuda está en la presencia de Dios. Entonces, se reviste nuevamente de las antiguas inclinaciones hacia los padres, el hogar, la patria y los amigos. Pero ahora se trata de inclinaciones nuevas, diferentes» . Comulgar con Jesús me hace renunciar a todo para estar vacío ante Él. Y al mismo tiempo volver a tomarlo todo entre mis manos, pero ahora con una mirada nueva. Llego a ser un hombre nuevo por la comunión. Jesús no me pide que renuncie a lo humano. No quiso que renunciara a comer su cuerpo y beber su sangre. En Él se une lo humano y lo divino, el cielo y la tierra. Leía el otro día: «Dios está en lo íntimo de cada ser humano. No es algo separado de nuestra vida. No es una fabricación de nuestra mente, una representación medio intelectual o medio afectiva, un juego de nuestra imaginación que nos sirve para vivir «ilusionados». Dios es una presencia real que está en la raíz misma de nuestro ser» . Su presencia dentro de mí es real. Y esa presencia se fortalece con la comunión diaria. Recibir a Jesús me hace más parecido a Él. Hace que mis sentimientos sean más los de Cristo. Logra que me parezca más a ese Jesús que iba por los caminos bendiciendo, dando la vida. Comulgar es ese paso imprescindible para que mi vida cambie y se parezca más a su vida. Quiero los sentimientos de Jesús: misericordia, bondad, verdad, justicia, autenticidad, humildad, mansedumbre, esperanza, alegría. Compartió la tristeza conmigo al ver tanto dolor y no poder hacer todos los milagros que deseaba. Sufrió el dolor al sentir la dureza del corazón del hombre que no se dejaba amar. Comparte conmigo la desilusión al no ver realizados tantos planes que anidarían en su alma. Y le dolería tanto ese madero de la cruz que acababa con esperanzas humanas tan valiosas. Me gustan los sentimientos de Jesús. ¡Qué lejos estoy! Puedo comulgar todos los días por gracia de Dios. Pero no se nota. No cambio tanto como quisiera. No soy de Dios como sueño. Miro con nostalgia al que me gustaría llegar a ser.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


viernes, 19 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 20 JUNIO DE 2020



 20 de junio de 2020


Hermano:

Me detengo a meditar en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Jesús ha querido quedarse conmigo. En su Cuerpo y en su sangre. Me conmueve ese amor tan de Dios, tan humano. Hoy escucho: «El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan». Somos un mismo cuerpo al comer de su Cuerpo. Somos una misma sangre al beber su Sangre. La unión con Jesús me une a muchos como hermanos. Pienso en la comunión que me une a todos los que comulgan. Es el don de la unidad. Aún así, participar del mismo pan y cáliz no me une a otros por arte de magia. Judas comió del mismo pan que Jesús partió y poco después lo traicionó. No bastó esa comunión en la comida y la bebida en ese día lleno de sombras y luces. En la oscuridad Judas se dejó tentar. Optó por la división, por la ruptura. Es cierto que a veces hay que romper con algo para iniciar algo nuevo. Pero Judas optó por un camino de muerte. Rompió el vínculo invisible del amor que se hizo lavado de pies. Y prefirió la soledad antes que la comunión que ofrecía el Maestro. Se quedó solo y dejó solo a Jesús con un beso con olor a muerte. La muerte de Jesús dio paso a la vida. Y la comunión con Él se hizo más fuerte. Comer de su cuerpo y de su sangre me une de una forma antes desconocida. Es verdad que me une a otros compartir con ellos la mesa, el techo, las ideas, los sueños. Pero la unión en Jesús supera las fronteras físicas, las fronteras entre la vida y la muerte. Ser de Cristo hace que todas las cosas sean nuevas. Es una amistad que nunca muere, nunca desaparece. Podrán morir otras amistades. Pero esas que están fundadas en Cristo son para siempre. Comer su Cuerpo y beber su Sangre me une de forma misteriosa a tantos que no conozco. Un mismo Cuerpo de Cristo. Una misma vida. Los mismos sueños y anhelos. Es un regalo de Dios. Pero no es magia. ¡Cuántas divisiones entre los que comen un mismo pan! No siempre resulta bien. Hoy vuelvo a creer en el don de la unidad. Compartir esta mesa rompe las distancias, acaba con las fronteras, con los idiomas diferentes. Me uno a todos los que ven la vida como yo. Aunque con diferencias, porque no soy una copia, soy original. Cada uno tiene su historia sagrada. El pan y el vino sellan una unidad nueva antes desconocida. Pertenecer a esta comunidad de santos, como se les llamaba en los primeros tiempos del cristianismo, es un regalo de Dios, no un derecho. Poder participar de la comunión no es un premio por mi buen comportamiento. No pertenezco a una comunidad de inmaculados. Todos pecamos. Yo peco. Me alejo de Dios y no soy fiel. Poder comulgar es mucho más que un derecho, es un don, una gracia. Es gratuito, no me lo merezco. Es alimento para el camino. Es una necesidad. Es un viático que me da fuerzas para la lucha. Es un regalo que me permite vivir de su amor, cuando compruebo que quiero vivir orientado a Dios. Como decía S. Ignacio de Antioquía: «No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible. No quiero ya vivir más la vida terrena». Me gustaría vivir así todos los días, deseando el cielo, aspirando a pasar por la puerta que se me abre hacia lo alto. No lo hago siempre. Me apego de forma excesiva a los gustos del mundo. Empiezo a disfrutar muchos otros alimentos, todos esos alimentos de este mundo que me encantan. ¿Acaso está mal? No lo está siempre que no sea en exceso, siempre que no me olvide del cielo. Es verdad que es bueno que ame la tierra, muy bueno que viva amando en lo humano. Jesús hizo sagrado lo humano con sus pies y sus manos de carne. Jesús se queda conmigo en su Cuerpo y su Sangre, en medio de mi camino. Quiere que comulgue, que viva de la comunión. Quiere esa intimidad conmigo cuando está en mi alma y me susurra palabras de amor, y yo a Él. No siempre he valorado tanto como ahora la comunión sacramental. Ahora en esta pandemia me invitan a la comunión espiritual. Me piden que la reciba con el corazón abierto. Sólo los sacerdotes hemos podido recibirla todos los días. Soy consciente de la ausencia que provoca no poder comulgar cada día. Añoro la comunión sacramental que no es posible en tiempos de guerra como los que vivo. Confinado participo en la eucaristía de forma virtual. Renunciar a estar con otros en misa es una forma de ser solidario. Es una renuncia por amor. No porque me lo prohíban. Yo la elijo. Es un acto de madurez, es la forma que tengo de ser generoso. Esa comunión espiritual tiene una fuerza que desconozco. Tiene Jesús una presencia que me desborda. Me gustaría que fuera de otra forma, pero no lo es. No puedo romper las normas que el mundo me pide que respete. Por cuidar la salud de los más vulnerables. Me lo pide el mismo Jesús. Parece contradictorio, pero no lo es. Él se encargará de darme en este tiempo una presencia suya muy fuerte en mi familia, en mi iglesia doméstica. Me regalará una hondura en mi relación con Él que nunca hasta ahora he disfrutado. Eso es lo que le pido. La comunión nunca es un derecho exigible. Es más bien un don inmerecido para todos. Para el sacerdote que de forma milagrosa consagra el pan y el vino en sus manos. Y para el que lo recibe no por ser puro, sino por ser un hombre enfermo que necesita esta presencia para sanar.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


jueves, 18 de junio de 2020

CARTAS DE ESPERANZA DE 19 JUNIO DE 2020



 19 de junio de 2020


Hermano:

Me gusta de vez en cuando mirar hacia atrás con el corazón agradecido. Me gusta pensar en mi historia santa que voy haciendo de la mano de Dios. Él teje una obra de arte con los hilos torpes y frágiles de mi carne y mi alma. Ha respondido a mi anhelo profundo y me ha abierto una puerta en medio de las oscuridades de la noche. Una puerta llena de luz. Me ha conmovido su paso rápido o lento a mi lado, guardando la distancia. Para no presionar, para no invadir, para no forzar la libertad que Él tanto respeta. He palpado su mano cuando todo parecía perdido. Como ahora, cuando veo desmoronarse a mis pies el mundo con el que he soñado. No era perfecto, pero estaba lleno de mis hábitos, de mis sueños, de mis pasos. Cuando todo se rompe de golpe sin que yo tenga la culpa sólo me queda caminar en medio de mi desierto. No aflojar el paso, no calmar la voz, no dormir la fuerza de mi voluntad firme y segura. Sólo me queda confiar como si al final del túnel fuera a aparecer una luz segura, un rayo constante, un fuego que dé claridad a mis pasos oscuros. ¿Cómo no seguir confiando cuando miro la historia de los santos en la que Dios ha estado oculto, agazapado, dispuesto a dar el salto por salvar una vida? Hoy escucho cómo el pueblo de Dios camina cuarenta años por el desierto. Tiene dudas, miedos y desean de volver a su hogar abandonado, donde eran esclavos, pero vivían seguros y saciados. Dios se compadece de su pueblo, de su hijo y se convierte en su compañero inseparable, de forma especial en los tiempos más duros: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón. Te alimentó con el maná para hacerte reconocer que no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. No olvides a tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres». Me gusta cómo hace memoria el pueblo judío. ¿No se parece ese desierto al tiempo que vivo ahora? Quisiera que todo pasara y poder llegar a una tierra prometida y desconocida al mismo tiempo. Un hogar todavía no habitado. Una riqueza que aún no he degustado. Me recuerda ese desierto en el que agua y el pan son escasos al tiempo que vivo ahora. También siento que me falta pan, que me falta agua. El hambre y la sed de infinito en este desierto de la pandemia. Dios me quiere dar sólo un maná como alimento, igual que a ese pueblo esclavo que escapaba hacia la libertad. ¿No soy yo un esclavo de tantas cosas en mi vida aburguesada? Esclavo de placeres y posesiones. Esclavo de éxitos y deseos satisfechos. Esclavo de dinero y logros. Sí, lo soy, y vivo ahora en el desierto echando de menos como el pueblo judío las comidas de mi tiempo de esclavitud. Esclavo, pero con el estómago lleno. Ahora sueño con ser libre con el estómago vacío. Tengo hambre y sed y sólo recibo un maná temporal, que se echará a perder el mismo día, como el que comía el pueblo judío en ese desierto. Dios viene a mi vida para cada día. Me alimenta para cada jornada. Pero yo le pido a Dios que me garantice el futuro, los próximos meses. Quisiera congelar el pan para ir sacándolo cuando fuera necesario. No me basta ese maná caduco de un día. Tengo miedo a la provisionalidad de mi vida. Sólo un día garantizado. Dios no pudo salvar la vida de Jesús a mi manera, como yo hubiera deseado. Usó otro camino, el menos pensado, el menos esperado. También el menos soñado para Él, pero los hombres fueron libres. Salvó a Jesús desde la cruz devolviéndole la vida, cuando ya estaba muerto. Lo mismo hará conmigo, aunque ahora me parezca que se derrumban todos mis seguros, mis fortalezas, mis pilares. Todo parece venirse abajo en medio de una pandemia sin final claro, sin ver la luz al final de la oscuridad del túnel. Tengo miedo como esos niños que no quieren cerrar los ojos en medio de la noche. Temen los fantasmas y los ruidos que la oscuridad guarda. Surge el miedo en mi alma al pensar en todo lo que viene. No hay certezas, no hay seguridades. Me asusta esta vida esquiva. Guardo ese maná diario en mis manos queriendo sostener la vida, retenerla hasta su último aliento. No quiero que llegue el final de lo que amo. Deseo el comienzo de lo que sueño y sigo caminando por el desierto. Pesa el sol de los miedos. Duele la fatiga de una vida llena de amenazas. ¿Quién protege mi vida? Dios la protege. La de ahora temporal y sobre todo la eterna. Esa que se hará plena en un cielo que ahora ni imagino. ¿Cómo no voy a dar gracias a Dios por todo el bien que me ha hecho, y por todo el bien que me hará? Quiero alabar a Dios con las palabras que he rezado en el salmo: «Alaba a tu Dios, Sion. Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina». Dios me bendice para cada día. Sujeta mis pies para que no den malos pasos. Sostiene mi alma para que no se deje llevar por la desesperanza. Cada día tiene su afán y preocupación. Jesús camina cada día dándome su alimento. Su cuerpo y su sangre. El maná que necesito para seguir soñando y sufriendo. Todo en sus manos.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


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