sábado, 13 de febrero de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 14 DE FEBRO DE 2021

 



14 de febrero de 2021

 

Hermano:

«Todo el mundo te busca». «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

«La audacia es el mejor antídoto para la desesperación. Siempre puede haber una oportunidad. Lo que ahora no funciona no tiene por qué ser siempre así. Dios no se baja de mi vida».

Alarma por la expansión de la cepa británica del COVID-19: podría ser la dominante en Asturias en menos de un mes.

Los epidemiólogos consideran que se trata de una variante del virus «más transmisible» que contagia a grupos más amplios de población, como pueden ser los jóvenes.

Asturias confía en haber alcanzado el pico de una tercera ola en la que el 40% de los contagios ya son de la cepa británica.

Científicos británicos advierten: «Tendremos que vivir con este virus igual que vivimos con el de la gripe».

Aseguran que el virus va a estar mutando en todo el mundo, pero no hay ojos para vigilarlo en todas partes.

Cinco de las diez regiones con más coronavirus de la UE son españolas.

Hay personas que parecen inmunes a la realidad. Por más que las cosas sean muy diferentes a lo que ellos piensan no cambian de idea. Es como si su concepto de las cosas o las personas tuviera que corresponderse con lo que ven ante sus ojos. Y si no encajan, fuerzan la realidad, nunca la teoría. Me ha tocado conocer a muchos que, por más que los hechos lo desmientan, no se bajan de su creencia limitante sobre algún aspecto de la personalidad de alguien al que incluso aman. Es curioso, mi creencia acaba transformando la realidad o choca con ella haciéndome daño. Me aferro a mis pensamientos dejando a un lado lo que otros ven, incluso lo que yo mismo veo. Pero no puedo aceptar haberme equivocado. Muchos parecen haber estudiado un máster para ser «opinólogos». Miran la realidad y opinan, forman su juicio, saben lo que se debería hacer en ese caso. No les es indiferente la realidad, les afecta. Y por eso opinan. Aunque no tengan nada que ver con lo que está sucediendo. Aunque no sean su vida, su fama ni sus proyectos los que están en juego. Aunque no conozcan todo lo que está detrás de una decisión, de un proyecto. No importa, nacieron para opinar. Y además, opinan sin que nadie les pida su opinión. Me da miedo convertirme en alguien así. Aferrarme a mis pensamientos como columnas rígidas, a mis creencias como a un decálogo pétreo que la realidad nunca podrá cambiar. Aunque también está bien decir lo que pienso, cuando me presionan a hablar: «Hace falta mucho coraje para nadar contra la corriente y decir francamente su opinión. Esforcémonos por agradar a Dios y no a los hombres» . Me asusta volverme intransigente y crítico con todo lo que sucede a mi alrededor de lo cual yo no soy parte. Hoy en día cualquiera puede opinar de todo. Sin saber, sin experiencia, sin cultura, sin conocimientos. No por mucho opinar sobre algo, la realidad cambia con ello. Me asustan mis juicios rígidos, mis opiniones que quieren influir sobre la realidad. Tengo claro que una creencia puede cambiar las cosas, es cierto. Si creo que no puedo llegar a la cima de una montaña, nunca lo intentaré o en medio de la lucha me sentiré abatido y desistiré. La creencia limitante me impide luchar. O pensar que puedo hacer algo de manera maestra. No me arriesgo a perder un partido porque creo que no lo voy a ganar. Tengo claro que el único que rompe un plato es el que intenta lavarlo. Y el único que se confunde es el que trata de hablar con otros buscando un acuerdo. El único que falla un penalti es el que lo lanza. Y el que se confunde en un discurso es el que lo escribe y se presenta ante el público. Cuando no hago nada sólo me podrán acusar de pasividad, de omisión. Nunca de haber cometido un error actuando. Prefiero hacer a no hacer. Decir a callar. Siempre y cuando lo que diga construya y una a las personas. Creo que sería bueno que no opinara, sobre todo, más aún si no me lo preguntan. Y tal vez no debería ser tan inmune a la realidad aceptando que mis creencias puedan estar erradas. Tal vez esa persona no es como yo pensaba, lo muestran sus obras. O tal situación no es como imaginaba, sólo presuponía lo que no conocía. Los malentendidos llegan cuando no hay un diálogo franco y abierto. Suceden cuando no pregunto, cuando no me pongo a hablar con la persona afectada para saber lo que ha sucedido. La realidad se impone siempre, aunque yo no lo quiera. Y dejar de creer en ciertas creencias que me limitan me hace bien. Pensar mal de los demás o de lo que hacen, no siempre me lleva al acierto, la mayor parte de las veces a la amargura. No por tener opinión sobre todo soy más sabio, a lo mejor soy demasiado intruso. No tengo por qué saber de todo y tal vez en ocasiones me haría bien callarme. El silencio no es muestra de ignorancia, la mayoría de las veces lo es de sabiduría. Callar es guardar la ocasión de decir algo que valga la pena para otro momento, no siempre tengo respuestas. La mayoría de las veces abundan en mi alma las preguntas. Y no pasa nada por vivir buscando. La realidad siempre puede sorprenderme y descolocarme, y hacerme cambiar cosas que yo pensaba que eran inamovibles. Me hace bien ser más flexible y menos duro con lo que hacen los demás, con lo que piensan. No siempre el que no piensa como yo es mi enemigo ni desea mi mal, sólo no está de acuerdo conmigo y eso no es malo. En la vida las cosas no se cambian gritando más fuerte lo que creo que debería suceder. Casi siempre hay que esperar y ser pacientes. No por gritar mucho cambia la realidad. No por vivir denunciando lo que no está bien pasa a ser todo correcto a mi alrededor. Podré llenarme de amargura y no por eso el mundo es mejor. Me viene bien sonreír y esperar. Y alegrarme con lo que los demás viven, sólo eso.

Creo que pierdo mucho tiempo tratando de hacerlo todo bien. O malgasto mi vida queriendo que todo encaje y esté en orden. ¿Es eso posible? El desorden forma parte de la vida. El orden perfecto será en el cielo, eso espero. Mientras tanto sufro cuando no soy feliz. Y recuerdo una frase que escuché hace poco: «¿Quién te ha dicho que tienes derecho a ser feliz?». No tengo derecho a ser feliz. Y en la vida habrá muchos momentos de infelicidad. Como leía el otro día: «A cada uno le tocaba su ración de desgracia y de felicidad sin haber tenido nunca intención de participar en la rifa» . Habrá sueños truncados, heridas causadas por el desamor, la pérdida y el desencuentro, los malentendidos y los fracasos en las empresas que inicié lleno de alegría. La felicidad no es un estado aquí en este camino de barro. Son más bien momentos que llegan y se escapan y me dejan a veces satisfecho y otras veces anhelando un cielo aún lejano. Deseo que todas las piezas de mi vida encajen. Que todos aquellos a los que amo sean felices. Que todas las empresas que emprendo lleven a buen fin. Que reciba el eco necesario para levantar mi ánimo y mi autoestima. Que sepa acoger con alegría los contratiempos del camino. Que aprenda a vivir la vida que me toca sin desear una diferente. Que alguien me recuerde en cada momento cuánto valgo para que no me olvide al escuchar desaires. Que sea feliz con lo poco que tengo sin necesitar nada extra. Que aprenda a valorar los regalos del día, que no son derechos, sino dones inmerecidos. Que mire mi vida como un regalo magnífico sin pretender compararla con otras vidas. Que sepa levantarme después de la caída y olvidar el momento de tristeza ya pasado y no quedarme apegado a los fracasos. Lo que ya fue lo dejo ir. Lo que pasó, lo dejo atrás. No me quedo llorando por la leche derramada, por la oportunidad perdida. Pienso en positivo, miro hacia delante. Aprendo a valorar los pequeños pasos que doy. No escatimo el esfuerzo, no dejo de luchar, porque la vida es corta y sólo es una. Siempre puedo elegir cómo vivir todo lo que me sucede. La actitud es lo importante. La manera cómo interpreto la realidad y la acepto con un corazón alegre y lleno de entusiasmo y fuerza. La insatisfacción no cuenta tanto. Es constatar que mi corazón está hecho para el cielo y nada de la tierra logra llenarlo por completo. Y las heridas o dolores son grietas en el alma por las que puede acabar entrando la luz de la esperanza. El desánimo es una enfermedad que se me pega a la piel y me quita las fuerzas para seguir luchando. No me gusta sentirme desanimado porque eso me hace menos capaz de amar y dar la vida. No dejo a un lado mis sueños, es imposible, son fundamentales para seguir amando. No desfallezco, no me echo atrás por miedo. La audacia es el mejor antídoto para la desesperación. Siempre puede haber una nueva oportunidad. Lo que ahora no funciona no tiene por qué ser siempre así. Podrá haber momentos mejores y en todos no voy a estar solo, Dios no se baja de mi vida. Me sostiene y da un nuevo empuje en cada ocasión. No tengo derecho a ser feliz, nadie me lo ha prometido. Pero sí tengo en mi mano la oportunidad para serlo. Y no va a depender de que se alineen todos los astros en mi favor. Llevo dentro la llave para abrir la puerta de la esperanza. Decía Albert Espinosa: «Si sólo te fijas en los problemas, te perderás la belleza del mundo que te rodea. Esa era la base de la felicidad». Importa la fe del que ve más allá de lo que ahora duele. Una derrota nunca es el final. Y después de la muerte hay una vida que colmará todos mis miedos presentes. Pero ahora, en medio de mi camino, elijo ser feliz, vivir con paz, convencido de que Dios me necesita y le hago falta. Mi vida es útil, no es indiferente. Lo que yo no entregue nadie podrá darlo. Porque es mi forma de hacer las cosas, el color de mis actos, la melodía de mi vida la que faltará si yo no me entrego. No desisto en mi lucha por vivir con una sonrisa. A la pregunta que algunos me hacen me quedo pensando: «¿Eres feliz?». Y sí, tengo mis momentos. En los que pienso que este es el mejor lugar, son las mejores personas con las que me toca caminar, o es lo mejor que puedo estar haciendo. Y acierto, porque es así. Y habrá momentos de desánimo, de vacío o de tristeza. No son los más importantes, sin duda. Pero aparecen y los aparto de un manotazo para que no me molesten. Para que no me aten al pasado herido o me hagan sentir que no vale la pena la lucha. Porque no es cierto. No tengo derecho a ser feliz, pero sí tengo la oportunidad de serlo. Esa oportunidad se presenta en mi ventana cada mañana con un sol radiante desde montes inmensos que me contemplan. Y yo vuelvo a mi rutina con el corazón radiante. Soy feliz haciendo lo que Él me pide. Y acabando cada día cansado en su regazo. Y soñando con los cielos que se dibujan en mi alma. Sé que puedo sonreír para hacer reír al resto. Merece la pena vivir con un sentido. Lo que yo no haga, diga o sienta, nadie más podrá hacerlo en mi lugar. Es mi manera, mi sueño, mi vida la que es semilla de esperanza en esta tierra.

Me gusta pensar en ese Jesús al que todos acuden al caer la tarde: «Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar». Al ponerse el sol, cuando el día declina, le llevan todos los enfermos. Entonces lo buscan para que los cure. Tal vez su fama de taumaturgo se ha extendido por Cafarnaúm y lo buscan esperando un milagro. Es en esta tierra de Pedro, en Cafarnaúm, donde Jesús hace más milagros. Y en la actualidad no queda nada de esa población, sólo hay ruinas que dan testimonio del paso de Jesús. Hoy medito sobre estos milagros y pienso en esos atardeceres junto al lago. Allí se acercaban muchos hombres. Es cierto que tal vez sólo buscan a Jesús por los milagros. Aun así lo buscan, creen en su poder, ven más allá de la apariencia de un hombre pobre venido de Nazaret. Hoy medito esta escena, en medio de esta pandemia y tengo la misma tentación al caer la tarde. Le quiero llevar a Jesús todos los enfermos para que los cure. Quiero cargar con todos los que no pueden respirar con facilidad. Con todos los que sufren en silencio sin entender nada de lo que les pasa. Con todos los que se sienten abandonados, tristes o perdidos. Quiero que Jesús me espere a la puerta de su casa para curarlos como esos días en Cafarnaúm. No le es indiferente mi dolor. Le importa el que sufre, el perdido, el pobre. Sólo le pido hoy que se acerque y toque al que está enfermo. Es eso lo que le pido. Es verdad que espero más cosas de Él. Pero es tan necesaria la salud para poder servir. ¿Quién va a alabar a Dios si no estoy vivo? Hoy escucho en el salmo: «Alabad al Señor que sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida». Si no puedo respirar no puedo alabar, ni cantar, ni agradecer por la vida y todo lo que me da Dios. La muerte no me va a permitir seguir alabando a Dios en la tierra. Yo amo la vida, la salud. ¿Qué sentido tienen todas estas muertes que me llenan de dolor y tristeza? ¿Y las vidas truncadas antes de tiempo? Al caer la tarde voy yo mismo con mi propia enfermedad a la puerta de la casa de Pedro, junto a Jesús. Tal vez no es el Covid lo que me atormenta. Puede que mi enfermedad esté en el alma y he oído que Jesús sana los corazones destrozados y venda sus heridas. Yo tengo muchas. Al caer la tarde lo busco en mi corazón y voy a la casa de Pedro. Allí es donde Él hizo tantos milagros. Quiero buscarlo y que sane mi alma y el alma de las personas a las que llevo en el corazón. Hay tanta gente enferma del alma. Tanta gente que sufre en agonía porque la vida que llevan no es la que ellos hubieran elegido. Tantas personas que no le encuentran sentido a las decisiones que fueron tomando en el camino. Tantas personas esclavas de sus propias adiciones y vicios. ¿Cómo puedo logra que el Señor siga hoy curando en medio de mi vida? Me acerco a Él al final de la tarde, cuando el sol declina. Es cierto que no lo busco sólo porque hace milagros, porque venda heridas y sana el alma. También lo busco porque lo amo y Él me ama. Pero saber que puede curarme me ayuda para todo lo demás. Lo busco porque me ha amado y porque quiero estar con Él. Lo busco porque sé que a su lado todos mis sinsentidos tienen razón de ser. Lo busco porque Él tiene palabras de vida eterna que consuelan. «Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: - Todo el mundo te busca. Él les respondió: - Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Hoy me recuerda que viene a predicar a todas las aldeas, a los que necesitan escuchar su voz. Su palabra y su esperanza son para todos. Él no se cansa. Yo a veces me acomodo y me canso. Me quedo pensando en mis propias cosas y buscando mi seguridad. Y digo que quiero dar la vida por Él pero voy midiendo y calculando. Busco lo que me conviene. Primero quiero estar bien yo. Después los demás y la misión que tienen en sus vidas. Pero primero yo. Ese egoísmo no lo consigo superar. Esa tendencia a buscarme a mí cuando predico, cuando recorro las aldeas tratando de llevar consuelo y esperanza. Me busco a mí. Quiero ser yo el primero en ser curado, sanado, vendado, salvado, vacunado, protegido. Luego ya me utilizará el Señor para sanar y salvar a otros. Miro a Jesús y veo que Él no es así, no descansa, no se cuida, no se protege, se desgasta por amor. Esa forma de ser de Jesús me conmueve. No tiene miedo de perder la vida por amor. Yo quisiera parecerme más a Él.

 

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 6 de febrero de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 7 DE FEBRO DE 2021

  



7 de febrero de 2021

 

Hermano:

«¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

«Toda decisión implica un riesgo y por eso siempre exige que sea capaz de dar un salto de fe en el vacío y confiar en que Dios no me va a soltar de la mano».

Salud confirma la detección de 373 nuevos casos de coronavirus y la tasa de positividad se sitúa en el 9,45%.

La comarca de Avilés prolonga el cierre dos semanas más por la mala evolución.

La presión hospitalaria en el área III se dispara y obliga a traslados de pacientes al HUCA.

A veces un juego me puede enseñar a vivir. O la forma de vivir un deporte, o una competición. La forma de aceptar la victoria o la derrota me definen por dentro. Ahí se ve quién soy, en mis reacciones. Se aprecia mi madurez o inmadurez, mi verdad o mi mentira. Sale lo que llevo dentro, lo que me llena de paz o de rabia. Todo depende. La forma como vivo un deporte me enseña a vivir la vida. O puede suceder algo diferente. En otras ocasiones puede ser que un deporte, un trabajo, una afición, una obsesión, acaben limitándome para vivir. En una serie actual la protagonista es una jugadora de ajedrez. Cuando juega al ajedrez lo mide todo, conoce todas las reglas y es capaz de ver las posibles jugadas futuras. Ve todas las posibles reacciones, las evalúa y las guarda en la memoria. Se mueve con agresividad en su juego y logra vencer en muchas ocasiones. Prevé las reacciones del rival y con frecuencia acierta. Pero me llamó la atención que en su vida fuera del tablero no sabe cómo moverse ni actuar. No sabe cómo vivir fuera de las reglas del tablero de ajedrez. Para ella ese tablero finito, con sus normas claras y precisas, con sus figuras limitadas, con los movimientos más o menos predecibles de cada pieza, es algo abarcable. Conoce las leyes claras y sabe dónde va a estar la clave para vencer en cada partida. Se aprende las posibles situaciones que pueden darse en el desarrollo del juego. No tiene miedo, porque controla el tablero del juego. Los movimientos están calculados y son precisos. Controla todo lo que puede suceder. Ella misma se da cuenta de que fuera del tablero la vida es mucho más compleja. Fuera de un tablero conocido todo es diferente. Ahí las leyes no siempre se respetan. Y los movimientos casi nunca son predecibles. Pueden pasar cosas inesperadas que no entran dentro de lo lógico, de lo previsible y de lo esperable. No se pueden estudiar todas las jugadas posibles. El tablero de la vida es otra cosa. Todo parece mucho más difícil e incontrolable. Y sin control en la vida es difícil vivir con paz. Es más seguro para ella permanecer dentro del juego del ajedrez y no salir fuera. Mucho más seguro que vivir sin miedo su propia existencia, ese camino desconocido. Salir de los límites del ajedrez puede significar tener que dejar todas sus seguridades, sus hábitos amados, su tablero con piezas finitas. A mí también me cuestan en ocasiones las decisiones que tengo que tomar. Me asustan por ese miedo mío a dejar la seguridad y asumir riesgos. Me asusta abandonar mi propio tablero finito, mi vida controlable y salir de lo abarcable. Sé que toda decisión es un riesgo, pero no siempre estoy dispuesto a correrlo. Nunca sé con claridad lo que Dios me va a pedir en la siguiente partida. La Virgen María conocía el riesgo de su sí al Ángel. Sabía que el Fiat que daba podía llevarla tal vez donde Ella no quería ir. Y aun así le dio el sí a Dios aceptando que la vida siempre es incontrolable. Ante una petición que parecía imposible, dijo que sí asumiendo el riesgo que se le presentaba. Fue un salto en el vacío, porque toda decisión me exige abandonarme en las manos de Dios. La pregunta que me inquieta es siempre la misma: ¿Me estaré equivocando al decidir hacer algo o no hacerlo? ¿Y si luego me doy cuenta de que este no es el camino que tenía que haber elegido? ¿Y si me faltan las fuerzas para seguir luchando por alcanzar esa meta que está ante mis ojos? Ese miedo siempre existe. El miedo a no estar a la altura y no poder seguir. Toda decisión implica un riesgo y por eso siempre exige que sea capaz de dar un salto de fe en el vacío y confiar en que Dios no me va a soltar de la mano. Es cierto que puedo confundirme al saltar. Pero no importa, me arriesgo y doy ese salto con el corazón, apartando la cabeza a un lado. Porque mi cabeza siempre me pide razones suficientes y ve los pros y los contras, y los riesgos que toda decisión implica. Tomo el corazón en mis manos, se lo entrego a Dios y me abandono en su corazón de Padre. Y con alma de niño le digo: «Mi vida es tu vida, haz con ella lo que quieras». Es la actitud que quiero tener siempre. Y no sólo ante grandes decisiones en mi vida. Ojalá viva así la vida ante decisiones pequeñas. No tienen por qué ser decisiones fundamentales. Ante cualquier eventualidad quiero actuar igual, confiado, en medio de cualquier encrucijada de mi camino. La duda y el miedo afloran con fuerza y la confianza en el amor de Dios quiere vencer mis reparos. No lo controlo todo, lo sé, mi vida no es un tablero finito. En mi camino, lo quiera o no, los riesgos son excesivos y todo parece infinito e inabarcable. El riesgo es mucho, pero no importa, confío. Es verdad que puedo ganar o perder y puedo acertar o equivocarme. El tiempo me dará la razón o me hará ver que estaba equivocado. Asumo ese riesgo. El que no apuesta no gana. El que no se arriesga no llega hasta a otra orilla. Me gusta la vida en la que los riesgos se asumen con paz en el alma, asumiendo los miedos que toda decisión conlleva. Siempre puedo confundirme y hacerlo mal. Siempre puedo fracasar en lo que he emprendido. No importa porque Dios no me va a dejar pase lo que pase. Lo malo es que pienso a menudo que Dios sólo está conmigo mientras me vaya bien y acierte en mis decisiones. Y se aleja cada vez que peco y no actúo como debería haberlo hecho. Pero no es así. Su amor es mucho más grande y me sostiene.

Con frecuencia acabo pensando que la vida está en mis manos y depende de mí. Depende de lo que yo dé, de cómo me esfuerce y luche por llegar a todos. Pienso que soy yo el que construye, el que levanta, el que salva. Yo el que perdona, el que consagra, el que llega a la meta, el que convierte. Me olvido de lo importante, y no pongo a Jesús en el centro de mi vida. Me conmueve el relato de un sacerdote español, José Rodrigo López Cepeda, en el momento en el que sólo llevaba seis meses ordenado. Hace diez años escribió su experiencia con un niño con discapacidad al llegar a su nueva parroquia. Los padres de este niño querían que le ayudara como monaguillo. El primer domingo le pidió que hiciera todo lo que él hacía y el niño lo imitó en todo, incluso a la hora de besar el altar con él al comenzar la misa. Al llegar a la sacristía le pidió el sacerdote que no lo volviera a hacer, que él lo besaría por los dos. Así sigue el relato: «Al siguiente domingo, al iniciar la Celebración y besar el altar, vi cómo Gabriel ponía su mejilla en él y no se despegaba del altar con una gran sonrisa en su pequeño rostro. Tuve que decirle que dejara de hacer aquello. Al terminar la Misa le recordé: - Gabriel, te dije que yo lo besaría por los dos. Me respondió: - Padre, yo no lo besé. Él me besó a mí. Serio le dije: - Gabriel, no juegues conmigo. Me respondió: - ¡De verdad, me llenó de besos! La forma en que me lo dijo me llenó de una santa envidia; al cerrar el templo y despedir a mis feligreses me acerqué al altar y puse mi mejilla en él pidiéndole: - Señor, bésame como a Gabriel. Aquel niño me recordó que la obra no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde esa dulce intimidad con el Único Sacerdote, Cristo». Me conmovió este relato por lo verdadero, por la sencillez de Gabriel, por ese Jesús que me habla en los niños, en los sencillos. Me encantaría llegar al altar de Jesús y dejarme besar por Él, sonriendo, cada día. Sé que no soy yo el dueño de todo lo que hago. Es Jesús el que me salva, el que me levanta, el que construye con mis manos, con mi vida entregada. Quiero que la vida de los que amo sea larga o la de esas personas que hacen tanto bien a los hombres. Y me duele su ausencia cuando parten. No logro entender el sentido de lo que no parece tener mucho sentido, como es la muerte. Esta historia de Gabriel me coloca de nuevo ante lo importante. ¿Me dejo besar por Jesús en mi vida? Me cuesta mostrarme débil, frágil, vulnerable. He puesto el acento en el yo, en mi labor, en lo que yo hago. Yo soy el protagonista activo en la vida y no pienso en dejarme hacer por Dios. No lo quiero. Me pesa mi orgullo, mi fuerza, mi vanidad. Sentirme vulnerable es quizás el único camino para poner a Jesús en el centro y que sea Él quien me bese a mí al llegar al altar y no yo a Él. Que sean sus labios los que me sostengan. Su cariño el que me levante cada mañana. Es su obra, no la mía. No son mis sueños, son los suyos. Él me necesitará el tiempo que quiera. Eso es lo que importa, no hacer yo mi camino a mi manera. Por eso quiero aprender a agradecer más, a alabar al Dios de mi vida. Quiero recostarme sobre su pecho, el altar que beso en cada eucaristía. Sentir su aliento en mi alma diciéndome que me quiere mucho, que soy lo más valioso, que mi vida merece la pena y que no dude nunca de todo lo que puedo lograr si no desfallezco, si no me acomodo, si no pienso que ya está todo decidido. Porque no es así. En cualquier momento puede acabar mi camino, dejándome con las manos justo en la acción, trabajando por su reino. No me desesperaré, ni perderé nunca la ilusión. Necesito agradecer por el día que amanece, por las horas que aún tengo por vivir, por los logros y por los fracasos. Necesito ser tan niño como Gabriel, porque así la vida es más fácil y todo se llena de sonrisas y de besos. Quisiera mirar así a los demás, dispuesto a hacer lo que me digan. Quiero esa docilidad de Gabriel y esa forma de entender la vida. Hoy escucho en el salmo: «No endurezcáis vuestro corazón». Puedo perder la inocencia de los niños, puede la vida volverme duro e insensible, incapaz de sonreír al dejarme besar. Me falta esa mirada de niño. Mi corazón se vuelve duro al ser herido, al tocar los sinsabores de la vida. Quiero mirar a Jesús y dejarme besar por Él. Me quiere más que a nadie. Ha soñado conmigo y sabe todo lo que puedo dar. Me conoce por mi nombre, por mi verdad. No por esa apariencia que yo intento vender al mundo. Mi autosuficiencia, mi orgullo y mi vanidad. Ese deseo de sobresalir, de ocupar los primeros puestos. El afán de ser tomado en cuenta y valorado. La tendencia a hacer las cosas yo solo sin contar con nadie, sin contar con Dios. Hoy recuerdo a Gabriel, ese niño lleno de inocencia que pone su rostro en quien de verdad importa y se deja besar. Esa mirada de cielo en la tierra es la que necesito para comprender que la vida se juega cuando decido dejarme hacer por Dios, besar por Jesús. Me abandono en sus manos y asumo que todo va a salir bien. No porque yo lo haga todo bien, sino porque es la obra de Dios y no la mía. Quiero asumir que Él ya ha vencido al mal y a la muerte. No he sido yo, ha sido Él. Eso es lo que cuenta después de todo. Quiero ser más niño y mirar así a Jesús, con alma dócil. Que me bese.

Tengo sed de amor, de abrazos, de luz, de aire libre. Tengo sed de sueños que no se rompan. De salud, de paz.  Sed de abrazos que no se limiten. Sed de alegrías no teñidas de tristezas. Sed de esperanza cuando todo parece complicarse. Sed de luz cuando reina la noche. Y sed de compañía cuando la soledad muerde muy dentro. Tengo sed de infinito cuando araño los límites de mi propia existencia. Tengo sed de cielo mientras me arrastro por los caminos. Tengo sed de un pozo del que beber agua sin volver nunca a tener sed. Tengo sed de almas que me den confianza. Y sed de un hogar estable con hondas raíces. Siento sed de calma en el fuerte bullicio de la vida. Y sed de la luna cuando todo es oscuro. Tengo sed de un sol que ahuyente las sombras. Sed de esas palabras que me hablen de sueños. Sed de música suave que calme mis miedos y apague los gritos que lanza mi alma. Tengo sed de un Dios que no me abandone, sed de sus abrazos y su voz que calma. Tengo sed de palabras que siempre se comprendan. De silencios que acojan. De presencias que llenen de alegría la vida. Sed de mi pasado y de mi futuro, cuando el presente quema o duele por dentro. Nací con sed, aún lo recuerdo y esa sed es parte de mi piel, nunca dejaré de sentirla muy dentro. Pero no me canso por ello de buscar pozos. Lejos o dentro. A la orilla del camino o al final del mismo. Fuera de mí o en lo más escondido de mis sueños. Pozos que conozco y pozos que he olvidado. Llegaré al brocal cada mañana con rostro sediento. Y suplicaré agua para seguir andando. El sol es tan fuerte y todo está tan seco. Es la sed de este tiempo único, extraño y difícil que vivo. En la misma barca con todos los que sufren esta pandemia indómita. Sed de una hondura de la que carezco cuando me desparramo en pantallas que me sacan del centro. Sed de navegar dentro de mi alma encontrando respuestas a preguntas y aún más preguntas sin respuestas. Sed de soñar de nuevo con una vida plena cuando siento que aún estoy tan lejos. Sed de ese Dios que me habla en el silencio para calmar todos mis miedos y sinsentidos. Hoy escucho: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía». En medio de todos mis vacíos su voz me llena. Y se alegra mi alma al sentir su presencia. Y me invita a que cave dentro de mi alma. Me han cerrado las puertas de mi casa para que cuide lo que tengo dentro. No me exigen que salga fuera de mi vida, para que me quede donde estoy ahondando, haciéndome más profundo. Puedo perder la oportunidad y no cavar pozos en mi vida. Paso superficialmente por todo lo que me sucede. No pienso, no busco, no interpreto, no me pregunto nada. Y hoy escucho: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?». Son los demonios los que le preguntan a Jesús. No quieren cambiar, no quieren salir de esa persona. Yo a menudo no quiero cambiar. Quiero que vuelva lo de antes, la normalidad que amaba y llenaba mis tiempos y mis espacios. Y no me hacía confrontarme con mis debilidades. Porque en este tiempo extraño he comprobado mi fragilidad. He visto que no lo hago todo tan bien, que no me salen los planes que intento. Que no logro llegar tan lejos como quería. Y sigo con sed caminando con dolor en los pies, sin avanzar mucho. Y me pregunto qué quiere Jesús de mí con todo lo que está pasando. No pretendo dar respuestas que valgan para todos. Algunas servirán, pero cada uno busca sus respuestas. Y pienso que en este tiempo Jesús me pide que me convierta en excavador de pozos. Que busque hondo dentro de mí y ayude a otros a buscar el rostro de Jesús grabado en su pecho. En la soledad puedo horadar la tierra de mi alma. En el silencio puedo callar todas las voces que parecen requerirme, pedirme, buscarme. El agua pura que necesito viene de lo hondo de mí, de lo hondo del corazón de Jesús. Para saber lo que Jesús quiere de mí tengo que callarme y dejar que afloren sus palabras. Escucho las palabras de S. Pablo: «Os digo todo esto para vuestro bien, para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones». Quiere que trate con Dios sin preocupaciones. Que descanse en el pecho de Jesús cada día buscando respuestas. ¿Qué quiere de mí Jesús en medio de esta pandemia que parece no tener final? ¿Qué quiere de mí cuando veo tanto dolor, tanta amargura, tanta impaciencia, tanta hartura? Y me dice Dios que me hará profeta: «Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que Yo le mande». Tengo vocación del profeta desde que comencé a ahondar dentro de mí. Todo hijo de Dios tiene esa misma vocación de hablar esas palabras que Dios suscita en el alma. Tengo vocación de anunciar la esperanza a los desesperados y la alegría a los más tristes. Tengo en mi alma el deseo de ponerme en camino y salir al encuentro del que tiene sed. Buscando que mis palabras calmen en algo su sed profunda. Y pueda sentir que la paz aflora dentro de su alma. Y tomo mi sed en mis manos. Y busco el agua que calme todos mis miedos. En esta noche, encuentro su luz. 

Jesús enseñaba con autoridad. Lo que decía tenía peso e importaba. Sus palabras estaban avaladas por sus obras: «Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad». Hoy el mundo busca y sigue a aquellas personas que hablan con autoridad. Y al mismo tiempo cuesta hoy respetar al que tiene autoridad. No se respeta a los que tienen una responsabilidad de conducir y acompañar. Hay una crisis de autoridad. Tal vez no sea tan novedoso. Ya decía Sócrates en el año 400 a.C: «Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos». La autoridad es con frecuencia cuestionada y puesta en tela de juicio. Y es que hoy se ve fácilmente cuando las palabras dichas o escritas están en consonancia con la vida del autor o no. La importancia de la autoridad paterna: «Regala al niño, sea varón o mujer, una conciencia instintiva de la autoridad y, con ello, una seguridad vivencial. Le regala un cobijamiento espiritual y vital. Y agrega que la figura paterna, mediante la palabra y el ejemplo, regala una imagen original del mundo y una profunda capacidad de contacto» . Vivo en un tiempo en el que la autoridad está en crisis. Faltan personas auténticas, coherentes, plenas, fiables. La incoherencia es mi principal enemigo. Digo algo que creo que es importante y yo no lo vivo. Hablo del valor del silencio, pero no apago mis ruidos. Destacó la importancia de hacer el bien y busco sólo mi beneficio. Resalto lo importante que es construir la comunión mientras vivo criticando a los que no están conmigo. Hablo del valor de la verdad mientras vivo entre mentiras. Digo maravillas del diálogo matrimonial mientras yo no dialogo. Digo que es importante pasear y cuidar una vida sana y yo no lo hago. Juzgo a los que están atados a las redes sociales y yo no me escapo de las mismas. Les digo a los demás lo fundamental de tener una vida equilibrada mientras yo no la tengo. Ensalzo al que reza y habla con Dios y lo escucha, mientras que yo huyo del verdadero silencio interior. Hay tantas incoherencias a mi alrededor y dentro de mi alma que me duele en lo más hondo. Quisiera ser coherente, verdadero, fiable. ¿Cómo puedo serlo y tratar de llevar una vida en la que todo lo que digo pueda hacerse realidad? Cuando hablo demasiado o digo muchas cosas o aconsejo mucho, veo que estoy más expuesto y pueden verse con más claridad mis propias incoherencias. Grito con fuerza que los otros hagan lo que yo predico, pero luego yo no lo que hago. Jesús les decía a sus discípulos que hicieran lo que decían los fariseos, pero no siguieran su ejemplo. Porque cargaban pesadas cargas sobre los demás y ellos no llevaban ningún peso. Me da miedo parecerme a esos fariseos y hablar mucho de lo que debería ser, de cuál sería un comportamiento ejemplar, de cómo debería vivir el santo de la vida diaria, mientras vivo yo ajeno a todo lo que propongo. Es como si todo aquello de lo que hablo valiera para otros, pero no para mí. O incluso puede ser que haya cambiado mi discurso con el paso del tiempo y ahora ya no piense igual que antes. De repente lo que dije un día ya no lo pienso y lo que defendí con pasión ya no lo comparto. Son las incoherencias de mi alma que me pueden llevar por caminos diferentes a los que propongo. No quiero vivir así, ni tener dentro del alma esa ruptura entre lo que digo y lo que hago. Esa diferencia esencial que me rompe por dentro. Muchos maestros perdían su autoridad por sus incoherencias. Hablaban sin autoridad. Me pregunto quién es hoy autoridad en mi vida. A quién sigo, quién me importa lo que dice. Qué cosas guardo como un tesoro, como el pilar sobre el que construyo mi vida. Pienso en la autoridad de mis padres, de mis maestros, de mis confesores. La autoridad de las personas a las que admiro, a las que amo. Sus palabras tienen peso dentro de mí, me importa lo que dicen. Veo que tienen un respaldo en sus vidas. No dicen nada que no aspiren a vivir. A veces no serán del todo coherentes por su debilidad, por su pecado. Pero no dejarán de luchar y levantarse para volver a empezar siempre de nuevo. No se ponen como modelo ante mí, no lo pretenden. Ellos tienen la autoridad que yo mismo les doy. Creo en ellos, son importantes en mi vida con su testimonio hecho obra. No sólo son sus palabras las que edifican. Son más bien sus obras, sus gestos de amor, su fidelidad heroica. En este tiempo que vivo admiro a los que aman después de haber fallado. A los que perdonan habiendo sido ellos perdonados. A los que no dictan cátedra continuamente, sino que callan y asienten en silencio. A los que actúan con modestia y humildad sin querer imponer sus criterios. Ellos son autoridad en mi vida. Los admiro, los respeto y los sigo, porque son fiables, son un testimonio vivo.

Hoy Jesús expulsa demonios de un endemoniado: «Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: - ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús lo increpó: - Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió». La autoridad de Jesús es grande y hasta los demonios le obedecen: «Todos se preguntaron estupefactos: - ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». Era un hombre con un espíritu inmundo. Un hombre dominado por esa presencia maligna. Un hombre esclavo, sin voluntad libre. Jesús viene hasta él y con su palabra lo libera. Su palabra crea una realidad nueva en él. Y el hombre se siente libre, lleno de paz y de vida. La presencia del demonio puede llegar a poseer a una persona. El demonio influye sobre mí y me tienta, y me ata, y me esclaviza. Pierdo la libertad y no soy capaz de tomar el control de mi camino. Alguien dentro de mí me lleva por dónde no quiero ir. Huyen los demonios cuando escuchan la voz de Jesús. Si me creyera este relato yo sería más libre. Jesús habla dentro de mí y me libera. Cuando el demonio que me esclaviza escucha su voz, lo obedece y me deja tranquilo. Pienso en el poder de Jesús, en su Palabra. Su autoridad acaba con todos los demonios que me esclavizan. Su autoridad la reconoce el demonio y Él vence en mí. Se impone por encima de mi voluntad enferma y debilitada y trae paz a mi corazón. Pienso en ese Jesús al que sigo, en el que creo. Ese Jesús que cambia mi corazón cuando le dejo entrar. Yo también me siento poseído en muchas ocasiones. No hago lo que quiero hacer. Reacciono con violencia en lugar de con paz. Me consume la ira cuando se alteran mis planes y no se hacen realidad mis deseos. La envidia me lleva incluso a desear el mal de mi prójimo. Me enferma que otros tengan más éxito y felicidad que la que yo poseo. Me dejo llevar por los placeres que me tientan. La gula, el sexo, el consumismo, las redes sociales, los vicios anulan mi voluntad y me hacen vivir como un esclavo. No soy el que quiero ser. Me prometo una y otra vez volver a empezar y vencer el mal en mi vida. Pero me cuesta creer que sea posible. ¿Cómo voy a dejar esos hábitos malos que me quitan la libertad con tanta facilidad? Busco todo tipo de métodos. Pido ayuda. Busco quien me dé sabios consejos. Pero caigo de nuevo. Me siento a veces como ese endemoniado que dejaba de ser él cuando se siente poseído, por la rabia, por la ira. Le pido a Jesús que grite dentro de mí y me saque de mi esclavitud, de mi tristeza, de mi oscuridad, de mi pecado. Le pido que libere mi fuerza de voluntad tan debilitada. Le pido que grite y haga brillar ante mí esos sueños e ideales que Él ha tejido en la piel de mi alma. «Dios puede dedicarse en todo momento a su ocupación predilecta. Por eso se ocupa siempre del objeto de su amor. ¿Y quién es ese objeto?: Yo. Si lo creyésemos, si esa convicción nos calara hasta la médula, seríamos los hombres más felices del mundo» . Si creyera en el amor de Dios sería más feliz. Él me ama más allá de mis límites y deficiencias. No ve la oscuridad, no se fija en mi pecado, no se centra en mis ataques de rabia, pasa por alto mis dependencias y ve la belleza de mi corazón que vive enredado en una maraña de sentimientos confusos que me atan. Jesús es el que me libera. Su palabra sana, salva, levanta, cuida. Su palabra es creadora dentro de mi corazón. Él puede hacerlo. Puede servirse de instrumentos que Dios pone en mi camino. Personas que tienen a Jesús muy dentro y sanan con su mirada, con sus palabras, con sus obras y gestos. Sus abrazos me liberan y sus sonrisas me salvan. Creo en el poder de las palabras de los que tienen autoridad. Y creo que yo también con mis palabras puedo transformar a las personas. Puedo cambiarlas porque mis palabras crean, transforman la realidad. Hacen que los demás, los que me escuchan, cambien. Puedo lograr que sus vidas sean mejores. Por eso pienso mucho antes de hablar. Y digo lo que edifica, no lo que destruye. Lo que une, no lo que divide. Lo que anima, no lo que desalienta. Mido mis palabras que pueden dar vida o quitarla. Quiero tener a Jesús dentro de mí para poder hablar sus palabras y lograr sus milagros.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.



lunes, 1 de febrero de 2021

El aguador

 



El tercer domingo de Cuaresma se caracteriza por el célebre diálogo de Jesús con la mujer samaritana. La mujer iba todos los días a sacar agua de un antiguo pozo, que se remontaba a los tiempos del patriarca Jacob, y ese día se encontró con Jesús, sentado, “cansado del camino” (Jn 4, 6). San Agustín comenta: “Hay un motivo en el cansancio de Jesús… 




La fuerza de Cristo te ha creado, la debilidad de Cristo te ha regenerado… Con la fuerza nos ha creado, con su debilidad vino a buscarnos” (In Ioh. Ev., 15, 2). El cansancio de Jesús, signo de su verdadera humanidad, se puede ver como un preludio de su pasión, con la que realizó la obra de nuestra redención.

 

 





En particular, en el encuentro con la Samaritana, en el pozo, sale el tema de la «sed» de Cristo, que culmina en el grito en la cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene una base física. Pero Jesús, como dice también Agustín, “tenía sed de la fe de esa mujer” (In Ioh. Ev., 15, 11), al igual que de la fe de todos nosotros. 




Dios Padre lo envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para hacernos este don Jesús pide nuestra fe. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; llama a su corazón y espera con paciencia su respuesta.

 


Hay un mítico personaje «semanasantero» que es el aguador, la persona encargada de portar agua para dar de beber especialmente a los sedientos costaleros que levantan el paso, pero con el calor que está haciendo muchos nazarenos también necesitan un poco de agua para reponerse y continuar el camino.



 


Traemos una de las figuras que solamente vemos cuando tenemos la suerte que se arrié un paso delante de nosotros, es la figura del aguador que durante su historia ha ido evolucionando y cambiando.


 


Vienen de los antiguos aguadores que repartían agua por toda la ciudad. Estos personajes son los encargados de repartir agua a la cuadrilla, que estos llaman "aguaó", como a cualquier persona del cortejo que lo precise.




Antiguamente vestían de chaqueta blanca (diferenciaba a los cofrades de la hermandad) cargados con un botijo y tazas de metal.

 


Hoy en día portan garrafas de plásticos en muchos casos, en otros ni existe esta figura portándolo los costaleros llamados picos o reservas que portan durante la estación el agua.




Dato curioso, si alguno ha probado el agua de esta garrafa viene mezclado con anís, según se comenta quita mucho mejor la sed aromatizado con anís.

 


Este personaje se suele dejar actualmente para costaleros retirados donde desde una zona privilegiada pueden observar el transcurrir de su Cristo o Virgen.

 

 


 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

 


2 de febrero de 2021

Celebramos hoy en la Iglesia la fiesta de la Presentación del Niño Jesús. María y José, fieles a la tradición de su pueblo, entran en el Templo con su Hijo a los 40 días de su nacimiento. Del mismo modo, también nosotros, 40 días después de la Navidad, somos llevados y presentados por nuestra Madre la Iglesia ante el Dios vivo y verdadero.




Tradicionalmente se celebra en este día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, cuyo lema para este año, «La vida consagrada, parábola de fraternidad para un mundo herido», nos hace presente la urgente necesidad que tiene nuestro mundo de mostrar la fraternidad como un bálsamo en medio de tantas divisiones y de tanto dolor producido por las rupturas y las discordias. La fraternidad es medicina para la soledad, la tristeza y para cualquier sufrimiento.




Estamos inmersos en una pandemia que ha mostrado con toda su crudeza la vulnerabilidad del ser humano. El dolor y la incertidumbre se han adueñado de muchos corazones. Hoy, la vida consagrada quiere recordarnos que todos somos hermanos y que todos estamos convocados a la ayuda mutua y al apoyo recíproco sin desentendernos de nadie.




Que esta celebración, por la escucha de la Palabra de Dios y el sacramento de la eucaristía, nos recuerde vivamente a todos la esencia de nuestra vocación consagrada: ser ofrenda generosa al Señor para nuestro mundo sufriente.


 


 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 30 de enero de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 31 DE ENERO DE 2021

  



31 de enero de 2021

 

Hermano:

«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Dejaron a su padre Zebedeo en la barca y se marcharon con Él»

«Aceptar la vida como un don en medio de cruces y dificultades es el mejor antídoto para vencer la depresión y el desánimo. Creer en la posibilidad imposible de volver a intentarlo»

La tasa de positivos se eleva al 12,37% y el número de pacientes hospitalizados se acerca al medio millar.

Asturias suma otros 8 muertos por covid-19 en una jornada en la que bajan los contagios.

A veces no sé bien lo que es mejor o lo que es peor. Una vida larga y fecunda o una vida corta y llena de sentido. Una vida demasiado corta, en la que apenas da tiempo a vivir o una vida excesivamente larga y sin sentido. Tampoco sé muy bien el peso de otras vidas en mi propia vida. Ni entiendo esa muerte que llega y cambia mis pasos de repente, tal vez demasiado pronto. No puedo ver con los ojos de Dios y parece que los míos son torpes para entender la vida. En una película un terapeuta le pedía a un hombre ya casado que pensara varias opciones posibles para su vida suponiendo que su padre no hubiera muerto cuando él era adolescente. El protagonista da dos versiones. Interpreta lo que podría haber pasado en su propia vida estando su padre presente. En una opción todo sale perfecto, mejor que ahora. La presencia de su padre hace que la vida ahora para él sea mucho plena. En la otra posible realidad las cosas salen peor incluso estando su padre presente. Me pareció muy fuerte e intensa la propuesta. Muchos posibles imposibles se hacían realidad en la pantalla. Sabía que no era real, pero ahí estaban mostrando una algo inexistente. A menudo me planteo esos posibles imposibles en mi vida. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera tomado esa decisión y hubiera seguido otro camino? ¿Qué hubiera pasado si mi madre hubiera muerto siendo yo todavía joven o al nacer? ¿Habría sido mi vida mejor o peor? Son preguntas sin respuesta. Algo habría cambiado, seguro. Habría sido una vida diferente, ni mejor, ni peor. Nada reemplaza a la vida que ahora vivo. Lo que sucede es que a lo mejor me cuesta aceptar simplemente la vida en su verdad tal y como es. Y me gusta imaginar qué hubiera sido de mí si las circunstancias hubieran cambiado, si las decisiones hubieran sido otras, si hubieran estado presentes otras personas. Pero son posibles inútiles que sólo pueden atormentarme o bloquearme en mi intento por ser feliz y hacer la voluntad de Dios en mi camino. Lo único que queda después de muchos pensamientos y sueños es lo real, lo que toco, lo que hoy es, lo que ha sido, no lo que podría haber sido. Aun así me doy cuenta del peso que tiene una vida en las personas que la rodean. Mi presencia o mi ausencia en un lugar y en un momento determinado afecta a muchas personas. Si no estoy donde antes estaba o si estoy donde ahora vivo, habrá un vacío o una presencia. Eso es lo real. Si estoy en un lugar habrá una influencia sobre otros, positiva o negativa, eso depende de mí. El peso de mi realidad es irrefutable. El peso de la realidad de las personas que entretejen sus vidas con la mía, no lo puedo negar. Todo importa, todo influye en el camino que recorro. Y al mismo tiempo esos posibles imposibles no tienen tanta fuerza. La vida hubiera sido distinta, mi camino, mis decisiones, pero lo que queda al final es lo que hay y el pasado no puedo cambiarlo. Puedo, eso sí, intentar no repetir lo que salió mal y tratar de hacer bien lo que está en mi mano. Me gusta pensar que una vida no vale más por el número de años que acumula. Los años no dan valor a la vida, simplemente son un aspecto más de la misma. Una vida es bella, honda y fecunda sin importar el número de años vividos, gastados, o entregados. No se mide en años, sino en verdad. En la verdad de los gestos, de las palabras y las obras. En la verdad de las decisiones, de los errores y los aciertos. No se mide la vida por su perfección, porque no hay vidas más perfectas que otras. Simplemente hay vidas felices y logradas, aunque no tengan todos los años que hubieran podido tener. Hay vidas plenas y llenas de paz aun siendo imperfectas, aun habiendo errores y pecados. Decido mirar mi vida sobre la palma de mi mano. Acariciar los años caídos, esos que he vivido. Acariciar los miedos y las pasiones desordenadas. Sostener las miradas de asombro ante los días que enfrento. Levantar el desánimo que en ocasiones me hacen sentirme inútil. Un paisaje cubierto de nieve es mi propia vida. Es bello un bosque con nieve, y un edificio. Incluso una calle sin gracia con la nieve parece una calle preciosa. Será así con mi vida si la dejo que la cubra la gracia de Dios, su amor me sostiene y levanta todas mis ansiedades y torpezas. La nieve viste de belleza el barro. También puede tornarse una tortura si me impide hacer mi vida normal. Lo bello puede hacer que todo se complique. Puedo ver sólo la belleza. O puedo centrarme en la incomodidad que implica. De mí depende, de mi mirada. En mi vida hay nieve que me embellece. Y yo puedo agradecer mirando la nieve y pensando.

El tiempo de Navidad me ha dejado el corazón cubierto de gratitud. No me acostumbro a agradecer todo lo que recibo. Me creo que la vida consiste en dar para recibir, en hacer para que me paguen, en regalar para que me regalen, en acoger para que me acojan. Quizás lo aprendí de niño debatiéndome con mis obligaciones pequeñas de cada día. Si cumplía recibía el abrazo, el elogio, el aplauso. Si fallaba recibía el castigo, el enfado, el desprecio o lo que es peor, la indiferencia. Me acostumbré a trabajar duro para poder merecer. Y vi a Dios como ese empresario exigente y acostumbrado a recibir siempre más de lo que sembraba e invertía. Y no podía creer en la gratuidad porque no la conocía. No sentía que la vida fuera gratis, ni la salud, ni el amor. No sé bien por qué me acostumbré a pensar que lo merecía. Merecía levantarme cada mañana sano y feliz. Merecía ser amado. Merecía poder caminar y gozar de logros importantes en mi camino. Merecía los regalos que recibía. Lo merecía todo porque me había portado bien, había cumplido y era ejemplar. El merecimiento formaba parte de mi vida. Premio o castigo. Pago por lo realizado o ausencia de ese pago. Dependía de mí. La gratuidad no existía. Los regalos no existían. Y luego hablaba de lo que era justo o injusto con mucha facilidad. Me comparaba con los que estaban mejor que yo. Con los que tenían más éxitos o lograban más regalos. Ellos sí que eran felices, pensaba, mientras me volvía cada día más inconformista con la vida. Me debían algo, pensaba en mi interior. La gratuidad seguía sin existir. El perdón por mis errores era más un derecho que un don. Si me arrepentía, merecía ser perdonado. Si pedía perdón podía exigirlo acto seguido. Me haría bien cambiar mi corazón enfermo por uno lleno de paz. Pero para eso necesito cambiar ciertos criterios que alguien, o yo mismo quizás, ha dejado crecer en mi interior. Nunca me he creído eso de que alguien desconocido me regale algo. Habrá un truco, pienso. O un error. O buscarán que después pague más de lo que quería. Nadie regala nada, pensaba. Y cuando recibía la gratuidad en mi vida me sentía incómodo. Estaba en deuda. Alguien me regalaba cosas y me sentía en deuda. O me acostumbraba y me olvidaba de ese don. Y pensaba que merecía eso y mucho más. Y la deuda desaparecía porque era impagable. Y así, de la misma manera, me costaba entender el perdón en mi vida. O era merecido o no existía. O hacía méritos para ganármelo o no tenía sentido. Sor Verónica, fundadora de Iesu Communio, comentaba: «Un nuevo encuentro, una segunda etapa de la llamada. Pedro necesitaba sentirse amado cuando no tenía nada que presentar. El amor es gratuito. Ya no afirmará jamás daré mi vida por ti. Acoge el verdadero don del discipulado. No puede haber lugar para el desánimo». Pedro, que ha negado tres veces, recibe un amor gratuito y no lo merece. No ha hecho nada por Jesús, no lo ha salvado, no ha luchado por Él arriesgando su vida. Ha negado conocerlo y amarlo. Y aun así recibe el perdón en una mirada de misericordia. Gratuidad absoluta. ¡Cuánto me cuesta creer en esa mirada de Dios y de los hombres! Siempre espero que me exijan algo, que me pidan, que me demanden. No me siento tranquilo si me perdonan de forma absoluta. No lo espero, no lo quiero. Si me porto mal, que me castiguen, lo merezco. No quiero que me hagan blando. Quiero luchar por lo que quiero, por lo que amo. No quiero que me den nada sin merecerlo. ¡Cuánto bien me hace recibir un don que no merezco! Me enseña que la vida no es justa. Que no todo se basa en esa relación mercantilista del dar para recibir. Que de repente recibo lo que no merezco. Y muchas cosas en mi vida no las merezco, simplemente suceden. Que alguien me ame, que me den confianza, que me acepten, que me busquen, que me acojan. El perdón nunca es un derecho, es un don inmerecido después de haber fallado. Ese mismo perdón que me cuesta darme a mí mismo después de una caída. Las relaciones sostenidas por el mérito se acaban rompiendo. En algún momento no daré lo que esperan de mí como una obligación. Las relaciones sostenidas en la gratuidad tienen bases firmes y alas que llevan al cielo. Pensar en merecimientos me acaba enfermando, porque nunca haré lo bastante para merecer el cielo y nunca será suficiente lo que entrego para que mi vida sea perfecta. Aceptar la imperfección de mis actos me vuelve más misericordioso y paciente. Los demás pueden equivocarse, tanto como yo. Es parte de la vida, no importa que las cosas no funcionen bien. Perdonar y alegrarme con los dones que recibo cada mañana sin merecerlo sana y ensancha mi alma. Aceptar la vida como un don en medio de cruces y dificultades es el mejor antídoto para vencer la depresión y el desánimo. Creer en la posibilidad imposible de volver a intentarlo. Siempre surge una segunda oportunidad, una nueva opción a elegir cuando recorro la vida. La gratuidad es esa forma de medir que alegra y libera. Siempre estaré en deuda por todo el amor recibido. No importa nada, yo sonrío agradecido. Sólo eso basta para que la sonrisa no se borre nunca de mi alma.

No sé por qué no siempre tengo tanta fe como quisiera. Me cuesta creer en la luz cuando vivo en medio de la noche, sin poder ver. No logro creer en el calor cuando sufro el frío que congela mi alma. Imposible creer en la humedad de la lluvia torrencial cuando toco la sequía. Sé que la falta de agua cuestiona mi fe en el agua, en mi deseo profundo de poder calmar la sed. Mis miedos me hacen pensar que no hay salida. Y mi ceguera no me deja ver al sol abrirse paso entre las nubes. Mi soledad me duele y me hace dudar de los abrazos que apaciguan el ansia. Las derrotas me hacen dudar de posibles victorias futuras. Dibujo sobre el azul del cielo la llama de una hoguera que no se apague nunca. Como si quisiera que todo estuviera ardiendo en mi interior, a mi alrededor. Se quemarán los fríos y se calmarán los vientos. Dibujo a tientas la luna en un paisaje muy claro, oscurecidas las estrellas. Para no dudar cuando todo se torne oscuro, poco claro y nada entienda. He aprendido a beber en fuentes escondidas, el agua más pura. Y me he ilusionado con futuros posibles que aún no veía. He descubierto oculto bajo la tierra una perla escondida, esa que todos soñamos. He caminado lleno de luz por caminos desiertos. Y he bebido un agua clara que no sé cómo da luz a los ojos. No me escondo por miedo detrás de mis deseos. No soy más que nadie, tampoco menos. Dejo de medir las cosas y a las personas. No hay vidas mejores, vidas más santas. Sí las hay más logradas o felices. Pero no depende tanto de lo que se posea, de los sueños logrados, de las metas alcanzadas. La felicidad cuando más se busca más se esconde. La llevo dentro del alma. Cuando menos la persigo aparece como por arte de magia en medio de mis tropiezos. He levantado la luz para descubrir bien el camino, un farol humilde rompiendo la noche. He sentido el frío muy dentro de mi alma. He balbuceado ciego el nombre de lo que amo. Y he palpado a ciegas la piel del cielo. Me levanto de nuevo como cada mañana a dibujar mis días con colores más vivos, más profundos. Llevo en el alma impresa la faz de mi esperanza, de ese Cristo que vive muy dentro, en lo escondido. Sé navegar sin rumbo y a la vez sé el destino. No le tengo miedo al fracaso que me aventuran algunos. No dudo de que las fuerzas nunca serán suficientes, ni el tiempo, ni la alegría, no lo espero. Me sé pequeño, muy torpe y niño. Y Dios actúa en mí, a través de mi debilidad. Comenta el Papa Francisco: «Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad». Es mi pobreza la que Él ama y mi indigencia. Pero sé al mismo tiempo que los ríos bajan de la montaña soñando el mar en su cauce. Así voy yo tan sereno, sabiendo que la vida es corta y lleva al cielo. No dejo de aventurarme dentro de cada mañana, siempre todo puede hacerse nuevo. Me visto con la esperanza como traje y como canto la calma. Así voy yo cada día lleno de esa paz bendita que sólo Dios sabe darme. No le tengo miedo al frío, ni a la nieve, ni a los hielos. Me río de las desgracias que parecen amenazarme, todo pasa. Mi seguridad está en el cielo y en el Dios de mi camino, ese que pisa mis pasos y me abraza si estoy solo. He descubierto el sentido de tanto remar sin vientos. He palpado ese dolor de la pérdida, de la ausencia, dentro de mí, dentro de otros. No le tengo miedo ya a los imposibles necios que dibujo hoy con calma. Esos que llenan de polvo mi caminar por la playa y me hacen soñar el cielo. No dejo de apapachar, de abrazar con el alma, a todos los que más sufren. Porque el sol siempre me muestra que puedo dar más, que puedo ser más de todos, más niño, más sabio, más pobre, más alegre. No quiero desesperarme cuando es nada lo que logro. No dejo de esperar a ese Dios que me llena en medio de mi indigencia y le da sentido al camino que recorro. Necesito hallar consuelo para poder dar consuelo. Conozco muy bien la sed que sufre el mundo, yo mismo la tengo dentro. Y sé que nada la sacia, sólo Dios colma mis ansias y me llena de esperanza. Quiero dar paz con mis labios, con mi vida y mis palabras. Quiero abrir caminos ocultos, despejar los que están escondidos bajo ramas por los bosques. Me adentro abriendo nuevas rutas, despejando ilusiones. No le tengo miedo ya a perder la vida entera en misiones imposibles. Puedo amar hasta el extremo, puedo dar hasta que duela, puedo ser más cada día y a la vez hacerme pequeño, para que sea Cristo el que venza. Llevo dentro de mi alma el sueño de una esperanza. Y camino convencido de que nada podrá quitarme nunca la fe en ese Jesús que me ama. Él le da sentido a la cruz, cuando cargo con ella. Y me hace ver que el sol aparecerá al acabar la noche. ¿Por qué temo? Si Él va conmigo y me salva. Me sostiene y me alienta. Y me llama por mi nombre para decirme que me ama. Que ya me ha salvado. Que está dentro de mí y no me va a dejar nunca. Incluso cuando crea que estoy solo en la batalla. Su bendición está sobre mí y me cuida. Nada podrá hacerme daño porque soy suyo, vivo en su presencia. 

Me gusta meditar sobre la misericordia de Dios. Tal vez porque la necesito y porque veo que yo no soy misericordioso. Y exijo justicia y cumplimiento. Salvo cuando soy yo el que caigo y entonces sí pido el perdón. Medito la historia de Jonás: «En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: - Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo. Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: - ¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida! Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive». Me gusta mucho este profeta rebelde que no entiende a Dios. No quiere predicar la conversión porque no quiere que el pueblo se arrepienta y reciba el perdón. Es paradójico. Recorre la ciudad predicando la conversión y cuando aparentemente tiene éxito y cambian de conducta, él no entiende a Dios. No quiere que Dios se arrepienta de su juicio y los perdone. No cree en la misericordia como camino de vida. Cree más en la justicia, en el pago a cada uno por lo que ha hecho. El mal se paga siempre con un castigo. Y el premio es para aquel que obra bien. Si no es así el corazón no aprende. Me vuelvo blando al ver a un padre que siempre me perdona y pasa por alto mis caídas. No conozco esa misericordia que me hace mejor persona. Necesito ser perdonado en mis debilidades y encontrar que Dios nunca me rechaza haga lo que haga. Esa experiencia sana todas mis heridas. Comenta José Antonio Pagola: «Cuando os sintáis rechazados Dios os está mirando con misericordia. Escuchad vuestro corazón. Dios está con vosotros. No os abandonará jamás. No lo merecéis. Nadie lo merece». No merezco el rechazo ni el abandono. No merezco el perdón tampoco. Todo es gracia, no lo quiero olvidar. Dios me ha creado imperfecto y tendrá paciencia conmigo. Será misericordioso cuando vea que no estoy a la altura del ideal que ha sembrado en mi alma. Me mirará con paz al ver mi pobreza. Jonás se somete, obedece a Dios y predica. El pueblo se convierte y obtiene la misericordia. Y entonces se rebelará contra ese Dios que es bueno y paga lo mismo al que trabaja todo el día que al que llega al final del día. Cuesta ese Dios que ama de esa forma a sus hijos. Cuando medito esta historia pienso en lo lejos que estoy de la verdadera misericordia. Creo en la justicia, en el castigo, en la pena. Creo en hacer el bien y evitar el mal. En cumplir y no dejar pasar las oportunidades que tengo ante mis ojos. Pero no acabo de creer en las palabras del salmo: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor». ¿Será realmente Dios tan misericordioso como escucho? ¿Puedo estar tranquilo y creer en esa mirada compasiva sobre mis obras cada vez que no estoy a la altura de lo que soñaba alcanzar? ¿He palpado la ternura de Dios en mi vida? ¿Qué he aprendido en mi hogar, en mi familia? ¿Cuál es la imagen de Dios que guardo muy dentro al haber abrazado a mi propio padre en su pobreza? No pienso en esa imagen que guardo en la cabeza, porque esa imagen de Dios tal vez sí crea en la misericordia. Doy un paso más y pienso en mi corazón. Al corazón le cuesta más aprender y después desaprender lo aprendido. Tarda más que la cabeza que puede encontrar razonable ese perdón de Dios. Pero el corazón no es así y graba experiencias y desde lo vivido interpreta y mira por un tamiz la vida que le rodea. Así es el corazón que mueve mis pasos. Más que mis ideas, más que mi cabeza, cuenta mi corazón. Es ahí dónde se imprime el sello de ese Dios que he conocido dentro de mí. Ese Dios en el que creo y al que sigo. Actúo de acuerdo con sus normas. ¿Cuáles son? Ese Dios me muestra el camino y la forma de entenderlo todo. Hoy le digo a mi Dios como una súplica: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque Tú eres mi Dios y Salvador. El Señor enseña su camino a los humildes». Quiero que cambie Dios mi corazón que se ha acostumbrado a la justicia y al deber. Mi corazón que cree en el castigo y en el premio que mantienen el orden y la paz. El que no trabaja que no coma. El que obra mal que reciba su merecido. El que no construye el bien a su alrededor que sea castigado por ello. Creo en la exigencia que pretende sacar lo mejor de mi débil corazón. Me cuesta creerme que baste el arrepentimiento verdadero para volver a empezar con el alma en paz. ¿Dónde quedan la penitencia y el cumplimiento del castigo? Sin ese pago de las deudas nadie puede cambiar de verdad. Es lo que tengo grabado en el alma y tal vez por eso juzgo tanto en mi corazón a los demás y a mí mismo. No me permito ninguna caída y no tolero que los demás sean tan imperfectos. Los condeno con facilidad y no veo tan factible que mi mirada misericordiosa pueda mejorar sus pasos. Si no los reprendo y exijo acabarán siendo débiles toda su vida. Si no soy un pilar que sostiene sus vidas se caerán una y otra vez sin remedio. Necesito creer más en la misericordia de Dios para ser yo misericordioso. Necesito el perdón para poder perdonar. Que todo pase por mi corazón.

El momento es apremiante. El instante que vivo ahora, el presente que toco es lo que cuenta. Dios viene a mi vida ahora, en este momento en el que me encuentro. Hoy dice el apóstol: «El momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina». En el presente en el que sucede mi vida, ahí está Dios saliendo a mi encuentro. Y tengo que vivir como si lo que ahora temo, no valiera la pena temerlo. O lo que ahora me angustia, no precisara mis angustias y ansiedades. Porque el mundo que veo ahora pasa y todo descansa en el corazón de Dios. Y entonces sé que Dios viene para cada ahora, en cada momento de mi vida, para salvarme, para enseñarme a vivir. Viene a mi rutina diaria, a mi vida cotidiana y me mira a los ojos: «Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago». Simón y Andrés estaban pescando que era lo que sabían hacer. Viene a sus vidas en ese preciso instante en el que son normales y hacen lo normal. Hacen lo que les gusta, cumplen con su deber, intentan sacar suficientes peces para poder vivir como familia. ¿Estaban buscando algo más en sus vidas? ¿Tenían una motivación más honda que movía sus pasos? La semana pasada escuché que Andrés busca a Jesús, lo sigue y pasa todo el día con Él. Lleno de alegría regresa a casa y se lo cuenta a su hermano Simón. Hoy están los dos hermanos pescando y viene a verlos Jesús. Pasa por sus vidas y se detiene ante ellos. En el otro evangelio contado por San Juan son ellos los que van a vivir con Jesús un día completo y entran en su cotidianeidad. Hoy es Jesús el que entra en lo cotidiano de sus vidas de pescadores. Están pescando y llega Jesús a amarlos. Parece que ellos no buscan al Mesías. O tal vez sí están buscando y en su interior hay una búsqueda constante. Lo cierto es que Jesús irrumpe en sus vidas, en mi vida, cuando menos lo espero. En la espiritualidad india hay una ley que dice: «En cualquier momento que comience es el momento correcto. Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después». El comprender que las cosas suceden en el momento correcto me da paz. Ni antes ni después. Es en este momento. La pandemia ha llegado en el momento correcto. En mi corazón tal vez hubiera preferido antes o después, o nunca. Pero eso no importa, ha llegado cuando tenía que llegar. Aceptar que las cosas suceden en el momento correcto me da paz, me quita el miedo y la ansiedad. Es el mejor momento de mi vida para que esto ocurra. Entender así la vida me permite vivir con una paz honda y segura. Jesús también llega a mi vida en el mejor momento, en el correcto. No cuando yo se lo exijo, sino cuando Él ve que mi corazón está preparado para su venida. En ese momento se detiene delante de mi pesca. Si yo no estuviera preparado seguiría pescando sin entender que viene para mí. Si yo no estuviera buscando algo le cerraría la puerta y Jesús tendría que pasar de largo. Comienza todo en el momento correcto. Cuando mi alma está abierta y dispuesta a cambiar de vida. Tal vez antes no existía esa predisposición positiva. Decía Sor Verónica, fundadora de Iesu Communio: «Hoy puede ser el momento de ver nuestra verdad. La esperanza sale a mi encuentro. Una persona, Cristo vivo». Estoy viviendo tiempos difíciles. Tal vez es la oportunidad para encontrarme con Dios en mi vida y que algo comience a ser diferente, mejor, más hondo. Me gusta pensar que la vida se juega en esos instantes en los que tengo que tomar una decisión. O me detengo o sigo de largo. O abro una puerta y paso por ella, o espero a que la puerta se abra. O vivo tranquilo como si nada fuera a pasar o estoy en tensión atento a la llegada de Aquel que puede cambiarlo todo a mi alrededor. Vivir el presente pasa por estar atento, lo tengo claro. El mundo cambia constantemente. Todo sucede a una velocidad vertiginosa. Es imposible estar atento a todo. Y corro el riesgo de vivir pendiente de todo lo que sucede fuera de mí, pero incapaz de ver lo que ocurre en mi corazón. Puedo vivir desparramado en las cosas del mundo y ajeno totalmente a lo que Dios susurra dentro de mi alma. Jesús me llama por mi nombre dentro de mí. Viene a mi pesca, en medio de mi rutina. Y quiere pescar conmigo, quiere quedarse conmigo. Si yo no me detengo en el presente de mi vida y escucho atento las cosas sucederán sin que yo decida nada, sin que yo haga nada. Pasará Jesús de largo y no lograré verlo ni escuchar su voz. Me gusta vivir así, atento, en tensión, dispuesto a escuchar su voz y saber lo que quiere que haga con mi vida, con mis horas.

Y Jesús entonces los invita a ser pescadores de hombres: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó». No dejarán de ser quienes son, ni de hacer lo que saben hacer. Saben pescar. Calculan cuándo los peces estarán más abiertos a dejarse pescar. En la noche se adentran en la oscuridad con sus redes listas. El pescador conoce el mar, conoce la vida de los peces, sus hábitos, su necesidad. Si ellos quieren pescar hombres tendrán que conocer al hombre, saber sus inquietudes, conocer sus miedos y angustias. Así quiere que sean ellos, conocedores del corazón humano. Es lo que Jesús va a hacer con ellos, por eso los invita a ir con Él a cualquier sitio y a vivir siempre a su lado. Es ese el misterio del cristianismo. Jesús se abaja sobre el hombre para cautivarlo con su presencia. Lo enamora, lo ata a su corazón. Jesús me conoce en mis necesidades más hondas y respeta mi forma de ser. Eso basta para que la invitación cautive a esos pescadores. Podrán seguir siendo ellos mismos. Y al mismo tiempo sus vidas cambiarán para siempre. Se hará más grande su mar. Y su pesca será más milagrosa. Por eso responden con prontitud: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él». Pedro, Andrés, Juan y Santiago se ponen en camino inmediatamente. La fuerza de la llamada y la rapidez de la respuesta me emociona. Siempre me ha impresionado su sí alegre y convencido. Dejaron su oficio, lo que sabían hacer, para vivir sin hogar siguiendo a Jesús por todas partes. Su respuesta me enamora. Me gustaría ser como ellos. Responder como ellos al unísono y sin pausa, sin miedo. Lo dejaron todo de golpe y lo siguieron. Se pusieron en camino, renunciaron a sus sueños de antes. Renunciaron a sus amores del momento. Dejaron sus redes caídas y emprendieron una nueva aventura. Esta vocación de los discípulos siempre me impresiona. No tienen miedo a quedarse sin nada. Es como si la certeza de la llamada eclipsara todo a su alrededor. No contaba nada más que la vida que se jugaba en presente de la mano de Jesús. Dejaron de hacer cálculos. Dejaron de medir las horas. Y se confiaron en una llamada que prometía llenar todos sus vacíos. Me gustaría ver siempre a Jesús en mi vida llamándome a estar con Él. Es la vocación de todo cristiano. Una llamada a dejar las redes de mis ataduras, de mis miedos y esclavitudes. Dejar las redes de mis pasiones desordenadas, de mis hábitos que me pierden. Es la llamada de Jesús una llamada a amar bien, a los hombres, a amar los sueños y a amar la vida. Dios me llama a amar como Él me ama. Quiere que aprenda a amar.  «Te amo en Dios, te amo a través de Dios, o amo a Dios a través tuyo y te amo por Dios. Más aún: te amo plenamente y amo a Dios plenamente. En ti amo plenamente a Dios y amo plenamente a Dios en ti. Esta disociación entre amor a Dios y a los hombres me resulta absolutamente inconcebible. Hagámoslo sencillo nuevamente: ¡amemos, sin más! ¡Dios no nos ha llamado de la nada para que nos atormentemos y torturemos mutuamente, para que tengamos miedo del amor!» . Dios integra en mi vida el amor a Él y el amor a los hombres. Quiere que ese pescar hombres en mi vida tenga que ver con amarlos. No quiere que los lleve donde no quieren ir. Sino que los ame como Jesús los ha amado, en su verdad. Que los ame respetándolos, cuidándolos, dejándoles ser quienes son. Esa es la forma de pescar de Jesús. Me ama de tal manera que mi respuesta de amor es inmediata. No lo amo como una obligación, como un deber. No lo quiero porque Él me haya querido a mí antes y yo me sienta obligado a corresponderle. El amor de Dios provoca mi amor, lo despierta. Y entonces salgo como Él al encuentro de los hombres para amarlos. Pescar es igual a amar y dar la vida por aquellos que Dios pone en mi camino. Me hago responsable de lo que amo: «Eres responsable para siempre de lo que has domesticado!» . La palabra pescar no expresa la vocación a la que me llama Jesús. Significa que Él quiere que siga siendo yo mismo en mi entrega a Dios. Que siga amando pero ahora desde Dios. Soy pescador de hombres como lo es Jesús. Pesco a su manera pero desde mi verdad. Pesco amando, buscando, cuidando, acompañando. Es la pesca milagrosa que Dios hace con mi vida cuando soy capaz de amar por encima de mis miedos y límites. Sólo Dios lo hace posible. Y estalla dentro de mí un cambio que me transforma por dentro. Él me enseña a ser amante.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 25 de enero de 2021

La Septuagésima.


 

Durante más de mil años, en la Iglesia existió un tiempo litúrgico que servía de transición entre las alegrías del ciclo de Navidad y la penitencia cuaresmal: el tiempo de la Septuagésima.


Este tiempo inicia con el domingo de la Septuagésima, que se celebra el tercer domingo antes del Miércoles de Ceniza, y que corresponde al 64º día antes de Pascua. Es decir, el próximo domingo.

El segundo domingo previo al Miércoles de Ceniza es el domingo de la Sexagésima y el inmediato anterior es el de la Quincuagésima. Estos tres se agrupan en el tiempo de la Septuagésima.

Su origen se remonta a que en algunas comunidades el ayuno previo a la Pascua iniciaba cuarenta días antes (quadragésima, cuaresma), otras cincuenta (quincuagésima), otras sesenta (sexagésima), y otras setenta (septuagésima). De ahí las denominaciones de los domingos. Finalmente se fijó la cuaresma, pero se mantuvieron los domingos previos como un periodo de transición.

Hoy se conserva en la forma extraordinaria del rito romano. En la forma ordinaria, este tiempo ha pasado a ser parte del Tiempo Ordinario o Per Annum.

Durante la Septuagésima se usan ornamentos morados. En las Misas del tiempo se omite el Gloria y se dice el Benedicamus Domino al final; y en todas las Misas, después del Gradual se lee el Tracto en vez del Aleluya.


Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

Estandarte

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